viernes, 28 de noviembre de 2014

MONTAÑAS y CUEVAS


La suave voz creadora iba cubriendo la Tierra.
Era un instante en el que una simple palabra le insuflaba la vida mientras la mirada la coloreaba.
Palabras que iban levantando los muros de la creación sobre la desnuda nada; pensamientos que configuraban paisajes donde la luz, la oscuridad, el agua y la tierra se repartían sus parcelas.
Y en cada uno de esos “mundos” se alzaba una razón que explicaba por qué nacieron de mano divina.
Una cálida palabra se escapó de los labios de Dios y, fruto de ese soplo de fuego, creó el Sol, vértice que rige las horas y al que ninguna mirada soporta.
Un aliento de hielo, un frío suspiro, una serena palabra, rompió a la virgen oscuridad y esta engendró a la luna, blanca rosa ceñida en negro vestido de seda que la encumbraba como reina de las sombras.
Sobre las aguas, la palabra se hizo viento. Unas huyeron, dando lugar a los ríos; el resto, hicieron fuerza y surgió el mar, tierra sagrada del agua en la que morían las expatriadas y aquellas que se escondieron en el cielo para morir cuando naciera la lluvia.
La voz iba dejando, sobre la llana piel de la tierra, huellas de vida, pero faltaba ese motivo que arrancara el asombro a la mirada y que hiciera sentir que la cincelaron manos divinas.
Y esa misma voz, en un arrebato de amor,  perdió su sereno tono, quebró el silencio con un grito y parió a las montañas.
Por nacer de un grito, las montañas son cuna del eco; aquel que esparce las voces perdidas del amor en medio de la noche o es altavoz de esas olas por las que habla el agua.
Las montañas son deseo de quienes sienten dominar el mundo cuando pisan sus cumbres.
Porque fueron fruto de ese parto agresivo, son símbolo de la fortaleza, muros que resisten la rabia del agua, la envidia del viento o los celosos latigazos que el sol deja sobre sus pétreas espaldas.
Ante las poderosas montañas solo queda rendirse y plegar las iras como olas que mueren en la orilla.
Así como la noche oculta bajo su negra capa bellezas que solo alcanza nuestra imaginación, las montañas fraguan, bajo su rocosa coraza, mitologías, seres extraños o leyendas amorosas de las que las montañas fueron su tumba.
Como si fuera madre, la montaña ocultó en su vientre una misteriosa vida: las cuevas.
De las cuevas nace esa profunda voz cuando sentimos que una montaña nos habla.
Son el refugio elegido por la luz para pasar sus últimas horas antes de morir entre las sombras.
Son las confidentes del extraviado viento, que encontró, en las cuevas, con quien compartir su silencio.
El tiempo las ignora, las cruza como si fueran eternas, y la áspera mano de la muerte resbala sobre sus frías y húmedas paredes.
Nacieron en secreto, escondidas en las montañas, y fue su misterioso origen quien las convirtió en deseo de vidas que buscaban la soledad del alma
Creadas por un grito de Amor, en montañas y cuevas late una trascendencia que arrastra a los mortales.
Aunque no las viera, siempre escucharé los latidos de las montañas, nacidos del corazón de sus cuevas.

Sí,  montañas y cuevas tienen que tener vida y alma.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

1 comentario: