sábado, 18 de noviembre de 2017



CUANDO EL SOL DOBLÓ LA RODILA


Era un amanecer en el que una suave brisa, un sereno mar que aún rebosaba sueño y un cielo que acababa de despedir a los últimos restos de la noche invitaban a dejar las huellas sobre la arena, a un paseo en el que el placer sería sentir el roce de todos esos sentimientos que la Naturaleza ofrecía.

Ataviada con una fina y blanca tela que dejaba al descubierto los brazos para que la piel sintiera el beso de la mañana, se dejó llevar por ese camino delimitado por unas olas que la saludaban con el débil eco que deja el agua al morir.

Seguramente, en el fuero interno de la joven sonarían esas voces que hablan de felicidad y amor, esas voces que despiertan cuando el entorno invita a pensar en ellas.

Respiraba lentamente, como si ese aire le sugiriera un nuevo sueño o un feliz recuerdo, como si la brisa que acariciaba sus brazos fueran las manos de quien ella amaba, como si ante esa templada luz que iluminaba su rostro sintiera que era él quien la miraba.

Y según iba caminando, el corazón y el alma se iban alimentando de todos esos sentimientos que hacen que la vida sea un feliz sueño; pero ese sueño, no pudiendo soportar la cárcel del pecho en el que habitaba, huyó en busca de esas aguas, de ese aire y de esa luz que lo rodeaban.

La joven detuvo el paso, miró el mar, afrontó el horizonte y dejó que la mirada se perdiera en esa línea donde muere lo terrenal y nace el misterio. Ofreció sus ojos azules a la luz del cielo, al brillo marino y cuando ya se sentía llena de ese inmortal poder que es el amor, retó a la vida con su única arma: cruzó los brazos sobre el pecho, hizo un imperceptible movimiento y los alzó sujetando entre las manos su alma vestida de fuego.

La mantuvo en alto y dejó que el viento la besara apasionadamente, que la transformara en bandera que, cada vez que ondeaba, dejaba un suspiro en el aire y grababa un sueño en el cielo.

Las aguas del mar quedaron cubiertas por todos esos segundos en los que ella amó en silencio.

Preñado de emociones, el mar alentó a sus olas a que aceleraran el paso y contemplaran, antes de morir en la orilla, esa escena en la que una joven se arrancaba el alma y obligaba al Sol a doblar la rodilla.

Porque, efectivamente, el astro rey vio cómo sus espadas de fuego se tornaron en débiles velas que rendían culto a ese sagrado momento en el que un alma era capaz de que el horizonte abandonara su lejanía y, también, se acercara a ella.

Todo lo que existía alrededor de la joven se convirtió en reverencia.

El viento, la luz, el mar, la arena, incluso ella misma se sintió altar de su propia alma, un “altar” cubierto por un blanco vestido que competía con la inmaculada pureza que se respiraba en ese lugar.

Hubo quien extrañó que un moribundo sol, propio del atardecer, presidiera una naciente alba, pero no lo hubieran hecho si hubieran contemplado ese maravilloso momento en el que el amor de un joven corazón y el fuego de una apasionada alma obligaron, al Sol, a doblar la rodilla.

lunes, 13 de noviembre de 2017

EL  PUENTE DE LOS SUEÑOS



Quiso volver a ese lugar que jamás olvidaría, a ese puente en el que sintió, por primera vez, que unos ojos la miraban de manera sincera y limpia y que le pedían algo más que una sonrisa agradecida.

Supo que en el fondo de esos ojos latía el mismo deseo que el que ella forjó en su corazón en esos momentos solitarios y de silencios, en esas noches de luna serena, en esos paseos en los que dibujaba al hombre que colmaría sus sueños. Ese día, en ese puente, esa mirada se adentró en su alma, con tal fuerza que se rindió, gozosamente, a su sentimiento.

Había suspirado porque llegara ese momento, lo había imaginado comparándolo con otras bellezas que, de alguna manera, habían satisfecho su sed de amar, creía estar preparada para cuando llegara ese día, pero, ¡oh Dios!, jamás pudo imaginar que el corazón pudiera abarcar tanta felicidad.

