domingo, 30 de noviembre de 2014


LOS ROSTROS DEL AGUA


En esos paseos de destino incierto, en los que solo buscaba que la mirada se saciara de paisajes, acompañada por el silencio, he recogido esos sonidos por los que el agua habla y he grabado en la retina las diversas formas con las que se viste.
Tras esas máscaras con las que ella cubre su rostro yace su oculto deseo: ser parte, alimento, de nuestros sentimientos.
Y a esos rostros del agua siempre les acompaña una voz.
Tal vez, por eso, se vista de fuente; para dejar el murmullo de sus latidos cuando contempla unas manos que se buscan, o a dos labios que, con un beso,  sellan su alianza.
O como aquella que apenas suena cuando nace de las entrañas de las rocas y da sus primeros pasos, vestida de manantial, entre laderas, dejando el alegre sabor de su infancia antes de hacerse río.
Y cuando se hace río, regala, a su paso, la vida, esa vida que ella entregará en los brazos del mar; aunque algunos, negándose a ser enterrados en ese inmenso mausoleo, prefieren acortar su vida dejando, a mitad de curso, secar sus aguas.
Otros, sin embargo, eligen la rebeldía y se saltan las normas de  los cauces para caer  en el vacío; y fruto de ese descarriado camino, nacen las cataratas, cortinas de agua que llenan el aire con la sinfonía de su último grito antes de perder la vida.
Abajo la esperan sus hermanas, vestidas de pozas o lagunas, que recogerán su cuerpo a la vez que ofrecen  al cielo su alma, pues el vapor no es otra cosa que el espíritu del agua.
Resuena el preludio del final cuando mueren en las cataratas; queda en el aire la dádiva de la vida al hacerse río;  dibuja la ilusión en nuestras miradas cuando se viste de nieve; sus corrientes, bravas o serenas, se llevarán esos lamentos que dejamos desde sus orillas y ahogarán nuestras penas para, luego, arrancarnos una sonrisa.
En su paseo alegre entre valles y montañas, roba el canto a los pájaros y el agua se convierte en gorjeo acallando su propio gemido cuando se hace lluvia.
Y ese día en que sintamos que en nuestro corazón se abre una herida, o aquel en el que nuestro pecho reclame ser saciado de ilusiones, siempre encontraremos en el agua una voz que nos acompañe.
Pero si es nuestro deseo el silencio, el agua se vestirá de secreto escondiéndose bajo la tierra.
 Y siempre nos quedará el mar, donde conviven todos los sentimientos que encierra el agua, como espacio donde dejemos que la mirada se pierda, tiñendo de pensamientos su piel azul.
Allí encontraremos esas penas que se ahogaron en el río; esas ilusiones que el murmullo de la fuente despertó en nuestros corazones; allí, en la cresta de sus olas, veremos las sonrisas que la nieve, o su alegre gorjeo, nos arrancó; y allí podremos contemplar las estelas, que no son otra cosa que las huellas de esos ríos que mueren en el mar.
Muéstrame, agua, el rostro que tú quieras; vístete con el ropaje que te dote la naturaleza; háblame con esa voz que necesite escuchar mi alma.
No importa cuál sea tu aspecto, porque sea cual sea el sentimiento que golpee en mi pecho, siempre hallaré, en ti, una respuesta; siempre encontraré, en ti, una fiel compañera.

