viernes, 12 de enero de 2018

EL SUEÑO DE UN ÁNGEL




Sería un bonito cuento o una hermosa leyenda si no fuera porque hay quienes lo han vivido y pueden contarlo.

Habrá alguna alma que pueda alzar la voz y proclamar que su amor fue tan alto que hizo descubrir, a su propio Ángel, un sueño mayor que el del que él nació.

Porque si los ángeles son el fruto de ese instante en el que Dios dejó escapar su Espíritu para que protegiera a quienes habitaran la tierra, si nacieron del más puro amor que el Creador tuvo a sus creaturas, si ellos son la más sublime muestra de una desinteresada entrega, algunos corazones podrán decir que ellos fueron ángeles, pues llegaron a palpar esa espiritualidad con la que están forjados esos querubines que nos amparan.

Tal vez esos enamorados hayan rozado el sublime nivel al que alcanza el corazón de un ángel y hayan elevado a tan alta cima lo amado que sus almas fueran las mismas alas de aquel que Dios les había encomendado.

Y hubo quienes lograron que su propio ángel soñara con ese amor que latía en sus corazones, hasta el punto de que el guardián arrebatara parte de esas emociones, se quedara con unos pocos de sus sueños y se llevara, al Cielo, esa pócima de amor para contemplarla.

En sus etéreas manos llevaba los dones reservados para aquellos que se aman, entre sus alas escondía las palabras que nacieron en la intimidad de una luna a media luz o bajo el hechizo de un mar cuyas olas eran suspiros, y en los ojos del ángel quedaron grabadas las miradas de los amantes, esas miradas que dejaron al descubierto sus corazones, desnudas sus almas y que fueron capaces de humedecer los cristalinos ojos de un ángel que se rendía a un amor que, hasta entonces, solo había visto en su celestial morada.

Una vez de regreso al Cielo, el ángel se sentó en su dorada tribuna, dejó, a sus pies, los corazones de los amantes y se dispuso a contemplarlos sabiendo que tenía la eternidad para ello.

Pero solo hicieron falta dos latidos, uno por cada corazón, para que el ángel quedara sumido en un profundo arrebato que le trasladó a ese exclusivo rincón en el que solo habitan los sueños de Dios.

Desde entonces, el ángel acude a esa milagrosa vitrina y contempla los corazones de esos amantes cada vez que quiere soñar.

viernes, 29 de diciembre de 2017



UN SUEÑO SOBREVUELA LA ALHAMBRA




Era una fría mañana, un día de invierno en Granada.

Un cielo plomizo de grises nubes abrió los labios y el aire parió suspiros, recuerdos de amores que cayeron cautivos en los brazos de esa tierra.

Nunca murieron, se resistieron a abandonar el lugar en el que sus corazones encontraron la causa por la que vivir y, en esos días en los que el cielo estaba dispuesto a escribir un poema, salían de su letargo, sobrevolaban la cuna en la que nació su amor y dejaban el eco de su último beso o el del lamento por aquel que no pudieron dar.

El corazón de Granada latía al impulso de esos sentimientos resucitados y fue capaz de robar, al mismo cielo, un llanto de blancas lágrimas que se adornaron de nieve.

La Sierra se vistió de novia y ofreció su inmaculado ramo de copos a la Alhambra, el refugio que inspira a los sempiternos amantes sueños de eternidad.

Sus rojizos muros quedaron cubiertos por níveas manos y sus dormidas piedras desempolvaron esas leyendas de amores imposibles o prohibidos. Al contemplar esta escena no pude evitar sentirme Alhambra y soñar que tú eras nieve.

Y cuando aún sentía la intensa carga del recuerdo de ese día en el que nuestras almas se esposaron con las invisibles alianzas de nuestras miradas, entre ese tapiz de grisáceas nubes surgieron tus azules ojos, que no se apartaban de esa sierra vestida de novia; arrastrado por el hechizo marino de tu mirada, los míos fueron a tu encuentro y, juntos, revivieron ese día en el que escribimos una de esas leyendas que adornan los muros de la Alhambra.

Ya no importa el tiempo que haya pasado desde que nació nuestra historia, es superfluo contar los días; solo queda el imborrable testimonio de estos días en los que el cielo inunda de suspiros a Granada, en los que una núbil sierra se entrega a su amante, la Alhambra, y en el que nuestras almas, selladas con la invisible alianza de nuestras miradas, sobrevuelan ese monte en el que se escriben leyendas que nunca mueren.

