sábado, 14 de octubre de 2017

CUANDO  LOS SUEÑOS BAILAN





Se apagaba el día, las luces agonizaban y el mar llamó a quien quisiera oírle, para que lo contemplara de cerca, para que dejara, en él, el alma y llenara el cielo con esas mudas palabras que son los sentimientos.

Ella, en cuyo pecho habitaban emociones que necesitaban ser saciadas, abrió las ventanas del corazón y se asomó a ese balcón de sueños que eran la noche y el mar.

Se quitó uno de los guantes que cubrían sus finas manos y lo dejó sobre la cubierta esperando que la luna lo recogiera; apenas esa funda de seda había descansado, una brisa enamorada, es decir, un suspiro de la propia luna, lo arrebató para que durmiera en el mar; y allí quedó, flotando en unas aguas cautivadas por el regalo de esa joven a la que tomaron por musa.

Y mientras ella contemplaba, con el silencio y la quietud de una sirena, cómo su prenda causaba estragos en el marino corazón, las nubes empezaron a abrirse en ordenado abanico hasta formar un perfecto halo alrededor de la luna.

Alguien que había sido capaz de arrancarle un suspiro a la luna, de que el mar se estremeciera, de que la brisa dejara ecos que turbaban el alma de la noche, era digna de que la luna detuviera, en ella, su mirada.

No sabemos la pasión que encierra un amor instantáneo, pero muy intensa e íntima tuvo que ser, pues la luna paseó su brillo sobre los azules ojos de esa joven vestal sagrada y, ambas, se transformaron en inmortales espíritus.

¡Oh Dios!, ¿cuál es el precio a pagar por contemplar el instante en el que la luna y la joven se miraron?

Tras un momento de quietud, de esa emotiva tensión que nace cuando sientes que el corazón te pide algo, rompieron su silencio con dos suspiros que parieron, a la vez, sus hermosos labios.

No hacía falta ningún gesto, ninguna palabra, solo eso fue necesario para rasgar el velo que las separaba.

Y como el corazón no entiende de preámbulos, la luna deslizó, entre la gasa de nubes y las finas capas del aire, unos rayos de luz que viajaron en busca de esa divina y mortal figura.

La joven sintió cómo esas manos de plata se ceñían a su cintura, cómo su espalda se estremecía cuando los blancos destellos la rodearon en un pasional abrazo; rendida ante tanto amor, la joven le ofreció, como quien entrega su alma, el blanco chal que la cubría.

Desatado el éxtasis, se rompieron las cadenas del corazón y la luna dejó, en ese rostro soñador, un blanco resplandor: el beso más virgen que unos labios hayan podido dar.

Jamás pensaron que sus corazones pudieran abarcar tanta dicha, jamás imaginaron que llegaría esa hora en la que el alma pidiera un descanso ante tanta felicidad, pero lo cierto es que, esa noche, lo mortal se vistió de espíritu.

Esa noche, no bailó la joven con la luna: bailaron un sueño y un milagro.

martes, 10 de octubre de 2017

NO  NECESITABA MÁS



En el suelo de la estación se empezaban a dibujar esos plateados destellos que nacen cuando el agua y la luz se funden, el aire empezaba a preñarse del agradable aroma que destila cuando la lluvia besa a la tierra y en la Naturaleza latía la maravillosa música que componen el débil repique de las gotas muriendo en el suelo y el coro de unas ramas que dejaban su voz cada vez que la lluvia las rozaba.

Desplegó el paraguas para protegerse de una fina lluvia que surgió en el momento en el que ella empezó a soñar. Vio una alegre premonición, una amable caricia de ese cielo en el que había depositado su vida y bendecía su aventura.

Atrás dejaba un elegido ramillete de recuerdos, aquellos cuya sangre el paso de los años nunca enfirará, y un futuro que ardía en su corazón. El presente no existía porque en su alma solo habitaban sueños.