                                                          FIN

sábado, 29 de noviembre de 2014


HOJAS OLVIDADAS

Era uno  de esos días en los que el cielo invitaba a resguardarse bajo una cálida bata, contemplar el llanto de la lluvia a través de los cristales y dejar que el tiempo pasara las horas como se pasan las páginas de un libro que se lee con agrado.
Pero como la contemplación tiene un límite, cuando sentí que esas fuentes evocadoras que nacen de la lluvia se habían cegado opté por retomar alguno de esos libros que, un día lejano, se dignaron ofrecerme sus historias.
Dormían en ese cementerio donde se  acumulan, llamado biblioteca, en el  que a la mayoría de ellos solo los visita el olvido, mientras esperan que una mano despierte sus dormidas hojas y les retire su sábana de polvo.
Dudé cuál coger, hasta que esa lluvia, que pervivía en el subconsciente, me ofreció un pequeño libro de relatos, que se movían entre lo real, la fantasía y la leyenda, como mejor compañero de ese día en el que el cielo invitaba a fundir la nostalgia con los sueños.
El frío tacto de su cubierta delataba que se había resignado a que nadie lo abriera.
Sus hojas, de dormidas, parecían muertas.
Y sobre ese cadáver incorrupto dejé que mi mano le diera el calor que lo resucitara.
Lo abrí por una página indeterminada, lentamente, para no quebrar el frágil estado de esas hojas a las que nadie, desde hace mucho tiempo, alimentó con caricias.
Primero había que reanimarlo; ya llegaría el momento en que mis ojos se detuvieran en sus palabras.
Por cada hoja que pasaba, el libro recuperaba una parte de ese tiempo perdido y el seco crujido del papel se transformaba en un latido que le devolvía la esperanza.
Al hojearlo, parecía que las páginas destilaban ese suspiro de alivio, de paz, que nace cuando uno se siente querido.
Y, mientras, la sugestiva lluvia dejaba que sus gotas bailaran en el aire, que dejaran un melancólico beso  en los cristales, y que su voz de agua llenara los corazones con una  música que sonaba a cálido hogar.
Y al compás de esa partitura que dejaba el cielo, mi mirada se perdía entre esas páginas olvidadas intentando refrescarles la memoria.
Todo invitaba, así que tomé al libro como si fuera mi pareja de baile y transformé el tiempo que lo tuve entre mis manos en una especie de viaje en el que su cuerpo, junto a mis manos y mirada, se dejarían llevar por los aires de esa música que la lluvia nos ofrecía.
Mi mano izquierda se ciñó a su cintura, ese lomo enjoyado con letras de oro, y lo sostuvo en el aire, como esos brazos que levantan a la bailarina, la cual deja su etéreo cuerpo descansando sobre las palmas que la alzan.
Siguiendo el compás de esa suave balada que entonaba  el agua, mis dedos, con un efímero y sutil giro, voltearon una de sus hojas que, rendida a ese momento, giró para mostrarme su reverso.
Ahora el libro me esperaba con los brazos abiertos, dejando su doble página al descubierto, para que los míos lo abrazaran.
Y cogiéndolo de los extremos, nos miramos cara a cara en esa fase del baile donde los cuerpos apenas se mueven porque hablan las miradas.
Él me enseñaba sus letras, esos pensamientos escritos que nosotros grabamos en el corazón, y yo le ofrecía mis ojos que, para un libro, son los oídos que escuchan sus confidencias.
Ya la lluvia iba perdiendo voz. Los repiques de esas gotas distanciaban sus ecos anunciando el preludio del final. Ya moría esa canción y, con ella, nuestro baile.
Tan lentamente como lo abrí, puse mi mano en su espalda y lo cerré, acercándolo al pecho, como ese paso final en el que los bailarines concluyen su danza fundiendo sus cuerpos.
Ya había cesado todo: la lluvia, su música, la nostalgia, y la intimidad que había vivido mientras lo tuve entre mis manos.
Siempre quedarán recuerdos que dibujen una sonrisa o rompan las tupidas nubes del desaliento con las luces de la esperanza; pero este recuerdo irá más allá de revivir un agradable momento; formará parte de esos sentimientos que anidan en el alma.
Nunca olvidaré ese  instante en  que  mis manos devolvieron la vida a tus hojas olvidadas  y  tú, libro, resucitaste, en la mía,  esas fuentes de paz un día en que la lluvia nos invitó a bailar.

                                                        FIN

viernes, 28 de noviembre de 2014

MONTAÑAS y CUEVAS


La suave voz creadora iba cubriendo la Tierra.
Era un instante en el que una simple palabra le insuflaba la vida mientras la mirada la coloreaba.
Palabras que iban levantando los muros de la creación sobre la desnuda nada; pensamientos que configuraban paisajes donde la luz, la oscuridad, el agua y la tierra se repartían sus parcelas.
Y en cada uno de esos “mundos” se alzaba una razón que explicaba por qué nacieron de mano divina.
Una cálida palabra se escapó de los labios de Dios y, fruto de ese soplo de fuego, creó el Sol, vértice que rige las horas y al que ninguna mirada soporta.
Un aliento de hielo, un frío suspiro, una serena palabra, rompió a la virgen oscuridad y esta engendró a la luna, blanca rosa ceñida en negro vestido de seda que la encumbraba como reina de las sombras.
Sobre las aguas, la palabra se hizo viento. Unas huyeron, dando lugar a los ríos; el resto, hicieron fuerza y surgió el mar, tierra sagrada del agua en la que morían las expatriadas y aquellas que se escondieron en el cielo para morir cuando naciera la lluvia.
La voz iba dejando, sobre la llana piel de la tierra, huellas de vida, pero faltaba ese motivo que arrancara el asombro a la mirada y que hiciera sentir que la cincelaron manos divinas.
Y esa misma voz, en un arrebato de amor,  perdió su sereno tono, quebró el silencio con un grito y parió a las montañas.
Por nacer de un grito, las montañas son cuna del eco; aquel que esparce las voces perdidas del amor en medio de la noche o es altavoz de esas olas por las que habla el agua.
Las montañas son deseo de quienes sienten dominar el mundo cuando pisan sus cumbres.
Porque fueron fruto de ese parto agresivo, son símbolo de la fortaleza, muros que resisten la rabia del agua, la envidia del viento o los celosos latigazos que el sol deja sobre sus pétreas espaldas.
Ante las poderosas montañas solo queda rendirse y plegar las iras como olas que mueren en la orilla.
Así como la noche oculta bajo su negra capa bellezas que solo alcanza nuestra imaginación, las montañas fraguan, bajo su rocosa coraza, mitologías, seres extraños o leyendas amorosas de las que las montañas fueron su tumba.
Como si fuera madre, la montaña ocultó en su vientre una misteriosa vida: las cuevas.
De las cuevas nace esa profunda voz cuando sentimos que una montaña nos habla.
Son el refugio elegido por la luz para pasar sus últimas horas antes de morir entre las sombras.
Son las confidentes del extraviado viento, que encontró, en las cuevas, con quien compartir su silencio.
El tiempo las ignora, las cruza como si fueran eternas, y la áspera mano de la muerte resbala sobre sus frías y húmedas paredes.
Nacieron en secreto, escondidas en las montañas, y fue su misterioso origen quien las convirtió en deseo de vidas que buscaban la soledad del alma
Creadas por un grito de Amor, en montañas y cuevas late una trascendencia que arrastra a los mortales.
Aunque no las viera, siempre escucharé los latidos de las montañas, nacidos del corazón de sus cuevas.

Sí,  montañas y cuevas tienen que tener vida y alma.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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jueves, 27 de noviembre de 2014


EL  PAÑUELO

Hoy, como cada día, abrirás la ventana para saludar al cielo y hablar con su luz, y, solo al verlo, nacerán esos pensamientos que revivirán un pasado feliz y dibujarán tu mañana.
Y hoy, como cada día, esperarás que ese balcón, que cruza su mirada con tu ventana, abra sus labios de hierro para que por él asome la causa de tus sueños.
Pero hoy solo hallarás, pendiendo de sus negros pliegues, un pañuelo.
En él he dejado grabado los últimos besos antes de mi adiós.
Cógelo, aunque sea en el pensamiento, y seca tus lágrimas.
Acércalo a tu pecho para que cure las heridas que te deje el sentimiento y empaña, con él, tu dolor.
Porque sé que a ti, como a mí, una nube cubrirá nuestros ojos y las tinieblas se harán dueñas de nuestro corazón; pero más allá de este mundo de nieblas, hay una luz.
Y estas letras no son epitafio de un sentimiento que ha muerto.
Son, eso quisiera, testamento de un amor que huye, pero que vivirá en esas cuevas de la memoria que solo abren sus puertas para dibujar una sonrisa, no una pena.
Cuando escribo estas letras, solo me acompañan el silencio de la noche, un crucifijo y la herida que rezuma en el corazón cuando acaba de arrancarse una parte de su vida, aunque sea a cambio de algo mejor.
Pero esa pena, de frágiles raíces, espero, y ese es mi temor, no arraigue en tu alma.
Deja que el  tiempo la seque y la barra el viento de los recuerdos.
Siento que el miedo llama a mis puertas; miedo, porque no entiendas la razón que me lleva a segar nuestro amor; pero entiende que solo pudo cortar nuestros lazos otro más grande, y, ese, solo pudo ser Dios.
Por eso hago de esta celda, mi casa, cárcel de sentimientos, cementerio del humano corazón y paraíso para el alma.
Me he retirado del mundo, y este hábito que ahora me viste anuncia esa entrega, la misma que en otro tiempo te di.
Tal vez esa nube que cubría tus ojos sea ahora más intensa, pero no dudes de que esas lágrimas, las tuyas y las mías, las recoge Dios.
No dejes de abrir, cada día, la ventana.
No dejes, cada día, de mirar al cielo y hablar con su luz, porque esa niebla que ahora te cubre huirá.
Deja, eso sí, ese pañuelo colgando en el balcón y piensa que sus labios forjados se siguen abriendo, pero no lo hagas como recuerdo que te atormente por un amor que se frustró, sino piensa que de esos labios nace una oración de aquél a quien tú amaste y te amó.
Esa es la viva señal de que cada día te veo desde el retiro de esta celda, con los ojos de Dios.
Haz de ese pañuelo causa de oración, y no sufras por perder el amor de un hombre si a cambio tu alma ganó el de la mía y el de Dios.

FIN

miércoles, 26 de noviembre de 2014


EL  VAGABUNDO

Pasea el  invierno bajo miradas
 que se refugian en el calor  del  hogar,
mientras  el frío y la soledad
tiñen de mística unas calles
que se han quedado sin vida.

Su afilado aire hiere las ramas.
Su gélido tacto moldea de nieve
los techos de oscura pizarra.
Tirita la milenaria ermita
que resistió el paso del tiempo,….
se ahoga la voz entre las garras del invierno.

Una manta de aire gélido penetra en rincones
habitados por el olvido,
por el paso del tiempo,
y halla la triste figura de un vagabundo.

¡No le despiertes de su único “sueño”!
Déjale dormir sobre su almohada de piedra.
No cubras de hielo su pálido rostro.
Deja que olvide, por un instante, sus penas.


Es el símbolo de estas calles sin vida.
Es el aviso a nuestras dormidas conciencias.
En él anidan la ilusión por un trozo de suelo
y la resignación que le ofrece la piedra.



Son las migas que sacian su hambre.
Son las brasas que le alivian del frío.
Son la fuerza para vivir un día más,…
aunque su vivir sea morir cada día;
aunque su  esperanza la ciegue el destino.

Se levanta ante la amenaza del enemigo,
y, solo, le desafía en un paseo sin rumbo
entre las fauces del invierno.

Mi mirada se contagia de tristeza
y llena de compasión le sigue.
Su lento andar,
los ojos clavados en el suelo…
Todo rezuma un mundo interior
donde los jirones del alma se preguntan:
¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?

Ya no le veo, se ha convertido en espectro
que arrastra las cadenas de un infierno
que le ha tocado vivir,
aunque él no llamara a sus puertas.

Como hoja seca barrida por el viento,
hoy aquí, y mañana….
¡Qué importa dónde ni cuándo!
Sus caminos no dejan huella
ni en el tiempo, ni en el espacio.

En la oscuridad del corazón,
(pues siento que la luz es espejismo),
se ahogan mis quimeras en su recuerdo.


Resuena una saeta, llena de gemidos,
que avoca  mi “cielo” a su infierno,
y los restos de mi alma se preguntan:
¡¡¡ ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?!!!

