miércoles, 31 de diciembre de 2014


SUEÑOS QUE SE ENCUENTRAN


Ese beso  que dejaste en el aire, en busca de ese imaginario amor que levantaste en tu pecho, lo he visto cruzar el cielo cuando yo buscaba, entre las estrellas, el que levanté en el mío.
Y algo me dijo que ese beso y mi sueño estaban hechos de la misma materia: nostalgia y deseos.
Tal vez fuera la necesidad, pero ambos se buscaron en cuanto se vieron porque sabían que, cada cual, podía dar, al otro, lo que no tenía.
Tu beso podría encontrar en mi sueño ese amor que buscaba cuando nació de tus labios, y  mi sueño hallaría, en tu beso, la razón de su existencia.
Y en ese cielo, que creí reservado para nosotros, se fundieron esos amores que construimos en nuestro pecho.
Y aquí radica el bello misterio del amor, que lejanos el uno del otro, cada uno en una estrella, sentimos, a la vez, la misma emoción cuando tu beso y mi sueño se abrazaron.
Y ambos nos sentimos satisfechos, ambos dejamos correr una lágrima, porque algo nos decía que alguien nos esperaba.
Y sobre ese “alguien” que nos tendía la mano, no nos preguntamos si el color de sus cabellos serían hijos del sol o de la noche, o con qué pincel decoró Dios sus ojos, o si su piel la modeló la luna,…
No, nos bastaba saber que nuestro pecho ya no tenía sed y que el mundo se quedaba pequeño para abarcar nuestra dicha.
Ya solo era cuestión de tiempo que, así como tu beso y mi sueño se encontraron en el cielo, tú y yo lo hiciéramos en la tierra.
Pero esta espera hasta que llegara el momento, ya no sentía las heridas de la desesperanza, ni el cansancio de una búsqueda baldía; ahora podíamos vivir con el pensamiento, porque aunque nuestras manos no se rozaran, sí lo hacían nuestras almas y sentimientos, con la certeza de que, tarde o temprano, ellas también se encontrarían.
Nos bastaba respirar para sentirnos; hablar al viento sabiendo que tú me escuchabas y yo te veía; sabíamos que nos teníamos, porque aunque digan que el corazón engaña y que el alma puede ser presa de la locura, cuando ambos a la vez dicen lo mismo, solo hay una cosa cierta: nos amamos.
Ahora ya no habrá un sueño viajando entre las estrellas, ni besos que busquen un amor imaginario; ahora, en el cielo y en la tierra, solo existe un pecho en el que conviven tus labios y mi sueño, tu beso y mi estrella.

facebook: Abel de Miguel fraguadeversos


MANOS PIADOSAS

En sus dedos descansaba la luz del  amanecer, que tímidamente cruzaba ese viejo cristal hasta morir en sus manos.
Eran manos donde la piel dibujaba surcos  y pliegues que simulaban una cadena de colinas intercaladas por valles.
Sobre esas ancianas manos descansaba la luz y un rosario.

La luz se quedaba inmóvil, como si también estuviera rezando, y solo se movía al compás de las cuentas y misterios que iban pasando esas ancianas manos.
No podía irrumpir ni romper ese místico momento en que la joven luz del amanecer y una fe experimentada se estaban fundiendo; así que dejé mi alma entre ellos, como privilegiada invitada.
Y quise ser rosario, ponerme en esas manos que respiraban piedad, y sentirme bañado por esa luz que ya dudaba si era del cielo o divina.
Llegaba el final, pero la luz no se marchaba.
Se quedó escuchando el débil eco, también anciano, de las letanías, que atravesaban el viejo cristal para perderse por el mundo y bañarlo con su luz, la de la gracia.
Murió el eco de la última oración.
Sus dedos se entreabrieron como si la rugosa tierra abriera sus carnes, y dejó ese rosario durmiendo sobre la mesa de madera, a la espera de que lo volvieran a despertar esas ancianas manos y la joven luz.
De allí nos fuimos todos: la anciana, la luz y yo.
Bueno, no del todo, porque allí, acompañando en su sueño al rosario, se quedó una parte de mi alma.
Por eso ahora puedo contar y revivir ese momento en el que unas rugosas manos, un rosario, la fe y una joven luz llenaron de belleza un simple momento.
Y esa belleza no es recuerdo, es huella que ha quedado en mi alma, de la que una parte duerme junto a ese rosario, que espera lo despierten la joven luz y unas manos ancianas.