Recuerdos, esperanza, ilusiones y nostalgia eran el bagaje de esa joven, que esperaba, ilusionada, un tren que la llevara al encuentro con su nuevo mundo.

Bien se podría decir que, en esa maleta, solo llevaba el corazón y el alma.

Al fondo, tras esa llanura ocupada por raíles y onduladas tierras, se dibujaba el perfil de unas seniles montañas. Las miró fijamente, tal vez recordando esos días en los que descansó en sus cumbres, esas mismas en las que se fraguaron esos deseos que ahora la animaban a irse en busca de ellos.

Mientras sus pensamientos descansaban en las redondeadas cimas, en sus ojos asomaron unas lágrimas.

Eran hijas de los recuerdos, de esa tierra que la dejó momentos que cicatrizaron en su alma, pero también eran hijas de una emoción en la que se fundían la incertidumbre y la ilusión que despierta lo desconocido.

Y entre lágrimas y lluvia, entre sueños y nostalgias, la joven sacó del bolsillo una hoja, la desplegó, lentamente, como no queriendo herirla, se secó el agua y las lágrimas que humedecían sus ojos y leyó las primeras líneas:

“No esperemos más tiempo, no lo dejemos pasar como ese otoño que despierta sentimientos, pero acaba muriendo. No alimentemos nuestros corazones de ilusiones etéreas, pues, bien lo sabes tú, el corazón encierra secretos que necesitan ser liberados, y el tuyo y el mío solo se verán tranquilos cuando…..”

La joven dejó de leer y, mirando la vía por la que debía venir el tren, dijo en baja voz (¡cuántas veces habría leído esas líneas!): “…tú y yo estemos juntos.”

Guardó la carta y volvieron a asomar lágrimas en esos ojos que no se apartaban de la montaña, de ese sagrado recinto en el que se fraguaron esos sueños que la llevaban a un nuevo mundo; allí, en sus cumbres, dejó su último pensamiento:

Siempre te recordaré como el lugar en el que mi pecho descubrió el cielo.

Ya se oía el mecánico paso del tren. La joven recogió la maleta en la que llevaba recuerdos, esperanza, ilusiones y nostalgia, en la que solo llevaba (no necesitaba más) el corazón y el alma.

viernes, 6 de octubre de 2017

LA  PRIMERA CITA




Sabía que llegaría ese momento en el que sentiría la necesidad de tirar de las riendas del tiempo, de parar la vida, de sentarse en soledad, con la simple compañía de una Naturaleza que la contemplara en silencio mientras ella dejaba que su mirada se perdiera en la infinitud del cielo.

Sí, había llegado esa hora en la que necesitaba una inmensa paz para ordenar esas atropelladas emociones que nacían de su corazón.

Hasta ese instante, su alma, sentimientos, sueños y deseos los había ligado a un mundo que ella, solo ella, conocía. No sintió la necesidad de nadie, la vida misma era un apetitoso racimo de felicidades que saciaban su corazón, pero desde aquel día sabía que nunca más viajaría sola.

En ese bello camino que hasta ahora había recorrido, las ilusiones y los sueños eran un agradable aire que acariciaba su fino rostro, pero había surgido alguien que estaba dispuesta a acompañarla, alguien que ella, también, quería sentir cerca.

Cuando el sol ya se había desperezado, la brisa era una agradable mano, la Naturaleza aún estaba somnolienta y la luz, recién nacida, conservaba sus vírgenes colores, salió, como cada día, a encontrarse con sus sueños, pero unos sueños que, ahora, eran compartidos.

Era una extraña y hermosa sensación.

Acostumbrada a que sus negros ojos no encontraran más obstáculos que el paisaje que la rodeaba, ahora, allá donde mirara vería aquellos que le hirieron, de amor, el alma, pero esa “invasión” de su intimidad, lejos de incomodarla, avivaba el dormido fuego de su pecho.

Y el aire que la cortejaba lo transformó en aquellas manos que llamaron a la puerta de su corazón.