Todos los sueños se hicieron realidad en un segundo, en ese minúsculo tiempo en el que dos miradas se cruzan y dejan al descubierto sus almas.

Y fue ese tiempo el que ella necesitó para saber que, en esas tranquilas aguas que cruzaban bajo ella, estaba grabado el nombre de quien le había robado el corazón.

Sus ojos azules se clavaron en ese punto y todo se vistió del mismo color: el río, el ropaje que la cubría, el cielo, incluso diría que su alma, esa alma que ya había salido de su cuerpo para navegar por el río junto a quien estaba marcando su vida.

Una luz tibia, tamizada por las nubes, dejaba tintes de plata en el aire y contorneaba el perfil de la joven. Contemplarla, era ver una perfecta réplica de Afrodita, una maravillosa estatua mirando un río, porque todo su ser, toda la vida que ella contenía, habitaba en esas aguas junto a su amado.

Pero esa inmóvil figura era una incesante fuente de pensamientos que nacían de su pecho y amerizaban en el río, y uno de ellos era el de verse navegando junto a él mientras una estela de luz enmarcaba sus sueños, daba brillo a sus suspiros y sus miradas volvían a revivir aquella que dio lugar a que ahora volviera a ese lugar.

Cualquier idea en la que los dos estuvieran juntos tenía lugar en su mundo, y ese mundo era tan extenso que cabía lo imposible y lo infinito.

Seguramente, ese río acogió, también, sus felices lágrimas, sus aguas llegaron a sentir el roce de esa imaginaria barca en la que ella y él viajaban, el cofre de los secretos, ese que todo espacio habitado por el agua guarda en sus profundidades, quedó ocupado por una nueva historia de amor; en fin, ese día, ella volvió a revivir esa mirada sincera y limpia que abrió, en su corazón, el inimaginable mundo que espera a quien ama y se siente amado.

Ese día, una luz azul iluminó el puente de los sueños.

jueves, 9 de noviembre de 2017

BESOS Y  LÁGRIMAS



El invierno dejaba, en los labios de la vereda, blancos besos de despedida, su último aliento a ese lecho en el que el otoño agonizaba. Los árboles, no pudiendo evitar el llanto, dejaron que sus hojas fueran lágrimas que cubrieran ese lugar en el que ambas estaciones se citaron para abrazarse y decirse adiós.

Besos y lágrimas se fundieron dando vida al más íntimo sentimiento que la Naturaleza guarda en su corazón.

¡En cuántas ocasiones iguales se habrá visto nuestro pecho, compartiendo esas emociones que nacen de un sueño, con esas penas que ven la luz cuando tememos perderlo!

La nieve nos despierta, en el alma, esa infantil alegría que reviste nuestra vida de magia mientras las moribundas hojas nos dejan recuerdos de un tiempo que ya no volverá.

Allí estaban, abrazados como dos amantes que se resisten a separarse aunque sepan que es inevitable; respirando, cada cual, el aire que el otro le ofrecía: el invierno, acariciando, con sus níveas manos, la desgastada piel del otoño; el otoño, recitándole, al invierno, sus últimos suspiros, esos versos que brotan cuando sus hojas y el viento bailan.

El cortejo del otoño desfilaba por el sendero dejando el último eco, recitando su último poema y pintando de pardos colores su último cuadro; el invierno guardaba silencio, ocultaba las lágrimas bajo sus copos de nieve y desplegaba un inmaculado velo que cualquiera diría que lo habían tejido infantiles almas.

Se podía abandonar la mirada en ese escenario y dejar que vagara libremente, atravesando ese misterio que latía en el aire, viendo, de cerca, los latidos de la Naturaleza, escuchando las cálidas voces que nacían de esos labios blancos y pardos.

Sí, recuerdo haber vivido ese momento.

Sé que hay pechos en los que han coincidido esos sentimientos enfrentados, en los que el mismo amor que sentía rozar el cielo, se desgarraba al ver que se alejaba, y poco importa que esa ausencia sea pasajera, no basta que sepamos que llegará el día en el que nuestro ojos vuelvan a encontrarse; siempre querremos sentir el roce, la cercanía de a quien amamos porque los recuerdos, a veces, no son suficientes para apagar la sed de lo amado.