FIN

GRAUS (Huesca, España)

Pantano de Barasona (Graus)
Graus, para dirigirme a ti he robado a las musas del Olimpo el elixir de los poetas. Solo así, y espero sea suficiente, podré afrontar el reto de ensalzar tu belleza y dignificar a tu gente.
Si Calatayud es el corazón, tú eres, de Aragón, su cabeza coronada por el imperial laurel de los Pirineos.
A su sombra y a los pies de Ribagorza, el alma se convierte en peregrina que reza con los ojos y no necesita imaginar cómo fue la creación, basta que te mire, respire y sienta.
Como “muy noble y muy antigua” te bautizó Pedro II.
Si tus tierras cautivaron a los reyes, ¡qué harán con nosotros, los mortales!
Graus, al pisar tus tierras hay que dejar que los sentidos sean nuestros guías.
El murmullo de las aguas del Ésera nos habla de la vida eterna, mientras tus casas-palacios nos recuerdan lo efímero de la gloria. Ilustres apellidos reducidos a escudos de piedra.
Y en este viaje por lo increíble los sentidos enloquecen y entran en lucha.
La vista se pierde en la cumbre de tus montañas.
El oído se inclina ante la voz de tus aguas y el aullido del cierzo.
El tacto se funde de emoción con un puñado de tu tierra.
El olfato se pierde en las entrañas de tus bosques.
Y el gusto…, el gusto se lo reserva el alma cuando mira a los ojos a Nuestra Señora de la Peña.
He de dejarte, Graus, porque el tiempo sigue su camino y no entiende de treguas.
Pero si pudiera robarle, como a las musas del Olimpo, me quedaría con esas horas en las que al contemplarte enloquecieron mis sentidos.
FIN

VIEJAS OLAS y NUEVOS MARES 


Las olas la lamían con sus puntas  de agua, tímidamente, pues apenas se atrevían a despertar a esa perezosa arena que aún dormía en la playa.
Ya empezaba a lucir ese brillo con el que el sol la bautiza con los primeros rayos del alba, como si la cubriera una capa de oro en polvo.
Frente a ella, esa misma luz dejaba sus chispas sobre las frías aguas del mar salpicándolo de destellos de vida.
Ese mágico  intercambio de brillo y luces entre el mar y la arena, era el protocolario saludo de cada mañana.
Pero esa mañana, las olas no saltaban, como siempre lo hacían; no alzaban sus brazos al aire para luego dejarlos caer, creando esa balsa de espuma y ese eco eterno.
Su caminar era lento, triste, parecían resignadas a su fin, cuando antes morían alegres en la playa.
¿Qué os sucede, olas, que vuestro andar va dejando en el mar un sabor a procesión cuando siempre fuisteis romería?
¿Por qué vuestros brazos de agua parecen rendirse y no se alzan triunfantes dejando ese grito de victoria?
¿Quién dejó en vuestras espaldas tal pena, o quién os hirió de muerte, para que ni el alba, con su luz, sea suficiente para despertar vuestra alegría?
Y las olas suspiraban, inundando aire y tierra, de agonizantes gemidos.
Hasta que una, experimentada y curtida en las travesías marinas, que conocía cada gota de ese mar como si hubieran nacido de ella, tomó la palabra:
Somos las últimas de esta travesía que empezó hace un año.
Hoy nos borran del mar porque nacen otras nuevas; ya no besaremos la playa, ya no sentiremos al alba dejándonos su beso de luz; ya quedaron atrás, y no volverán, esos peces que irrumpían en el aire cuando advertían  nuestro paso, y  hoy oiremos por última vez el saludo de las gaviotas cuando ya besábamos nuestro puerto.
Hoy se acaba el año; hoy moriremos, sepultando, en esa arena que espera, nuestro último aliento y aquellos pensamientos que robamos a quienes nos buscaron para dejar sus lamentos y consuelos.
Hoy enterraremos todo lo  vivido hasta ahora, y esos días a los que ya damos la espalda, serán fósiles que duerman bajo ese polvo áureo que nos espera.
Hoy, ya todo será pasado.”
Pero ese mismo cielo que las compadecía por su próximo fin, abrió los brazos para obrar un milagro.
Según iban sonando las moribundas palabras de la agonizante ola, el sol pareció acelerar su paso y, vistiéndose con el cárdeno traje que anuncia el ocaso, acompañó a las olas para, juntos, morir en la misma arena.
¡No era posible tan corta vida!
Y no, no fue posible.
En ese mismo instante en que sol y olas se inmolaban en el umbral del año, por ese mismo horizonte donde, un día, ya hace un año,  sol y olas asomaron, nacía un nuevo sol, y una franja de plata y espuma anunciaba el relevo de las olas que morían.
 La arena recuperó su áureo brillo; en el mar no se dibujaban destellos porque todo él era luz; y el cielo, el aire, la tierra, ¡nosotros!, nos sentimos cautivos de esas nuevas olas, de ese nuevo año, que bautizarán de ilusión nuestros deseos.
Que así sea y  Dios lo quiera.
¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz 2015!

FIN

martes, 30 de diciembre de 2014


SELA (Pontevedra, España)

Río Arbo

Quedan, de mi estancia,
recuerdos sombríos,
débiles luces que asoman 
entre hórreos de piedra
y naturaleza salvaje.

Duerme, Sela,
al respaldo de los montes
de la Galicia verde y rural,
entre el silencio de las viñas
y el eco del lejano mar.

Un camino de tierra
serpentea entre naranjos
que lo bañan de sombras
un día cualquiera.

De noche, una luz de plata
viste de misterio los rincones.
Todo es lento y mágico a la vez.