Vuelvo a contemplar estas calles sin vida.
La mirada errante vaga por las estrellas
y se pierde entre ellas
buscando explicaciones.
Sólo habla  el silencio de la noche.

Una luz rompe este lúgubre sentimiento.
¡Es él!, ¡el vagabundo!
Ha dejado de morir cada día
y ahora vive para siempre.

Enterradas las miserias en el mundo,
en su nueva vida se apagan los recuerdos
y el eco de mi “por qué”.

Ahora su rostro es una sonrisa
que lanza besos desde el Cielo
cada vez que contempla una piedra
o un trozo de suelo. 

FIN

martes, 25 de noviembre de 2014


EL  PUENTE


Cuando Dios creó las aguas, se  repartieron por la tierra haciendo de ella su morada estable, como los mares; o abriéndola en canal para viajar por ella, como los ríos.
Quedó la tierra bendecida con su nueva compañera, y nuestra vida, agradecida por su presencia.
Pero tras esta postal de la Naturaleza se esconde una pena.
Era el caso de dos orillas, que antes de que naciera el agua no lo eran.
Vivían fusionadas por el lazo del amor y  nunca pensaron que nada, ni nadie, rasgaría el vestido que las cubría.
Pero un recién nacido río hizo, de sus aguas, tijeras que sesgaron ese idilio.
Ahora eran orillas distanciadas  por un caudal, bello para los ojos humanos, pero para ellas, desgracia.
Solo les consolaba el sentirse unidas por la mirada, pero esto aumentaba la pena de no verse abrazadas.
Sus lágrimas caían al río y sus lamentos, día y noche, eran la triste sinfonía que el viento traducía en gemidos.
Así pasaron su vida, entre llantos y suspiros.
Sobre las espaldas del río viajaban, de una orilla a otra, unos besos, oscuros besos, que morían al tocar la orilla o se ahogaban, antes, de pena.
Sobre el río planeaba un sentimiento de culpa, causante de esta desgracia, pero el orgullo de su belleza le cerró la conciencia y le abrió la venganza.
Molesto por ese eco lastimero que desprendían las orillas, cansado de soportar el peso de sus lágrimas, enrabietado por no ser capaz de romper ese hilo de amor que sobre él cruzaba, llamó a sus aguas a la rebelión y se alzaron, bravías, impidiendo la visión entre las dos orillas.
¡Pobres orillas!
Primero dejaron de sentir el tacto de sus tierras y, ahora, las privaban de la mirada, ese canal con el que un amante es capaz de vivir aunque no suenen las palabras.
Ya solo les quedaba el abstracto lazo del pensamiento, pero ese sí que nadie, ni nada, podría sepultarlo.
Cuántas veces se ha dicho que el origen, el motor, de todo logro grande o pequeño es el deseo; y en este sentido, las orillas podían sentirse seguras de su éxito.
Cada día, por encima de las embravecidas aguas, cruzaba de un lado a otro un caudal distinto al de ese envidioso río: el de los afectos.
Formaban un invisible arco ante el que nada podía hacer el celoso río; es más, ignoraba su existencia.
Tal fue la constancia, que se convirtió en hábito, y los hábitos, cuando son buenos, se transforman en virtud.
Y siguiendo con esta lógica, la virtud no pasa desapercibida, y menos, a los ojos de Dios.
El mismo Creador que interpuso las aguas entre ellas, quiso perpetuar su amor.
Una mañana, el viento enmudeció los gemidos y las orillas no lloraron.
De cada una de ellas había surgido un arco de piedra que unía esos labios orilleros de los que tantos besos habían nacido.
Ese arco, inaccesible para el río, era el brazo que las unía, era la mano tendida que respondía a sus súplicas.
Y así nació el puente.
Por eso no os extrañe que a algunos los llamen el “Puente de los enamorados” o el “Puente de los suspiros”.
Y dos personas que se aman de verdad,  siempre serán "orillas" que se besen, que se miren, que se comprendan y disculpen, aunque sea en la distancia, porque el inquebrantable "puente" del amor siempre las mantendrá unidas.

