lunes, 21 de agosto de 2017

PEQUEÑOS  MOMENTOS



Era uno  de esos días en los que la lluvia se convierte en perfecta réplica del llanto  de almas, en el que el silbido del viento es pura nostalgia, en el que las personas desnudan sus almas y se cubren con las invisibles gasas de poesía que ofrece la Naturaleza.
Da igual que haya corazones que nieguen esa mística, que sus pieles sean de piedra, que el pecho cierre sus puertas a ese torbellino de emociones y sentimientos, porque, se quiera o no, toda esa vida no morirá por mucho que se la ignore o haya almas que no entiendan sus palabras.
Seguirá pariendo luces, colores, suspiros, sueños, ilusiones, música, reflexiones, seguirá abriendo su poderosa mano para derramar esa innata fuerza de amor que encierra y todas esas criaturas que pueblan el paisaje, todos esos invisibles mensajes que subyacen en su mágica atmósfera, harán morada en esas almas; y si no encuentran abiertas sus puertas, esperarán hasta que el eco de sus voces y colores derrumbe sus muros y claudiquen ante ese amor que late entre el aire y la tierra.
Así, desde la atalaya de un monte, los  ojos se llenarán de eternidad al contemplar cómo la verde naturaleza, la salvaje fauna y el libre viento pueblan el vientre materno de esa tierra de la que nacieron, viajando sin más deseo que el de robarnos un suspiro, un pensamiento de eternidad o un mortal sueño,
y hasta tal extremo llegará esa sensación, que el alma sentirá vértigo por creer que roza el Cielo.
Y no será necesario haber vivido esta experiencia repetidas veces, bastará un instante de ese milagro para que las emociones dejen huella, para que un pecho trascienda o…para que deje su semilla en aquellos que lo niegan.
Y fue uno de esos días cuando un rayo cruzó el cielo, rasgó el velo de la noche y dejó que su blanca y luminosa estela presumiera de gloria durante unos segundos…que se hicieron eternos.
En ese resplandor, se retrataron aquellos momentos que hicieron, del alma, una feliz novia, que tallaron el corazón con el cincel del amor, que vistieron a la vida, de recuerdos imborrables y eternos.
Algo tan fugaz como un rayo bastó para alimentar el amplio vientre del corazón.
Y es que vivimos de esos instantes, de pequeñas gotas, de ocasionales luces, de espontáneos pensamientos que embalsaman los profundos dolores.
Aspiramos a que una inmensa felicidad nos invada y nos rinda por agotamiento, y, tal vez por eso, siempre tenemos excusa para no estar satisfechos, porque nunca alcanzamos esa lejana cima que nos marcamos en nuestro camino; pero si supiéramos contentarnos con esas gotas de alegría que nos ofrece la vida en el humilde frasco del recuerdo de un lejano o reciente beso, con un sencillo paseo sintiendo la mano de quien amas, con una agradecida sonrisa de quien solo esperas que sea feliz, si supiéramos darnos por satisfechos con estas anécdotas del corazón, entenderíamos por qué hay días en los que la lluvia suena a gemido, en los que el viento parece que suspira o por qué las personas desnudan su alma y se cubren con las invisibles gasas de poesía que ofrece la Naturaleza.

