domingo, 23 de noviembre de 2014


LUCES QUE HABLAN


La luz  del amanecer dejaba sus primeros destellos en el cristal y el niño, deseoso de ese encuentro, se levantaba con la rapidez de un latido para presenciar esa magia en la que la tierra resucita de sus sombras y se cubre de colores.
Abría la ventana como si fuera un rito y dejaba que la fresca brisa bautizara su rostro, y mientras cerraba los ojos ocultando sus sueños, robaba ese aire y lo transformaba en un prolongado suspiro de paz.
Era feliz por poder presenciar, cada día, ese pequeño “milagro”;
y si alguna mañana las nubes tejían un telón de acero que impidiera al sol dejar su beso de luz en la ventana, no importaba; el niño  clavaría su mirada en esa espesura y la imaginación haría el resto.
Ese alba ya formaba parte de su mundo interior como el calor a la llama, o las olas al mar.
La rutina no restaba un ápice de emoción a ese momento. Tan solo la ausencia de uno de los dos podría dejar un sentimiento de orfandad que quebrara esa cadena de ilusión.
Y una de esas míticas mañanas el sol faltó a su cita.
El niño se había levantado para saludarle con una sonrisa, pero, esa mañana, la preocupación usurpó a la sonrisa su puesto.
El cielo estaba despejado, las nubes esperaban en la antesala a que la luz contorneara las formas, y la tierra había abierto su pecho para que lo inundara el aire matinal.
Todo según lo previsto para que el amanecer dejara su impronta, pero ninguno de esos rayos se había posado en los cristales de su ventana.
La abrió, no para respirar la vida que le ofrecía la brisa, sino para averiguar a dónde marcharon aquellos que desvelaban su sueño.
Entre la decepción y la extrañeza, vio que el sol había fijado su mirada en los cristales de una casa próxima a la suya.
Añoraba esos rayos y, en cierta medida, se sintió traicionado por  ellos.
Tanto los deseaba que se acercó a esa afortunada vivienda que se los había robado.
Se paró ante la ventana fijándose en el brillo que el sol despertaba en sus cristales y, con una indiscreción  propia de quien solo piensa en lo que desea,  se asomó para ver su interior.
La casa parecía abandonada.
El rastro de un intruso viento jugueteaba con las cortinas, los muebles parecían piezas de un museo olvidado,  y el silencio había acampado en esa casa como lo hace cuando dos corazones enamorados entierran las palabras para hablarse con la mirada.
¿Por qué el sol le había negado la visita y había ido al encuentro con la nada?
Las dudas empezaron a encontrar respuestas.
El sol movió los ojos dirigiendo los rayos hacia la puerta y los hizo brillar con mayor intensidad, como si fueran un reclamo, una voz que le invitaba a entrar.
Así lo interpretó el niño; porque pese a su infancia, se encontraba en ese umbral en el que se empiezan a discernir los mensajes de la vida, aunque no se capte su profundidad.
Arrastrado por ese juego misterioso, accedió al interior como quien se sumerge en la oscuridad de la noche,  atraído por su encanto aunque nada vea.
Pero a él poco le importaban esos rincones olvidados, esas sombras mortecinas o ese silencio caduco; solo quería descifrar el mensaje de esa luz, y ella sería su única guía.
Como si tuviera vida, la luz empezó a esquivar paredes, a adentrarse por los pasillos, hasta llegar a una habitación cuya puerta, abierta, parecía estar esperándole.
Primero entró el rayo y se detuvo en un punto del suelo iluminando una capa de negra lana.
El niño había olvidado su sentimiento de traición y, como esa hoja de otoño que el viento arrastra a su voluntad, él actuaba guiado por el instinto que le dictaba esa luz.
Cogió la capa observándola como quien hubiera encontrado un fetiche que encierra mágicos poderes y esperó nuevas órdenes.
El rayo deshizo el camino y salió de esa casa; el niño, cómo no, lo siguió.
Una vez fuera, volvió a sentir la brisa, la claridad y el desahogo que supone volver a encontrarse con lo conocido,  pero no dejaba de mirar la capa y de preguntarse cuál sería el sentido de ella.
Los ojos del sol, como esas estrellas que bailan alrededor de la luna, cambiaron el paso del baile que les abrazaba a esa luz y miraron a otro punto, algo lejano, pero visible.
El niño había asumido su papel de cortejo y como tal, se dirigió, pensativo, hacia su nuevo destino.
Esto es lo que encontró el niño en el punto donde el rayo de luz hizo su parada:
Un cuerpo tumbado que transmitía más frío al suelo que el calor que este le pudiera ofrecer, con la cabeza apoyada en una piedra.
Parecía que la miseria había dibujado su retrato en ese hombre, ignorado por la vida y abandonado en las manos del olvido.
Como he dicho, empezaba a discernir los mensajes de la vida y, ese, era muy claro.
Encontró el sentido de esa capa negra y, sin esperar, la desplegó para cubrir  esa vida de moribunda esperanza.
Así como una gota de agua se pierde en la infinitud del mar, esas nubes que un sentimiento traicionero había dejado en su alma, desaparecieron en ese cielo que se siente cuando se practica la caridad.
Esa luz, esa luz…
Esa luz extendió su brazo señalando su casa y el niño regresó.
Había recuperado la sonrisa que esa mañana le habían robado.
Se había olvidado de que el sol faltara a su cita, porque ahora le iluminaba una luz más poderosa que le brindaba una alegría más íntima.
Al llegar la noche aún perduraba en su corazón el deleite de esa obra y era lo único en lo que pensaba.
Había suplantado  esos pensamientos que cada noche dedicaba a pensar en el alba siguiente.
Ahora sentía que su pecho, su corazón, su alma, eran un continuo amanecer.
Y llegó el alba brindando su surtido de luces y colores y apartando con su mano todo resquicio de sombra; y con ella, hoy sí, el sol eligió los mejores rayos de su ramo de luces y los plantó en la ventana del niño.
Hoy había vuelto a abrir la ventana siguiendo ese rito, y volvió a recoger el aire de la brisa mientras sus ojos cerrados fabricaban un sueño, pero aunque todo pareciera igual, el niño sabía que desde ese encuentro con la luz, la capa y ese hombre, todo sería distinto.
Antes esperaba su cita para contemplar ese pequeño “milagro” que le procuraba una satisfacción a los sentidos; ahora deseaba que llegara ese encuentro para dar  las gracias y esperar que el sol le indicara un destino, que dejara caer su brazo de fuego sobre otro punto donde él  pudiera ir, para acallar un quejido o lamer las heridas que deja el olvido.
Y así fue.
Ese niño había cruzado el umbral de la infancia, y no solo percibía los mensajes de la vida, ahora había descubierto su sentido gracias a ese rayo de luz.
Esa luz, esa luz,…..

FIN

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