Y ,así, el otoño y el invierno pasaron los días, esos felices y trágicos días en los que compartieron la alegría del encuentro mientras se lamían las heridas por su próximo adiós.

Pero quiero quedarme con esa imagen en la que unos blancos labios y otros pardos se besaban, en el que unos copos de nieve y unas otoñales hojas se vistieron de lágrimas.

Quiero recordar esa estampa en la que la Naturaleza se rasgó el pecho para mostrarnos al otoño y al invierno amándose entre besos y lágrimas.

viernes, 3 de noviembre de 2017

LO  NECESITABA



En su pecho pendía un hilo de amor lo suficientemente intenso como para que su mirada huyera hacia ese cielo que, a través de la ventana, se ofrecía como lecho en el que descansaran sus emociones.

La fuerza bruta del corazón, esa que nace cuando se siente apresado por un sueño, agitaba sus pensamientos y le robaba la serenidad necesaria para saborearlos. Necesitaba encontrar ese estado de paz en el que el alma y el corazón se hablaran, casi, en silencio, en el que los deseos desfilaran, uno a uno, dando tiempo a saborear el dulce sabor de su estela.

Sí, necesitaba hallar esa armonía en la que ese hilo de amor fuera capaz de tejer el más maravilloso tapiz que los sueños pudieran formar.

Sin más dilación, se acercó al piano, se acomodó, miró a su confidente cielo y sus dedos descansaron sobre el teclado, acariciándolo como quien acariciaría un corazón herido o una virgen alma.

Cerró los ojos, pretendiendo que los sentimientos se tornaran en suave remanso, y empezó a presagiar esas notas que pondrían voz al invisible sentimiento del amor: estaba naciendo esa música que encauzaría sus pasiones hacia las tranquilas orillas del alma.

El piano empezó a sonar y ella inclinó la mirada hacia él, como si estuviera contemplando lo amado, como si estuviera presente, como si tuviera alma y dijera, por ella, las palabras que se ahogaban en sus labios.

Bastaba mirarla para saber que su pecho era una hermosa laguna en la que iban desembocando esos ríos llamados “ilusión”, “sueño”, “esperanza”, “amor”, “eternidad”,…, y cada uno de ellos aportaba una nota. Tan interiorizado tenía lo amado, que esa música dibujó una lágrima en su mirada, la cual estaba viajando por otro mundo, ese mundo en el que le esperaba su amado.

Y mientras sus dedos acariciaban el teclado, su alma le seguía dictando esa partitura que envolvía en poemas la habitación. Sus ojos se resistían a abrirse, así no escaparían esos sueños que estaban naciendo.

Llegó el momento en el que a tan alta cima se elevó, que sus manos se rindieron a la música que nacía de ellas y, moribundas de tanto amor, callaron; pero en el aire siguió sonando la voz de sus sentimientos:  era el alma del piano quien hablaba.

Ella continuó sus sueños, se siguieron dibujando emocionadas lágrimas en su rostro y su pecho encontró, en esas notas, la razón para seguir amando.

Encontró ese estado de paz en el que el corazón y el alma se hablaran, casi en silencio, y ese hilo de amor fuera capaz de tejer el más maravilloso tapiz que pueden formar los sueños.

Lo necesitaba.

sábado, 28 de octubre de 2017

SE VISTIÓ DE AIRE



Hubo una vida en la que todo lo existente era etéreo, las emociones que rozan nuestra alma o acarician nuestro corazón nacían, solamente, de espíritus: la fauna, la flora, el mar, la luna, quienes aman..., nada se podía tocar, pero todo existía y cada cual dejaba, en el ambiente, esa fibra que es capaz de conmover e inundar de emociones el corazón, hasta conformar un entramado de invisibles estelas que llenaba, de eternidad, el aire.

Todo era limpio y translúcido, todo era como el agua virgen que nace de una montaña, como la nieve en el momento que viaja por el cielo, como el alma y el corazón de quien llora por amor, como esos ojos que, al mirarlos, te invitan a confiar tu vida….

