sábado, 22 de noviembre de 2014


CADA VIDA IMPORTA


Llegará ese día en que el mundo  acabe y las almas asuman su cuerpo.
Ese día todos nos veremos cara a cara y en los seres queridos se dibujará la alegría cuando se produzca el encuentro.
Me imagino a esos padres que, al ver a su hijo, irán con el corazón por delante a besarle.
Y, mientras, yo esperaré a que tú, madre, hagas lo mismo conmigo.
Pero eso: esperaré, esperaré, esperaré,…
Tu mirada quedará perdida, buscando, entre miles de rostros, ese que nunca llegaste a ver.
Si cuando me mataste,  mis lágrimas no fueron por el dolor que me causaste sino por el que tú arrastrarías después, ese día lloraré al ver tu desesperación, la de todas esas madres, buscando lo que nunca hubieron de perder.
Y como yo, miles de niñas y niños esperaremos a que nuestras madres nos vengan a recoger.
Triste espera la nuestra y dramática búsqueda la vuestra.
Pero aunque sea por eliminación, cuando esos cuerpos gloriosos se hayan unido por los lazos familiares, quedaremos aislados un grupo de madres desconsoladas y otro de huérfanos suplicantes.
Y cuando la angustia llegue al límite de desgarrarte el corazón, y cuando la espada te traspase el alma por no saber quién de ellos llevaste en tu seno, entonces, Dios me recordará tu rostro porque yo a ti sí te conocí.
Y cada uno de nosotros, de nosotras, iremos a vuestro encuentro para poner fin a vuestro drama.
Me imagino ese abrazo que me darás y sentiré tus manos acariciando esa piel que nunca llegaste a rozar; me imagino a todas esas madres llenando el cielo de besos y de lágrimas.
Ahí conoceré lo que es la intimidad, mucho más intensa y superior que el breve tiempo que me llevaste en tu vientre.
Y nuestros corazones, ¡todo nuestro ser!,  se fundirán dejando pobre esa pena que nos separó, cincelando en nuestras almas el juramento de no volvernos a separar, y grabando en las miradas nuestros rostros, aquellos que nunca debimos dejar de ver.

FIN

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