miércoles, 11 de julio de 2018

LA CUEVA DEL ENCUENTRO




Buscaba la soledad necesaria para lamer las heridas que la ausencia de su amada le había dejado. Buscaba un rincón en el que el silencio fuera la única compañía de sus pensamientos y de su nostalgia. Tan ávidamente quería recluirse en el anonimato, que encontró una escondida cueva.

Desierta, como él se sentía; fría, como su ánimo; ignorada por el mundo, cómo él creía, también, serlo, se refugió en sus entrañas para que el tiempo pasara.
Habitando en esa soledad, en su pecho se produjo el inevitable choque entre esas dos fuerzas que habitan en todo amor: el miedo y la esperanza.

La había perdido momentáneamente, pero el temor por no volverla a ver se transformó en una indómita ola de fuego que lo consumía hasta hacerle caer en ese inframundo donde solo vive lo que ha muerto.
En las húmedas paredes de la cueva solo veía lágrimas, el tímido aire que la recorría sonaba a gemidos y pensaba que hasta la tierra que pisaba, en cualquier momento desaparecería.

El miedo había sido el primero en golpear, su corazón había quedado aturdido, al límite de la rendición, pero el alma aún no había dicho la última palabra.
Y tras ese fuego devorador, se abrieron los pequeños vanos por los que respiraba la esperanza.
Sin hacer ruido, fue apagando las llamas que infundían el temor, acallando los lamentos del aire, fortaleciendo el suelo que pisaba e iluminando las espesas sombras que la cueva no dejaba de engendrar y que envolvían al desesperado amante.

En un momento dado, como un rayo que atraviesa el cielo, en su pecho se produjo esa metamorfosis que solo experimentan quienes se niegan a dar por perdido a lo amado y, en un arrebato de amor, en una iluminación propia de un corazón esperanzado, creyó que aún era posible ese encuentro con su amada.
Atropelladamente, como si la vida fuera a terminar en unos segundos, sus manos iniciaron una loca carrera e iban dejando sus huellas en esas húmedas paredes que lo encarcelaban. Tal vez creyera que, en uno de esos roces, encontraría las de ellas, o que esas pétreas barreras se rendirían y se rasgarían cuando sintieran el leve tacto de unas manos en las que latía la esperanza.

Desconozco el inmediato resultado de esa esperanzadora búsqueda, pero, al cabo de muchos años, alguien volvió a entrar en esa cueva y descubrió el milagro.
Sobre cada una de las manos que el amante dejó en esa cárcel de amor, aparecían otras, femeninas, que se ofrecían, como labios que buscan ser besados, a las que él fue dejando.
El aire que recorría esas entrañas no gemía ni suspiraba, sino que encendía leves sonrisas en quien lo respirara.

No sé si el encuentro fue real, si ella surgió como espíritu que trasciende el tiempo y la distancia y atravesó los muros en los que el amor agonizaba y luchaba, pero lo cierto es que quien se adentre en esa cueva, hallará el más maravilloso monumento al amor que no se da por vencido, encontrará la respuesta a todos esos corazones que luchan con la incertidumbre y verá, con sus propios ojos, que el corazón no conoce barreras, por pétreas y sólidas que sean, pues siempre encontrará respuesta a esa esperanza que no muere.
Siempre encontrará….una mano que se le ofrezca.



Foto: “La Cueva de las Manos” (Río Pinturas, Santa Cruz, Argentina)

sábado, 7 de julio de 2018

MILAGROS DE LA NATURALEZA



Todo enmudecía y la vida latía en una armoniosa quietud; tal era el silencio, que un leve gemido del aire era como esas voces gregorianas que trascienden los conventuales muros e impregnan, de espiritualidad, allá donde alcancen.
Aunando la paz visual y espiritual que ofrecían esos campos, la inmóvil estampa de la naturaleza era capaz de neutralizar el alma y dejarla en suspense, contemplativa, ensimismada, imaginando la belleza que la esperaría en el Cielo.

