sábado, 23 de septiembre de 2017

DONDE NACE Y MUERE LO AMADO



Cada mañana, se acercaba a la orilla del río. En su semblante se reflejaban las sombras, recién fallecidas, de la noche y las blancas luces, recién nacidas, del alba. Su rostro era la expresión no solo del ciclo del cielo, sino de las enfrentadas emociones que habitaban en su corazón.

Ese lecho de agua, que visitaba con sagrada periodicidad y puntualidad, era, para ella, un nido de sueños y tormentos en el que sintió, por primera vez, que alguien le robaba el alma, que las emociones se agruparon en su pecho, pero también era el mismo escenario en el que sus labios dejaron, por última vez, el eco de un beso en el aire.

Allí fue donde nació y desapareció lo amado, donde los suspiros y los gemidos se agolpaban según el recuerdo que naciera, donde la vida se tornaba en radiante amanecer o lóbrega noche; allí, su alma quedó enterrada entre rosas y espinas.

Por eso visitaba ese lugar como quien deja unas flores sobre la tumba de a quien nunca se olvida, o como quien se acerca a revivir el momento más glorioso de su existencia.

Entre sus finos brazos llevaba un cántaro de fresca loza, recién parida por la tierra, que abrazaba como quien toma, entre sus manos, una promesa de eternidad. En ese pequeño molde cabían todas las lágrimas, suspiros, esperanzas y sueños que nacieron, y nacían, desde aquel día.

Siempre cumplía el mismo rito.

Se sentaba, dejaba la reliquia de barro sobre la mullida hierba que le ofrecían los labios del río, la besaba y dejaba que la mirada de sus negros ojos se perdiera a lo largo de esas azules aguas.

En ese instante, solo Dios sabe los pensamientos que cruzarían ese corazón herido e ilusionado, pero cualquiera podría descubrir, viendo el débil temblor de las aguas y las lágrimas que asomaban en su rostro, que esa joven era presa de intensas emociones.

Ese trance en el que los recuerdos resucitaban, moría con un suspiro que hería al mismo aire y encogía el corazón del mismo cielo.

Superando ese momento en el que rosas y espinas cobraron vida, tomaba el cántaro y, lentamente, lo vaciaba en esas cristalinas aguas que fueron sus confidentes.

Allí vertía lágrimas y suspiros, besos y sonrisas, allí entregaba todos los secretos sentimientos que habitaban en su alma y que llenaron su fiel cántaro. Una vez vacío, sus negros ojos volvían a pasearse sobre ese lecho nupcial, sobre ese féretro de agua, pero en ellos se dibujaba el alivio: había liberado todas esas emociones que oprimían su pecho, sentía que su alma había quedado limpia, pero sabía que mañana volvería.

Tomó su fino recipiente, lo abrazó entre sus delicadas manos y volvió por el mismo camino que la vio cruzar aquellos días en el que, en su alma, nació y murió lo amado.

Sí, en su rostro volvieron a surgir las sombras, recién fallecidas, de la noche y las blancas luces, recién nacidas, del alba, las enfrentadas emociones que habitaban en su corazón.