Sí, hoy, un sueño sobrevuela la Alhambra: el nuestro.

miércoles, 27 de diciembre de 2017



NUNCA Y SIEMPRE



Si fuéramos capaces de detener el corazón en su estado más sublime, en ese momento en el que ni las amenazas de la vida son capaces de enfriar sus emociones, en el que los peligros se convierten en débiles gasas ahuyentadas por un simple suspiro de amor, en el que el futuro no existe porque todo es eterno, si pudiéramos hacerlo, en ese corazón solo existirían dos palabras que serían el epitafio de quienes se aman de verdad: NUNCA y SIEMPRE.

Y dando por hecho que tengo entre mis manos esos corazones, estas son las voces que se oyen:

Nunca dejaré que nazcan, de tus ojos, una lágrima triste, porque siempre tendrás, en mis labios, la palabra que la cure.

Nunca mis manos sentirán la soledad, nunca sentiré un aire frío y solitario recorriendo mis palmas, porque siempre tendré las tuyas, envolviéndolas en calor, o siempre existirá el recuerdo de ese paseo en el que las nuestras se entrelazaban.

Siempre encontraré, en el cielo, el espejo de tu mirada, siempre, al mirarlo, sentiré que me acompañas, y nunca, ni la noche ni las grises nubes, me robarán ese estado en el que siento que me miras.

Y si el dolor asomara en nuestras vidas pese a no haberlo llamado, siempre le cerraré las puertas, nunca escucharé sus aullidos, porque allá donde aparezca, siempre tendré abiertas, en mi alma, las ventanas por donde huya, siempre acallaré sus plañideros cantos con el eco de esas baladas que nos trajeron hasta aquí y nunca sonará, en nuestro mundo, una nota con ecos de pena.

Pídele a la vida un motivo que sea capaz de agrietar nuestras murallas; nunca lo encontrará porque siempre encontrará, en nuestro amor, otro motivo que las defienda.

Dejemos que nuestras miradas viajan hasta la eternidad, que nuestros sueños se cumplan antes de que existan, y contempla esa hermosa pradera por la que recorremos nuestra vida.

¿La ves? Todos los “nunca” viven apartados de esas tristes y lóbregas tierras en las que la cizaña y la tristeza pretende hacer fortuna y beben de las mismas tranquilas y apacibles aguas en las que se alimentan los “siempre”.

Sí, esta hora que vivimos, este instante en el que el corazón solo entiende de emociones plenas y sentimientos eternos, será la imborrable huella que nos marque para que nunca olvidemos que siempre debemos amarnos.”



martes, 26 de diciembre de 2017

SALIÓ DEL SUEÑO


Hubo un ayer que le dejó herido el corazón, un ayer que la marcó y la alentó a huir para nunca más experimentar la ingratitud, por lo que decidió recluirse en un mundo forjado de sueños.

En todo ese tiempo se alimentó de deseos, respiró el aire de una tierra prometida, creyó vivir en ese mundo que no pudo ser, cegó los sentidos a todo a aquello que no perteneciera a la historia que ella misma escribía y, como alma crisálida, cruzó la vida envuelta en su imaginación, tan maravillosa como ficticia.

Mientras vivió en ese estado una etérea felicidad la acompañaba. Anuló la memoria, olvidó los desencuentros que dañaron su corazón, dibujó escenarios en los que el amor le tendía la mano, esculpió anónimos bustos que figuraban la imaginaria persona que llenaría su vida, alentó al fuego de su pecho para que evaporara las posibles lágrimas y jamás vieran la luz,…..

Sí, todo era una tierra propicia en la que un alma creería haber encontrado el cielo o cualquier pecho sentiría su sed apagada, pero….eran sueños.

Cualquiera que la observara percibía que esa mujer vivía lejos del mundo que la rodeaba, que levitaba sobre la realidad, que era arrastrada por una fuerza fingida, una bellísima fuerza que, sin embargo, la conducía a la nada.

Contemplarla despertaba, por igual, la admiración y la compasión.

Nadie podía negar la hermosura de ese sueño que había creado, pero tampoco nadie podía evitar una compasiva mirada al ver cómo esos bellos ojos huían a una tierra que no pisaba.

Pero no podía ser que una joven con tan nobles y bellos sentimientos se convirtiera en una especie de escaparate, en una atracción de feria que todo el mundo observa con curiosidad o como divertimento.