Pero en medio de ese paisaje, como claro de luna que emerge entre el espesor del bosque, como un leve suspiro que rasgara el silencio, como una despistada lágrima de nieve perdida en los dominios del verano, surgió uno de esos milagros que ofrece la tierra.

Como un corazón de color lila incrustado entre la verde espesura que lo rodeaba, nacía un hermoso campo de lavandas.
Mi mirada se perdió sobrevolándolo y ambos parieron un sentimiento que explicarlo no basta.

¡Qué fácil es rozar los umbrales de la gloria!: basta que la Naturaleza deje un simple destello de su belleza, o que deje caer, de sus ojos, una de las más hermosas lágrimas, o que robe, al azar, un color del arco iris para adornar una de sus criaturas y la bautice con uno de los más bellos nombres, para que nazca ese milagro, vestido de flor, que se llama “lavanda”.

Hubo un instante en el que contemplar tal belleza no era suficiente, por lo que me acerqué a esa “visión” para rozarla.
Toqué la suave piel de sus flores y el ramo de lavandas dejó escapar un suspiro, un aroma embriagador que me adentró en esos caminos reservados para los que aman, donde lo onírico y lo real se besan hasta confundirse.
Agradecidas, una leve brisa inclinó sus “cabezas”, en sutil reverencia, mientras la hierba, a sus pies apostada, callaba y se rendía a ese acto en el que la lavanda daba las gracias.

Podrían sacarse infinitas metáforas que pretendiesen expresar la belleza de esas silentes flores, pero como los sentimientos son abstractos y etéreos, me quedo con el recuerdo de una piel que me hizo sentirme cerca del cielo, me quedo con esos suspiros que me robaron el alma, me quedo con ese silencio envolvente que raptó mi mirada y me ayudó a cruzar esos umbrales que separan el cielo de la tierra.

Lavanda…, aún resuena tu nombre en mi pecho y cada vez que lo oigo, sueño.

jueves, 5 de julio de 2018

EL DÍA QUE MURIERON LOS AMANECERES


Perdona que no pida permiso para adentrarme en tu alma, que no pregunte si en ella habita el deseo de que alguien le hable, pero es la mía quien necesita ser escuchada; por eso rompo los umbrales de la intimidad y libero esas emociones que en mi pecho se sienten encarceladas.
Hoy quiero liberar esos sentimientos que, sin saber por qué, te atrapan y te sumen en una felicidad que desearía grabarla a fuego, o guardarla en esos rincones del corazón cuya existencia solo conoce quien ama.

Alguna vez soñé que la noche era eterna, que el brillo plateado de la luna nunca moriría y que sus estrellas serían eternas bengalas, pero lo asumí como uno de esos sueños que dibujan una efímera felicidad que nace y muere espontáneamente y sin permiso.

Ocasionalmente, lo recuerdo como quien evoca esa canción que sonaba cuando su corazón fue correspondido por la persona a quien amaba, o como quien resucita ese paisaje en el que sintió que Dios le robaba el alma.
Y es que no puedo olvidar ese momento en el que, una noche en calma y un viento sereno, la tierra se disipó y se volvió trascendente todo lo que me rodeaba.

Sabía que llegaría el alba, con su luz, con su vida, pero la huella de ese sueño fue tan profunda que sigo herido por ella y ya no siento nostalgia por ese amanecer: mis ojos solo esperan el encuentro con ese sueño en el que la noche se volvió eterna.

No serían necesarias las palabras para explicar este sentimiento, bastaría que te fijaras en mis ojos para que descubrieras de qué color son los sueños o en qué momento la ilusión nace en la mirada.
Podrías descubrir, en esos silencios prisioneros de emociones, que el límite de mi corazón es ese horizonte en el que muere lo terrenal y nace lo eterno, y bastaría que respiraras el aire que me rodea, para que entendieras que este mundo se me queda pequeño.

Y no hablo de quimeras, de utopías o de volátiles esperanzas que mueren al poco de nacer, no; me refiero a esas íntimas vivencias que un día cruzan por tu vida y dejan, en ella, una imborrable huella, un inmortal recuerdo que será el respiradero del corazón cuando este se sienta herido.