Abel de Miguel
Madrid, España



martes, 15 de agosto de 2017

LÁGRIMAS  EN LA PIEDRA


Sobre las piedras había, dibujadas, unas lágrimas, aunque para cualquier paseante distraído no hubieran dejado de ser bellas gotas de agua que decidieron dejar la huella de su muerte allí.
Para quien ignorara el sufrimiento o no hubiera sido rozado por el silbido de las flechas que hieren el corazón, esas huellas sugerirían caprichos de la lluvia, pero quien saboreó las hieles de la vida, quien sintió el dolor en el centro de su alma, bien sabía que allí se habían liberado dolientes confesiones, sueños quebrados, heridas sin cicatrizar; en definitiva, se habían escuchado esos dolores que solo conoce el corazón y que solo una lágrima es capaz de expresar.
Ya que la vida las ofrece bajo un muestrario de diversas formas y colores, quise conocer la causa de por qué dormían sobre esa piedra, quién abrió su alma y firmó, con una lágrima, el dolor o la emoción que asomaron al balcón de sus ojos.
No sé si nacieron en una triste noche en la que la luna se vendó los ojos y no quiso mirarlas, o por un beso que esperaban y erró su camino, o si lo amado dejó de existir porque cayó en los brazos de la muerte, pero esas lágrimas eran sinceras.
Solo con mirarlas, la causa de su existencia gritaba desde el silencio de esa piedra.
Las deposité, una a una, en mi mano, intentando darles esa delicadeza que, tal vez, echó en falta el corazón del que nacieron, dejé que descansaran al calor de ese cariño que les robaron y, no sé si fue por eso, pero al simple roce de mi mano temblaron.
¿Miedo o emoción? Seguramente, ambos sentimientos.
Miedo: porque ese estado de felicidad ya la vivieron y… se lo robaron; miedo a volver a perder ese sentimiento que las hizo rozar el cielo para acabar viviendo un infierno.
Emoción: porque aunque presas del temor, no podían evitar, al sentir un mínimo afecto, que esas ilusiones, sueños y esperanzas latieran como en el primer amor.
Eran un mar cuyo horizonte se había partido por la mitad, cuyos sueños debieron ser tan altos, lejanos y eternos, que alcanzaron ese punto donde el cielo recoge los deseos de la tierra; pero algo o alguien invocó a la adversidad para que ese horizonte quedara oculto entre las negras nubes del dolor.
¿Un amor imposible?, ¿un sueño tan cercano que creyó que era real?, ¿una ilusión que nada más rozar se evaporó como un suspiro?, ¿una felicidad tan intensa que el miedo al fracaso hizo naufragar?
Tal vez todas ellas fueron la causa de que esas lágrimas allí estuvieran, pero no pude evitar recrearme en ellas. Sí, digo “recrearme”, pero no por un morboso placer en el sufrimiento, sino porque más allá de sus heridas, en el fondo de ese cristalino pozo, al trasluz de esa brillante gota de tristeza, se vislumbraba una tenue luz que se resistía a morir, una pequeña llama incapaz de extinguirse en medio de las dolientes aguas de las lágrimas. Ese atisbo de vida que se dibujaba en el corazón de las lágrimas era el amor que las parió, la ilusión que, luego, se transformó en espada.
No pudieron renunciar a él y lo conservaron hasta su muerte convirtiendo, ese amor, en el epitafio de esas lágrimas que duermen en el silencio de una piedra.

Abel de Miguel

Madrid, España

miércoles, 9 de agosto de 2017

LUNA  LLENA



Hubo un  tiempo, al principio de la Creación,  en el que Dios se refugiaba en la  noche para contemplar, en el más absoluto silencio, a sus criaturas.
Solo la luna, con sus estrellas, y el sigiloso aire que habitaba el universo  eran testigos de los divinos pensamientos, de cómo Él se complacía en lo observado, testigos de ese resplandor que iluminaba la oscuridad cuando una de esas criaturas tocaba el corazón de Dios; pero una de esas noches, Dios sintió que la luna no apartaba de Él la mirada, una mirada entre enamorada y suplicante que cautivó la atención del Creador, pues todo lo que respira amor es captado, como reliquia, por Su corazón.
Y Dios miró a la luna; tan intensamente la miró,  que no pudo evitar que se escapara un suspiro de sus divinos labios, suspiro que embriagó a la luna y la hizo más hermosa, tan hermosa que, ahora, era ella quien le robaba a Él una parte de su corazón, por lo que nació, de esos eternos labios, el mayor sueño al que aspiran las almas: un beso de Dios.
Y Dios y luna entraron en una dinámica de emociones en la que cada una daba lugar al nacimiento de otra mayor.
El aire y las estrellas, privilegiados espectadores de ese milagro, temblaban, casi de miedo, pues nunca se vieron en tal estado de emoción, jamás pensaron que el amor fuera capaz de arrasar la materia de que se componían.
Y según Dios cortejaba a la luna, esta, crecía en tamaño, como si fuera el sol, y su blanco ropaje adquiría un blanco inmaculado, superior al del alma recién creada o al de la virgen nieve recién nacida de los ojos del cielo y que muere en los brazos de la montaña.
A tal punto de hermosura llegó que el mismo Dios dijo: “¡BASTA!”.
En ese instante, los sentimientos, forma, color y emociones de la luna quedaron en suspenso, inmovilizados, como si Dios hubiera esculpido la más hermosa lágrima de nácar, y todas las criaturas rindieron su mirada hacia ese nuevo milagro que había surgido en el cielo.
El viento rompió su silencio y extendió, por cielos y tierra, la voz de los mismísimos ángeles.
Había nacido la luna llena, el mayor homenaje, el más digno tributo que la Naturaleza puede rendir a su benefactor.
Pero, de hermosa que era, Dios la quiso preservar. La ocultó bajo sus brazos y, esporádicamente, la mostraría a los mortales.
Por ello, cuando surge, los corazones sienten el reflejo de ese amor que la creó y los amantes clavan su mirada en esa lágrima de nácar y tienden, a sus pies, sus sueños, que no son otros que los de vivir con ese mismo amor con el que ella fue creada; es decir, hacer de sus vidas una continua luna llena.

Abel de Miguel
Madrid, España

lunes, 7 de agosto de 2017

DAME UN  SEGUNDO


Solo  pido ese instante, pues solo eso basta para saborear la felicidad en sus distintos  niveles y variedades.
En tan breve espacio de tiempo, el pecho es capaz de alimentar al corazón con las suficientes emociones como para que dé a luz esos sentimientos que lleva en sus entrañas desde que fue creado.
En un segundo se produce el parto de la luz y la tierra queda iluminada por una sábana de formas y colores que reviven la Creación en el alma que las contempla.
En un segundo, el corazón es capaz de alcanzar las más altas cimas de las pasiones cuando dos labios funden sus orillas y se besan.
En un segundo,  unas palabras sinceras, un “te quiero”, dan vida a aquellos sueños que pusimos en el fondo del corazón por considerarlos “imposibles”.
En un segundo, unos ojos son capaces de que la invisible pluma del amor escriba versos que hablen de eternidad.
Solo un segundo es necesario para que la música haga temblar ese hilo sensible que une las emociones con las lágrimas.
En ese tiempo, por esa doble cara que tienen los sentimientos, puede nacer el dolor más intenso cuando esos ojos esquivan tu mirada, ese beso lo roba el viento y no llega a su destino o esa canción recuerda la amargura de un sueño fallido, pero, aún así, es tal el poder creativo que tiene un segundo, que  en ese suspiro de tiempo nacen infinidad de ellos en otros tantos pechos que los tenían guardados, que esperaban, como el campo a la lluvia, ese momento para ser liberados.
Y en cada persona siempre ha existido un segundo que cambió su vida, que tornó el infierno en cielo, o viceversa, que hizo reales los sueños o mostró, en carne viva, el sufrimiento, pero quiero quedarme con los que fueron capaces de reinventar el alma, con los que la hicieron intuir esa felicidad que tiene reservada en el cielo.
Porque en un segundo muere y nace una ola, la tierra se ilumina y oscurece, el cielo trina o llora, los labios liberan un beso o lo encarcelan, brota una lágrima o una sonrisa, una mirada te cautiva o te hiere, una palabra cura o mortifica, en un segundo, la vida muestra el inmenso panorama de sentimientos que encierra.
En esa ráfaga de tiempo, se ha cruzado tu rostro en mi memoria y, como perfecto engranaje de un reloj, la mirada se ha escapado al cielo, el corazón ha abierto sus ventanas, el alma se ha vestido de aire, la piel se ha erizado y una sombra de lágrima se ha arrimado a la orilla de mis ojos.
Y todo ello…en un segundo.
Sí, dame un segundo, solo te pido eso.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 4 de agosto de 2017

