miércoles, 18 de abril de 2018

EN EL ALMA DEL MAR



Sabía que en el fondo de esas aguas yacían los pensamientos que le robaron la paz y alimentaron sus sueños, pero desconocía cuál fue su destino, dónde quedaron durmiendo, junto a quién convivían durante todo ese tiempo desde que nacieron, por lo que volvió a esa orilla donde sus labios, vistiéndolos de suspiros o palabras, los dejaron flotando sobre el río hasta que, lentamente, se ocultaron en su seno.

Ese fue el último instante en el que los vio con vida y suponía, imaginaba, que allí, en esas mágicas profundidades, seguirían durmiendo, pero quería volver a verlos.

Regresó a ese lugar, volvió a dejar que su mente se perdiera sobre esas aguas mientras sus ojos se recreaban en la imaginaria lectura de los versos que su pecho escribió sobre la limpia piel del río.
Sus ojos escrutaron esas aguas, se adentraron en ellas hasta conseguir contemplar los vestigios de un pasado que saboreó el amor, y tanto profundizó que llegó hasta la mismísima alma del río.

¡Oh Dios, cuántos secretos es capaz de guardar el corazón!, ¡cuántos sentimientos necesitaron la soledad y el silencio de ese lugar para poder ver la luz!, ¡cuántos sueños o deseos quedaron ahogados!

Todos estaban allí y, aparentemente, todos vestían el mismo atuendo: la blanca vestidura del amor deseado, sobre su pecho una cristalina lágrima por no tenerlo y, coronándolos, el último suspiro que el amante dejó en el río. Solo los diferenciaban las iniciales de la persona amada que cada cual grabó.

Labor imposible hallar el suyo, pero si el corazón lo pide, no hay obstáculo invencible.
Así, tras eludir sentimientos, discriminar lágrimas y perdidos besos, reconoció sus propios secretos.
Vio las iniciales de quien la arrastró hasta esas orillas y, sobre todo, ese último suspiro, reconocible solamente por quien lo ha engendrado.
Pero algo agitó su corazón, como esos días en los que, al pensar en él, la paz le era robada.

A los pies de esas confesiones, un pequeño surco trazaba un misterioso camino sobre el fondo del río.
Alertada, lo siguió hasta conocer cuál era su destino, pero mientras andaba, su corazón imaginaba los opuestos desenlaces que se encontraría cuando llegara a esa meta; tal era la angustia, que su alma y corazón iban por delante de ella.
Cuando ya sentía el peso de la duda, llegó a las puertas en las que todo río muere y entrega su alma al mar.
Había llegado a la etapa final de esas aguas y sus ojos podían contemplar la inmensa tumba marina.

¿Y ahora?

Volvieron a nacer esas desconsoladas lágrimas que bien conocía, pero ese llanto no pudo impedir que vislumbrara ese surco que había nacido en el río y la llevó hasta allí; lo contempló y en sus ojos nació una intensa luz y murió toda sombra de pena.
El camino había llegado a su final y moría a los pies de un pequeño, hermoso y blanco coral que se abría en dos ramas; en cada una de ellas, unas iniciales grabadas, y suspendidas de ellas, dos almas.

La joven cerró los ojos para asumir lo que estaba contemplando y, tras un breve e intenso silencio en su corazón, dejó nacer un último y gozoso suspiro que se sumergió, lentamente, en el mar hasta coronar ese coral en el que convivían esos sentimientos que, un día, quedaron durmiendo en el río.

sábado, 14 de abril de 2018

VENTANAS ABIERTAS



He dejado que el tiempo vuelva la mirada atrás, que mire no muy lejos, lo suficiente para arrancarle un suspiro, para que barra, con la celeridad que late un corazón cuando ama, esas horas intermedias que le separan de ese instante en el que nuestra historia empezó a vivir.

He regresado a ese día en el que una balada le reveló a mi alma el profundo sentido de lo que significa amar, revivo esas palabras que fueron capaces de desempolvar ese sagrado monumento al amor, ese sueño que todo corazón conserva en sus entrañas y que solo espera que alguien lo despierte.
Y no me preguntes por qué hoy he decidido viajar a un pasado que aún sigue marcando mi vida.