Los inmóviles prados susurran
el gemido de los maizales.
Sobre el río flotan las palabras
que, en la orilla, dejaron los amantes,
y al compás de un leve aire
bailan los frutos en las ramas.

A los pies de la vieja loma
se asienta la casa de piedra
que encierra viejas historias
y espera oír las nuevas.

Ante su puerta se apostan los cipreses,
sus fieles centinelas,
que dejan que la noche los vista de plata,
o el invierno los cubra de niebla.

Cuando el plúmbeo cielo
deja sus jirones de brumas
dormitando en la pradera;
cuando se rinde la palmera
ante la generosa lluvia;
cuando el crepúsculo tiñe
de cobre las paredes
y, en la sombra, el musgo
espera el amanecer,
se funden realidad y fantasía. 
Sólo pasea la imaginación
dando vida a ánimas y conjuros.

Todo es lento y mágico a la vez.

En invierno es un cuento de Dickens
donde el alma se rinde
ante el espejismo de su flora,
salpicada de edificios
con sabor a tradición.

La niebla efunda, entre sus brazos,
esos pilares de piedra que sustentan
el alma del hórreo,
y queda el lagar oculto
entre una cortina de nubes
que hacen del suelo su morada.

Quedan en la tierra
las hojas rezagadas del otoño.
Quedan unas huellas
barridas por el viento.
Quedan los maravillosos recuerdos
suspensos en la loma
que llora en el deshielo.

Todo es lento y mágico a la vez.

Al perderte en sus entrañas
sólo actúan los sentidos.
En el silencio de la madrugada
lucha la primera luz
con los brazos del eucalipto.
El brillo del rocío
salpica de vida el aire
que huele a tierra mojada.

Es la mística de la Naturaleza,
donde se libera el espíritu
y queda atrapada el alma.

Quedan, de mi estancia,
sentidos recuerdos.
Queda Sela en mi memoria
como la tierra laureada
por el sello de Dios.

FIN

A MI MUJER

Sintió mi pecho un dolor,
(esos con los que mata el amor)
que cuanto más fuerte era 
mayor ilusión le causaba.
Sigo sumido en este dolor
que no es otro que el placer
de ser preso de tu alma.

No hay mayor dicha para el alma amante,
que sentir en sus entrañas
la suave brisa de lo amado;
así, mi alma vive de tus aires,
de tu paz y de tu encanto.

Son mis sueños
fundir nuestros labios en uno,
atar mi corazón a tu pecho,
sentir mi alma en tus manos,…
Déjame soñar porque sólo así
te podré seguir amando.

Donde alcance a sentir tu alma,
donde llegue tu mirada,
donde suene el latir de tu corazón,
¡en un punto de tu universo viviré!,
porque fuera de ti moriría sin remisión.

Rompe mi alma este poema.
Al leerlo me invade tu recuerdo
y siento que esta vida es poco para amarte;
así, al pensar en ti
se hacen eternos mis sentimientos.


A veces me roba el día
el sublime instante de estar contigo,
de fundir nuestras miradas en silencio,
de besar con el alma tus manos.
Sí, ¡siento que me roban la vida!
Entonces clavo la mirada en el Cielo
y me llena un remanso de paz
al ver como Dios nos tiene en sus brazos.

A las mieles de tu alma
sabrán pobres estos versos,
grises nubes cuando el limpio azul
de tus ojos se humillen a leerlos.
Mas solo es una forma de decirte
que haces de mi corazón un paraíso,
¡porque no cabe más amor en este pecho!