Sí, laguna, Laguna Negra, al pasear junto a tus húmedas orillas, me asomé a tus oscuras aguas y supe, desde ese instante, que la noche me invitaba a ser morada de mi alma.
Sigo viendo cómo los pinos que te bordean dejan flotando sus sombras sobre tu piel de ébano, con la silente compañía de esos destellos de plata que la luna deja en tus aguas, y cada vez, Laguna Negra, que te recuerdo, vuelve a nacer ese sueño en el que, una noche en calma y un viento sereno, todo se volvió eterno.
Sí, fuiste tú, Laguna Negra, la razón de que en mi alma murieran los amaneceres.



Foto: Laguna Negra (Soria, España)

domingo, 1 de julio de 2018

RECUERDOS DE UN PUENTE



Una matutina luz iluminaba los lomos del viejo puente; limpia, como la de cualquier amanecer, dejaba al descubierto la senil belleza de sus castigados sillares de piedra, quienes resistían los hachazos del tiempo mientras veían, días tras día, cómo las tranquilas aguas de ese río pasaban por debajo de él dejándole un fresco beso en sus pétreos y curvos labios.

A esa hora, el río aún dormía y sobre su piel se dibujaban las serenas sombras de unos olmos apostados en unos pequeños miradores, como si fueran sus ojos, que asomaban sobre la frente de un anciano puente que ya iba perdiendo la vista.
Todo transmitía sueño, pero un sueño que empezaba a romperse con la llegada del alba.

Sobre el plateado río, unos luminosos y dorados rayos enmarcaban la verde y esbelta silueta de los árboles. Oro, plata y esmeralda se fundían en una estampa que sería el sueño de cualquier alma en la que habitara la paz, alma que suspiraría por ser parte de esa combinación de luz, vegetación y agua.
Pero aún faltaban más elementos que pedían incorporarse a ese mágico mundo.

Según el cielo se iba despertando, descorriendo las negras cortinas de la noche y pintando claros, surgió una leve y fresca brisa que inspiraba nacientes ondas, suaves latidos que empezaban a despertar en el pecho del río; de igual manera, las estáticas ramas de los olmos aceptaron la invitación de ese embaucador aire y sus copas iniciaron un lento vaivén: los “ojos” del puente se movían de un lado a otro oteando el horizonte y lamiendo, con sus puntas, las orillas del cielo.
La vida que rodeaba al anciano puente había despertado, pero con tal calma, tan suavemente, que pareciera que seguía soñando.

Y si todos estos atributos con los que la Naturaleza quiso honrar al centenario monumento no fueran suficientes, añadió un elemento místico que lo elevaba a la cumbre de lo trascendente: el silencio.

Desde sus lomos, entre sus erguidos centinelas, se podía contemplar un horizonte en el que el cielo besaba ese umbral en el que moría la tierra. El propio amanecer dejaba un incienso de luz en ese tramo que separaba el puente y lo infinito, el río ensanchaba su corazón para que sus destellos de plata no quedaran en el olvido.

El puente no pudo evitar que un nuevo, fresco y húmedo beso bañara sus pétreos labios
.
Sus sillares, temblorosos, parecieron liberar recuerdos, los olmos cantaban a la vida y el puente, emocionado, dejó que esas gotas que pendían de sus labios se vistieran de felices lágrimas.

Así deje al puente: llorando de alegría mientras la luz, la vegetación y el agua, oro, plata y esmeralda, dibujaban sueños en esas almas que, llenas de paz, deseaban por formar parte de esa maravillosa estampa en la que un senil puente suspiraba recuerdos.

viernes, 22 de junio de 2018

EL LLANTO DE LA LUNA



Una noche, no recuerdo cuál, dejé latiendo en el cielo un deseo, uno de esos que piensas que morirá en el anonimato de las nocturnas sombras, pero tan clavado lo tenía en el alma que jamás olvidaría ese pensamiento.
Y no lo hice, pero lo veía tan lejano como esos suspiros que huyen sin vuelta; sin embargo, sucedió uno de esos imprevisibles hechos que solo sorprenden a quien es feliz cuando ama por amar, sin esperar castigo ni premio.