Tenía que haber alguien, un alma con la misma trascendencia que la de ella, un corazón que fuera capaz de abarcar el mismo amor que el suyo, que la rescatara de su mundo y le hiciera sentir que existía algo parecido a sus sueños. Bastaría una dosis sincera, real, de esa medicina llamada “amor” y que a ella le llevó a rozar los umbrales de la locura.

En uno de esos escenarios soñados en los que el amor le tendía la mano, vio que uno de los imaginarios bustos cobraba vida y la llamó por su nombre. Sintió cómo un escalofrío recorrió su cuerpo, su errante mirada se clavó en la tierra, notó que el intenso fuego de su pecho era incapaz de destruir la lágrima que empezaba a asomar en sus ojos, el corazón empezó a recordar esos momentos en los que el amor le dio la vida y se la quitó, los soñados paisajes se derrumbaron y, ante ella, se mostró el mundo tal cual era.

Quiso resistirse a afrontarlo, pero tras ese velo la esperaba alguien, alguien de carne y hueso que le inspiraba los mismos deseos de amar y ser amada que tuvo antes de caer “enferma”.

Salió de su propio sueño, sus ojos cruzaron, por primera vez, desde aquel día, esa invisible gasa con la que decidió recubrir su vida, traspasó ese transparente, sutil, efímero y volátil muro tras el que se había refugiado y afrontó ese otro “sueño”, el real, la vida misma, de la que huyó hace tiempo.

Su alma dejó de ser crisálida para convertirse en bella mariposa y desplegó sus brazos, como alas, en busca de quien también se los tendía.

¡Y todo el tiempo que sobrevoló a su alrededor, todos esos besos perdidos mientras estuvo escondida en su mundo, todos esos suspiros que nunca oyó, todas esas horas que estuvo abrazada a un anónimo busto, ahora se hacían realidad!

Sus ojos se clavaron en los de aquel hombre que la rescató de su tierra prometida para pisar una igual de bella y real.

Ahora, al contemplarla, solo despertaba admiración.
No estaba tan lejos ese mundo, solo hizo falta que saliera de su sueño.

sábado, 16 de diciembre de 2017

SACRIFICARÁ LA MIRADA


Hay misterios que solo se desvelan cuando ellos mismos se adentran en los secretos rincones del alma y rozan las sagradas paredes del corazón, aquellas en las que se graba un nombre, un rostro, un sueño...

Cuando esto sucede, la razón se inmola en aras de un sentimiento que se apropia de la vida y hace que, esta, solo tenga sentido si respira los aires de ese sueño que la ha invadido.

Desde ese momento, la mirada, espejo del alma, solo vivirá para él y no podrá evitar que revele ese nuevo sentimiento por el que ha sido vencida.

Así, en cualquier enamorado se perciben los síntomas de ese nuevo misterio al que llamamos Amor.

Clavará los ojos en ese rostro, el más bello que jamás alcanzara imaginar, y dejará que se pierdan, al abrigo del lento paso del tiempo, contemplativos, en ese sueño. Y tanto soñará con él, que sus pupilas dedicarán su vida a contemplar, exclusivamente, lo amado.

Hará, de ellos, una estrecha ventana por la que solo entre la luz de lo soñado, renunciará al infinito paisaje de mieles que la vida ofrece a la vista, ignorará la milagrosa gama de luces y colores que la Naturaleza le brinda y transformará el universo visual en un pequeño coto al que solo acceda ese rostro enmarcado entre los velos de un sueño.

Quien viera a unos enamorados, fácilmente comprobaría que sus ojos sueñan, que han sido arrebatados por un ideal, sabría que esas miradas están secuestradas, al igual que sus almas, por una fuerza extrema que habita en sus corazones.

Quien ama solo vivirá para contemplar lo amado y verá, en el viento, suspiros que nacen de esos labios deseados; en el mar, el color de esos ojos por los que suspira, y si la luna se cruza en su camino, solo alcanzará a ver, en ella, el lado virgen de ese rostro por el que entregaría la vida.

Tal será la dimensión del amor que sienta; tal, los deseos que lo aprisionen; tal es el penetrante misterio, capaz de limitar los deseos a uno solo: ver, allá donde fuera, los sagrados perfiles de quien se ama.

Y poco importa que se cieguen las fuentes de los ojos, que las sombras se adueñen de su luz, que siempre sea noche en ellos, poco importa porque desde el instante en el que el misterio del Amor roza las sagradas paredes del corazón, lo amado se hace presente, se percibe y se siente con los poderosos y penetrantes ojos del alma.

