viernes, 8 de diciembre de 2017



INMACULADA CONCEPCIÓN





Hoy es ese día en el que el mundo conoció la antesala de la Redención, en el que Dios preparó la mortal cuna de su Hijo infundiendo la vida a quien sería su Madre, a María.

Y porque Ella sería la elegida, porque su cuerpo sería el predilecto Sagrario en el que Dios Hijo cobraría vida, las divinas Manos del Creador se reservaron para este instante y modelaron el virginal cuerpo y la inmaculada alma de la Madre de Dios.

Si hubo un instante que, por pureza y milagroso, se asemejara al día en el que Dios concibió a María, sería aquel en el que, por primera vez, Dios pensó en Ella.

Su Inmaculada Concepción fue la consecuencia de la más sublime muestra de Amor que pudo parir el divino Corazón.

Si la Creación fue un reflejo de lo que encierra la mente divina, la Inmaculada Concepción de María fue la propia huella del mismísimo Dios en la Tierra.

Solo la más perfecta alma podría resistir los embates de Amor que nacerían cuando Dios asumiera la mortal humanidad; por ello, el mismo Dios tomó un jirón de su Alma, lo fundió con un trozo de su Corazón y creó la primera señal de vida de la Madre de Dios.


Eso fue, esto es, la Inmaculada Concepción: el día en el que Dios donó su divinidad para que, de ella, naciera la Virgen María, la Madre de Dios.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

ENCONTRARON  EL CAMINO



Llegó ese segundo, eterno y trascendente segundo, en el que ambos percibieron que sus vidas se habían cruzado para seguir el mismo camino.

Todo era una sinfonía compuesta por sueños, besos, suspiros, emociones, alegrías…., en esos corazones que se habían encontrado y se prometieron felicidad eterna.

En ese recién estrenado campo del amor, el alma y el corazón rompen las cadenas de las ilusiones, incendian las pasiones e inundan, de sueños, la imaginación.

En este estado se encontraban dos recién enamorados que, bajo el ímpetu incandescente que impera cuando se pisan los umbrales de ese nuevo mundo, construyeron su propio cielo, ese en el que no existen las sombras del dolor, en el que las lágrimas solo son de felicidad, en el que la “tierra” está compuesta de milagros. Se sintieron almas atravesando los túneles del tiempo y vislumbrando la eternidad.

Pero el tiempo fue pasando y sus corazones se templaron, las alas de sus almas descendieron en el vuelo y sus miradas perdieron de vista el infinito y ya solo cubrían la tierra.

No perdieron la felicidad inicial, solo que, esta, había mudado su piel y se estaba adaptando a ese ritmo más lento, pausado y reflexivo que marca el corazón cuando ya sabe a qué sabe el amor.

Ahora empezaron a valorar los segundos, las ausencias, el simple roce de un beso, apreciaron ese “te quiero” en la distancia, esa sonrisa que expresa toda una entrega, esas veladas al calor de una hoguera para combatir el frío, esa recompensa de caminar abrazados, al resguardo de un paraguas, para combatir la lluvia y se dieron cuenta de que ese cielo con el que soñaban estaba en esa misma tierra que pisaban, en esos paseos en los que sus manos se entrelazaban, en esos segundos en los que sus miradas se mantenían, una frente a la otra, y se resistían a retirarse, en esos momentos en los que, sentados en un banco, el silencio escribía una carta de amor mientras ellos fraguaban comunes sueños.

Descubrieron esas pequeñas perlas que pasan desapercibidas porque el corazón dispone de ellas con cierta facilidad, porque las podemos encontrar con solo abrir los ojos y encontrar lo amado, o tender la mano y sentir que alguien la acepta; sí, son sencillas, pero no dejan de ser maravillosos instantes capaces de escribir la historia del propio Cielo, aquí, en la tierra.

Cogidos de la mano, su mirada perdida en ese horizonte en el que grabaron sus sueños, guardando silencio porque eran las emociones quienes hablaban, dejando sus huellas sobre esa húmeda arena en la que el mar deposita las últimas lágrimas de las olas que mueren, sintieron que su historia soñada se estaba escribiendo y que cada letra era una de esas anónimas perlas, uno de esos cotidianos momentos que son capaces de incendiar el corazón y de llenar una vida.

Siguieron paseando y cada huella que dejaban era una pincelada que iba cubriendo el desnudo lienzo en el que, juntos, soñaron pintar su propio Cielo.

Sus sueños habían encontrado el camino y estaba aquí, en la tierra.

viernes, 1 de diciembre de 2017



SOBRE SUS PROPIAS HUELLAS




Era esa hora en la que las ramas empezaban a estirar sus leñosos brazos tras una noche en la que el viento les dio tregua; sus débiles crujidos dejaban chispas de vida en ese aire, aún fresco, que empezaba a convivir con la tímida luz de un sol recién estrenado.