Una mañana, tras una noche húmeda, en la que el agua se asemejaba a las lágrimas de una luna herida de pena o de amor, la tierra despertó enriquecida de cristalinas gotas a las que una caprichosa luz del alba vestía de blancos diamantes o azules esmeraldas.
Sería el recuerdo de tus ojos, esos que, un día, se grabaron para siempre en mi alma, pero el caso es que al contemplar ese maravilloso mar de lágrimas cubriendo la tierra, el alba se retiró para que fueran tus ojos quienes llenaran de luz esa recién despertada tierra.

El rocío (que eso era lo que habitaba en la pradera) parecía tener vida, y tan maravilloso era que le puse tu nombre.

Cada vez que recuerdo ese momento en el que una silenciosa noche escondió, entre sus brazos, mi secreto, o ese amanecer en el que el rocío vistió de hermosas lágrimas el rostro de la tierra, vuelvo a evocar tu nombre, como si estuviera llamando a esa pradera en la que tus ojos quedaron grabados como lo están en mi alma.

He vuelto a ese lugar en el que dejé a una luna emocionada salpicando de rocío a la tierra; todo seguía igual: el silencio, un místico misterio, una leve brisa que solo infundía paz y, como vestigio de aquel milagro, dos gotas de rocío, dos lágrimas, en una pequeña hoja.
Las tomé en mis manos y, nada más sentir su roce, oí una de esas enigmáticas voces que solo oye quien ama: eran dos palabras, eran dos nombres.
Una de ellas era una de esas que la luz del alba transformó en azul esmeralda; es decir, tu mirada; la otra, un blanco diamante, es decir, mi esperanza.

Y así me gusta recordarte: el fruto del llanto de una luna a la que mi sueño de amar y ser amado, la hirió de amor y le provocó dos lágrimas de rocío: tu nombre y el mío.

lunes, 18 de junio de 2018

EN LAS MANOS DEL VIENTO


Hay momentos en los que el corazón exige rescatar aquellos sentimientos que, más allá de la razón que les dio la vida, habitaron, un día, entre sus paredes; y lo mismo le sucede al alma, quien en un intento de analizar el camino recorrido, quisiera volver a contemplar esas etapas que, en un tiempo remoto o cercano, cruzó.
Pero esas emociones murieron para dar paso a otras o abandonaron el pecho y huyeron para no volver.

Ahora, cuando se trata de rescatarlas, de volverlas a mirar a los ojos, como quien contempla una foto de cuando era niño, amanece un lamento por no saber dónde encontrarlas.
Hace años que dejaron este mundo y vagaron por esas rutas invisibles del cielo en las que descansan los suspiros, los sueños, las reflexiones, todo aquello que alma y corazón confiesan en la intimidad y en secreto.

Pero yo sé dónde encontrarlas.

Con total seguridad, se hallan en las manos del viento, ese viento que, cuando intuye que las emociones están huyendo de los pechos, cuando adivina que los labios musitan, en silencio, las plegarias del corazón, cuando siente que el aire se ha cargado de fugitivas emociones, entonces, se arranca las cadenas que lo mantienen en reposo y cruza el cielo apropiándose de todos aquellos sentimientos que unos corazones poetas y contemplativos dejaron latiendo en el aire, arrastra aquellas palabras que parieron unos labios suplicantes, secuestra los íntimos pensamientos que nacieron de almas sensibles, de corazones heridos o de pechos, por el amor, embriagados; en fin , peina la tierra, hasta desnudarla, dejándola en carne viva.

¡Cuántas veces, ante su presencia, lo he mirado de frente, he cerrado los ojos y he sentido el ímpetu de sus impulsivas manos en mi rostro!
En ese instante en el que el viento te acaricia, el alma sale a su encuentro y recuerda su vida.
Cuando el viento descarga el peso de sus manos sobre unos ojos que se cierran para vivir en silencio, en ese instante el que solo se siente el eco de su volátil voz, el corazón despierta y resucitan todas esas emociones que lo forjaron.

