domingo, 30 de noviembre de 2014


LOS ROSTROS DEL AGUA


En esos paseos de destino incierto, en los que solo buscaba que la mirada se saciara de paisajes, acompañada por el silencio, he recogido esos sonidos por los que el agua habla y he grabado en la retina las diversas formas con las que se viste.
Tras esas máscaras con las que ella cubre su rostro yace su oculto deseo: ser parte, alimento, de nuestros sentimientos.
Y a esos rostros del agua siempre les acompaña una voz.
Tal vez, por eso, se vista de fuente; para dejar el murmullo de sus latidos cuando contempla unas manos que se buscan, o a dos labios que, con un beso,  sellan su alianza.
O como aquella que apenas suena cuando nace de las entrañas de las rocas y da sus primeros pasos, vestida de manantial, entre laderas, dejando el alegre sabor de su infancia antes de hacerse río.
Y cuando se hace río, regala, a su paso, la vida, esa vida que ella entregará en los brazos del mar; aunque algunos, negándose a ser enterrados en ese inmenso mausoleo, prefieren acortar su vida dejando, a mitad de curso, secar sus aguas.
Otros, sin embargo, eligen la rebeldía y se saltan las normas de  los cauces para caer  en el vacío; y fruto de ese descarriado camino, nacen las cataratas, cortinas de agua que llenan el aire con la sinfonía de su último grito antes de perder la vida.
Abajo la esperan sus hermanas, vestidas de pozas o lagunas, que recogerán su cuerpo a la vez que ofrecen  al cielo su alma, pues el vapor no es otra cosa que el espíritu del agua.
Resuena el preludio del final cuando mueren en las cataratas; queda en el aire la dádiva de la vida al hacerse río;  dibuja la ilusión en nuestras miradas cuando se viste de nieve; sus corrientes, bravas o serenas, se llevarán esos lamentos que dejamos desde sus orillas y ahogarán nuestras penas para, luego, arrancarnos una sonrisa.
En su paseo alegre entre valles y montañas, roba el canto a los pájaros y el agua se convierte en gorjeo acallando su propio gemido cuando se hace lluvia.
Y ese día en que sintamos que en nuestro corazón se abre una herida, o aquel en el que nuestro pecho reclame ser saciado de ilusiones, siempre encontraremos en el agua una voz que nos acompañe.
Pero si es nuestro deseo el silencio, el agua se vestirá de secreto escondiéndose bajo la tierra.
 Y siempre nos quedará el mar, donde conviven todos los sentimientos que encierra el agua, como espacio donde dejemos que la mirada se pierda, tiñendo de pensamientos su piel azul.
Allí encontraremos esas penas que se ahogaron en el río; esas ilusiones que el murmullo de la fuente despertó en nuestros corazones; allí, en la cresta de sus olas, veremos las sonrisas que la nieve, o su alegre gorjeo, nos arrancó; y allí podremos contemplar las estelas, que no son otra cosa que las huellas de esos ríos que mueren en el mar.
Muéstrame, agua, el rostro que tú quieras; vístete con el ropaje que te dote la naturaleza; háblame con esa voz que necesite escuchar mi alma.
No importa cuál sea tu aspecto, porque sea cual sea el sentimiento que golpee en mi pecho, siempre hallaré, en ti, una respuesta; siempre encontraré, en ti, una fiel compañera.

                                                          FIN

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