No tendría respuesta, salvo la de pensar que necesitamos respirar, de vez en cuando, esos aires puros entre los que nació nuestro idilio y refrescar ese maravilloso pasado para que no caiga en el olvido y el presente no muera.

Quiero alzar la bandera, no de la nostalgia, sino aquella en la que brillan las raíces que sustentan nuestra felicidad de hoy.
Abre el alma y rescata ese amor que hoy da sentido a tu vida. Bastará, tal vez, que levantes la mirada y tus ojos lo encuentren; o bastará, sencillamente, que esos ojos miren al cielo para que revivas ese día, esa hora en la que tu corazón se encendió de tal manera que sus brasas aún perviven.

Y si tu corazón se encontrara envuelto entre zarzas relamiendo una reciente herida, si fuera tan profundo el dolor que la vida te ha dejado, si, en definitiva, no tuvieras fuerzas para dibujar, en él, el esbozo de una sonrisa ni para hacer que sus encarnados labios pronunciaran esa sagrada palabra por la que fue hecho y para la que está destinado (“amar”), entonces, deja que esas lágrimas que brotan en tu pecho rieguen el seco surco que cruza tu alma sabiendo que, un día, de él nacerá ese hermoso ramillete de flores llamadas “consuelo”, “paz”, “esperanza” y, por qué no, “nuevo amor”.

No quiero olvidar esos felices momentos aunque tampoco puedo evitar que surjan aquellos que los ensombrecieron; ahora bien, cuando llega ese instante en el que ambos se encuentran, siempre tendré el corazón dispuesto para que estos últimos naufraguen, siempre tendré, en el alma, dos ventanas abiertas: una, para que entren aquellos recuerdos que me proporcionaron la felicidad presente; otra, para que huyan los que, un día, quisieron robármela.

Y ambos viajarán juntos como olas que se encuentran en alta mar, pero solo una, la del dolor, acabará muriendo en la orilla; la otra, la de la felicidad, dejará, eternamente, su blanca espuma, su embaucador eco, su atractivo aroma, planeando sobre esas aguas que son nuestras vidas.

sábado, 7 de abril de 2018

ENCUENTRO DE ALMAS


Era tarde y las nubes empezaban a mudar su blanca piel, se les iban cayendo las níveas escamas hasta quedar diluidas entre el oscuro manto que cubría las espaldas de la luna.

Era el presagio de que la Naturaleza entera también cerraría los ojos hasta sumirse en ese profundo sueño que es la noche, que el alma, tras un breve silencio de reflexión, dejaría su última mirada en Dios antes de descansar en sus brazos y que, en fin, el corazón daría una tregua a sus emociones y sentimientos y los cubriría con el velo del descanso.

Solo se oía el débil respiro de las ramas cuando el aire las mecía, solo se veían amagos de luz que nacían de extraviados rayos de luna que buscaban corazones a los que inspirar un motivo para amar, solo se palpitaban silencios, interrumpidos por pequeños atisbos de vida.

Pero cuando la Naturaleza entera se encontraba en su más profundo letargo, en esa fase en la que hasta los sueños duermen, el eco de un inconfundible sonido irrumpió en el alma de ese silente mundo.

El viento contuvo el aliento, las ramas cesaron su armonioso y lento vaivén, los extraviados rayos de luna dejaron de vagar y se dirigieron, hacia el punto en el que nació ese embriagador sonido. 

Los hijos de la noche bien conocían las reacciones que en ella se fraguaban y ese sonido era la voz que anunciaba que algo milagroso iba a suceder: no se equivocaron.

Entre la espesa y oscura cabellera de sombras un halo de luz se hizo sitio y flotaba sobre ese lugar que fue capaz de alterar el sueño de la noche.

Un corazón compungido lamentaba la ausencia de quien le dio motivos para vivir, pero nadie lo podría apreciar porque llevaba su pena en silencio. ¡Cuántas veces el dolor se ha tragado las lágrimas sin que nadie lo perciba! ¡Cuántos callados sufrimientos habrán pasado de largo ante la mirada ajena!