Si quieres saber a dónde huyeron tus lamentos, dónde duermen tus sueños o bajo qué techo se cobijan tus deseos, mira al cielo, y cuando sientas que el viento va dejando su huella, ponte en su camino, ofrécele tu rostro, deja que te lo acaricie y allí, en una de sus etéreas manos, viaja esa parte de tu alma, ese secreto que tu corazón, un día, dejó escapar al cielo.

sábado, 16 de junio de 2018

LOS CAMPOS LLORABAN



Esa mañana, los campos lloraban.

Los trigales mecían sus doradas cabezas dejando, en cada vaivén, un suspiro en el aire; el viento, con sus gemidos, esparcía el dolor de una tierra que sentía una ausencia; la misma tierra se resquebrajaba porque echaba en falta esas huellas que, diariamente, la lamían; todo era una triste voz porque algo les faltaba.

Ese día no acudieron a la cita aquellos amantes que jamás incumplieron con ella.
Sus sombras no asomaban por el horizonte, no se oía el crujido de la paja muerta bajo sus lentas pisadas y un enmudecido aire añoraba los ecos de esas risas que se perdían en el aire, como limosnas que regalaban al cielo, mientras paseaban.

Los campos lloraban.

Por el arroyo apenas corría un agua que, ayer mismo, jugueteaba entre los guijarros dejándoles esos frescos besos que el alba se reserva recién despertada; esa mañana, sin embargo, algo le decía a ese arroyo que en él no se grabaría ninguna promesa de eternidad, que esperaría, en vano, que los enamorados dibujaran, en su transparente piel, esas ondas en las que viajaban sus sueños.

Todo era ausencia, todo era una anisada espera porque llegara ese momento en el que dos simples corazones eran capaces de devolver la vida a unos campos que agonizaban.

Los campos lloraban.

Sus lágrimas esculpían tenebrosas nubes que avanzaban con la lentitud de un cortejo fúnebre.
El Sol se esforzaba por dibujar una sonrisa de luz en medio de esa tragedia, pero él también necesitaba la presencia de esos enamorados para cantar a la vida.
Y aquellos álamos que ayer ofrecían sus ramas, para dar cobijo a esos amantes mientras sus silenciosas miradas pintaban su maravilloso futuro, ahora las extendían hacia el cielo, como manos suplicantes que imploran un milagro, y adquirían la forma de inhiestas velas de esmeralda que regalaban a Dios su fresco aroma como sagrado incienso.

Lloraban…y rezaban los campos.

Lágrimas y oraciones formaban un solo cuerpo, un cuerpo que tenía herida, de muerte, el alma.

Pero ese don innato de supervivencia que anida en todo ser vivo, se rebelaba a asumir el trágico destino de no ver a esos amantes.
Fuera el deseo que habitaba en el corazón del cielo, fuera el sueño que la tierra guardó en sus entrañas, fuera el milagro con el que soñó el viento, fuese el íntimo presentimiento que tuvo el arroyo, o fuese ese pálpito de enamorado que latía en los trigales, más allá de cualquiera de estas razones, el caso es que por el horizonte asomaron dos sombras.

Sobrevolando las emociones que se desataron en esos campos, omitiendo las exaltadas reacciones que nacen en un corazón que halla lo perdido, solo importa saber el por qué esos amantes regresaron.
Y las únicas razones (así lo escribieron ellos, luego, en las aguas del arroyo) fueron el eco de las lágrimas, el peso de los suspiros, el aullido del viento, el dolor de la tierra, en fin, fue la propia Naturaleza quien despertó, en esos amantes, la necesidad de reencontrarse con esa cita y devolver, a esos campos, la vida.

Y allí, en las, ya, felices aguas del arroyo, volvieron a escribir sus sueños vestidos de ondas.
Ahora solo rezaban para que nunca más sintieran la ausencia de dos personas que se aman.

Los campos…ya no lloraban.