FIN

lunes, 24 de noviembre de 2014


OJOS  VIAJEROS


Vais dejando la mirada en estas tierras de España que Dios bautizó con la belleza
y, al contemplarlas, nacen suspiros en el pecho y jaculatorias en el alma.
Cuando vuestro vuelo planea sobre tierras norteñas, se tiñe de verde la mirada, ese verde de prados y montañas que se negaron a envejecer y le robaron al tiempo el elixir de la vida.
Pasearán entre ríos y valles respirando ese aire que nació del aliento divino, y quedarán los ojos humedecidos por el brillo de sus aguas, aunque sé que no serán las únicas lágrimas que me arranque este viaje.
Ojos peregrinos que surcáis el cielo dejando en esas tierras la sombra de vuestras pupilas, en ese vuelo que apunta hacia el sur cruzaréis los trigales y fundiréis el esmeralda de los bosques recién abandonados con el oro de la meseta.
Y pasearéis por las costas, por esos labios de arena que hablan incesantemente con el mar dejando que el sol y las olas se sumen a su tertulia.
Y allá donde descanse la mirada, con cualquier punto que roce, se despertará la emoción en el vello de esa piel que forman las tierras de España.
Satisfechos los cuatro puntos cardinales, os apostaréis allá donde los clásicos decían que acababa la tierra, y dejaréis que sobre sus aguas navegue esa mirada, con el bagaje de los recuerdos, en busca del Nuevo Mundo.
Cruzará ese “charco” que nos separa y, a la vez, nos une cuando abre sus brazos de agua; y cuando tus ojos arriben en aquellas costas sentirán que en cada rincón del mundo se esconde una belleza.
Desde las Montañas Rocosas hasta los Andes, escalaréis hasta sus cimas y, como águilas, contemplaréis esos lagos que formaron las lágrimas de los dioses o de los enamorados; esas selvas que nacieron en un rapto impetuoso de amor entre la lluvia y la tierra; o esos desiertos que quedaron vírgenes para ensalzar un monumento al primigenio aspecto del mundo antes de quedar decorado por los seres vivos.
Una amplia gama de colores irá dejando su reflejo en vuestra atónita pupila.
El blanco de la nieve que se refugia en las alturas; el azul de las lagunas que se funde en un eterno beso con el cielo; el verde exuberante de los trópicos o de los bosques; el rojizo de esa tierra desnuda…
 Así, América irá rellenando esa vacía maleta con la que empezasteis este viaje en el norte de España.
Y en cada punto de este mundo que habitamos, encontraréis un motivo para que la admiración os arranque una lágrima, una exclamación, un suspiro o una alabanza.
Si os robara cualquiera de ellos, sería como quitarle a un enamorado la esperanza; a la luna, las estrellas; dejar a la poesía huérfana de sentimientos; o esconder la luz en una cueva.

No es necesario que todos los sentidos abran a la vez sus ventanas para saborear las mieles de esta vida;  bastaría que la mirada despertase,  para que el alma escuchara la voz de esos sentimientos que nacen cuando estos ojos viajeros contemplan la belleza de la tierra que pisamos.

                                                     Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

domingo, 23 de noviembre de 2014


LUCES QUE HABLAN


La luz  del amanecer dejaba sus primeros destellos en el cristal y el niño, deseoso de ese encuentro, se levantaba con la rapidez de un latido para presenciar esa magia en la que la tierra resucita de sus sombras y se cubre de colores.
Abría la ventana como si fuera un rito y dejaba que la fresca brisa bautizara su rostro, y mientras cerraba los ojos ocultando sus sueños, robaba ese aire y lo transformaba en un prolongado suspiro de paz.
Era feliz por poder presenciar, cada día, ese pequeño “milagro”;
y si alguna mañana las nubes tejían un telón de acero que impidiera al sol dejar su beso de luz en la ventana, no importaba; el niño  clavaría su mirada en esa espesura y la imaginación haría el resto.
Ese alba ya formaba parte de su mundo interior como el calor a la llama, o las olas al mar.
La rutina no restaba un ápice de emoción a ese momento. Tan solo la ausencia de uno de los dos podría dejar un sentimiento de orfandad que quebrara esa cadena de ilusión.
Y una de esas míticas mañanas el sol faltó a su cita.
El niño se había levantado para saludarle con una sonrisa, pero, esa mañana, la preocupación usurpó a la sonrisa su puesto.
El cielo estaba despejado, las nubes esperaban en la antesala a que la luz contorneara las formas, y la tierra había abierto su pecho para que lo inundara el aire matinal.
Todo según lo previsto para que el amanecer dejara su impronta, pero ninguno de esos rayos se había posado en los cristales de su ventana.
La abrió, no para respirar la vida que le ofrecía la brisa, sino para averiguar a dónde marcharon aquellos que desvelaban su sueño.
Entre la decepción y la extrañeza, vio que el sol había fijado su mirada en los cristales de una casa próxima a la suya.
Añoraba esos rayos y, en cierta medida, se sintió traicionado por  ellos.
Tanto los deseaba que se acercó a esa afortunada vivienda que se los había robado.
Se paró ante la ventana fijándose en el brillo que el sol despertaba en sus cristales y, con una indiscreción  propia de quien solo piensa en lo que desea,  se asomó para ver su interior.
La casa parecía abandonada.
El rastro de un intruso viento jugueteaba con las cortinas, los muebles parecían piezas de un museo olvidado,  y el silencio había acampado en esa casa como lo hace cuando dos corazones enamorados entierran las palabras para hablarse con la mirada.
¿Por qué el sol le había negado la visita y había ido al encuentro con la nada?
Las dudas empezaron a encontrar respuestas.
El sol movió los ojos dirigiendo los rayos hacia la puerta y los hizo brillar con mayor intensidad, como si fueran un reclamo, una voz que le invitaba a entrar.
Así lo interpretó el niño; porque pese a su infancia, se encontraba en ese umbral en el que se empiezan a discernir los mensajes de la vida, aunque no se capte su profundidad.
Arrastrado por ese juego misterioso, accedió al interior como quien se sumerge en la oscuridad de la noche,  atraído por su encanto aunque nada vea.
Pero a él poco le importaban esos rincones olvidados, esas sombras mortecinas o ese silencio caduco; solo quería descifrar el mensaje de esa luz, y ella sería su única guía.
Como si tuviera vida, la luz empezó a esquivar paredes, a adentrarse por los pasillos, hasta llegar a una habitación cuya puerta, abierta, parecía estar esperándole.
Primero entró el rayo y se detuvo en un punto del suelo iluminando una capa de negra lana.
El niño había olvidado su sentimiento de traición y, como esa hoja de otoño que el viento arrastra a su voluntad, él actuaba guiado por el instinto que le dictaba esa luz.
Cogió la capa observándola como quien hubiera encontrado un fetiche que encierra mágicos poderes y esperó nuevas órdenes.
El rayo deshizo el camino y salió de esa casa; el niño, cómo no, lo siguió.
Una vez fuera, volvió a sentir la brisa, la claridad y el desahogo que supone volver a encontrarse con lo conocido,  pero no dejaba de mirar la capa y de preguntarse cuál sería el sentido de ella.
Los ojos del sol, como esas estrellas que bailan alrededor de la luna, cambiaron el paso del baile que les abrazaba a esa luz y miraron a otro punto, algo lejano, pero visible.
El niño había asumido su papel de cortejo y como tal, se dirigió, pensativo, hacia su nuevo destino.
Esto es lo que encontró el niño en el punto donde el rayo de luz hizo su parada:
Un cuerpo tumbado que transmitía más frío al suelo que el calor que este le pudiera ofrecer, con la cabeza apoyada en una piedra.
Parecía que la miseria había dibujado su retrato en ese hombre, ignorado por la vida y abandonado en las manos del olvido.
Como he dicho, empezaba a discernir los mensajes de la vida y, ese, era muy claro.
Encontró el sentido de esa capa negra y, sin esperar, la desplegó para cubrir  esa vida de moribunda esperanza.
Así como una gota de agua se pierde en la infinitud del mar, esas nubes que un sentimiento traicionero había dejado en su alma, desaparecieron en ese cielo que se siente cuando se practica la caridad.
Esa luz, esa luz…
Esa luz extendió su brazo señalando su casa y el niño regresó.
Había recuperado la sonrisa que esa mañana le habían robado.
Se había olvidado de que el sol faltara a su cita, porque ahora le iluminaba una luz más poderosa que le brindaba una alegría más íntima.
Al llegar la noche aún perduraba en su corazón el deleite de esa obra y era lo único en lo que pensaba.
Había suplantado  esos pensamientos que cada noche dedicaba a pensar en el alba siguiente.
Ahora sentía que su pecho, su corazón, su alma, eran un continuo amanecer.
Y llegó el alba brindando su surtido de luces y colores y apartando con su mano todo resquicio de sombra; y con ella, hoy sí, el sol eligió los mejores rayos de su ramo de luces y los plantó en la ventana del niño.
Hoy había vuelto a abrir la ventana siguiendo ese rito, y volvió a recoger el aire de la brisa mientras sus ojos cerrados fabricaban un sueño, pero aunque todo pareciera igual, el niño sabía que desde ese encuentro con la luz, la capa y ese hombre, todo sería distinto.
Antes esperaba su cita para contemplar ese pequeño “milagro” que le procuraba una satisfacción a los sentidos; ahora deseaba que llegara ese encuentro para dar  las gracias y esperar que el sol le indicara un destino, que dejara caer su brazo de fuego sobre otro punto donde él  pudiera ir, para acallar un quejido o lamer las heridas que deja el olvido.
Y así fue.
Ese niño había cruzado el umbral de la infancia, y no solo percibía los mensajes de la vida, ahora había descubierto su sentido gracias a ese rayo de luz.
Esa luz, esa luz,…..