Pero esa noche, a esa hora, Dios no dormía y escuchó los lamentos. Fue Él quien dejó escapar ese débil eco que alertó a la Naturaleza.

Todos contenían la respiración, hasta el mismo amante lo hizo cuando el milagro empezó a tomar forma.

Uno de esos rayos que la luna deja caer como suspiros que nacen de sus labios, se detuvo ante el agonizante corazón y, lentamente, ante la atónita mirada de quienes lo presenciaban, tomó forma de mujer, la mujer que él añoraba.

En ese instante, el dolorido corazón aparcó sus lágrimas, se incendió y de sus cenizas nació otro blanco rayo de luna.

Ni el aire, ni las ramas, ni la Naturaleza misma se atrevieron a romper ese encuentro y, así como el dolor se vive en silencio, así se produjo el encuentro de esas dos almas.

Y la Naturaleza volvió a cerrar los ojos, las ramas siguieron meciéndose entre débiles respiros mientras el aire las mecía, los sueños volvieron a dormir y los rayos de luna siguieron buscando corazones a los que inspirar un motivo para amar.



martes, 3 de abril de 2018

DÉJAME QUE….

Dame un aliento de esperanza, permíteme agarrarme a ese débil hilo que son los sueños, déjame que te robe, aunque solo sea eso, ese furtivo beso que se escapó de tus labios en busca del alba y me apropie de él como si yo fuera su destino.

¿Nunca sentiste un grito ahogado en tu pecho que te pedía consuelo cuando el sueño se alejaba?
¿No quisiste robar ese amor ajeno que viste dibujado en otros ojos y ser, tú, parte de esa mirada?
¿No suspiraste cuando el destello de la encendida luz de dos enamorados cegó tus ojos y arrancó, de tu corazón, el deseo de ser, tú, esa amada?

Pues si tu pecho ha vivido en medio de esas maravillosas y turbias olas, entenderás estos anhelos por los que vivo y por los que muero.

Hace tiempo que he borrado los caminos que me alejaban de ti y he dibujado otros nuevos, pues este corazón vivirá mientras tenga la esperanza de cruzarse contigo aunque sea en sueños.

Sé que apunto alto, pero no más que hasta donde pueda llegar mi alma, y si esta es capaz de llegar a las entrañas del cielo con tal de hallarte, mi corazón la seguirá aunque se muera de vértigo.

Y porque de incendios hablo, porque me refiero a esas llamas que alimentan la pasión y alimentan el deseo, déjame que incinere en esa hoguera, incapaz de consumirse mientras tú existas porque de ella nace una brasa cada vez que te recuerdo.

Déjame que hoy crea que has sido tú la que has ordenado al sol que deje en mi ventana ese lazo de luz; que al mirar al cielo, tus ojos se detuvieron en mi balcón y dibujaron este amanecer que no abandona mi pecho.

Tal vez tus pensamientos van por otros derroteros, pero concédeme el placer de acompañarlos en silencio.

Y ya que no dejo de pedirte, ya que tú guardas silencio, entiendo que consientes estas locuras en las que me muevo y doy por hecho que permites que mis sueños sigan creciendo.

Me basta el mutismo que se respira en esa cárcel que son tus labios para seguir creyendo.

Déjame, por último, que haga, de mi alma, una blanca estepa en la que solo habiten tus ojos y tu recuerdo, y que el eco de ese ahogado grito que nace en cada pecho cuando siente que se alejan los sueños, se pierda en su inmensidad, una inmensidad que será insuficiente para abarcar todo lo que te quiero.

sábado, 24 de marzo de 2018

SEGUIRÁN DURMIENDO



Había dejado en el camino una serie de recuerdos, gotas de rocío que dormían en la noche de los sueños; algunos rozaban el olvido, pero algo muy importante encerraban para que su llama nunca llegara a extinguirse.

Entre ellos se ayudaban a sobrevivir, se alimentaban del mismo pecho pues todos tenían una sola madre: la felicidad, y todos habitaban en el mismo hogar: el alma.