DUERME  LA VELA



La  vela  dormía y su llama se recostaba sobre el silencio que le ofrecía esa habitación.
La  contemplaban mudas vigas de madera que, junto con el silente musgo, rompían el grisáceo velo de las calladas piedras que velaban el sueño de la vela.
Se  mecía lentamente, acunada por un evasivo aire que parecía esquivarla para no romper su sueño.
Era tan placentero verla, causaba tanta paz su descanso, que sentí el deseo de formar parte de esa mágica estancia en la que todo adquiría tintes de cuento.
Se respiraba esa tranquilidad que rebosa un río a las primeras horas del alba, cuyas aguas, de quietas y serenas, transmiten los sentimientos de ese cielo que en su transparente piel se graba.
Se palpaba la placentera sensación, que atraviesa el alma, de esas noches en las que la luna calla y el viento gime, solo lo necesario, para recordarnos que lo que vivimos no es un sueño.
Me conformaba con mirar el tímido ondear de esa cabeza de fuego que, de cansada, apenas dejaba destellos de luz que dibujaban esbozos de sombras, sombras que, trémulas y nerviosas, se mecían al compás de esa mecha y se acunaban junto a ella para compartir la misma dulce sensación .
Todo era armónico, equilibrado, estable, todo era una maravillosa balada de silencios en la que se podrían revivir esos momentos en los que la carne muere y solo vive el alma.
La vela, inmutable, seguía cumpliendo la misión de derramar amables sensaciones, hasta hacerme creer que ese rincón en el que ella habitaba fue elegido por Dios, como refugio de corazones que necesitan el silencio para asumir sus dolores o saborear el amor.
Di unos pocos pasos entre ese bosque de sombras y silencios y tuve la sensación de estar paseando al borde del mar, una de esas noches en las que la marea y  la brisa se besan en silencio mientras la luna deja sus suspiros en la arena.
O como esas otras en las que miras, sin límite de tiempo, las estrellas mientras tus sueños y deseos viajan entre ellas; así, con la misma inmensa paz, me sentía al pasear entre los dominios de la vela.
Y en esos dominios vivían, aunque no los viera, las aguas que mueren en la orilla, las luces recién nacidas del alba, los vientos que siembran de libertad las montañas, las somnolientas hojas de otoño que escriben, en silencio, versos en nuestras almas, la lluvia que besa los cristales y deja, en nuestros pechos, un eco de melancolía, el rocío que dejó las lágrimas en su amada hierba,….
Todas esas vivencias que, en algún momento, me han hecho rozar el milagro del espíritu y la Naturaleza, se encontraban allí, atrapadas por el enigmático encanto de una pequeña vela que dormía al abrigo de un esquivo aire que temía despertarla.
Gracias a Dios, no lo hizo y  pude seguir contemplando esa vela, que  dormía mientras su llama se recostaba sobre el silencio.

lunes, 31 de julio de 2017

SUSPIROS DE IDA Y VUELTA




Aires de silencio recorrían los  trigales dejando, entre sus espigas, cómplices suspiros, secretos mensajes que alguien les quiso hacer llegar.
Tan instantánea como la emoción que nace al recibir un beso, así, ese mar de oro cobraba vida y se transformaba en una  hermosa marea cada vez que el aire mensajero lo rozaba.
Emocionado, alterado, como si le hubieran tocado el corazón, el trigal entero temblaba y de cada espiga nacía un nuevo suspiro.
¿Nacía o resucitaba?
Sí, daba la sensación de que  ese lugar ya había vivido esas emociones, de que sus espigas ya habían escuchado el eco de un te quiero o de que alguien, un día, dejó flotando sobre ellas una historia de amor.
Y reconocieron en la débil voz del aire la de esa persona  que les recitó sus sueños y poemas, esa voz que encontró, en la soledad de ese áureo escenario, el lugar idóneo donde descansaran sus confesiones.
Pero, ¿por qué dejó allí su alma?, ¿por qué enterró, para siempre, allí, su corazón y dejó que resucitara?, ¿por qué el viento volvía a ese lugar y despertaba emociones antiguas?, o ¿tal vez, no murieron y seguían vivas?
El aire detuvo sus suspiros y todas las espigas,  seducidas y embrujadas por uno mayor,  levantaron sus finas cabezas, intuyendo la presencia de  aquel que les descubrió el amor,  y miraron hacia la cima de un pequeño cerro que se levantaba en los umbrales donde moría ese campo de luz y oro.
Ambos, cerro y trigal, compartían sus miradas durante el día, sus sueños en la noche, eran almas desnudas, sin temor ni vergüenza, en las que dormían, tras sus terrosas y granuladas pieles, las confidencias que dejaban los enamorados.
Así, cerro y trigal eran depositarios de los mismos sueños y suspiros que liberaban los amantes que los visitaban, el aire los escondía bajo sus invisibles brazos y viajaban  desde la cima al llano en un corto trayecto de ida y vuelta que inundaba el aire de etéreos versos.
De esta manera, ese cielo que se interponía entre ellos se convertía en un hermoso libro de azules páginas en las que quedaban grabados los más sinceros e íntimos sentimientos.
Pero llegó el momento en el que se cruzaron en el aire tus sueños con los míos. Llegó el día en el que el cerro dejó en los trigales los pensamientos que tú hiciste nacer en mi pecho y  que yo sembré en su cima mientras los trigales le respondían con los que tú, al pensar en mí, dejaste entre ellos.
Fue, en ese instante, cuando ese mar dorado y en calma se transformó en marea al sentir el roce de nuestros suspiros, cuando se removieron las entrañas del cerro como corazón que vuelve a amar, cuando el aire tiñó de sueños eternos ese cielo que los separaba,…cuando cerro y trigal sintieron que  dejamos enterrados, en ellos y para siempre, nuestro corazón y nuestra alma.

