jueves, 17 de mayo de 2018

SURGIÓ ENTRE LA NIEBLA



Respiraba soledad y su única y agradable compañía era esa luz crepuscular y los lejanos ecos que una campana dejó latiendo en el aire, secas y metálicas voces, incapaces de derribar las puertas de su alma ni de alterar esa paz en la que se recluía.

Huía, tal vez como tantas otras almas, porque nunca creyó que existiera un corazón que se entregara por él; por eso buscaba un lugar que le permitiera soñar cómo sonaría un “te amo”.
Convencido de que nadie notaría su ausencia, absorto en consolar sus carencias, no reparó en que era observado por alguien…que lo amaba.

Llegaba la hora en la que el cielo pinta un cárdeno mar, pregonero de la noche, y esa fugitiva alma necesitaba seguir alimentando esos sentimientos, así que huyó a esconderse entre las rojizas olas que simulaban las nubes y, cual girasol que pliega sus pétalos antes de caer en un profundo sueño y espera a que los primeros rayos del alba le devuelvan la vida, cerró los ojos para prolongar su sueño, pero…no estaba solo.
Había quién buscaba habitar en su alma, que lo amaba, pero ese desconocido amor no podía esperar; la breve pausa que le iba a imponer la efímera noche era demasiado larga, así que la misteriosa amante se vistió de niebla para hacer vela junto a su amado.

Pasaron las horas y el joven “girasol” solitario, ignorante de esos ajenos sentimientos, siguió buscando, entre la luna y sus pléyades, ese “te amo”; pero la apasionada “niebla” no podía esperar: rodeó los pensamientos del reflexivo joven, coronó su pensativa mirada y, sintiéndose tan próxima, dejó unas pequeñas y húmedas gotas en los labios de lo amado.

Turbado, sobresaltado, su mirada se abrió paso entre la tímida luz de una luna velada, intentando descubrir quién le había regalado la maravillosa sensación que deja un sincero beso y, sobre todo, si es el primero.
Derrumbados los muros de ese solitario corazón, ya solo le quedaba rendirse ante esa oleada de emociones que arrastra ese primer instante en el que uno se siente amado, ya solo le quedaba poner rostro a quien había obrado ese milagro.

Ahora era él quien no quería abandonar a esa apasionada “niebla”, pero sabía que llegaría el alba y que sus primeros rayos la rasgarían. Solo pensarlo, parecía que era su propia alma la que era destruida.

“Niebla” y “girasol”, amante y amado, debían buscar nuevos caminos que les permitieran compartir esa experiencia recién estrenada.
Disipada la niebla, solo quedaban, de ella, unas testimoniales gotas de agua, es decir, los recuerdos de ese beso que le devolvió, al “girasol”, la vida.
Pero cuando el amor ha echado raíces, ni las más adversas circunstancias podrán arrancarlas.

Así, cuando la tragedia parecía ser el final de esa feliz aventura, las almas de los amantes se vistieron de sauce: las lágrimas de sus ramas serían el eterno recuerdo de aquellas que bailaron en los labios del “girasol” solitario”, serían el testimonio de un inmortal beso.
En ese instante en el que, por fin, estuvieron juntos, el aire dejó una infinita voz, como si naciera del mar, y se llevó, por sus caminos etéreos, las lágrimas y los besos de los amantes.

Ahora, “niebla” y “girasol” conviven allá donde exista un motivo para estar juntos; es decir, en cualquier parte, pues siempre habrá un camino que permita encontrar y no abandonar, nunca, lo amado.

viernes, 11 de mayo de 2018

VOLVERÁ


Guardaba, en su pecho, el eco de ese último “adiós” que quedó temblando en el aire y sus ojos se clavaron en el horizonte, imaginando el camino por el que él se marchó.
Diariamente, como si fuera un rito, evocaba ese momento en el que sus miradas y sus labios se besaron sin saber si volverían a hacerlo.

En su memoria se dibujaban esos recuerdos y los liberaba para que rememoraran esa imborrable escena en la que cada cual sintió que perdía el corazón.
Los labios cerrados, una mirada enclaustrada que buscaba aquellos últimos segundos antes de que la vida le robara lo más querido que habitaba en su alma, una mirada que vivía en otro tiempo, sus manos jugueteando con el mismo ramillete que él le puso en el pelo la última vez que la acarició y recostada sobre esa puerta desde la que sus ojos parieron la lágrima más dolorosa que hubo y ha conocido.