Eran demasiados sentimientos, y tan elevados que sintió vértigo al verse en ese nuevo mundo que acababa de pisar.

Necesitaba esa paz, ese silencio que ordena las pasiones y que permite respirar al corazón.

Se sentó sobre el borde de un pequeño estanque en el que descansaban los murmullos de una fuente y donde sus mansas aguas esperaban que alguien se asomara a ellas para grabar su rostro.

Así lo hizo: se asomó, pero, sobre esa cristalina piel, el único rostro que vio fue….el de él.

Se quedó largo tiempo contemplando ese pequeño estanque que, su corazón, había transformado en mar.

Una tibia luz iluminaba la mitad de su cuerpo mientras ella seguía dejando que sus pensamientos reposaran en las profundidades de esas confidentes aguas, pero tan atrapada se encontraba que creyó que, en lugar de la luz, era él quien la besaba.

Fue su primera cita, la primera vez que a alguien esperaba, y quiso inmortalizar el momento.

Mientras el aire la acariciaba, la luz la besaba y la fuente dejaba murmullos que sonaban a suspiros, extendió el brazo y escribió sus nombres en el agua.

Allí quedaron, durmiendo en sus profundidades, rodeados de un cómplice silencio, mientras esas aguas guardan el secreto.

Y siguen esperando que alguien se acerque y escriba nombres nuevos, siguen esperando a todo aquel que sienta, en su corazón, la primera cita.



Abel de Miguel

Madrid, España



sábado, 30 de septiembre de 2017


SE LLAMA “ALMA”



El viento jugueteaba con sus cabellos, delicadamente los movía como quien levanta el blanco velo de una novia para regalarle un beso; en realidad, la acariciaba, escribía sigilosos versos sobre su fina piel y ella…, ella, mientras, escuchaba las voces que nacían de su alma.

Nadie diría, al verla, que en su corazón habitaba un amor vestido de fuego, que su pecho era un crisol en el que las emociones se fundían bajo esas llamas que eran los sentimientos.

Si, al menos, pudiéramos contemplar sus ojos (esas inmaculadas ventanas que revelan lo oculto), descubriríamos su mundo, pero era tal el recogimiento, que quedaban escondidos bajo el telón de los párpados para que la luz del mundo no enturbiara la que estaba naciendo en ella.

Recogida, pensativa, elegantemente turbada por esas voces que nacían del interior, su bella figura era un monumento a esos momentos y lugares en los que lo único que se escucha son los suspiros o los vagos murmullos de unos labios que rezan.

Por todo ello, bautizó, a ese trocito de tierra, con el nombre de “Alma”.

Pensó que así sería el lugar donde habitaban las que ya conocían la felicidad plena. Rodeada de quietud, sentía que la suya le hablaba con tal pureza, que esos intangibles sueños que la colmaban, allí, en ese instante, cobraban vida.

La misma Naturaleza pareció rendirse y se arrancó la suya para compartir, ambas almas, esas inalcanzables experiencias.

Declinó, ligeramente, la cabeza y su ciega mirada quedó inmóvil en un indefinido punto.

¡Oh Dios!, ¿acaso vestiste a un ángel, de mujer?

¿No son esas manos, las blancas alas de tus enviados?, ¿no es esa gasa azul que la cubre, la piel del mismo cielo?, ¿acaso cierra los ojos para que su divina mirada no incendie, de luz, la tierra?

Y mientras el viento seguía jugando con sus cabellos, ella siguió dejando que el fuego y la paz se abrazaran, que siguieran pintando el paraíso con los pinceles de sus reflexiones y sentimientos, que, en fin, todo su mundo interior navegara por ese mar en calma que era su alma.

Ella ya no está allí, pero es imposible olvidarla.

Aún late, en el aire, el incienso de sus suspiros, aún se respira la mística que dejó su velada mirada, aún se puede sentir el calor de esas emociones que se inmolaron en el crisol de su pecho.