Abel de Miguel

Madrid, España

jueves, 7 de septiembre de 2017

HE BUSCADO,…


…entre los amaneceres, aquel que me recordara la luz  que parió el pecho cuando nuestros labios sellaron su primer beso.
…entre las plateadas aguas de los ríos y las azuladas de los mares, aquella lágrima que se asomó al balcón de mis ojos, en medio de la noche, mientras, atravesando el mar, el eco de  tu primer “te quiero” recorría como caballo desbocado mi alma.
…entre la mística del viento, esas oraciones, desde la soledad de un cerro, que dejé suspensas en el cielo y en las que el corazón pedía encontrar a quién amar y quién lo amara, oraciones de las que solo Dios y yo sabíamos sus secretos.
He buscado, en los rincones de esas veladas donde la música se refugia para que sueñen los que aman, aquella canción que consiguió que tú dejaras de ser sueño y mis sentimientos te palparan.
…entre parques vestidos de jardines, entre fuentes en las que el agua canta, bajo esas durmientes hojas que parecían olvidadas, el ilusionado silencio que guardábamos cada vez que escribíamos, en el libro del futuro, un sueño.
…en los atardeceres, el último suspiro que, cada día, se perdía entre sus gamas de fuego pensando que mañana te vería.
...entre los destellos de la luna, los versos que escribió el alma, una solitaria noche, y en los que tu recuerdo era su musa.
…entre la lluvia, entre sus finos dedos de agua y el aroma de su encuentro con la tierra, aquellos momentos en los que nuestros brazos se apretaban buscando refugio, aunque solo buscábamos sentirnos más juntos.
He buscado todas esas pequeñas historias y grandes emociones que escribieron mi vida, y todas ellas las he encontrado.
Sí, ya no busco, solo las vivo, las beso y las revivo cuando tus ojos me miran o asomas a mi recuerdo.
He buscado….hasta que te he encontrado.


Abel de Miguel

Madrid, España

sábado, 2 de septiembre de 2017

EL ALMA  DE LAS ESTACIONES


Era  primavera.
Los  amantes paseaban con la misma calma que el aire que los rodeaba, con la misma  tranquilidad que el tiempo se tomaba cuando los veía juntos, con la misma intimidad que el silencio que habitaba en sus miradas, un silencio que  era la voz de sus pensamientos, capaces de, alimentados por el amor, incendiar la naturaleza que les abría camino y de que esa columna de fuego rozara los labios del cielo que los contemplaba.
Era todo tan armónico que Naturaleza y amantes fundieron sus almas.
El sol suspiraba por prolongar su ocaso. Al verlos envueltos en una inmaculada aura, recordaba ese instante en el que sus últimos rayos acarician los primeros halos de su luna.
Y ellos, al sentir que una flecha de amor había herido el corazón de la Naturaleza, se dejaron guiar por ese instinto nato en el que el destino no importa y las almas se van desnudando.
Allá por donde cruzaban, todo se vestía de reconciliación, de suave y lenta música e iban dejando, tras ellos, una infinita estela de sentimientos y emociones.
Era verano.
Un cielo puro y limpio insufló, en esos paseantes, una idea de eternidad y sus pechos, al contacto de la inmensa e intensa luz, derrumbaron las puertas que custodiaban sus almas y se perdieron en la infinitud de ese cielo que les inspiró tales deseos.
Pero, incluso, llegada la noche, esas noches de verano en las que un aire en calma, el silencio y la paz se abrazan, sus almas viajaban por las estrellas, tan infinitas e intensas como la luz del día.
Era otoño.
¡Oh Dios!, él y ella, ella y él, decidieron saltar los cerrojos de sus confidencias al sentir, bajo sus pies, el roce de esas hojas que murieron; en sus rostros, un húmedo viento cuyos susurros grababan, en el alma de quien los escuchara, un inolvidable poema; y en sus manos, el débil roce de una lluvia que revivía  esas veladas en las que una canción y el fuego te hacen sentir más cerca de lo amado.
Era invierno.
Ni la guadaña del viento, ni los alfileres del frío amedrentaron a esos amantes; antes bien, hallaron, en esas frías manos que el invierno les tendía, un motivo para enlazar las suyas y combatirlo con el calor que nacía de sus almas.
Y la blanca nieve dibujó, ante sus ilusionados ojos, ese inmaculado panorama que sus ojos atisbaban cuando se sentían cerca el uno del otro.
Sí, cada día, sin importar el ropaje que lo cubra, sea una íntima lluvia o un  exultante sol, se esconde un mensaje para el alma y el corazón siente que le hablan.
Seguramente, será porque las estaciones, hijas de Dios, también tienen alma.