FIN

sábado, 22 de noviembre de 2014


CADA VIDA IMPORTA


Llegará ese día en que el mundo  acabe y las almas asuman su cuerpo.
Ese día todos nos veremos cara a cara y en los seres queridos se dibujará la alegría cuando se produzca el encuentro.
Me imagino a esos padres que, al ver a su hijo, irán con el corazón por delante a besarle.
Y, mientras, yo esperaré a que tú, madre, hagas lo mismo conmigo.
Pero eso: esperaré, esperaré, esperaré,…
Tu mirada quedará perdida, buscando, entre miles de rostros, ese que nunca llegaste a ver.
Si cuando me mataste,  mis lágrimas no fueron por el dolor que me causaste sino por el que tú arrastrarías después, ese día lloraré al ver tu desesperación, la de todas esas madres, buscando lo que nunca hubieron de perder.
Y como yo, miles de niñas y niños esperaremos a que nuestras madres nos vengan a recoger.
Triste espera la nuestra y dramática búsqueda la vuestra.
Pero aunque sea por eliminación, cuando esos cuerpos gloriosos se hayan unido por los lazos familiares, quedaremos aislados un grupo de madres desconsoladas y otro de huérfanos suplicantes.
Y cuando la angustia llegue al límite de desgarrarte el corazón, y cuando la espada te traspase el alma por no saber quién de ellos llevaste en tu seno, entonces, Dios me recordará tu rostro porque yo a ti sí te conocí.
Y cada uno de nosotros, de nosotras, iremos a vuestro encuentro para poner fin a vuestro drama.
Me imagino ese abrazo que me darás y sentiré tus manos acariciando esa piel que nunca llegaste a rozar; me imagino a todas esas madres llenando el cielo de besos y de lágrimas.
Ahí conoceré lo que es la intimidad, mucho más intensa y superior que el breve tiempo que me llevaste en tu vientre.
Y nuestros corazones, ¡todo nuestro ser!,  se fundirán dejando pobre esa pena que nos separó, cincelando en nuestras almas el juramento de no volvernos a separar, y grabando en las miradas nuestros rostros, aquellos que nunca debimos dejar de ver.