FIN


LAS LÁGRIMAS DE LOS  PINOS


La lejana y lenta voz de una  campana rompió ese monacal silencio de la mañana donde todo dormía, salvo una incipiente luz, mi pluma y quien la hizo sonar.
Porque tuvo que ser una mano la que movió esa cuerda para que el badajo despertara al negro hierro, de su sueño.
¿O, acaso, fue el viento?
¿O fueron unos suspiros, débiles voces del corazón perdidas en el aire, quienes la dijeron que hiciera sonar su grave voz para sentirse acompañados?
Se calló, pero su eco pausado se adentró en mis pensamientos y me recordó que hubo un día en que un sonido parecido, que también nació de un corazón de hierro, rompió otro silencio.
A veces, remover el pasado es disimular el invierno bajo vestiduras, de recuerdos que rezuman primavera; pero, otras, es empeñarse en resucitar un triste otoño que ya había muerto.
En este caso, primavera y otoño se dieron la mano, conviviendo bajo el mismo techo, lo mismo que una pena flota sobre las alegres aguas del río, o el traje nupcial de la luna lo reviste la luctuosa capa de la noche.
Fue una historia donde se encontraron, sin buscarse, una inocente alma y un corazón viejo.
 Siempre latirá esa duda, que roza el misterio, de cómo pudieron cruzarse dos caminos tan opuestos.
Fui al lugar donde todo empezó, porque parece que cuando se pisa el sitio donde los sucesos tomaron vida, aunque hayan muerto, resucitan cuando un aire fresco los evoca.
Ascendí a la vieja loma para que, desde su cima, el viento barriera mi voz, mi mirada, la memoria  y, juntas, se perdieran por esos páramos infinitos que duermen a sus pies y, allí, bebiendo en las fuentes del pasado, dieran vida a esos recuerdos.
Más allá de ese bosque de oro, que son los trigales, pero hermanado y abrazado, continúa otro bosque de esmeralda, que son los pinares; y en ese cementerio de cortezas y resina empezó todo:
Una sombra se alejaba, sombra que dejó, en los pinos, el brillo de la resina vestida de lágrima.
¿Qué podían hacer sino llorar, tras escuchar ese testimonio que dejó, al aire, herido de lamentos y a la tierra, meditando?
La muesca de ese amargado corazón quedó latiendo en el aire y, este, corrió la voz de esas heridas  a sus vecinos trigales, quienes interrumpieron el baile en los brazos del viento y  se lo contaron a la vieja campana que, desde su torre de piedra, proclama en alegres o fúnebres repiques los sentimientos del alma.
Su trémula voz de hierro anunciaba que alguien sufría.
Llegaron sus ecos a los oídos de un niño, cuyo rostro bastaría para explicar qué es la alegría.
Esas melancólicas voces que salían de la férrea garganta no le robaron la felicidad, pero sí le llenaron de extrañeza, la antesala de la curiosidad.
Y ese afán por conocer lo desconocido, cicatriz imborrable en el instinto humano, le llevó a seguir el hilo de ese réquiem hasta que llegó a los trigales.
No preguntó la causa de sus penas, simplemente se dejó guiar por esos tristes suspiros que las espigas recitaban; estas, al ver al niño, sintieron que su piel recobraba el oro perdido e inclinaron sus cabezas hacia los pinares, invitándole, ilusionadas, a adentrarse en esa cueva de lágrimas en que se había convertido el pinar, para que las enjugara con solo mirarlas.
Y ese niño, para el que la vida solo tenía un rostro, el de la sonrisa, afrontó el gemido de los pinos bajo la coraza de su felicidad, y paseó tranquilamente entre ellos.
Como esos momentos en que basta un rayo de alba para que dinamite la espesura de la noche, o una simple caricia cure las amarguras de toda una vida, así, bastó su presencia para que los pinos se tragaran sus lágrimas, vistieran sus hojas de esperanza y el aire curara sus heridas.
Ahora, entre las ramas viajaba un alegre silbido y el viento corrió la voz a sus vecinos trigales; y los trigales llevaron ese alegre viento a la negra campana, quien trocó el réquiem de su voz en alegres laudes.
En la balanza del aire, convivían villancicos y saetas, la luz y la sombra, la dicha y la pena, pero la segunda era como niebla que se diluía poco a poco a los pies de la primera.
Y ya solo se respiraba ese limpio aire que rezumaba la inocente alma del niño, aire que llevó su voz a las puertas del corazón herido y la derribó con una simple caricia.
Y  esa sombra errante, arrastrada por el dolor, dirigió sus pasos a los pinos como labios sedientos que buscan la fuente o  como náufrago al encuentro de  la orilla.
Ese fue el momento en que se cruzaron caminos tan opuestos.
Y ese corazón de hierro, oxidado por la vida, se fundió como cera ante ese niño, ante ese horno de amor.
Trigales y pinares pintaron el cielo de oro y esmeralda, lo pintaron con el color de sus sentimientos.
Estos recuerdos habían resucitado un otoño al que venció la primavera, así que abandoné la cima con la sensación de que hubo un día en que la tierra despertó de su fúnebre oración e invitó a las criaturas a lucir su mejor sonrisa.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

lunes, 29 de diciembre de 2014


LLAMAS QUE NO SE APAGAN



Eran  días en que  cuando la vida no me ofrecía nada, yo la rellenaba de sueños.
Fue un amor furtivo, escondido en los rincones de la memoria, en esa parte del alma donde los sentimientos que no han muerto duermen.
Allí viví, que no vivimos, ese romance entre un corazón que ama y una ilusión.
Extendí la mano para sentirte y detrás solo estaba el vacío, pero, ¡ay, las mentiras del corazón!, en algún momento creí sentir un calor pasajero.
Mi mirada no se apartaba de ti, pero la tuya se perdía en un  punto vacío y yo soñé que me buscabas.
Todo era un juego que tú desconocías.
Todo era una historia donde lo real sucumbía ante lo ficticio.
En realidad, todo era nada.
Y así pasó el tiempo, y así olvidé tu nombre, aunque en realidad nunca lo supe porque eras un sueño.
Pero la vida no da por perdido lo que la memoria del corazón olvida, y me ofrecerá otra oportunidad de revivir esa historia de un amor ficticio.
Volveré a vivir ese amor furtivo y en las paredes del alma dormirán esos sentimientos y volveré a escribir esta historia en la que solo hay dos nombres: el tuyo y el mío.
Y aún continúa este viejo romance en el que no importan los silencios de ese amor creado en mi imaginación; no me importan esos desvelos que me roban el sueño para seguir soñando y comprobar que aún sigue vivo; porque aunque ame una idea, un fantasma vestido de amor, sé que algún día tomará cuerpo o, al menos, será tan intenso en mis sueños que lo sentiré vivo.
Y seguiré dejando la estela de mis sueños y suspiros; seguirá respondiéndome el aire con su silencio; pero nadie me robará el feliz sentimiento de amar una ilusión,  una ilusión que me ayuda a ver con ojos felices lo que me rodea.
Sí, ya sé que todo es humo, que basta un débil viento para que lo borre de ese cielo que yo he creado, pero cuando desaparezca, volveré a encender el fuego de ese ilusorio amor y seguiré soñando que en un punto del universo existe ese cielo que yo me he forjado.
Y no busco sombras en la noche, ni pretendo abarcar el mar entre mis brazos.
No, no soy un loco que pretende vivir sin el aire; soy, simplemente, una víctima, feliz víctima, de esos sueños imposibles, pero ¿acaso los milagros no tuvieron su raíz en un sueño?


facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

La AMISTAD

En sus rostros se dibuja 
el crepúsculo de la despedida 
mientras resuena, en el cielo  gris,
el eco del adiós.

Sella los labios el silencio.
Las miradas se pierden en el vacío.
Queda atrás toda una vida,
y por delante, ¡los recuerdos!

Cuando Dios se escondía en el alma;
cuando la vida cegó mis sueños;
cuando el corazón se hizo llaga
e invadido por el dolor
sólo buscaba consuelo…

…entonces, sólo en ti encontré
tu voz, en mi silencio;
tu recuerdo, en mi olvido;
tu sonrisa, en mis triunfos;
en tus horas, mi tiempo.

Es la amistad un crisol
donde se comparten los secretos
(rincones oscuros del corazón).

Es una vida dentro de otra
que oculta, silente y desapercibida
 se olvida de sus proyectos
y se convierte en sombra.



Tal vez  la muerte cubra de polvo esos años
y los entierre en el olvido.
Pero si el tiempo es caduco,
un amigo es eterno.
Sea, pues, éste mi  epitafio:

“¡Gracias!
Porque en la raíz de mi vida
tú ya estabas presente.
¡Gracias!
Porque cuando fui cruz,
tú fuiste mi cirineo.

Fin



domingo, 28 de diciembre de 2014


EL PASEO


El  tímido ruido de los pasos apenas alza su voz, no queriendo despertar  de su sueño a esas  manos que se alían para compartir sus pensamientos.
Pensamientos que dormían en mazmorras, donde el látigo de la frenética rutina los laceraba para que no tomaran la palabra. Pero, ahora, el paseo los libera del castigo y despiertan de su sueño obligado esos proyectos, temores o ilusiones que dibujan el tapiz de la vida.
Y la vida cambia su ropaje, porque ahora la miran los ojos del sentimiento.
Esos mismos trigales que los ojos contemplaban como tierra de nadie ocupando un espacio, el paseo los transforma en sombras de oro dibujadas por Dios bajo la mirada del alma.
Y Dios acompaña esos pasos que, tal vez, no busquen un destino, salvo el de compartir, juntos o en solitario, su tiempo con el eco lejano de un campanario, con el adiós del día que el cielo cubre con su cárdena sábana, con el letargo del agua y las piedras de la fuente romana, o, simplemente, compartir esas estampas y colores con los silencios del alma.
Y las almas de ese paseante solitario, o de esas manos aliadas, y de la naturaleza, se intercambian.
Cada una deja en la otra el sello de sus deseos y, todas, van dejando una estela en la que cada paso es un recuerdo.
Porque los paseos son nostalgia.
No hay paseo donde no resucite un recuerdo que se niega a morir.
El pasado vuelve a la vida y el futuro se hace presente.
Paradojas, milagros del corazón o la magia del momento, el caso es que lo eterno queda atrapado entre esos pasos donde muere el tiempo.
Y así son estos paseos solitarios o donde dos manos comparten su alianza:
Un inicio y un final.
Confesiones novedosas, sabidas u olvidadas.
Brotes de sueños recién nacidos, que alimentan la esperanza.
Un reverdecer las horas que murieron y pintar de colores el futuro maquillando de púrpura sus sombras.
Pero, sobre todo, es dejar unas huellas mientras la imaginación viaja entre trigales, fuentes y campanas, compartiendo esas palabras y sentimientos que dormían en los silencios del alma.

                                                                       FIN

MONUMENTO


Quise  levantar un monumento en el que solo estuvieran presentes las virtudes y  bellezas de esta tierra.
Pensé en recorrer el mundo, buscando distintos lugares y almas para robar, de  cada cual, una aportación que me permitiera reunir a todas ellas.
Pero viendo que ese monumento sería una amalgama de paisajes y personas, dejé de buscar y hallé, en ti, a la perfecta musa.
Bastaría que te esculpiera tal cual eres y sobrarían las palabras para explicar esas virtudes y bellezas, pero siendo nuestro corazón tan limitado, me ayudaré de voces e imágenes para intentar explicar lo que encierras.