Ella ya no está allí, pero quien cruce por ese lugar sabrá por qué esa tierra se llama “Alma”.

sábado, 23 de septiembre de 2017

DONDE NACE Y MUERE LO AMADO



Cada mañana, se acercaba a la orilla del río. En su semblante se reflejaban las sombras, recién fallecidas, de la noche y las blancas luces, recién nacidas, del alba. Su rostro era la expresión no solo del ciclo del cielo, sino de las enfrentadas emociones que habitaban en su corazón.

Ese lecho de agua, que visitaba con sagrada periodicidad y puntualidad, era, para ella, un nido de sueños y tormentos en el que sintió, por primera vez, que alguien le robaba el alma, que las emociones se agruparon en su pecho, pero también era el mismo escenario en el que sus labios dejaron, por última vez, el eco de un beso en el aire.

Allí fue donde nació y desapareció lo amado, donde los suspiros y los gemidos se agolpaban según el recuerdo que naciera, donde la vida se tornaba en radiante amanecer o lóbrega noche; allí, su alma quedó enterrada entre rosas y espinas.

Por eso visitaba ese lugar como quien deja unas flores sobre la tumba de a quien nunca se olvida, o como quien se acerca a revivir el momento más glorioso de su existencia.

Entre sus finos brazos llevaba un cántaro de fresca loza, recién parida por la tierra, que abrazaba como quien toma, entre sus manos, una promesa de eternidad. En ese pequeño molde cabían todas las lágrimas, suspiros, esperanzas y sueños que nacieron, y nacían, desde aquel día.

Siempre cumplía el mismo rito.

Se sentaba, dejaba la reliquia de barro sobre la mullida hierba que le ofrecían los labios del río, la besaba y dejaba que la mirada de sus negros ojos se perdiera a lo largo de esas azules aguas.

En ese instante, solo Dios sabe los pensamientos que cruzarían ese corazón herido e ilusionado, pero cualquiera podría descubrir, viendo el débil temblor de las aguas y las lágrimas que asomaban en su rostro, que esa joven era presa de intensas emociones.

Ese trance en el que los recuerdos resucitaban, moría con un suspiro que hería al mismo aire y encogía el corazón del mismo cielo.

Superando ese momento en el que rosas y espinas cobraron vida, tomaba el cántaro y, lentamente, lo vaciaba en esas cristalinas aguas que fueron sus confidentes.

Allí vertía lágrimas y suspiros, besos y sonrisas, allí entregaba todos los secretos sentimientos que habitaban en su alma y que llenaron su fiel cántaro. Una vez vacío, sus negros ojos volvían a pasearse sobre ese lecho nupcial, sobre ese féretro de agua, pero en ellos se dibujaba el alivio: había liberado todas esas emociones que oprimían su pecho, sentía que su alma había quedado limpia, pero sabía que mañana volvería.

Tomó su fino recipiente, lo abrazó entre sus delicadas manos y volvió por el mismo camino que la vio cruzar aquellos días en el que, en su alma, nació y murió lo amado.

Sí, en su rostro volvieron a surgir las sombras, recién fallecidas, de la noche y las blancas luces, recién nacidas, del alba, las enfrentadas emociones que habitaban en su corazón.

