sábado, 17 de febrero de 2018

SE VESTIRÁ DE “NOCHE”




Se vistió de noche para contemplar la nieve que se dibujaba en la lejanía. Era un homenaje a esa noche en la que su pecho quedó herido por un amor que jamás olvidaría.

Había quedado secuestrada por aquel momento en el que los ojos por los que soñaba se detuvieron frente al balcón de los suyos y le entregaron la silenciosa misiva de un beso.

Poco importaba que, ahora, la luz presidiera el cielo o que sus ojos pudieran contemplar cuanto abarcaban, para ella siempre sería noche, aquella en la que su alma quedó anclada en ese instante en el que la vida saltó los cerrojos del baúl del Amor.

Su vestido, elegante, ocultaba las estrellas que, aquella noche, quedaron al resguardo de la plateada mirada de la luna, una luna que ella veía en el blanco horizonte que se dibujaba ante su vista.

La larga cola que barría el suelo de la terraza a la que se asomó era la viva imagen de los suspiros que quedaron latiendo en el oscuro aire tras ese limpio beso.

Toda ella reflejaba un sentimiento de paz, esa que se vive cuando se encuentra lo que se desea, y tan profundamente quedó grabado en su pecho que ella lo resucitaba cada vez que la Naturaleza le ofreciera un motivo para hacerlo.

Bastaba un tul de blancas nubes para rememorar el traje que, esa noche, se puso la luna, era suficiente una tímida brisa de aire limpio y puro para recordar esa etérea mano que los envolvió mientras se besaban, era contemplar ese horizonte en el que el cielo y la tierra se funden para revivir el sentimiento que la invadió cuando él la hizo presa entre sus brazos y su mirada.

Esa mañana, contemplarla era recordar esos sueños en los que nuestro corazón huye del presente y se asoma a un mundo en el que todo es infinito y eterno.

Esa era la sensación que ella vivía cada vez que esa noche asaltaba su alma.

Quedará en el secreto de sus silencios los pensamientos que viajan desde sus ojos hasta ese lienzo de nieve y blancas nubes que le ofrecen la posibilidad de rememorar aquel milagro, pero no sería nada aventurado afirmar que en ellos está escrito un nombre, dibujados unos ojos, y grabados, a fuego, un beso.

Contemplativa, enamorada, dichosa, llena de vida, así quedó, y seguirá quedando, esa joven cada vez que el cielo le brinde la oportunidad de recordar ese mágico segundo en el que su corazón se rindió al amor; entonces,… ella tomará su vestido negro y se vestirá de noche, esa noche…

Abel de Miguel


viernes, 2 de febrero de 2018

CUANDO LA VIDA SE VISTE DE CRUZ



Si hubo un tiempo en el que el alma dormía porque la vida no le hacía sentir la necesidad de acordarse de Dios, o si existió una época en la que Dios solo era un simple espectador al que le ofrecía los buenos momentos, quisiera asegurar que ese letargo en el que el alma se encontraba se ha roto.

Bastó que las circunstancias se tensaran, para que el débil ropaje que cubría el corazón se desgarrara en gritos de auxilio hacia ese Dios medio olvidado.

Como el crepitar de una hoja de otoño cuando el más débil la pisa o es zarandeada por la brisa más inocente, así sonó mi alma cuando la vida elevó unos pocos grados el calor de la cruz.

Las llamas encontraron, en ese corazón acomodado, el terreno ideal para extenderlas en una fugaz carrera que parecía asolar con el más mínimo atisbo de esperanza que encontrara.

Pero en ese instante en el que el cuerpo pide a gritos que se alce la bandera blanca de la rendición, en esos segundos capaces de devorar los años vividos y reducirlos a la nada, en medio de esa vorágine que destruye cualquier esperanza, surgen las débiles cenizas de esa alma que, aunque perezosa y retraída, nunca se olvidó, del todo, de Dios.

Es, entonces, cuando se entabla la cruda lucha entre ese hombre “viejo” que se aferra al mundo y el hombre “nuevo”, el que mira por encima de las cruces de la vida porque sabe que detrás de ellas está Dios.

Muchos podrán asegurar que esta guerra no es agradable, que hace sufrir, física o moralmente, lo que nunca se desearía, pero también es verdad que mientras seamos capaces de tener la mínima disposición para luchar, mientras haya un débil aliento de fuerza para no resignarse a ser vencido, mientras el alma tenga la fuerza necesaria para dejar escapar un débil gemido de auxilio a Dios, esa batalla acabará siendo vencida.

Y hablar de victoria no significa que las cruces hayan muerto, significa que cuando vuelvan a proyectar los negros reflejos de sus sombras sobre esa misma alma, no la encontrarán dormida ni sus llamas podrán avanzar alegremente devastando cuanto encuentren.