Abel de Miguel

Madrid, España

lunes, 28 de agosto de 2017

NUNCA ES  SUFICIENTE


El  silencio recorría las entrañas del aire, todo enmudecía como si, aún, no  hubiera sido creado.
La  vida latía en esa armoniosa quietud,  pero era capaz de arrebatar sentimientos opuestos.
Era capaz de neutralizar el alma y dejarla en suspense, contemplativa, ensimismada, absorta en su propia belleza como pudiera sentirse cualquier pecho que haya amado en silencio.
Pero también es verdad que contemplar la inmovilidad de ese majestuoso milagro, la pasividad de algo que estaba llamado a ser dinámico y alegre, dejaba una brizna de melancolía, un poso de tristeza; no sé, era como si esa divina obra empezara a sentir las frías caricias de la muerte y las manos de esta empezaran a mostrar, a todas esas emociones que habitan en el alma, los umbrales de esa inhóspita cueva en la que quedarían enterradas.
Y fue esta última sensación la que invadió mi mente de trascendentes y últimos pensamientos.
Me sentí parte de ese frío que presagiaba la muerte y, al instante, como rayo que cruza la noche, como bramido del mar que invade cuanto sus brazos de agua abarcan, toda mi vida cruzó el alma dejando, en ella, estelas de luces, salpicadas por campos de sombras en los que dormía la culpa.
Y quise seleccionar esos momentos en los que el corazón cerró sus fuentes y lo dejó sediento, como quedó el alma al sentir que sus áureas alas se apagaban junto a esas presidiarias voces que  no tuvieron la libertad para decir que amaban.
Removí esos sentimientos que quedaron en el otoño de los recuerdos, mortecinas hojas durmiendo en la conciencia, que, esporádicamente, liberaban gritos diciendo que pude haber amado más.
Y esa duda sigue revoloteando por  los oscuros rincones en los que se esconden esos momentos que dejan, siempre, el mismo eco: ¿He amado lo que debía?
Y la primera sombra que alzó la voz expresó su lamento por aquel día en el que dejé pasar de largo tu sonrisa, esquivándola como viento entre las piedras, renunciando a devolvértela por esas miserias que tiene el corazón.
¿O debí hacerlo cuando tú, con los ojos preñados de lágrimas, pedías un mínimo consuelo, una pequeña comprensión y solo encontraste, por respuesta, un frío silencio que no comprendía tu dolor?
Cada una de esas sombras era, en realidad, hijas de detalles que reclamaban, también, otro detalle, solo un poco de amor.
Me di cuenta  de cuántas penas pude ahorrar a tu corazón a poco que el mío hubiera amado.
Y mientras una parte del alma quedaba en suspense, contemplativa y ensimismada, el silencio susurraba, en mi conciencia, ese lapidario eco: “¿Pude haber amado más?