Abel de Miguel

Madrid, España

jueves, 7 de septiembre de 2017

HE BUSCADO,…


…entre los amaneceres, aquel que me recordara la luz  que parió el pecho cuando nuestros labios sellaron su primer beso.
…entre las plateadas aguas de los ríos y las azuladas de los mares, aquella lágrima que se asomó al balcón de mis ojos, en medio de la noche, mientras, atravesando el mar, el eco de  tu primer “te quiero” recorría como caballo desbocado mi alma.
…entre la mística del viento, esas oraciones, desde la soledad de un cerro, que dejé suspensas en el cielo y en las que el corazón pedía encontrar a quién amar y quién lo amara, oraciones de las que solo Dios y yo sabíamos sus secretos.
He buscado, en los rincones de esas veladas donde la música se refugia para que sueñen los que aman, aquella canción que consiguió que tú dejaras de ser sueño y mis sentimientos te palparan.
…entre parques vestidos de jardines, entre fuentes en las que el agua canta, bajo esas durmientes hojas que parecían olvidadas, el ilusionado silencio que guardábamos cada vez que escribíamos, en el libro del futuro, un sueño.
…en los atardeceres, el último suspiro que, cada día, se perdía entre sus gamas de fuego pensando que mañana te vería.
...entre los destellos de la luna, los versos que escribió el alma, una solitaria noche, y en los que tu recuerdo era su musa.
…entre la lluvia, entre sus finos dedos de agua y el aroma de su encuentro con la tierra, aquellos momentos en los que nuestros brazos se apretaban buscando refugio, aunque solo buscábamos sentirnos más juntos.
He buscado todas esas pequeñas historias y grandes emociones que escribieron mi vida, y todas ellas las he encontrado.
Sí, ya no busco, solo las vivo, las beso y las revivo cuando tus ojos me miran o asomas a mi recuerdo.
He buscado….hasta que te he encontrado.


Abel de Miguel

Madrid, España

sábado, 2 de septiembre de 2017

EL ALMA  DE LAS ESTACIONES


Era  primavera.
Los  amantes paseaban con la misma calma que el aire que los rodeaba, con la misma  tranquilidad que el tiempo se tomaba cuando los veía juntos, con la misma intimidad que el silencio que habitaba en sus miradas, un silencio que  era la voz de sus pensamientos, capaces de, alimentados por el amor, incendiar la naturaleza que les abría camino y de que esa columna de fuego rozara los labios del cielo que los contemplaba.
Era todo tan armónico que Naturaleza y amantes fundieron sus almas.
El sol suspiraba por prolongar su ocaso. Al verlos envueltos en una inmaculada aura, recordaba ese instante en el que sus últimos rayos acarician los primeros halos de su luna.
Y ellos, al sentir que una flecha de amor había herido el corazón de la Naturaleza, se dejaron guiar por ese instinto nato en el que el destino no importa y las almas se van desnudando.
Allá por donde cruzaban, todo se vestía de reconciliación, de suave y lenta música e iban dejando, tras ellos, una infinita estela de sentimientos y emociones.
Era verano.
Un cielo puro y limpio insufló, en esos paseantes, una idea de eternidad y sus pechos, al contacto de la inmensa e intensa luz, derrumbaron las puertas que custodiaban sus almas y se perdieron en la infinitud de ese cielo que les inspiró tales deseos.
Pero, incluso, llegada la noche, esas noches de verano en las que un aire en calma, el silencio y la paz se abrazan, sus almas viajaban por las estrellas, tan infinitas e intensas como la luz del día.
Era otoño.
¡Oh Dios!, él y ella, ella y él, decidieron saltar los cerrojos de sus confidencias al sentir, bajo sus pies, el roce de esas hojas que murieron; en sus rostros, un húmedo viento cuyos susurros grababan, en el alma de quien los escuchara, un inolvidable poema; y en sus manos, el débil roce de una lluvia que revivía  esas veladas en las que una canción y el fuego te hacen sentir más cerca de lo amado.
Era invierno.
Ni la guadaña del viento, ni los alfileres del frío amedrentaron a esos amantes; antes bien, hallaron, en esas frías manos que el invierno les tendía, un motivo para enlazar las suyas y combatirlo con el calor que nacía de sus almas.
Y la blanca nieve dibujó, ante sus ilusionados ojos, ese inmaculado panorama que sus ojos atisbaban cuando se sentían cerca el uno del otro.
Sí, cada día, sin importar el ropaje que lo cubra, sea una íntima lluvia o un  exultante sol, se esconde un mensaje para el alma y el corazón siente que le hablan.
Seguramente, será porque las estaciones, hijas de Dios, también tienen alma.

Abel de Miguel

Madrid, España