miércoles, 26 de noviembre de 2014


EL  VAGABUNDO

Pasea el  invierno bajo miradas
 que se refugian en el calor  del  hogar,
mientras  el frío y la soledad
tiñen de mística unas calles
que se han quedado sin vida.

Su afilado aire hiere las ramas.
Su gélido tacto moldea de nieve
los techos de oscura pizarra.
Tirita la milenaria ermita
que resistió el paso del tiempo,….
se ahoga la voz entre las garras del invierno.

Una manta de aire gélido penetra en rincones
habitados por el olvido,
por el paso del tiempo,
y halla la triste figura de un vagabundo.

¡No le despiertes de su único “sueño”!
Déjale dormir sobre su almohada de piedra.
No cubras de hielo su pálido rostro.
Deja que olvide, por un instante, sus penas.


Es el símbolo de estas calles sin vida.
Es el aviso a nuestras dormidas conciencias.
En él anidan la ilusión por un trozo de suelo
y la resignación que le ofrece la piedra.



Son las migas que sacian su hambre.
Son las brasas que le alivian del frío.
Son la fuerza para vivir un día más,…
aunque su vivir sea morir cada día;
aunque su  esperanza la ciegue el destino.

Se levanta ante la amenaza del enemigo,
y, solo, le desafía en un paseo sin rumbo
entre las fauces del invierno.

Mi mirada se contagia de tristeza
y llena de compasión le sigue.
Su lento andar,
los ojos clavados en el suelo…
Todo rezuma un mundo interior
donde los jirones del alma se preguntan:
¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?

Ya no le veo, se ha convertido en espectro
que arrastra las cadenas de un infierno
que le ha tocado vivir,
aunque él no llamara a sus puertas.

Como hoja seca barrida por el viento,
hoy aquí, y mañana….
¡Qué importa dónde ni cuándo!
Sus caminos no dejan huella
ni en el tiempo, ni en el espacio.

En la oscuridad del corazón,
(pues siento que la luz es espejismo),
se ahogan mis quimeras en su recuerdo.


Resuena una saeta, llena de gemidos,
que avoca  mi “cielo” a su infierno,
y los restos de mi alma se preguntan:
¡¡¡ ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?!!!

Vuelvo a contemplar estas calles sin vida.
La mirada errante vaga por las estrellas
y se pierde entre ellas
buscando explicaciones.
Sólo habla  el silencio de la noche.

Una luz rompe este lúgubre sentimiento.
¡Es él!, ¡el vagabundo!
Ha dejado de morir cada día
y ahora vive para siempre.

Enterradas las miserias en el mundo,
en su nueva vida se apagan los recuerdos
y el eco de mi “por qué”.

Ahora su rostro es una sonrisa
que lanza besos desde el Cielo
cada vez que contempla una piedra
o un trozo de suelo. 

FIN

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