El ambiente que se respiraba era un brindis por todos aquellos sueños que parieron los noctámbulos corazones que se refugiaron en la noche y que ahora, con el alba, recobraban la luz, la espiritualidad y la intensidad con la que nacieron.

Y ella fue uno de esos secretos amantes que dejaron, hace tiempo, la huella de sus sentimientos en ese lugar que volvía a visitar.

Quiso andar sobre las mismas pisadas en las que fue dejando jirones de su alma, suspiros de su corazón, esas mismas sendas que se vieron cubiertas por sus más íntimos y profundos pensamientos.

Quería revivir aquellos días en los que su alma confesó secretos.

Pero algo había cambiado: en el presente, su corazón había sido coronado por los laureles del amor, se sentía lleno, correspondido y era tal el agradecimiento que sentía, que necesitaba evocar aquellos momentos, ese pasado, para valorar la felicidad del presente.

Lucía la misma túnica que vistió ese día en el que Dios la reveló, siendo testigos esa bella y silente Naturaleza, que su corazón había sido escogido para amar.

¡Qué bien lo recordaba!

Se le quedó grabado, a fuego, en el pecho, como quedan inmortalizados esos segundos en los que nuestros labios se bautizaron con el primer beso.

No apartaba la mirada de un suelo cuyas blancas flores y verdes hierbas simbolizaban cada uno de esos sueños que ella sembró y que el tiempo hizo que se transformaran en un escogido tapiz de nieve y esmeralda.

Ahora lo cruzaba, pensativa y emocionada, mientras sus ojos rescataban, al contemplar esa tierra, cada uno de esos recuerdos, cada segundo en el que su pecho fue sintiendo el avasallador oleaje de las emociones que le hablaban de amor.

Todos esos recuerdos ya se iban acercando al presente y llegó el instante en el que se encontraron con el momento en el que Dios la eligió para amar y ser amada.

Se detuvo en ese punto y no pudo evitar que unas lágrimas regaran ese níveo y verde tapiz en el que sus sueños dieron el fruto al que aspira todo corazón que ama.

Sería consecuencia de esa invisible gracia que envuelve a los limpios sentimientos, pero la joven se asemejó a un ángel cuyo vestido era una blanca llama que irradiaba paz y felicidad.

Las ramas suspendieron su lento desperezar, el aire detuvo su curso y la Naturaleza entera brindó porque uno de esos sueños que parió un noctámbulo corazón pudiera ver la luz.

viernes, 24 de noviembre de 2017

SE  ABRAZÓ A  LA VIDA



Hay momentos que no pasan desapercibidos; son aquellos en los que el corazón se reserva un lugar solitario y silencioso para escribir su historia con las invisibles letras de los recuerdos, los suspiros y los sueños.

En ese trance se encontraba una joven a la que la vida le regaló y le robó todos esos argumentos con los que cualquiera podría escribir la más completa biografía del amor, con sus rosas y sus espinas.

Ya estaba el corazón escribiendo su sombrío pasado en el que los suspiros eran lamentos que las lágrimas adornaban con su brillo, cuando en el seno de esa joven brotaron bellos y felices sentimientos, capaces de aniquilar las tristes sensaciones que su corazón estaba escribiendo; y tan altos y puros eran, que asaltaron el corazón, sobrevolaron el presente y empezaron a escribir, con sueños, el futuro.

La noche, ante ese cambio radical, se rasgó el oscuro velo que la cubría, agrupó a las estrellas en torno a la madre luna y saltó los cerrojos que custodian los secretos de los noctámbulos amantes.

Todas las bellezas nocturnas se aunaron y, como fugaz beso, aparecieron ante los atónitos ojos de la joven.

Dudó si esa blanca forma sería uno de esos sueños que inundaban su corazón, pero, irreflexivamente, se abrazó a ella como si acabara de encontrar esa Vida que, un día, sintió que se le escapaba de las manos.

Esas mismas manos que, antaño, se humedecieron al limpiar sus solitarias lágrimas, ahora atenazaban ese blanco milagro como si fueran esos labios que, en sus sueños, secaban su llanto.

Lo que latía entre sus brazos podría ser un sueño, su alma, un recuerdo, lo amado…, podría ser todo aquello que, un día, la hizo sentirse elegida de Dios y tocada por la azarosa y sublime vara del Amor.

¡Oh Dios!, ¡¿qué era ese níveo milagro, capaz de lavar un alma y de enderezar el rumbo de un corazón?!

Ella bien sabía que lo que ardía entre sus manos era la luna, la misma que huyó del cielo para curar sus penas, la que se rindió a sus lágrimas para ser bálsamo de sus dolores, la que renegó, por un segundo, del oscuro cielo, para iluminar las sombras de su corazón y habitar en los olvidados rincones de su alma.

Fuera la luna o fuera su alma, la tomó como quien ante la cercanía de la muerte, se aferra al hilo que le ofrece la esperanza.

Y mientras el corazón seguía escribiendo su propia historia, ella se abrazó a la misma Vida.




sábado, 18 de noviembre de 2017



CUANDO EL SOL DOBLÓ LA RODILA


Era un amanecer en el que una suave brisa, un sereno mar que aún rebosaba sueño y un cielo que acababa de despedir a los últimos restos de la noche invitaban a dejar las huellas sobre la arena, a un paseo en el que el placer sería sentir el roce de todos esos sentimientos que la Naturaleza ofrecía.

Ataviada con una fina y blanca tela que dejaba al descubierto los brazos para que la piel sintiera el beso de la mañana, se dejó llevar por ese camino delimitado por unas olas que la saludaban con el débil eco que deja el agua al morir.

Seguramente, en el fuero interno de la joven sonarían esas voces que hablan de felicidad y amor, esas voces que despiertan cuando el entorno invita a pensar en ellas.

Respiraba lentamente, como si ese aire le sugiriera un nuevo sueño o un feliz recuerdo, como si la brisa que acariciaba sus brazos fueran las manos de quien ella amaba, como si ante esa templada luz que iluminaba su rostro sintiera que era él quien la miraba.

Y según iba caminando, el corazón y el alma se iban alimentando de todos esos sentimientos que hacen que la vida sea un feliz sueño; pero ese sueño, no pudiendo soportar la cárcel del pecho en el que habitaba, huyó en busca de esas aguas, de ese aire y de esa luz que lo rodeaban.

La joven detuvo el paso, miró el mar, afrontó el horizonte y dejó que la mirada se perdiera en esa línea donde muere lo terrenal y nace el misterio. Ofreció sus ojos azules a la luz del cielo, al brillo marino y cuando ya se sentía llena de ese inmortal poder que es el amor, retó a la vida con su única arma: cruzó los brazos sobre el pecho, hizo un imperceptible movimiento y los alzó sujetando entre las manos su alma vestida de fuego.

La mantuvo en alto y dejó que el viento la besara apasionadamente, que la transformara en bandera que, cada vez que ondeaba, dejaba un suspiro en el aire y grababa un sueño en el cielo.

Las aguas del mar quedaron cubiertas por todos esos segundos en los que ella amó en silencio.

Preñado de emociones, el mar alentó a sus olas a que aceleraran el paso y contemplaran, antes de morir en la orilla, esa escena en la que una joven se arrancaba el alma y obligaba al Sol a doblar la rodilla.

Porque, efectivamente, el astro rey vio cómo sus espadas de fuego se tornaron en débiles velas que rendían culto a ese sagrado momento en el que un alma era capaz de que el horizonte abandonara su lejanía y, también, se acercara a ella.

Todo lo que existía alrededor de la joven se convirtió en reverencia.

El viento, la luz, el mar, la arena, incluso ella misma se sintió altar de su propia alma, un “altar” cubierto por un blanco vestido que competía con la inmaculada pureza que se respiraba en ese lugar.

Hubo quien extrañó que un moribundo sol, propio del atardecer, presidiera una naciente alba, pero no lo hubieran hecho si hubieran contemplado ese maravilloso momento en el que el amor de un joven corazón y el fuego de una apasionada alma obligaron, al Sol, a doblar la rodilla.

lunes, 13 de noviembre de 2017

EL  PUENTE DE LOS SUEÑOS



Quiso volver a ese lugar que jamás olvidaría, a ese puente en el que sintió, por primera vez, que unos ojos la miraban de manera sincera y limpia y que le pedían algo más que una sonrisa agradecida.

Supo que en el fondo de esos ojos latía el mismo deseo que el que ella forjó en su corazón en esos momentos solitarios y de silencios, en esas noches de luna serena, en esos paseos en los que dibujaba al hombre que colmaría sus sueños. Ese día, en ese puente, esa mirada se adentró en su alma, con tal fuerza que se rindió, gozosamente, a su sentimiento.

Había suspirado porque llegara ese momento, lo había imaginado comparándolo con otras bellezas que, de alguna manera, habían satisfecho su sed de amar, creía estar preparada para cuando llegara ese día, pero, ¡oh Dios!, jamás pudo imaginar que el corazón pudiera abarcar tanta felicidad.

Todos los sueños se hicieron realidad en un segundo, en ese minúsculo tiempo en el que dos miradas se cruzan y dejan al descubierto sus almas.

Y fue ese tiempo el que ella necesitó para saber que, en esas tranquilas aguas que cruzaban bajo ella, estaba grabado el nombre de quien le había robado el corazón.

Sus ojos azules se clavaron en ese punto y todo se vistió del mismo color: el río, el ropaje que la cubría, el cielo, incluso diría que su alma, esa alma que ya había salido de su cuerpo para navegar por el río junto a quien estaba marcando su vida.

Una luz tibia, tamizada por las nubes, dejaba tintes de plata en el aire y contorneaba el perfil de la joven. Contemplarla, era ver una perfecta réplica de Afrodita, una maravillosa estatua mirando un río, porque todo su ser, toda la vida que ella contenía, habitaba en esas aguas junto a su amado.

Pero esa inmóvil figura era una incesante fuente de pensamientos que nacían de su pecho y amerizaban en el río, y uno de ellos era el de verse navegando junto a él mientras una estela de luz enmarcaba sus sueños, daba brillo a sus suspiros y sus miradas volvían a revivir aquella que dio lugar a que ahora volviera a ese lugar.

Cualquier idea en la que los dos estuvieran juntos tenía lugar en su mundo, y ese mundo era tan extenso que cabía lo imposible y lo infinito.

Seguramente, ese río acogió, también, sus felices lágrimas, sus aguas llegaron a sentir el roce de esa imaginaria barca en la que ella y él viajaban, el cofre de los secretos, ese que todo espacio habitado por el agua guarda en sus profundidades, quedó ocupado por una nueva historia de amor; en fin, ese día, ella volvió a revivir esa mirada sincera y limpia que abrió, en su corazón, el inimaginable mundo que espera a quien ama y se siente amado.

Ese día, una luz azul iluminó el puente de los sueños.

jueves, 9 de noviembre de 2017

BESOS Y  LÁGRIMAS



El invierno dejaba, en los labios de la vereda, blancos besos de despedida, su último aliento a ese lecho en el que el otoño agonizaba. Los árboles, no pudiendo evitar el llanto, dejaron que sus hojas fueran lágrimas que cubrieran ese lugar en el que ambas estaciones se citaron para abrazarse y decirse adiós.

Besos y lágrimas se fundieron dando vida al más íntimo sentimiento que la Naturaleza guarda en su corazón.

¡En cuántas ocasiones iguales se habrá visto nuestro pecho, compartiendo esas emociones que nacen de un sueño, con esas penas que ven la luz cuando tememos perderlo!

La nieve nos despierta, en el alma, esa infantil alegría que reviste nuestra vida de magia mientras las moribundas hojas nos dejan recuerdos de un tiempo que ya no volverá.

Allí estaban, abrazados como dos amantes que se resisten a separarse aunque sepan que es inevitable; respirando, cada cual, el aire que el otro le ofrecía: el invierno, acariciando, con sus níveas manos, la desgastada piel del otoño; el otoño, recitándole, al invierno, sus últimos suspiros, esos versos que brotan cuando sus hojas y el viento bailan.

El cortejo del otoño desfilaba por el sendero dejando el último eco, recitando su último poema y pintando de pardos colores su último cuadro; el invierno guardaba silencio, ocultaba las lágrimas bajo sus copos de nieve y desplegaba un inmaculado velo que cualquiera diría que lo habían tejido infantiles almas.

Se podía abandonar la mirada en ese escenario y dejar que vagara libremente, atravesando ese misterio que latía en el aire, viendo, de cerca, los latidos de la Naturaleza, escuchando las cálidas voces que nacían de esos labios blancos y pardos.

Sí, recuerdo haber vivido ese momento.

Sé que hay pechos en los que han coincidido esos sentimientos enfrentados, en los que el mismo amor que sentía rozar el cielo, se desgarraba al ver que se alejaba, y poco importa que esa ausencia sea pasajera, no basta que sepamos que llegará el día en el que nuestro ojos vuelvan a encontrarse; siempre querremos sentir el roce, la cercanía de a quien amamos porque los recuerdos, a veces, no son suficientes para apagar la sed de lo amado.

Y ,así, el otoño y el invierno pasaron los días, esos felices y trágicos días en los que compartieron la alegría del encuentro mientras se lamían las heridas por su próximo adiós.

Pero quiero quedarme con esa imagen en la que unos blancos labios y otros pardos se besaban, en el que unos copos de nieve y unas otoñales hojas se vistieron de lágrimas.

Quiero recordar esa estampa en la que la Naturaleza se rasgó el pecho para mostrarnos al otoño y al invierno amándose entre besos y lágrimas.