sábado, 29 de noviembre de 2014


HOJAS OLVIDADAS

Era uno  de esos días en los que el cielo invitaba a resguardarse bajo una cálida bata, contemplar el llanto de la lluvia a través de los cristales y dejar que el tiempo pasara las horas como se pasan las páginas de un libro que se lee con agrado.
Pero como la contemplación tiene un límite, cuando sentí que esas fuentes evocadoras que nacen de la lluvia se habían cegado opté por retomar alguno de esos libros que, un día lejano, se dignaron ofrecerme sus historias.
Dormían en ese cementerio donde se  acumulan, llamado biblioteca, en el  que a la mayoría de ellos solo los visita el olvido, mientras esperan que una mano despierte sus dormidas hojas y les retire su sábana de polvo.
Dudé cuál coger, hasta que esa lluvia, que pervivía en el subconsciente, me ofreció un pequeño libro de relatos, que se movían entre lo real, la fantasía y la leyenda, como mejor compañero de ese día en el que el cielo invitaba a fundir la nostalgia con los sueños.
El frío tacto de su cubierta delataba que se había resignado a que nadie lo abriera.
Sus hojas, de dormidas, parecían muertas.
Y sobre ese cadáver incorrupto dejé que mi mano le diera el calor que lo resucitara.
Lo abrí por una página indeterminada, lentamente, para no quebrar el frágil estado de esas hojas a las que nadie, desde hace mucho tiempo, alimentó con caricias.
Primero había que reanimarlo; ya llegaría el momento en que mis ojos se detuvieran en sus palabras.
Por cada hoja que pasaba, el libro recuperaba una parte de ese tiempo perdido y el seco crujido del papel se transformaba en un latido que le devolvía la esperanza.
Al hojearlo, parecía que las páginas destilaban ese suspiro de alivio, de paz, que nace cuando uno se siente querido.
Y, mientras, la sugestiva lluvia dejaba que sus gotas bailaran en el aire, que dejaran un melancólico beso  en los cristales, y que su voz de agua llenara los corazones con una  música que sonaba a cálido hogar.
Y al compás de esa partitura que dejaba el cielo, mi mirada se perdía entre esas páginas olvidadas intentando refrescarles la memoria.
Todo invitaba, así que tomé al libro como si fuera mi pareja de baile y transformé el tiempo que lo tuve entre mis manos en una especie de viaje en el que su cuerpo, junto a mis manos y mirada, se dejarían llevar por los aires de esa música que la lluvia nos ofrecía.
Mi mano izquierda se ciñó a su cintura, ese lomo enjoyado con letras de oro, y lo sostuvo en el aire, como esos brazos que levantan a la bailarina, la cual deja su etéreo cuerpo descansando sobre las palmas que la alzan.
Siguiendo el compás de esa suave balada que entonaba  el agua, mis dedos, con un efímero y sutil giro, voltearon una de sus hojas que, rendida a ese momento, giró para mostrarme su reverso.
Ahora el libro me esperaba con los brazos abiertos, dejando su doble página al descubierto, para que los míos lo abrazaran.
Y cogiéndolo de los extremos, nos miramos cara a cara en esa fase del baile donde los cuerpos apenas se mueven porque hablan las miradas.
Él me enseñaba sus letras, esos pensamientos escritos que nosotros grabamos en el corazón, y yo le ofrecía mis ojos que, para un libro, son los oídos que escuchan sus confidencias.
Ya la lluvia iba perdiendo voz. Los repiques de esas gotas distanciaban sus ecos anunciando el preludio del final. Ya moría esa canción y, con ella, nuestro baile.
Tan lentamente como lo abrí, puse mi mano en su espalda y lo cerré, acercándolo al pecho, como ese paso final en el que los bailarines concluyen su danza fundiendo sus cuerpos.
Ya había cesado todo: la lluvia, su música, la nostalgia, y la intimidad que había vivido mientras lo tuve entre mis manos.
Siempre quedarán recuerdos que dibujen una sonrisa o rompan las tupidas nubes del desaliento con las luces de la esperanza; pero este recuerdo irá más allá de revivir un agradable momento; formará parte de esos sentimientos que anidan en el alma.
Nunca olvidaré ese  instante en  que  mis manos devolvieron la vida a tus hojas olvidadas  y  tú, libro, resucitaste, en la mía,  esas fuentes de paz un día en que la lluvia nos invitó a bailar.

                                                        FIN

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