Cada día, le robaba horas al tiempo para sumirse en esa nostalgia que compensara su ausencia, pero el silencio le recordaba que solo eran recuerdos.
Y ella, asumiendo el destino, se asomaba cada día con la esperanza de que ese “hoy” fuera el último de una larga espera, pero intuía que ese “hoy” acabaría vistiéndose de un “¿Será mañana?”

Dejó de contar los días, solo esperaba.

Sus ojos permanecían cerrados durante un tiempo que se le hacía eterno, pero si miles de años en la tierra son un segundo en la mente de Dios, toda esa ausencia debió ser un suspiro en los planes divinos, pero qué densa era en su corazón.
Pero toda espera, cuando está fundada en el amor, cuando la aviva un noble deseo, cuando se vive con la ilusión de que un día se acariciará ese sueño, mantiene con vida el alma aunque esta sienta los zarpazos de la desesperación.

Así, cuando Dios cerró los labios y cegó su suspiro, cuando el tiempo terrenal empezaba a hacer mella en la paciencia de una amante que se sentía en el final de una batalla en la que estaba a punto de rendirse, cuando ese “hoy” empezaba a ceder terreno al “¿Será mañana?”, la joven alzó los ojos y se clavaron en el horizonte imaginado el camino por el que él se marchó, aún latía en el aire el eco de ese adiós cuando en ese punto hasta donde la vista le alcanzaba surgió una sombra que avanzaba serena.

¡Oh Dios!, ¡quién pudiera describir las emociones que asaltaron ese enamorado pecho!
Volvió a nacer una lágrima, la lágrima más bella con la que los ojos puedan soñar y ese “hoy” tan esperado dio muerte al triste eco de su último adiós.

Nunca dio por enterrada esa esperanza que anida en todo corazón que, verdaderamente, ama.

miércoles, 9 de mayo de 2018

SIEMPRE TENDREMOS ALGO QUE DAR




Hubo un tiempo en el que, al Cielo, solo llegaban misivas de auxilio: deseos, sueños, penas, dolores…, no había almas y corazones que se sintieran satisfechos.
Siempre había algo que les faltaba para ser felices por completo.
Pero en esa oleada de peticiones, ninguno valoraba lo que ya tenía, por lo que un ángel viajó a la tierra para poner orden en esos corazones.

Así, un enfermo pidió, al cielo, Esperanza. Su ángel, recogiendo esa plegaria, la llevó a unos amantes en cuyos ojos rebosaba esa virtud; el etéreo mensajero tomó una parte de ella, pero esos dichosos amantes tenían, a la vez, una súplica que, temerosa, latía en esos corazones recién bautizados por el amor: la eternidad.
El enfermo que, en el umbral de la muerte, suspiraba por la esperanza, bien podría regalar a esos amantes una parte de esa eternidad con la que él ya jugueteaba, por lo que el ángel tomó una parte de ese moribundo pensamiento, lo ató a una parte de su ala y la dejó flotando, invisible, sobre los pechos de esos amantes.

No muy lejos, oyó el acuciante gemido de alguien a quien la fortuna y la riqueza le había sonreído, pero en esos labios se escondía una amarga sonrisa que reclamaba un amor desinteresado y sincero, alguien que viera, en él, una simple persona en la que también habitan los sentimientos.
El ángel se presentó ante uno de esos corazones inmaculados, plagados de inocencia, que solo saben devolver cariño, y tomó, del corazón de un niño, el bálsamo que curaría la miseria del rico; por su parte, tomó una parte de esa opulenta vida y se la ofreció, vestida de sueños, al pequeño.

Acuciado por las numerosas peticiones que nacían de las necesitadas almas, atendió, en primer lugar, las que llevaban, en su pena, lágrimas.

Y unos negros ojos fueron los elegidos.

La oscuridad de su mirada era el perfecto trasfondo en el que resaltaban esas limpias y blancas gotas de dolor, que brotaban de su compungido pecho, un silencioso pecho que clamaba consuelo.

Ese bello rostro, aunque enmarcado por el sufrimiento, era digno lienzo de esas lágrimas, solo había que vestirlas de felicidad, por lo que el ángel buscó otros ojos igual de bellos en los que asomaran esas emocionadas lágrimas que el corazón no es capaz de soportar.
Se detuvo ante la perdida mirada de un joven que acababa de sentir, en su alma, el inmenso poder del perdón, y le robó dos lágrimas para que vistieran de consuelo aquellos desconsolados ojos negros.
El ángel bien sabía que detrás de cada alegría se ocultaba, siempre, una pena; que tras esa amargura, existía, siempre, un motivo de felicidad.

