martes, 25 de noviembre de 2014


EL  PUENTE


Cuando Dios creó las aguas, se  repartieron por la tierra haciendo de ella su morada estable, como los mares; o abriéndola en canal para viajar por ella, como los ríos.
Quedó la tierra bendecida con su nueva compañera, y nuestra vida, agradecida por su presencia.
Pero tras esta postal de la Naturaleza se esconde una pena.
Era el caso de dos orillas, que antes de que naciera el agua no lo eran.
Vivían fusionadas por el lazo del amor y  nunca pensaron que nada, ni nadie, rasgaría el vestido que las cubría.
Pero un recién nacido río hizo, de sus aguas, tijeras que sesgaron ese idilio.
Ahora eran orillas distanciadas  por un caudal, bello para los ojos humanos, pero para ellas, desgracia.
Solo les consolaba el sentirse unidas por la mirada, pero esto aumentaba la pena de no verse abrazadas.
Sus lágrimas caían al río y sus lamentos, día y noche, eran la triste sinfonía que el viento traducía en gemidos.
Así pasaron su vida, entre llantos y suspiros.
Sobre las espaldas del río viajaban, de una orilla a otra, unos besos, oscuros besos, que morían al tocar la orilla o se ahogaban, antes, de pena.
Sobre el río planeaba un sentimiento de culpa, causante de esta desgracia, pero el orgullo de su belleza le cerró la conciencia y le abrió la venganza.
Molesto por ese eco lastimero que desprendían las orillas, cansado de soportar el peso de sus lágrimas, enrabietado por no ser capaz de romper ese hilo de amor que sobre él cruzaba, llamó a sus aguas a la rebelión y se alzaron, bravías, impidiendo la visión entre las dos orillas.
¡Pobres orillas!
Primero dejaron de sentir el tacto de sus tierras y, ahora, las privaban de la mirada, ese canal con el que un amante es capaz de vivir aunque no suenen las palabras.
Ya solo les quedaba el abstracto lazo del pensamiento, pero ese sí que nadie, ni nada, podría sepultarlo.
Cuántas veces se ha dicho que el origen, el motor, de todo logro grande o pequeño es el deseo; y en este sentido, las orillas podían sentirse seguras de su éxito.
Cada día, por encima de las embravecidas aguas, cruzaba de un lado a otro un caudal distinto al de ese envidioso río: el de los afectos.
Formaban un invisible arco ante el que nada podía hacer el celoso río; es más, ignoraba su existencia.
Tal fue la constancia, que se convirtió en hábito, y los hábitos, cuando son buenos, se transforman en virtud.
Y siguiendo con esta lógica, la virtud no pasa desapercibida, y menos, a los ojos de Dios.
El mismo Creador que interpuso las aguas entre ellas, quiso perpetuar su amor.
Una mañana, el viento enmudeció los gemidos y las orillas no lloraron.
De cada una de ellas había surgido un arco de piedra que unía esos labios orilleros de los que tantos besos habían nacido.
Ese arco, inaccesible para el río, era el brazo que las unía, era la mano tendida que respondía a sus súplicas.
Y así nació el puente.
Por eso no os extrañe que a algunos los llamen el “Puente de los enamorados” o el “Puente de los suspiros”.
Y dos personas que se aman de verdad,  siempre serán "orillas" que se besen, que se miren, que se comprendan y disculpen, aunque sea en la distancia, porque el inquebrantable "puente" del amor siempre las mantendrá unidas.

FIN

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