Habrá nuevas luchas, el corazón sentirá desasosiego por no ver cumplidos sus sueños, pero detrás de todos estos pueriles proyectos quedará un inmenso remanso de paz al sentir, al saber que, pase lo que pase, Dios está al acecho y vigilando cada una de nuestras vidas.

Sí, el hombre “viejo” sufrirá, pero será mayor el consuelo de ese hombre “nuevo” que lo fía todo a Dios.

Y cuanto mayor sea el desapego por estos bienes caducos, cuanto mayor sea la ilusión por abandonarse en las manos divinas, menores serán los sufrimientos que nos dé la vida y mayores las alegrías por tener, aunque no sea nada, de nuestro lado al Autor de esta vida

Abel de Miguel
Madrid, España

viernes, 19 de enero de 2018



UN SUSPIRO DE LUZ





Déjame que recurra a ese instante en el que el cielo empieza a saborear la muerte, en el que los fríos labios de la noche le roban las últimas gotas de luz y deja sobre el amoratado rostro del ocaso unas lágrimas que se convertirán en estrellas, déjame que me recree en ese momento para revivir ese ayer en el que nos tuvimos que despedir y nuestras miradas quedaron cubiertas por el velo de la distancia.

He grabado, en la memoria del corazón, esa amarillenta franja que se dibuja en el horizonte, ese último estertor o suspiro de luz que el sol deja como testamento, para recordar ese momento en el que nuestros corazones quedaron en suspense al saber que se alejaban y nuestras manos se negaban a separarse para evitar un temporal adiós.

Al contemplar este atardecer, no he podido evitar que mi mirada se disperse a lo largo de esa interminable pradera de luz en la que el cielo y la tierra se funden en un abrazo sin fronteras; la he recorrido lentamente, recreándome en esa intimidad que viven lo terrenal y lo etéreo, para evocar esos segundos en los que nuestros labios, ayer, se dieron el último beso.

Y no he podido evitar que esas incipientes estrellas que empiezan a asomar, silenciosamente, en el cielo, que se adentran respetuosamente, rozando lo sagrado, en ese espacio en el que saben que el sol está muriendo, me devuelvan la imagen de esas furtivas lágrimas que no se atrevieron a escaparse para evitar que fuera mayor nuestro dolor.

Pero no todo es nostalgia, también he soñado. Lo he hecho al entrever entre las oscuras nubes esos jirones azules, esos retazos del último cielo del día que, poco a poco, se ocultaban según la noche cerraba sus negros párpados. He recordado, no he podido evitarlo, tus ojos. Me queda el consuelo de pensar (si es que en la locura del amor cabe la razón) que las nubes que ocultan la última luz eran mis manos acariciando tu rostro en el momento del adiós.

Y así, entre recuerdos que luchan por sobrevivir a esta espera, a ese mañana, viviré esta noche soñando con el reencuentro, y las estrellas serán un recuerdo de esa luz que permita que nuestras manos y miradas se vuelvan a cruzar.

Déjame que este último suspiro de luz me llene, al recordarte, el alma.

viernes, 12 de enero de 2018

EL SUEÑO DE UN ÁNGEL




Sería un bonito cuento o una hermosa leyenda si no fuera porque hay quienes lo han vivido y pueden contarlo.

Habrá alguna alma que pueda alzar la voz y proclamar que su amor fue tan alto que hizo descubrir, a su propio Ángel, un sueño mayor que el del que él nació.

Porque si los ángeles son el fruto de ese instante en el que Dios dejó escapar su Espíritu para que protegiera a quienes habitaran la tierra, si nacieron del más puro amor que el Creador tuvo a sus creaturas, si ellos son la más sublime muestra de una desinteresada entrega, algunos corazones podrán decir que ellos fueron ángeles, pues llegaron a palpar esa espiritualidad con la que están forjados esos querubines que nos amparan.

Tal vez esos enamorados hayan rozado el sublime nivel al que alcanza el corazón de un ángel y hayan elevado a tan alta cima lo amado que sus almas fueran las mismas alas de aquel que Dios les había encomendado.

Y hubo quienes lograron que su propio ángel soñara con ese amor que latía en sus corazones, hasta el punto de que el guardián arrebatara parte de esas emociones, se quedara con unos pocos de sus sueños y se llevara, al Cielo, esa pócima de amor para contemplarla.

En sus etéreas manos llevaba los dones reservados para aquellos que se aman, entre sus alas escondía las palabras que nacieron en la intimidad de una luna a media luz o bajo el hechizo de un mar cuyas olas eran suspiros, y en los ojos del ángel quedaron grabadas las miradas de los amantes, esas miradas que dejaron al descubierto sus corazones, desnudas sus almas y que fueron capaces de humedecer los cristalinos ojos de un ángel que se rendía a un amor que, hasta entonces, solo había visto en su celestial morada.