Todos los corazones necesitan algo que los haga dichosos por completo, pero, también, todos tienen algo que ofrecer.
Y si en algún momento la vida nos hiciera sentirnos tan dichosos que pensáramos no necesitar nada, entonces, le pediría a mi ángel que me robara todas esas alegrías y virtudes que otros necesitan.
Sí, aunque la vida nos pudiera hacer sentir, en algún momento, que solo somos dignos de compasión, siempre habrá alguien suspirando por tener esa pequeña joya que el dolor nos impide ver, pero que cada cual guarda en su corazón.

Siempre tendremos algo que podamos dar a los demás.

domingo, 6 de mayo de 2018

DÍA DE LA MADRE (6 DE MAYO)


Érase una vez....
...que Dios, pensando en que la mujer fuera madre, dejó caer en la tierra  una lágrima, un suspiro y una sonnrisa.
De la lágrima nacieron tus ojos, madre, pues ellos serían el espejo de esas emociones y dolores con los que cubrirías la vida de tus hijos.
Del suspiro, nació tu corazón,  dispuesto a convivir con el dolor, a desvelarse por el fruto de tus entrañas, a desgastarse sin límites ni pausas.
Y de esa sonrisa divina, nació tu alma, ese milagro inexplicable con el que Dios elevó, al ser humano, a la categoría de ángel.
Pero Dios quiso que ese mortal cuerpo, dotado de inmortal alma, reuniera, también, los atributos más bellos.
Y robó, al Sol, un rayo con el que dotó, madre,  a ese corazón que nació de un suspiro, de un eterno e incombustible amoroso fuego.
El mismo Dios le pidió a la luna un poco de nácar para dibujar en tus labios, madre, una sonrisa.
Esa placentera brisa que nace de los labios del mar enamorado, fue la elegida para ser tu suave piel, la misma que, al sentirla, hace estragos en el corazón de un hijo.
Y fue eligiendo, de la naturaleza, todo lo más bello que encerraba para tallar esa figura que trasciende lo terreno, ante la que el más árido corazón se rinde, esa criatura que llena las necesidades de cualquier pecho con solo pronunciar su nombre: ¡¡¡¡MADRE!!!


sábado, 5 de mayo de 2018

MAYO: EL MES DE MARÍA



Dime, Madre, que es verdad que existe, en el Cielo, una parcela que llaman el “Jardín de la Virgen” donde, día tras día, llegan esos devotos rosarios, esas jaculatorias marianas que reclaman un auxilio o son fruto de labios que no atreviéndose a besarte, Madre, dejan que sea un suspiro de amor quien lo haga.

No sé si será cierto, pero quiero imaginarme que es tu mirada, María, la que vela esas flores que nuestras almas te regalan y que es tu sonrisa, al contemplarlas, la que las hace dignas de yacer a tus pies y decorar tu manto.

Y debe ser verdad que los ángeles arden en deseos de que llegue el mes de mayo para recoger esas flores que los mortales te encomiendan.

Ahora entiendo por qué la primavera es la estación elegida para que vista de luces, aromas y colores a la tierra. Si esta es un espejo de la mente creadora, si refleja esas bondades que nacieron del corazón de Dios, es inevitable que el Creador reservara un tiempo en el que ese mundo creado reflejara las glorias que son dignas de su Madre, las glorias de María.

Así, el mes de mayo es, por excelencia, el elegido para que la Tierra venere a la mismísima Madre del autor de la Vida, es esa pica que Dios puso en nuestras vidas para incendiar nuestros corazones, para despertar nuestras almas de su letargo y para que nuestros labios dejen latiendo en el aire esos suspiros de amor filiar a su Madre, suspiros, oraciones y rosarios que poblarán el “Jardín de María”, hasta que llegue ese mes de mayo en el que los ángeles, deseosos, recojan esos amores que nacieron de nuestras almas y los pongan, vestidos de flores, a los pies de nuestra Madre o decorando su manto.


martes, 1 de mayo de 2018

LOS COLORES DEL ALMA


Había conocido todos esos campos de batalla que cruza un corazón, había saboreado la victoria y la derrota, pero ahora necesitaba recluirse en el silencio y escrutar su propia historia bajo la reposada luz de la reflexión.

Retirado a las alturas de un pequeño monte donde las páginas están desnudas y esperan que cada cual escriba en ellas las vivencias que forjaron su vida, desde ese balcón que le ofrecía la naturaleza, desde esos ojos a través de los cuales la tierra se contempla como un cuadro en el que cada cual plasma los colores que habitan en su alma, empezó a pintar ese paisaje con sus recuerdos; y según respiraran pena o alegría, la tierra alteraba sus formas y colores: bien se vestía de feliz novia y el campo resucitaba sus sonrisas, o la tierra enmudecía y un triste velo de oscuras gamas la cubría.