No sé si robaste, a las aves, su trino, o fueron ellas quienes usurparon tu voz, pero en esos labios se dibuja la Alegría.
Labios mensajeros, de emociones que apagan el fuego de atormentados sentimientos con un simple beso o con una cálida palabra.
Sinceros y limpios como agua de manantial, porque esa alegría que flota en tus labios, trasluce el amor y cualquiera diría que, al crearte, los tallaron de cristal.

Y si desde la colina de tu pecho, en el que encierras alma y corazón, dejara caer la vista, encontraría tus  manos, abiertas como ofrendas de nácar; manos maternales, entregadas y sufridas que acarician, consuelan y sostienen las penas propias y ajenas.
Bastaría que las besara para saber qué es la Caridad.

Si sintiera que mi vida, apoyada en estos pilares de barro, se tambalea, o creyera que a mis pies se está abriendo el infierno, sería suficiente un reflejo de tu mirada para que todo se diluyera ante la Esperanza que duerme en tus ojos.
Pero dime con qué los forjaron, qué divina mano los talló, o qué materia los conforma para que más allá de ese rayo de luz que me sosiega, fueran capaces de inspirar al mar, o que las lágrimas, en ellos, parezcan luciérnagas.

Y cuando la rebeldía prenda en mi pecho las llamas del desasosiego, cuando sienta que hacen de mi paz un castillo de fuego, buscaré la sombra de tu alma para que cure mis llagas.
Allí, en lo más recóndito de tu ser, saborearé tu blanca sonrisa en medio de mi oscuridad.
Solo de esta manera, al abrigo de tu alma y tu sonrisa, en medio de mi oscuridad, podré conocer la pócima misteriosa que engendró, en la noche, a la luna y sus blancas candelarias, y podré comprender por qué los corazones que se someten a ellas quedan heridos de Paz.

Contemplarte es entender que fuiste tú quién insuflaste en las venas de este mundo el suero del Amor.
Deja que se pierda mi mirada en cualquier punto, deja que la naturaleza y sus seres te contemplen, porque solo así entenderán de dónde nacieron sus virtudes y dónde podrán curarse de su mal.
Y serán parcas estas palabras para definir el monumento que en mi corazón he levantado, así que me conformaré con contemplarte, porque sé que cada vez que deje caer el cincel de mis sentimientos sobre tu figura, descubriré una nueva virtud o  un nuevo paisaje que me revele la belleza de la Vida.

FIN

sábado, 27 de diciembre de 2014


EL CIPRÉS Y LA HORMIGA


Era un ciprés que cada mañana, nada  más abrir los ojos, lo primero que veía era el cielo.
Era una hormiga que todos los días, en cuanto se despertaba, lo primero que veía era el polvo de la tierra.
Pero el caso es que eran vecinos y todos los días se saludaban, y cada uno hablaba, claro, de lo que veía.



El ciprés le decía a la hormiga cómo eran las nubes, lo que el viento le comentaba, el color de los ojos de la luna, las clases de aves que existían,…
La hormiga, pesarosa de perderse esas cosas, se consolaba diciéndole al ciprés lo que ella contemplaba:
Cómo suena el agua en los ríos, la carrera de hojas en otoño, el frescor de la hierba mojada, el color de las raíces y cómo eran los insectos que conocía.
Ahora fue el ciprés el que se puso pesaroso por perderse algo tan hermoso.
Ninguno era feliz, porque, no contentos con las maravillas de las que participaban, se sentían tristes por lo que no tenían.
Pero no querían que el otro lo supiera, así que se envolvieron en la fantasía (la mentira que camufla la realidad) y empezaron a contarse las maravillas que veían aunque no fueran verdad, con tal de aparentar una satisfacción satisfecha.
Hasta tal punto llegaron, que el ciprés le contaba a la hormiga cómo un día estuvo comiendo en la casa del sol.
Y la hormiga, pequeña de cuerpo, pero no de imaginación,  le contó al sol cómo se cenaba en el centro de la tierra.
Pero claro, como todo era fantasía, ellos mismos no se creían su propia historia, y además les aumentaba el pesar pensando que lo del otro era verdad.
A tal extremo llegó la envidia, que el ciprés contó que llegó a volar, y la hormiga que aprendió a nadar.
Pero a toda mentira, por bella que sea, se le cae la máscara y se ve su fealdad.
Un día, en el que el ciprés y la hormiga estaban pensando qué fantasía contar, sopló un vendaval que barrió el cielo de nubes y todo cuanto en el aire encontraba a su paso.
La hormiga, a ras de suelo, pronto se protegió tras una roca y esperó tranquilamente a que el vendaval se fuera.
Pero desde su cómodo refugio vio al pobre ciprés luchar sin cuartel por no perder su cabeza.
Y la hormiga se preguntaba por qué el ciprés no echaba a volar, ya que sabía hacerlo, tal y como le contó.
Superado el vendaval, en el que el ciprés salvó milagrosamente la cabeza, arreció un temporal en el que las aguas convirtieron la tierra en mar.
El ciprés, ahora tranquilo, vio a la pobre hormiga luchando por agarrarse a una hoja que le sirviera de barca.
Y el ciprés se preguntaba por qué la hormiga se ahogaba si aprendió a nadar, tal y como ella presumía.
Los dos salvaron sus vidas y, pasado el temporal y el susto, se miraron a la cara.
La mentira se había quitado la máscara y en sus ojos se veía la vergüenza.
Los dos aprendieron  la lección de que no hay que sobrevalorar lo propio para ocultar la envidia por lo ajeno.
Y además, que, a veces, valoramos más lo ajeno solamente porque no lo tenemos.
.
MORALEJA: Hay que dar gracias a Dios por lo que se tiene... y por lo que no se tiene.