Una vez de regreso al Cielo, el ángel se sentó en su dorada tribuna, dejó, a sus pies, los corazones de los amantes y se dispuso a contemplarlos sabiendo que tenía la eternidad para ello.

Pero solo hicieron falta dos latidos, uno por cada corazón, para que el ángel quedara sumido en un profundo arrebato que le trasladó a ese exclusivo rincón en el que solo habitan los sueños de Dios.

Desde entonces, el ángel acude a esa milagrosa vitrina y contempla los corazones de esos amantes cada vez que quiere soñar.

viernes, 29 de diciembre de 2017



UN SUEÑO SOBREVUELA LA ALHAMBRA




Era una fría mañana, un día de invierno en Granada.

Un cielo plomizo de grises nubes abrió los labios y el aire parió suspiros, recuerdos de amores que cayeron cautivos en los brazos de esa tierra.

Nunca murieron, se resistieron a abandonar el lugar en el que sus corazones encontraron la causa por la que vivir y, en esos días en los que el cielo estaba dispuesto a escribir un poema, salían de su letargo, sobrevolaban la cuna en la que nació su amor y dejaban el eco de su último beso o el del lamento por aquel que no pudieron dar.

El corazón de Granada latía al impulso de esos sentimientos resucitados y fue capaz de robar, al mismo cielo, un llanto de blancas lágrimas que se adornaron de nieve.

La Sierra se vistió de novia y ofreció su inmaculado ramo de copos a la Alhambra, el refugio que inspira a los sempiternos amantes sueños de eternidad.

Sus rojizos muros quedaron cubiertos por níveas manos y sus dormidas piedras desempolvaron esas leyendas de amores imposibles o prohibidos. Al contemplar esta escena no pude evitar sentirme Alhambra y soñar que tú eras nieve.

Y cuando aún sentía la intensa carga del recuerdo de ese día en el que nuestras almas se esposaron con las invisibles alianzas de nuestras miradas, entre ese tapiz de grisáceas nubes surgieron tus azules ojos, que no se apartaban de esa sierra vestida de novia; arrastrado por el hechizo marino de tu mirada, los míos fueron a tu encuentro y, juntos, revivieron ese día en el que escribimos una de esas leyendas que adornan los muros de la Alhambra.

Ya no importa el tiempo que haya pasado desde que nació nuestra historia, es superfluo contar los días; solo queda el imborrable testimonio de estos días en los que el cielo inunda de suspiros a Granada, en los que una núbil sierra se entrega a su amante, la Alhambra, y en el que nuestras almas, selladas con la invisible alianza de nuestras miradas, sobrevuelan ese monte en el que se escriben leyendas que nunca mueren.

Sí, hoy, un sueño sobrevuela la Alhambra: el nuestro.

miércoles, 27 de diciembre de 2017



NUNCA Y SIEMPRE



Si fuéramos capaces de detener el corazón en su estado más sublime, en ese momento en el que ni las amenazas de la vida son capaces de enfriar sus emociones, en el que los peligros se convierten en débiles gasas ahuyentadas por un simple suspiro de amor, en el que el futuro no existe porque todo es eterno, si pudiéramos hacerlo, en ese corazón solo existirían dos palabras que serían el epitafio de quienes se aman de verdad: NUNCA y SIEMPRE.

Y dando por hecho que tengo entre mis manos esos corazones, estas son las voces que se oyen:

Nunca dejaré que nazcan, de tus ojos, una lágrima triste, porque siempre tendrás, en mis labios, la palabra que la cure.

Nunca mis manos sentirán la soledad, nunca sentiré un aire frío y solitario recorriendo mis palmas, porque siempre tendré las tuyas, envolviéndolas en calor, o siempre existirá el recuerdo de ese paseo en el que las nuestras se entrelazaban.

Siempre encontraré, en el cielo, el espejo de tu mirada, siempre, al mirarlo, sentiré que me acompañas, y nunca, ni la noche ni las grises nubes, me robarán ese estado en el que siento que me miras.

Y si el dolor asomara en nuestras vidas pese a no haberlo llamado, siempre le cerraré las puertas, nunca escucharé sus aullidos, porque allá donde aparezca, siempre tendré abiertas, en mi alma, las ventanas por donde huya, siempre acallaré sus plañideros cantos con el eco de esas baladas que nos trajeron hasta aquí y nunca sonará, en nuestro mundo, una nota con ecos de pena.