Fuera el azar o ese inapelable subconsciente en el que afloran, en primer lugar, las emociones más sentidas, su mirada se detuvo en una laguna donde las aguas dormían, aguas transparentes y cristalinas porque nacieron de aquellas lágrimas que los amantes dejaron caer en tierra, y poco importa que nacieran de un corazón herido o henchido de felicidad: eran lágrimas sinceras.

Las lagunas, los ríos, los mares,… están preñados de suspiros, de sueños, en sus aguas se han grabado, para siempre, historias de amor que solo alcanzan a leer quienes conozcan el idioma del corazón.
Tal vez así se entienda por qué la mortal mirada de ese hombre se sintió atraída por esa paz que respiraban esas aguas.

Si el amor engendra amor, esas remansadas aguas le inspiraron aquellos sentimientos con los que devolvió la luz al paisaje que contemplaba, y si los sentimientos que quedaron escritos sobre esas húmedas pieles fueron tan sublimes y puros que rozaron los umbrales del Cielo, entonces, quien las contemple sentirá que le roban la misma alma.

Y así lo hicieron con ese hombre.

Todas aquellas derrotas que le dejaron una herida se ahogaron en esa plácida laguna.
La naturaleza no perdió su sonrisa y todo el paisaje que contemplaba desde los ojos que le ofrecía la montaña, quedó anegado por esa tranquila luz que nacía de su alma.
Allí, sobre esas aguas donde estaban grabadas antiguas historias de amor, él escribió la suya y quedaron durmiendo, desde ese momento, sus suspiros y recuerdos.

Sube al balcón de una montaña, contempla esos lugares que nacieron de las sinceras lágrimas de unos amantes, cubre, con tu propia historia, las desnudas páginas que te ofrece la naturaleza y plasma, sobre esa tierra, los colores que habitan en tu alma.

sábado, 28 de abril de 2018

LUNA DE ÉBANO



La luna se encontraba pensativa, meditando esas ideas que sobrevuelan el corazón y que van dejando la estela, el poso de inconfundibles sueños que unen lo terrenal con lo eterno. Sumida en ese onírico mundo, iba dejando suspiros de plata en una noche clara, ahuyentando las sombras, que no hallaban lugar en el que esconderse pues solo quedaba espacio para esos profundos sentimientos que estaban naciendo en el pecho de la luna.

Pero hubo un momento en el que ni el mismísimo cielo le podía ofrecer el espacio necesario para liberar las emociones que le ahogaban de felicidad y de necesidad; y tan fuerte fue esa oleada que, impulsada por una ciega pasión de amar y ser amada, se ausentó de su trono y se vistió de mujer para pisar esa tierra que ella misma había inundado de emociones.

Necesitaba palpar ese amor que la consumía, descubrir con sus propios ojos ese hechizo que la obligó a ser humana para saciar su sed, así que eligió el corazón de una mujer en el que habitaran los mismos sentimientos que ella tenía cuando reinaba en la noche y que tuviera grabada, en su sangre, una evocación al nombre de la luna.

Y la halló.
Oculta en esa corpórea feminidad, paseó entre la claridad nocturna mientras esos ojos verdes elegidos se fundían con los luminosos destellos que las estrellas dejaban en el bosque.
Ensimismada, enamorada, empezó a descifrar esas apagadas voces que intuía en su lejano pedestal celeste; obediente a esas insinuaciones, sus pasos se adentraron en esa estepa de plata y nácar, hasta que una sombra de un vigilante ébano irrumpió en su camino.

El encuentro hizo que esa luna vestida de mujer se olvidara de su cielo, e igual le sucedió a ese ébano que, apostado en su quietud, sintió, al ver ese milagro, que le robaban el corazón.
Sobrarían las palabras, salvo para decir que luna y ébano se fundieron en un haz de luz del que nació uno nuevo en el que estaban grabados los suspiros de la enamoradiza luna y del ébano soñador.
Y porque las plegarias de esos amantes fueron escuchadas, bautizaron a ese fruto de su amor con el nombre de “Escuchado por Dios”.

Así, cuando una sombra cubre el rostro de la luna, cuando en una noche de luces se interpone un sombrío velo, es el recuerdo de ese instante en el que un beso vistió a la luna, de ébano.

Pero esa luna y ese árbol tienen nombre, tal vez los nuestros.