FIN

CARTAS VIVAS



Escuchaba su último latido, y lo sentía como candente hierro que grabó en su pecho la señal de la cruz.
Ese latido era un beso, el último antes de epararse, aunque, en realidad, el último se lo dieron con la mirada, esas miradas que, a medida que se alejaban, estrechaban más sus deseos.
 Él cruzó el mar y nunca pensó que sus aguas fueran tan tristes.
Ella miró al horizonte y nunca sintió que estuviera tan lejos.
Desde aquel día, unas esporádicas cartas eran el único hilo que los mantenía con vida.
Pero un papel es demasiado pobre para expresar esas emociones y deseos que arañan el corazón, deseando liberarse para ir a su encuentro.
En todas rezaba la misma idea: “Me muero porque no te veo, pero sobrevivo para verte”.
Ese “…para verte” era un canto a la ilusión que, esporádicamente, rompía la desesperación.
No siendo, las palabras, suficientes para delatar los sentimientos, recurrieron a las imágenes.
Ella grababa, en cada hoja, un beso; él, sus propios ojos, y en la pupila, el nombre de ella.
Esas cartas eran el narcótico de su dolor, pero solo lo atenuaba.
Un día, esas cartas no se cruzaron. ¿Un viento traicionero las robó cuando sobrevolaban el mar?
Era imposible que el olvido hubiera asaltado las murallas de  ese amor.
Las sombras del sufrimiento desplegaron sus alas sobre esos corazones sumiéndolos en las tinieblas.
Pero el amor no se resigna a la desgracia, sino que se adentra en ella, para curarla o compartirla.
Arrancaron sus raíces y fueron en su busca con el único pensamiento del reencuentro.
Ahora eran ellos esas cartas en las que viajaron un “te quiero”, unos labios y unos ojos.
Donaban sus cuerpos, pues el alma ya la entregaron cuando se conocieron.
Fuera la casualidad, la fuerza de la empatía, o el designio de Dios, los dos empezaron el mismo día su peregrinaje sobre las azules aguas, esa diáspora en busca de su “tierra prometida”.
En ese viaje no había tiempo para recrearse en  las estelas ni echar la vista atrás; sus ojos solo miraban al horizonte, intentando discernir sus siluetas.
La misma noche hizo, de las estrellas, blancas antorchas iluminando el oscuro cielo y el viento domó las aguas y enjauló a las olas
A mitad del camino de ese mar, ella se asomó a la borda buscando un aire que limpiara sus temores, o para dejar caer esas lágrimas silenciosas en las que nadie repara.
Él buscó en el cielo nuevos caminos que ampliaran los suyos y que curaran su corazón dolido.
Pero ambos interrumpieron sus suspiros al ver flotando un papel sobre un nido de algas.
Un trueno seco resonó en sus corazones, ese que golpea cuando la intuición del enamorado le dice que algo bueno espera, y las intuiciones, cuando nacen de sinceras emociones, no engañan.
En ese papel mojado, más por las lágrimas que por el agua, sobrevivían unos ojos y un nombre.
En esa hoja, a la que el mar perdonó el naufragio, un beso incandescente se mantenía vivo.
Lo que el viento había robado, lo devolvieron las aguas.
Las sombras se transformaron en jirones que se desvanecían ante la luz de la alegría.
Solo era cuestión de tiempo encontrarse, pero esa señal que les dio el mar los mantenía vivos.
E inmersos en ese cielo que ocupaba sus corazones, el Amor culminó esta historia de despedidas, recuerdos, ausencias y búsquedas.
Ambos barcos se cruzaron, pero antes que ellos, lo hicieron sus ojos.
Ella y él, él y ella, apostados en borda,  estrecharon esas miradas, que antaño se alejaron, hasta fundir en el aire ese nombre escrito en la pupila, ese beso que se fundió en una carta.

Y mientras esto sucedía, en el aire resonaba ese “…sobrevivo para verte.”