Abel de Miguel
Madrid, España



lunes, 21 de agosto de 2017

PEQUEÑOS  MOMENTOS



Era uno  de esos días en los que la lluvia se convierte en perfecta réplica del llanto  de almas, en el que el silbido del viento es pura nostalgia, en el que las personas desnudan sus almas y se cubren con las invisibles gasas de poesía que ofrece la Naturaleza.
Da igual que haya corazones que nieguen esa mística, que sus pieles sean de piedra, que el pecho cierre sus puertas a ese torbellino de emociones y sentimientos, porque, se quiera o no, toda esa vida no morirá por mucho que se la ignore o haya almas que no entiendan sus palabras.
Seguirá pariendo luces, colores, suspiros, sueños, ilusiones, música, reflexiones, seguirá abriendo su poderosa mano para derramar esa innata fuerza de amor que encierra y todas esas criaturas que pueblan el paisaje, todos esos invisibles mensajes que subyacen en su mágica atmósfera, harán morada en esas almas; y si no encuentran abiertas sus puertas, esperarán hasta que el eco de sus voces y colores derrumbe sus muros y claudiquen ante ese amor que late entre el aire y la tierra.
Así, desde la atalaya de un monte, los  ojos se llenarán de eternidad al contemplar cómo la verde naturaleza, la salvaje fauna y el libre viento pueblan el vientre materno de esa tierra de la que nacieron, viajando sin más deseo que el de robarnos un suspiro, un pensamiento de eternidad o un mortal sueño,
y hasta tal extremo llegará esa sensación, que el alma sentirá vértigo por creer que roza el Cielo.
Y no será necesario haber vivido esta experiencia repetidas veces, bastará un instante de ese milagro para que las emociones dejen huella, para que un pecho trascienda o…para que deje su semilla en aquellos que lo niegan.
Y fue uno de esos días cuando un rayo cruzó el cielo, rasgó el velo de la noche y dejó que su blanca y luminosa estela presumiera de gloria durante unos segundos…que se hicieron eternos.
En ese resplandor, se retrataron aquellos momentos que hicieron, del alma, una feliz novia, que tallaron el corazón con el cincel del amor, que vistieron a la vida, de recuerdos imborrables y eternos.
Algo tan fugaz como un rayo bastó para alimentar el amplio vientre del corazón.
Y es que vivimos de esos instantes, de pequeñas gotas, de ocasionales luces, de espontáneos pensamientos que embalsaman los profundos dolores.
Aspiramos a que una inmensa felicidad nos invada y nos rinda por agotamiento, y, tal vez por eso, siempre tenemos excusa para no estar satisfechos, porque nunca alcanzamos esa lejana cima que nos marcamos en nuestro camino; pero si supiéramos contentarnos con esas gotas de alegría que nos ofrece la vida en el humilde frasco del recuerdo de un lejano o reciente beso, con un sencillo paseo sintiendo la mano de quien amas, con una agradecida sonrisa de quien solo esperas que sea feliz, si supiéramos darnos por satisfechos con estas anécdotas del corazón, entenderíamos por qué hay días en los que la lluvia suena a gemido, en los que el viento parece que suspira o por qué las personas desnudan su alma y se cubren con las invisibles gasas de poesía que ofrece la Naturaleza.

Abel de Miguel
Madrid, España



martes, 15 de agosto de 2017

LÁGRIMAS  EN LA PIEDRA


Sobre las piedras había, dibujadas, unas lágrimas, aunque para cualquier paseante distraído no hubieran dejado de ser bellas gotas de agua que decidieron dejar la huella de su muerte allí.
Para quien ignorara el sufrimiento o no hubiera sido rozado por el silbido de las flechas que hieren el corazón, esas huellas sugerirían caprichos de la lluvia, pero quien saboreó las hieles de la vida, quien sintió el dolor en el centro de su alma, bien sabía que allí se habían liberado dolientes confesiones, sueños quebrados, heridas sin cicatrizar; en definitiva, se habían escuchado esos dolores que solo conoce el corazón y que solo una lágrima es capaz de expresar.
Ya que la vida las ofrece bajo un muestrario de diversas formas y colores, quise conocer la causa de por qué dormían sobre esa piedra, quién abrió su alma y firmó, con una lágrima, el dolor o la emoción que asomaron al balcón de sus ojos.
No sé si nacieron en una triste noche en la que la luna se vendó los ojos y no quiso mirarlas, o por un beso que esperaban y erró su camino, o si lo amado dejó de existir porque cayó en los brazos de la muerte, pero esas lágrimas eran sinceras.
Solo con mirarlas, la causa de su existencia gritaba desde el silencio de esa piedra.
Las deposité, una a una, en mi mano, intentando darles esa delicadeza que, tal vez, echó en falta el corazón del que nacieron, dejé que descansaran al calor de ese cariño que les robaron y, no sé si fue por eso, pero al simple roce de mi mano temblaron.
¿Miedo o emoción? Seguramente, ambos sentimientos.
Miedo: porque ese estado de felicidad ya la vivieron y… se lo robaron; miedo a volver a perder ese sentimiento que las hizo rozar el cielo para acabar viviendo un infierno.
Emoción: porque aunque presas del temor, no podían evitar, al sentir un mínimo afecto, que esas ilusiones, sueños y esperanzas latieran como en el primer amor.
Eran un mar cuyo horizonte se había partido por la mitad, cuyos sueños debieron ser tan altos, lejanos y eternos, que alcanzaron ese punto donde el cielo recoge los deseos de la tierra; pero algo o alguien invocó a la adversidad para que ese horizonte quedara oculto entre las negras nubes del dolor.
¿Un amor imposible?, ¿un sueño tan cercano que creyó que era real?, ¿una ilusión que nada más rozar se evaporó como un suspiro?, ¿una felicidad tan intensa que el miedo al fracaso hizo naufragar?
Tal vez todas ellas fueron la causa de que esas lágrimas allí estuvieran, pero no pude evitar recrearme en ellas. Sí, digo “recrearme”, pero no por un morboso placer en el sufrimiento, sino porque más allá de sus heridas, en el fondo de ese cristalino pozo, al trasluz de esa brillante gota de tristeza, se vislumbraba una tenue luz que se resistía a morir, una pequeña llama incapaz de extinguirse en medio de las dolientes aguas de las lágrimas. Ese atisbo de vida que se dibujaba en el corazón de las lágrimas era el amor que las parió, la ilusión que, luego, se transformó en espada.
No pudieron renunciar a él y lo conservaron hasta su muerte convirtiendo, ese amor, en el epitafio de esas lágrimas que duermen en el silencio de una piedra.