Y aunque siempre estén ahí, hay momentos en los que, no sé por qué, pero se siente la necesidad de volver la vista a ellos, soplar esa capa de polvo con la que los años les van cubriendo y rejuvenecerlos como si fuera hoy el día en que nacieron.

Tal vez sea este grisáceo cielo o la proximidad de unos días en los que la Muerte se vestirá de cruz los que hacen que el corazón aparque las emociones y se torne pensativo y trascendente; tal vez sea esa necesidad innata que el ser humano tiene de refrescar esos instantes en los que la vida le sonrió para, así, volver a dibujar la esperanza en su mirada. No lo sé, pero puesto que mi alma ha sido herida por esta variante del amor, quiero sumergirme en ellos.

Volver a su encuentro deber ser como esos paseos en los que los enamorados paran el tiempo, dejan sus miradas flotando en el cielo, saborean ese maravilloso silencio que los envuelve y, de vez en cuando, se miran para asegurarse que todo es real o para convencerse de que existen los sueños.

Así, con esta tranquilidad, las emociones dormidas, el alma agradecida y el corazón abierto, los afronto y poco importa cuál sea el primero en el que la memoria se detenga, solo importa que allá donde lo haga se abrirá la espita de la felicidad y se dibujará una sonrisa en el alma.

Y cuál es la sorpresa que entre estos maravillosos momentos, los hay que nacieron entre espinas, frutos del dolor, de un necesario dolor que, tras varios años de enfermedad, fue puliendo las ambiciones del alma para hacer de ella un lugar en el que la máxima ambición fuera una vida sin ornatos, desnuda, que solo aspiraba a eso, a vivir, sin más.

Animado con este descubrimiento, rebusqué entre esas dolorosas espinas otros recuerdos y encontré las rosas que se esconden tras ellas.

Sí, surgieron los que vieron la luz esos días en los que alma y corazón creyeron haber enloquecido de amor al sentir que tus ojos los miraban; esos momentos en los que nuestro sufrimiento y nuestra alegría quedaron aunados en nuestras almas de tal manera, que, ahora, son el espejo en el que nos miramos cuando necesitamos amarnos.

Son muchos los recuerdos que han vuelto a dibujar la esperanza en mi mirada, así que dejaré que esas gotas de rocío sigan durmiendo en la noche de los sueños y que sigan habitando en el hogar de mi alma mientras se nutren de ese mismo pecho materno que es la felicidad.


viernes, 16 de marzo de 2018

¿QUÉ PASARÍA SI…..?



¿…si sientes que una voz habla en tu corazón una tarde somnolienta de otoño en la que las hojas se visten de verso, el aire susurra baladas y los sonidos que nacen de la Naturaleza solo los escucha el alma?
Habrías descubierto el sonido del amor, cuyo eterno eco no te abandonará, e inmortalizarás ese momento cincelando en tu memoria la hora en que te sucedió, el color que el cielo tenía ese día, idealizarás los más nimios detalles que te rodearon en ese infinito segundo y ese suspiro que dejaste en el aire te acompañará toda la vida.

Alguna vez soñé qué pasaría cuando mi corazón tuviera la certeza de haber alcanzado lo amado.
Llegado ese momento, convivieron, en mi pecho, el verano y el invierno.

Me sentí preso de una inmensa paz que me trasladó a un desconocido, por su belleza, mundo; como cuando me asomo, una noche, a respirar el aroma de la luna, a deleitarme en sus silencios, a regalar al alma un tiempo de paz y creo haber huido de este mundo para abandonarme en los brazos de Dios.

Pero poco después, ese mar en calma se sintió azotado por un oleaje de fuego que impulsaba a las emociones a vestirse de salvajes cataratas que se precipitaban al vacío sin importar lo que les esperaba.
Tal era su feliz locura.

¿Y si al despertar no encontrara esa tímida luz que se adentra en el hogar y, lentamente, va levantando los oscuros velos de la noche para vestir, de un nuevo día, todo lo que me espera?

Sería como ese día en el que los labios sienten un frío intenso ante la ausencia del beso deseado, ausencia que rasga el alma y abre las compuertas del dolor, por no sentir en los labios esa ola de cariño, y de la nostalgia, ese indomable caballo que aviva los bellos recuerdos.