FIN

viernes, 21 de noviembre de 2014


EL ORIGEN DE LOS SUEÑOS


Una vieja leyenda atribuye el  origen de los sueños al día en que Dios creó el cielo.

Cuentan que cuando lo hizo reservó una gran sala donde escondió todos los sueños que el ser humano sería capaz de imaginar.

Allí permanecieron escondidos mientras el hombre y la mujer fueron felices en la tierra; y como la felicidad, en sí misma, nunca extiende la mano pedigüeña necesitada de más, el hombre y la mujer ignoraron esa sala, pues su vida misma era el máximo sueño.

Pero llegó el día en que quisieron saber qué habría más allá de ese idílico mundo en que vivían.

Fueron como esa vela que, no contenta con dar luz, se acerca al sol para alumbrar más y…  pierde el encanto de su llama hasta reducirse a una fría masa de cera.

Algo así les pasó a los mortales: despreciaron el todo, quisieron lo imposible y se quedaron con la nada.

Pasaron varios días apenados y el peso de la pena hacía que clavaran la mirada en la tierra, pero esa tierra ya nada les devolvería.

Solo les quedaba la nostalgia, el aire de un tiempo pasado que dejaba las mieles del recuerdo y desaparecía; un aire que no era capaz de agarrarse y dulcificar su nueva y triste vida.

Pesarosos de su situación, alzaron la mirada al cielo ya que el suelo les negaba cualquier fruto de felicidad.

Cuentan que cuando clavaron los ojos en las alturas lo primero que vieron fue esa gran sala donde se escondían los sueños, la misma que existía desde el principio, pero que ellos no vieron porque no la necesitaban.

Sin embargo, ahora, se les ofrecía como consuelo a sus desdichas.

Era como un enorme palacio de candelabros de oro, lámparas del más refinado cristal, la más preciada seda vestía de lujo las cortinas, los sonidos que recorrían sus pasillos eran voces angelicales, y cualquier deseo que brotara en la imaginación, al instante se veía representado en esa morada de ilusiones.

De esta manera, aprendieron a mirar al cielo cuando el pesar les invitaba a inclinar la cabeza.

Descubrieron la salida a ese túnel en el que se habían metido y transmitieron esta enseñanza de generación en generación, y ahora es una vieja costumbre de la que todos somos presos.

No sé si será cierta esta leyenda, pero cada vez que buscamos una alegría que sepulte nuestra pena, miramos al cielo, tal vez buscando esa sala que Dios creó, porque sabemos que allí, seguro, estará nuestro sueño.

FIN

jueves, 20 de noviembre de 2014

EL VELO DE DIOS



Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad
 se encierran en las paredes del alma,
y los misterios del Dios-Hombre
se revelan en la más pura intimidad,
y allí, donde todo se convierte en eterno,
Dios y lo mortal se funden:
Espíritu, con espíritu, se aman.

Tú, que fuiste cordero en la Cruz,
lo vuelves a ser en el altar,
y cual sol que emerge de Oriente,
el ipse Christus en sus manos te alza.
Se bañan los ojos de luz,
el silencio penetra en el alma,
alma que salir del pecho quisiera
para colmarte, cual Magdalena,
de sentidos besos
y arrepentidas lágrimas.

¡Cuántas veces delante de Ti,
ciegos los ojos del alma,
no te veo bajo la especie de pan!
¿Dónde está el Cristo que murió por mí?,
¿dónde, el que hizo al viento
esclavo de su palabra?

¡Cuántas veces mi pobre fe
exige contemplar tus llagas,
el sudor vertido en Getsemaní,
o junto al Patriarca en Nazaret!

Pábilo luminoso, que al punto se apaga;
luchan en el alma, la fe y la razón.
¿Quién vence esta batalla?
¡Tu Amor!

¿Al misterio de la Eucaristía
pides pruebas, mísera alma?
Siempre en busca de un milagro,
pero no lo hay mayor
que, al entregarte en mis labios,
el Todo quepa en la nada.

El mismo Dios se anonada,
y cambia las glorias del Cielo,
por la fría soledad del Sagrario.
Mas no está solo el que mucho ama,
y si Tú eres sólo Amor
soy yo quien necesito tu encuentro
porque sin Ti, todo me falta.

Arrastraré el alma hasta tus puertas,
las asaltaré a fuerza de rosarios,
porque si fue tu seno el de María,
no puedo olvidar, al adorarte,
el recuerdo de tu Madre, la mía.

Sagrada Forma, te veo en sus manos
virginales: la Madre y el Redentor.
Un cómplice silencio embarga al alma,
un diálogo de fe, de Amor,
ahora lo turbio se vuelve claro
y una jaculatoria grita en mi pecho:
¡Os amo! ¡Os amo! ¡Os amo!