Allí era posible descubrir las entrañas de la felicidad, desvelar el verdadero aroma de un suspiro, mirar a los ojos, sin velo que lo cubriera, al verdadero rostro del amor. Era el lugar idóneo para quienes quisieran comprobar si lo que latía en su pecho era real o ilusión.

A tal grado se elevaban, en ese mundo, los sentimientos, que una joven soñó con ser uno de esos espíritus que, un día, poblaron esa tierra. Quería saber si el amor que habían preñado sus sueños era semejante al verdadero, y como si la hubieran oído, o la estuvieran esperando, su mortal cuerpo se desvaneció, lentamente, hasta convertirse en una de esas estelas que habitaban en ese aire.

Y todo ese mundo que sus mortales ojos no eran capaces de vislumbrar, cobró vida y tomó forma cuando lo contempló con los del alma.

¡Estaba allí!

Tan solo un débil puente de madera, que encarnaba las miserias humanas, la separaba del sueño.

Empezó a cruzar, lentamente, vestida de espíritu, esa frágil pasarela y toda la niebla que cubría ese mundo empezó a desgarrarse en pequeños jirones para acabar mostrando los tesoros que encerraba.

Su alma, según se adentraba, era capaz de descubrir nuevos sentimientos, pero en su pecho solo cabía una idea: encontrar la estela del Amor.

Con la tensión de quien espera una noticia que puede cambiar su vida, la joven sacó su corazón, lo dejó en el aire y empezó a viajar hasta que una de esas invisibles estelas lo envolvió entre sus suaves manos.

La joven empezó a sentirse presa de una loca carrera de emociones que la liberaban; las lágrimas de la otra vida murieron al instante; los temores que, un día, tuvo, se transformaron en nuevos caminos en los que brillaba una luz; en fin, todas esas espinas, todos esos miedos y dolores, esos viejos harapos con los que se viste el mortal amor, murieron en el instante en el que sus ojos rompieron la barrera que separaba su corazón del alma.


La consolaba el hecho de que en su pecho hubiera reflejos del verdadero amor, pero descubrió que con solo atravesar la débil pasarela del alma, vistiéndose de aire, podría ser esa agua virgen, una de esas estelas que es capaz de llenar de eternidad el mundo que se pisa.

viernes, 20 de octubre de 2017



EL REENCUENTRO



¡Cuántas veces recordaba esas horas en las que su mirada planeó sobre la erizada piel del mar dejando esos secretos que solo se comparten con el alma!

Fueron días en los que la juventud de su corazón le reclamaba un sueño, y en esa etapa de la vida solo uno podía satisfacerlo: amar y ser amada con la intensidad de lo eterno.

Esos sueños llegaron a incendiar su pecho; por momentos, fueron como esas débiles olas que morían a sus pies, pero, en el último instante, acababa venciendo ese ideal que la llevaba, cada mañana, a compartirlo con el mar.

Y, un día, el mar le habló.

Una de esas moribundas olas que sabían que su vida terminaba en la orilla, se negó a morir sin, antes, revelarle su destino.

Lejos de que su espumaje se diluyera hasta desaparecer, se vistió de nieve y quedó flotando sobre las aguas. Secuestrada la mirada de ella, la ola se alzó, en la cima de su belleza, como blanco caballo que reta al viento; cautivado el corazón, dejó en el aire el eco de su última palabra, ese misterioso sonido que, junto al del viento y la lluvia, es capaz de adentrarse en el alma y fundir lo mortal con lo eterno.

Fue el más hermoso poema que las aguas pudieron dedicar a su sueño y, como tal, la joven lo interpretó:

La espuma vestida de nieve serían esas noches de blanca luna en las que sus labios conocerían el sabor de un beso y en las que escribiría, junto a lo amado, una nueva historia.

El instante en el que la ola se asemejó a un bello corcel, representaba esa inmensa libertad que sentiría su corazón cuando el sueño fuera alcanzado.

Y el eco que dejó la ola, esa última palabra, fue la definitiva prueba de que sus deseos se harían realidad.

En ese último bramido del mar, ella escuchó un nombre.

Pasaron unos cuantos años desde todo aquello y volvió al escenario que cambió su vida, pero lo hizo acompañada de una niña, de su hija.