Abel de Miguel

Madrid, España

viernes, 21 de julio de 2017

HACIA LA CIMA DE TUS OJOS


Déjame  que te idealice, que te encumbre a esa sagrada cima que sueña coronar quien  tiene el amor por bandera y la felicidad, por destino.
Déjame que cada palabra, sonido, imagen, cada hilo de vida que lleve el sello de una emoción que nace del pecho, me despierte la esperanza y me impulse hacia esa sagrada cumbre en la que tus ojos me esperan.
Y poco importa que tropiece en esa ascensión, que haya un tiempo en el que impere tu silencio, que unas negras nubes me priven de contemplar esa primeriza luz que me trae el recuerdo de tu alma.
Sea lo que sea quien se interponga en mi ascensión, superando los inevitables obstáculos que debe vencer un corazón, nunca dejaré mi ilusión tendida en el suelo como pañuelo que ondea pidiendo la rendición.
Al revés, cuando el cielo se empeñe en llenar de lágrimas la tierra, cuando la noche me vete sus sonidos y secuestre el hechizo de la luna, cuando sienta que uno de mis sueños no es capaz de despertar tu dormido pecho y hallar, en él, cobijo, cuando el mar acalle el espíritu de las olas y no me devuelva el eco de esos pensamientos que enterré bajo sus aguas, cuando suceda todo eso, pensaré que esa lluvia que vela a la tierra es una cortina de felices lágrimas que no encontraron espacio entre el amor que inundaba tu corazón; o que el silencio de la luna es debido a que ha sido víctima de nuestro amor y ha preferido saborearlo en secreto; o que el mar no me niega sus sentimientos, sino que las olas, heridas por el nuestro, se han quedado pensativas y enamoradas.
Y tanto sueño, tanto deseo coronar esta aventura en la que  mi guía y mi meta son tus ojos, tan cerca los he sentido, que ya no sé si vivo en ellos o siguen siendo espíritu.
Hasta tengo temor de que una vez habite en tu mirada, lo que pueda sentir no sea más bello que lo que ahora siento mientras lo sueño.
Sobre las olas de tus labios flotaban mis sueños vestidos de besos, pero ante el destello azul de tu mirada,  se apresuraron al balcón de su cielo y, cambiándose de ropaje, se vistieron de privilegio por poder contemplar, de cerca, el mar de tus ojos.
Ya he alcanzado esa deseada cima, ya veo la vida con el color de tu mirada, ya nacen aquellas voces que nunca se atrevieron a salir del alma, pero que en el refugio de tus vestales ojos han encontrado la paz que necesitaban.
Y ahora, una vez que el alma de tu mirada se ha hecho tangible y saboreo sus tesoros, puedo decir que las maravillas que el corazón imaginó se quedaron cortas
Solo puedo dar gracias a la vida por permitir que ese amor que llevaba por bandera, haya podido tomar posesión en el azul paraíso de tus ojos.

Abel de Miguel

Madrid, España