                   FIN

martes, 18 de noviembre de 2014


LA TORMENTA


Un enjambre de negras nubes se concentró en el plúmbeo cielo que respiraba aires de batalla.
Vestían su uniforme de guerra y, alentadas por los vítores del viento, aceleraban su paso al encuentro con la tierra.
Nada les oponía resistencia.
Los montes se alargaban pretendiendo cerrarles el paso con sus cumbres, pero todo, para ellas, era un juego.
En un ejercicio de burla, coronaron su cima como premio a su osadía, descargaron una pequeña ráfaga de agua y, sin apenas bajas, se fueron, dejando a la montaña derrotada y humillada.
Tan solo el sol, el gran enemigo de la tormenta, podía hacerle frente, pero los poderosos rayos del astro rey no eran capaces de perforar el grueso muro de nubes que conformaban su cárcel.
Había llegado el momento, ese instante en que el cielo mostraría a la tierra el lado trágico de su faz, y empezó el marcial protocolo, el preámbulo de agua, luces y sonidos con el que siempre anuncia su ataque.
Una avanzadilla de pequeñas y esporádicas gotas, el puño pequeño de la tormenta, dio el primer golpe dejando en el aire un aroma a tierra húmeda.
Las miradas, siguiendo ese rastro, se volvieron hacia el cielo.
Unos iniciaron la retirada mientras otros sopesaban la intensidad y demora del ataque.
Pero la tormenta ya había ganado el primer asalto: la victoria sicológica.
Una vez sembrado el ambiente de guerra, el ejército negro avanzó con su uniforme aspecto, tan solo roto por el afilado brillo de los relámpagos que las nubes llevaban entre sus dientes.
Así como la fiera mirada del león paraliza a sus presas, los relámpagos, esa infantería de luces, hipnotizaron la tierra dibujando en el cielo el toque de queda.
Y aquellos que sopesaban la tardanza del ataque pasaron a meditar sus consecuencias.
Tras esa andanada de luces, unos segundos después, que parecieron eternos por la tensa espera, se expandió por el cielo el eco de los truenos.
¡Sonaban tambores de guerra!
Se acabaron los preámbulos, los juegos intimidatorios de luces y sonidos.
Llegado el momento, se abrieron las recámaras del cielo donde aguardaba el retén especializado en el cuerpo a cuerpo.
Las kamikazes gotas asaltaron la tierra sin tregua ni compasión.
Caían frenéticamente, como si el tiempo se acabara, y la tierra era una diana para esos puñales de agua en que se convirtieron las gotas.
Personas y animales huían sin dirección buscando un refugio que les hiciera de escudo.
Los árboles vieron cómo sus ramas se transformaban en veletas movidas por los brazos del viento, el gran aliado de la tormenta, y a duras penas mantenían en pie su orgullo.
La tormenta olía la sangre en sus víctimas; veía la silueta del pánico dibujada en sus rostros.
Animada por una victoria segura, quiso dejar el sello de la derrota total y el triunfo la cegó.
Se rompió la jerarquía, el orden, y las nubes se dispersaron haciendo cada una la guerra por su cuenta, pretendiendo imponerse la medalla al héroe solitario.
El viento se dio cuenta de la situación e intentó desesperadamente reagruparlas con sus brazos, pero  las nubes, ebrias de saña, ya no eran las dóciles soldados, y ese mismo viento las dispersaba convirtiendo la batalla en guerrilla; el compacto ejército, en una banda de aisladas saqueadoras.
En los gruesos muros de la cárcel del sol se abrieron las primeras grietas, y sus rayos, hasta ahora maniatados, se abrieron paso soltando la ígnea ira acumulada durante su presidio.
De derrotado a esperanzado, ahora era el sol quien iniciaba su juego de luces, pero sin preámbulos.
Cada rayo hería de muerte a esas heroínas solitarias que, en su huida, mudaron el negro color de su uniforme en el blanco de la rendición.
Tras la guerra solo quedaba reparar las heridas de aquellos, como la montaña y el árbol, que pusieron en riesgo su honor.
Y en merecido homenaje, el cielo desplegó sus colores e impuso sobre sus sienes la corona del arco iris.

FIN

lunes, 17 de noviembre de 2014


EL VELERO

(a Fomento de Centros de Enseñanza, la universidad donde me formaron)
 

Naciste de una cáscara de nuez impulsada por el viento, pero con el tiempo te hiciste velero y en ti nos embarcamos para hacer la travesía de Magisterio.

Fuiste nuestra casa; nosotros, tu viento; y juntos, cruzamos ese mar donde las aguas del saber se fundieron con nuestros sueños.

Ahora te veo, velero, desde una costa lejana, por los años, pero aún siento pisar tu cubierta cuando afloran los recuerdos.

Y si al embarcar era nuestro bagaje una ilusión nerviosa ante lo desconocido, cuando nos dejaste en puerto fue, y sigue siendo, nuestro bagaje la amistad, ese sentimiento eterno.

Por lo tanto, gracias, velero, por llevarnos por esos mares donde conocimos los valores y bebimos de las fuentes del cariño.

Un cariño noble que aún pervive en nuestras almas y por eso, aún te recordamos, velero.

 

FIN

LÁGRIMAS



Si alguna vez tu rostro

lo vistió una triste luz

fue cuando por tus mejillas

rodaron unas lágrimas.



Quiso tu boca alabar

esos amores prisioneros

que callaban en tu pecho,

y por no poder las palabras

ser, de tus sentimientos, espejo,

abriste los ojos al cielo

y los dejaste llorar.


Si lloras es que amas,

por dolor o de emoción,

pero siempre serán tus lágrimas

 un nido de diálogo

 entre tú, lo amado y Dios.


Si tu corazón fuera el mar,

bastaría un poco de tu amor

para llenarlo con tus lágrimas,

esas lágrimas que al brillar en tus ojos

quiebran de ternura

el más pétreo corazón.


A ti, hombre o mujer, gracias por llorar,

gracias por abrir tu alma,

porque así aprendemos lo que es amar.
FIN