Abel de Miguel

Madrid, España

miércoles, 9 de agosto de 2017

LUNA  LLENA



Hubo un  tiempo, al principio de la Creación,  en el que Dios se refugiaba en la  noche para contemplar, en el más absoluto silencio, a sus criaturas.
Solo la luna, con sus estrellas, y el sigiloso aire que habitaba el universo  eran testigos de los divinos pensamientos, de cómo Él se complacía en lo observado, testigos de ese resplandor que iluminaba la oscuridad cuando una de esas criaturas tocaba el corazón de Dios; pero una de esas noches, Dios sintió que la luna no apartaba de Él la mirada, una mirada entre enamorada y suplicante que cautivó la atención del Creador, pues todo lo que respira amor es captado, como reliquia, por Su corazón.
Y Dios miró a la luna; tan intensamente la miró,  que no pudo evitar que se escapara un suspiro de sus divinos labios, suspiro que embriagó a la luna y la hizo más hermosa, tan hermosa que, ahora, era ella quien le robaba a Él una parte de su corazón, por lo que nació, de esos eternos labios, el mayor sueño al que aspiran las almas: un beso de Dios.
Y Dios y luna entraron en una dinámica de emociones en la que cada una daba lugar al nacimiento de otra mayor.
El aire y las estrellas, privilegiados espectadores de ese milagro, temblaban, casi de miedo, pues nunca se vieron en tal estado de emoción, jamás pensaron que el amor fuera capaz de arrasar la materia de que se componían.
Y según Dios cortejaba a la luna, esta, crecía en tamaño, como si fuera el sol, y su blanco ropaje adquiría un blanco inmaculado, superior al del alma recién creada o al de la virgen nieve recién nacida de los ojos del cielo y que muere en los brazos de la montaña.
A tal punto de hermosura llegó que el mismo Dios dijo: “¡BASTA!”.
En ese instante, los sentimientos, forma, color y emociones de la luna quedaron en suspenso, inmovilizados, como si Dios hubiera esculpido la más hermosa lágrima de nácar, y todas las criaturas rindieron su mirada hacia ese nuevo milagro que había surgido en el cielo.
El viento rompió su silencio y extendió, por cielos y tierra, la voz de los mismísimos ángeles.
Había nacido la luna llena, el mayor homenaje, el más digno tributo que la Naturaleza puede rendir a su benefactor.
Pero, de hermosa que era, Dios la quiso preservar. La ocultó bajo sus brazos y, esporádicamente, la mostraría a los mortales.
Por ello, cuando surge, los corazones sienten el reflejo de ese amor que la creó y los amantes clavan su mirada en esa lágrima de nácar y tienden, a sus pies, sus sueños, que no son otros que los de vivir con ese mismo amor con el que ella fue creada; es decir, hacer de sus vidas una continua luna llena.

Abel de Miguel
Madrid, España