jueves, 27 de noviembre de 2014


EL  PAÑUELO

Hoy, como cada día, abrirás la ventana para saludar al cielo y hablar con su luz, y, solo al verlo, nacerán esos pensamientos que revivirán un pasado feliz y dibujarán tu mañana.
Y hoy, como cada día, esperarás que ese balcón, que cruza su mirada con tu ventana, abra sus labios de hierro para que por él asome la causa de tus sueños.
Pero hoy solo hallarás, pendiendo de sus negros pliegues, un pañuelo.
En él he dejado grabado los últimos besos antes de mi adiós.
Cógelo, aunque sea en el pensamiento, y seca tus lágrimas.
Acércalo a tu pecho para que cure las heridas que te deje el sentimiento y empaña, con él, tu dolor.
Porque sé que a ti, como a mí, una nube cubrirá nuestros ojos y las tinieblas se harán dueñas de nuestro corazón; pero más allá de este mundo de nieblas, hay una luz.
Y estas letras no son epitafio de un sentimiento que ha muerto.
Son, eso quisiera, testamento de un amor que huye, pero que vivirá en esas cuevas de la memoria que solo abren sus puertas para dibujar una sonrisa, no una pena.
Cuando escribo estas letras, solo me acompañan el silencio de la noche, un crucifijo y la herida que rezuma en el corazón cuando acaba de arrancarse una parte de su vida, aunque sea a cambio de algo mejor.
Pero esa pena, de frágiles raíces, espero, y ese es mi temor, no arraigue en tu alma.
Deja que el  tiempo la seque y la barra el viento de los recuerdos.
Siento que el miedo llama a mis puertas; miedo, porque no entiendas la razón que me lleva a segar nuestro amor; pero entiende que solo pudo cortar nuestros lazos otro más grande, y, ese, solo pudo ser Dios.
Por eso hago de esta celda, mi casa, cárcel de sentimientos, cementerio del humano corazón y paraíso para el alma.
Me he retirado del mundo, y este hábito que ahora me viste anuncia esa entrega, la misma que en otro tiempo te di.
Tal vez esa nube que cubría tus ojos sea ahora más intensa, pero no dudes de que esas lágrimas, las tuyas y las mías, las recoge Dios.
No dejes de abrir, cada día, la ventana.
No dejes, cada día, de mirar al cielo y hablar con su luz, porque esa niebla que ahora te cubre huirá.
Deja, eso sí, ese pañuelo colgando en el balcón y piensa que sus labios forjados se siguen abriendo, pero no lo hagas como recuerdo que te atormente por un amor que se frustró, sino piensa que de esos labios nace una oración de aquél a quien tú amaste y te amó.
Esa es la viva señal de que cada día te veo desde el retiro de esta celda, con los ojos de Dios.
Haz de ese pañuelo causa de oración, y no sufras por perder el amor de un hombre si a cambio tu alma ganó el de la mía y el de Dios.

FIN

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