Cuando ese sueño hace morada, todo el ser se rinde y el amante sacrificará, a él, la mirada.


viernes, 8 de diciembre de 2017



INMACULADA CONCEPCIÓN





Hoy es ese día en el que el mundo conoció la antesala de la Redención, en el que Dios preparó la mortal cuna de su Hijo infundiendo la vida a quien sería su Madre, a María.

Y porque Ella sería la elegida, porque su cuerpo sería el predilecto Sagrario en el que Dios Hijo cobraría vida, las divinas Manos del Creador se reservaron para este instante y modelaron el virginal cuerpo y la inmaculada alma de la Madre de Dios.

Si hubo un instante que, por pureza y milagroso, se asemejara al día en el que Dios concibió a María, sería aquel en el que, por primera vez, Dios pensó en Ella.

Su Inmaculada Concepción fue la consecuencia de la más sublime muestra de Amor que pudo parir el divino Corazón.

Si la Creación fue un reflejo de lo que encierra la mente divina, la Inmaculada Concepción de María fue la propia huella del mismísimo Dios en la Tierra.

Solo la más perfecta alma podría resistir los embates de Amor que nacerían cuando Dios asumiera la mortal humanidad; por ello, el mismo Dios tomó un jirón de su Alma, lo fundió con un trozo de su Corazón y creó la primera señal de vida de la Madre de Dios.


Eso fue, esto es, la Inmaculada Concepción: el día en el que Dios donó su divinidad para que, de ella, naciera la Virgen María, la Madre de Dios.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

ENCONTRARON  EL CAMINO



Llegó ese segundo, eterno y trascendente segundo, en el que ambos percibieron que sus vidas se habían cruzado para seguir el mismo camino.

Todo era una sinfonía compuesta por sueños, besos, suspiros, emociones, alegrías…., en esos corazones que se habían encontrado y se prometieron felicidad eterna.

En ese recién estrenado campo del amor, el alma y el corazón rompen las cadenas de las ilusiones, incendian las pasiones e inundan, de sueños, la imaginación.

En este estado se encontraban dos recién enamorados que, bajo el ímpetu incandescente que impera cuando se pisan los umbrales de ese nuevo mundo, construyeron su propio cielo, ese en el que no existen las sombras del dolor, en el que las lágrimas solo son de felicidad, en el que la “tierra” está compuesta de milagros. Se sintieron almas atravesando los túneles del tiempo y vislumbrando la eternidad.

Pero el tiempo fue pasando y sus corazones se templaron, las alas de sus almas descendieron en el vuelo y sus miradas perdieron de vista el infinito y ya solo cubrían la tierra.

No perdieron la felicidad inicial, solo que, esta, había mudado su piel y se estaba adaptando a ese ritmo más lento, pausado y reflexivo que marca el corazón cuando ya sabe a qué sabe el amor.

Ahora empezaron a valorar los segundos, las ausencias, el simple roce de un beso, apreciaron ese “te quiero” en la distancia, esa sonrisa que expresa toda una entrega, esas veladas al calor de una hoguera para combatir el frío, esa recompensa de caminar abrazados, al resguardo de un paraguas, para combatir la lluvia y se dieron cuenta de que ese cielo con el que soñaban estaba en esa misma tierra que pisaban, en esos paseos en los que sus manos se entrelazaban, en esos segundos en los que sus miradas se mantenían, una frente a la otra, y se resistían a retirarse, en esos momentos en los que, sentados en un banco, el silencio escribía una carta de amor mientras ellos fraguaban comunes sueños.

Descubrieron esas pequeñas perlas que pasan desapercibidas porque el corazón dispone de ellas con cierta facilidad, porque las podemos encontrar con solo abrir los ojos y encontrar lo amado, o tender la mano y sentir que alguien la acepta; sí, son sencillas, pero no dejan de ser maravillosos instantes capaces de escribir la historia del propio Cielo, aquí, en la tierra.

Cogidos de la mano, su mirada perdida en ese horizonte en el que grabaron sus sueños, guardando silencio porque eran las emociones quienes hablaban, dejando sus huellas sobre esa húmeda arena en la que el mar deposita las últimas lágrimas de las olas que mueren, sintieron que su historia soñada se estaba escribiendo y que cada letra era una de esas anónimas perlas, uno de esos cotidianos momentos que son capaces de incendiar el corazón y de llenar una vida.

Siguieron paseando y cada huella que dejaban era una pincelada que iba cubriendo el desnudo lienzo en el que, juntos, soñaron pintar su propio Cielo.

Sus sueños habían encontrado el camino y estaba aquí, en la tierra.