Pídele a la vida un motivo que sea capaz de agrietar nuestras murallas; nunca lo encontrará porque siempre encontrará, en nuestro amor, otro motivo que las defienda.

Dejemos que nuestras miradas viajan hasta la eternidad, que nuestros sueños se cumplan antes de que existan, y contempla esa hermosa pradera por la que recorremos nuestra vida.

¿La ves? Todos los “nunca” viven apartados de esas tristes y lóbregas tierras en las que la cizaña y la tristeza pretende hacer fortuna y beben de las mismas tranquilas y apacibles aguas en las que se alimentan los “siempre”.

Sí, esta hora que vivimos, este instante en el que el corazón solo entiende de emociones plenas y sentimientos eternos, será la imborrable huella que nos marque para que nunca olvidemos que siempre debemos amarnos.”



martes, 26 de diciembre de 2017

SALIÓ DEL SUEÑO


Hubo un ayer que le dejó herido el corazón, un ayer que la marcó y la alentó a huir para nunca más experimentar la ingratitud, por lo que decidió recluirse en un mundo forjado de sueños.

En todo ese tiempo se alimentó de deseos, respiró el aire de una tierra prometida, creyó vivir en ese mundo que no pudo ser, cegó los sentidos a todo a aquello que no perteneciera a la historia que ella misma escribía y, como alma crisálida, cruzó la vida envuelta en su imaginación, tan maravillosa como ficticia.

Mientras vivió en ese estado una etérea felicidad la acompañaba. Anuló la memoria, olvidó los desencuentros que dañaron su corazón, dibujó escenarios en los que el amor le tendía la mano, esculpió anónimos bustos que figuraban la imaginaria persona que llenaría su vida, alentó al fuego de su pecho para que evaporara las posibles lágrimas y jamás vieran la luz,…..

Sí, todo era una tierra propicia en la que un alma creería haber encontrado el cielo o cualquier pecho sentiría su sed apagada, pero….eran sueños.

Cualquiera que la observara percibía que esa mujer vivía lejos del mundo que la rodeaba, que levitaba sobre la realidad, que era arrastrada por una fuerza fingida, una bellísima fuerza que, sin embargo, la conducía a la nada.

Contemplarla despertaba, por igual, la admiración y la compasión.

Nadie podía negar la hermosura de ese sueño que había creado, pero tampoco nadie podía evitar una compasiva mirada al ver cómo esos bellos ojos huían a una tierra que no pisaba.

Pero no podía ser que una joven con tan nobles y bellos sentimientos se convirtiera en una especie de escaparate, en una atracción de feria que todo el mundo observa con curiosidad o como divertimento.

Tenía que haber alguien, un alma con la misma trascendencia que la de ella, un corazón que fuera capaz de abarcar el mismo amor que el suyo, que la rescatara de su mundo y le hiciera sentir que existía algo parecido a sus sueños. Bastaría una dosis sincera, real, de esa medicina llamada “amor” y que a ella le llevó a rozar los umbrales de la locura.

En uno de esos escenarios soñados en los que el amor le tendía la mano, vio que uno de los imaginarios bustos cobraba vida y la llamó por su nombre. Sintió cómo un escalofrío recorrió su cuerpo, su errante mirada se clavó en la tierra, notó que el intenso fuego de su pecho era incapaz de destruir la lágrima que empezaba a asomar en sus ojos, el corazón empezó a recordar esos momentos en los que el amor le dio la vida y se la quitó, los soñados paisajes se derrumbaron y, ante ella, se mostró el mundo tal cual era.

Quiso resistirse a afrontarlo, pero tras ese velo la esperaba alguien, alguien de carne y hueso que le inspiraba los mismos deseos de amar y ser amada que tuvo antes de caer “enferma”.

Salió de su propio sueño, sus ojos cruzaron, por primera vez, desde aquel día, esa invisible gasa con la que decidió recubrir su vida, traspasó ese transparente, sutil, efímero y volátil muro tras el que se había refugiado y afrontó ese otro “sueño”, el real, la vida misma, de la que huyó hace tiempo.

Su alma dejó de ser crisálida para convertirse en bella mariposa y desplegó sus brazos, como alas, en busca de quien también se los tendía.

¡Y todo el tiempo que sobrevoló a su alrededor, todos esos besos perdidos mientras estuvo escondida en su mundo, todos esos suspiros que nunca oyó, todas esas horas que estuvo abrazada a un anónimo busto, ahora se hacían realidad!

Sus ojos se clavaron en los de aquel hombre que la rescató de su tierra prometida para pisar una igual de bella y real.

Ahora, al contemplarla, solo despertaba admiración.
No estaba tan lejos ese mundo, solo hizo falta que saliera de su sueño.