Quiso enseñarla el lugar en el que vivió ese milagro, que conociera dónde liberar sus secretos, pero, sobre todo, quería decirle que allí fue donde escuchó, por primera vez, su nombre, el de la hija que ahora la acompañaba.

Apenas los desnudos pies de la madre se adentraron en el agua, sintió cómo las emociones se vistieron de columna de fuego que recorría su cuerpo hasta que se detuvo en su alma.

Alzó la mirada y sus ojos volvieron, como aquellos días, a abarcar la infinitud del mar.

Sensibilizada, con los ojos humedecidos porque el amor también se viste de lágrimas, con la voz quebrada porque la felicidad ahoga las palabras, dejó en ese aire salino un prolongado y profundo suspiro que encerraba todos aquellos días que se acercó a visitar esas aguas; un suspiro que era esa página de su vida en la que se escriben los sueños cumplidos.

Tomó, de la mano, a la pequeña y la invitó a “coger” una ola, la que le pareciera más bonita.

Quién sabe si esa niña, al cabo de los años, volverá allí para recordar que, un día, el mar escribió un sueño en el libro de su vida.


sábado, 14 de octubre de 2017

CUANDO  LOS SUEÑOS BAILAN





Se apagaba el día, las luces agonizaban y el mar llamó a quien quisiera oírle, para que lo contemplara de cerca, para que dejara, en él, el alma y llenara el cielo con esas mudas palabras que son los sentimientos.

Ella, en cuyo pecho habitaban emociones que necesitaban ser saciadas, abrió las ventanas del corazón y se asomó a ese balcón de sueños que eran la noche y el mar.

Se quitó uno de los guantes que cubrían sus finas manos y lo dejó sobre la cubierta esperando que la luna lo recogiera; apenas esa funda de seda había descansado, una brisa enamorada, es decir, un suspiro de la propia luna, lo arrebató para que durmiera en el mar; y allí quedó, flotando en unas aguas cautivadas por el regalo de esa joven a la que tomaron por musa.

Y mientras ella contemplaba, con el silencio y la quietud de una sirena, cómo su prenda causaba estragos en el marino corazón, las nubes empezaron a abrirse en ordenado abanico hasta formar un perfecto halo alrededor de la luna.

Alguien que había sido capaz de arrancarle un suspiro a la luna, de que el mar se estremeciera, de que la brisa dejara ecos que turbaban el alma de la noche, era digna de que la luna detuviera, en ella, su mirada.

No sabemos la pasión que encierra un amor instantáneo, pero muy intensa e íntima tuvo que ser, pues la luna paseó su brillo sobre los azules ojos de esa joven vestal sagrada y, ambas, se transformaron en inmortales espíritus.

¡Oh Dios!, ¿cuál es el precio a pagar por contemplar el instante en el que la luna y la joven se miraron?

Tras un momento de quietud, de esa emotiva tensión que nace cuando sientes que el corazón te pide algo, rompieron su silencio con dos suspiros que parieron, a la vez, sus hermosos labios.

No hacía falta ningún gesto, ninguna palabra, solo eso fue necesario para rasgar el velo que las separaba.

Y como el corazón no entiende de preámbulos, la luna deslizó, entre la gasa de nubes y las finas capas del aire, unos rayos de luz que viajaron en busca de esa divina y mortal figura.

La joven sintió cómo esas manos de plata se ceñían a su cintura, cómo su espalda se estremecía cuando los blancos destellos la rodearon en un pasional abrazo; rendida ante tanto amor, la joven le ofreció, como quien entrega su alma, el blanco chal que la cubría.

Desatado el éxtasis, se rompieron las cadenas del corazón y la luna dejó, en ese rostro soñador, un blanco resplandor: el beso más virgen que unos labios hayan podido dar.

Jamás pensaron que sus corazones pudieran abarcar tanta dicha, jamás imaginaron que llegaría esa hora en la que el alma pidiera un descanso ante tanta felicidad, pero lo cierto es que, esa noche, lo mortal se vistió de espíritu.

Esa noche, no bailó la joven con la luna: bailaron un sueño y un milagro.