Y en este ejercicio de suposiciones, un blanco relámpago se ha cruzado.
¿Qué sucedería si cada cual notara, en quienes le rodean, una limpia mirada y, entre ellas, unos ojos que, además de respetarte, te aman?

¡Oh Dios!, no hay mejor ejemplo que vivirlo y, porque así ha sido, solo alcanzo a compararlo con esos momentos en los que una lágrima se escapa porque el corazón se le queda pequeño, con ese instante en el que la mirada quiere perderse para compartir su alegría con quien se cruce en su camino.

Sería, lo es, como esos días en los que una tímida luz se adentra en tu hogar, los labios amados te regalan un beso mientras en tu pecho resuena esa voz que te descubrió el amor, sientes el intrépido oleaje de las emociones para, finalmente, quedar tu corazón y alma como un infinito mar en calma. Sería como si huyeras de este mundo esas noches en las que la luna calla y te invaden los silencios hasta sentirte en los brazos de Dios.


Abel de Miguel

sábado, 10 de marzo de 2018



LA LUNA Y LA LLUVIA



Fue ayer cuando tus labios dejaron escapar el último suspiro, ese último aliento de vida que, previsor, guardé en esa parte del alma donde yacen los momentos y las personas que no se olvidan.

Hoy, recluido entre las paredes del hogar, contemplo esta fina lluvia que deja sus húmedos besos sobre la tierra, besos que han rescatado algunos de esos segundos en los que la vida nos ofreció sus manos para entrelazar las nuestras.

Basta dejar pasar el tiempo, que la mirada se recree en contemplar esos versos que la lluvia escribe sobre las ventanas, que el oído se deleite en ese suave y tímido tintineo cuando una sola gota roza los cristales…de mi alma.

No hace falta más, nada es necesario para que fluyan los más íntimos pensamientos, que ven, en el silencio de la lluvia, el escenario ideal para salir a la luz.

Absorto, meditabundo, no sé qué embrujo encierra la lluvia, capaz de atenazar los sentidos, de absorberlos y de dejarlos suspensos entre sus finos brazos de agua.

Son segundos, minutos, horas en las que hasta las mismas emociones se visten con el hábito de paz, ese que solo lucen cuando se sienten atrapadas por un amor superior.

Es tan intensa la huella que deja en cualquier corazón que suspira porque sueña con amar o que suspira porque ama, que seguirá sintiendo que llueve aunque no lo haga. Y, así, ha sucedido.

Ha cesado la lluvia, las nubes han cerrado su vientre y se han refugiado bajo los oscuros brazos de la noche. En los cristales ya no suenan esas débiles gotas ni escriben nuevos versos en las ventanas, pero no importa, queda su recuerdo y si alguien entiende de amor, esa, es la luna.

Ella ha presenciado, desde su lecho, ese maravilloso momento, a ella también la ha herido el corazón; ahora, en el momento en que se convierte en dueña del cielo, quiere dejar un pequeño testimonio de su amor.

Uno de sus rayos desciende lentamente dejando que su brillo rasgue los oscuros velos de la noche, recreándose en ese húmedo aire, en ese aroma a nostalgia con el que la lluvia ha preñado al aire, y busca los mojados labios de la tierra para grabar, en ellos, un beso de plata.

Ya duerme la luna en el agua y, esta, la mece en un armonioso vaivén, como el amante que acaricia a la amada. Se ha parado el tiempo en ese pequeño nido de amor y ambos, luna y agua, sienten que algo divino los envuelve, algo que nadie se atrevería a violar salvo con una silenciosa mirada.

Y así, contemplativo en medio de la noche, recreándome en la simplicidad de esta escena, mis ojos no necesitan más para sentir que un rayo de trascendencia ha cruzado mi alma.

Ya no llueve, pero puedo seguir dejando que pase el tiempo mientras la mirada se recrea en contemplar ese beso y la memoria recuerda esos versos que la lluvia escribió sobre las ventanas o esos suaves tintineos que rozaron, y lo siguen haciendo, los cristales…de mi alma.