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

viernes, 26 de diciembre de 2014


IDA Y VUELTA

Abre, en tu pecho, una ventana para que respire esos aires que nacen, cada mañana,  en el mío, cuando te pienso.
Siente su brisa como guante de seda que te acaricia y deja que, luego, vuelva a mí, para que sea yo quien sienta el tacto de tu alma.
A la espera de que regrese me dará tiempo a pensar qué será lo que encontrará, lo que me traerá de ti, esa mano de viento que fue en tu busca.
¿Una lágrima?, ¿un suspiro?, ¿una pena?, ¿un sueño?
Sea lo que sea, lo guardaré y envolveré con mi silencio, ese mismo que me acompaña cuando te pienso.
Descorre el velo de tus ojos para que vean la luz que nace en mis labios cuando susurro tu nombre, y deja que esa luz recorra los caminos que conducen a tu corazón; déjala que viaje por las secretas sendas de tus sentimientos, y permítela que regrese a mí para que ilumine mis sueños con lo que ha descubierto; para que su brillo me acompañe cuando te pienso.
Derrumba el muro de silencio que se alza ante tus oídos, y déjalos que escuchen las voces perdidas, los ecos errantes, que hablan de ti y contigo aunque no estés presente.
Deja que te hablen, aunque sea a los pies de esa ventana que se abre en tu pecho, y escucha sus sonidos, que siempre serán suspiros por verte, o lamentos por no hacerlo.
No les respondas si quieres, pero déjales que hablen y que regresen, para que así puedan contarme lo que les has dicho; porque aunque sea el silencio tu respuesta, sonará diferente cuando te pienso.
Y así, descorre los cerrojos de tus sentidos para que sepan lo que sienten los míos, y  cuando regresen,  serán los tuyos los que encuentren en mi pecho esa ventana abierta para que sea yo quien respire…. cuando te pienso.

FIN

SIEMPRE SERÁS LUZ


Sus trémulas manos parecían llamas  que se movían al compás de sus piadosos labios.
Esas palabras musitadas flotaban a los pies del árbol, se abrazaban al tronco, y se perdían, como luces que huyen de las sombras entre sus ramas, hasta descansar en las hojas.
Hasta tal punto era presa del recogimiento, que se diría que alguien esculpió una estatua orante destinada a un mausoleo.
Las razones que la llevaron a ese sitio y a esa actitud permanecían ocultas bajo ese rostro que parecía iluminado por la resignación.
 Pero aunque la vida hubiera transformado sus caminos en tortuosas trampas, en el fondo de esa mirada se respiraba una esperanza, un brillo que destacaba sobre el fondo azul de sus ojos como si un rayo del alba iluminara la oscuridad del mar.
No era consciente de los efectos que estaba provocando:
La naturaleza silenció todas sus voces, y hasta el mismo viento sintió que sus apreciados suspiros eran torpe música al lado de esa oración que viajaba por el aire.
Todo un mundo interior parecía esconderse tras esa frágil figura, pero ese  mundo era tan intenso que se adivinaban las emociones tras su piel de cristal.
Podríamos dejar allí, al pie de ese árbol, nuestras inquietudes y que un mero destello de esa piedad las rozara para que sintiéramos que una bondadosa mano arrancaba nuestras dolientes raíces y nos liberaba del peso de  esas “piedras”.
 Arrebatada no se sabe por qué impulso o sentimiento, abandonó ese árbol dejando, en él,  una bruma misteriosa, propia de lo sobrenatural.
Sus pies se movían tan despacio como sus labios; como si intentara que esa estela que iba dejando en la tierra se grabara antes de abandonarla.
Al caminar parecía un cuchillo de luz rasgando las sombras.
Pasó junto al río, y la penumbra que asfixiaba sus aguas, al verla, se dispersó en el cielo  como fugitivas bandas de nubes que huyen.
Atravesó el bosque de sauces, donde se congregan para compartir sus llantos, y, prodigios de la naturaleza, despegaron del suelo sus melancólicas ramas en un atisbo de esa alegría que ellas nunca conocieron.
El cielo dibujaba  un místico halo, que extendía sus alas como señal de su presencia, mientras la  avanzadilla de un fresco aire avisaba al resto de los seres que se aproximaba.
Pero detuvo su paseo y todo el idilio que se respiraba se frustró como se disipa una sonrisa ante la desgracia.
A sus pies, interponiéndose en su camino, se encontró una guadaña.
Bien sabía ella lo que eso significaba, porque en esta vida los símbolos son mensajes que encierran palabras.
Si ese árbol, que le infundió tal fuerza capaz de resucitar la naturaleza, simbolizaba la Vida, la guadaña era la viva imagen de la Muerte.
Por eso el cielo contuvo la respiración y los felices aires apagaron su alegre estribillo.
Cruzar esa guadaña significaba abandonar este mundo para adentrarse en otro desconocido.
Pero ni ese elemento, represor de alegrías, explotador del dolor y verdugo de nuestras contadas horas, fue capaz de arrebatarle su paz.
Miró a la guadaña como quien recuerda los lozanos años de ese amor que la acompañó toda la vida y ahora, ese mismo amor, se hubiera vestido de otoño. Pero, al fin y al cabo, aunque sintiera que su vida estaba próxima a consumirse, como víctima oferente en el altar de la muerte, serenó su espíritu y la cruzó como ese cuchillo de luz que, en vida, rasgaba las sombras.
Y ese halo que respiró junto al árbol de la Vida, lejos de apagarse al entrar en ese oscuro mundo, bastó para que la Muerte, Sombra de las sombras,  saboreara su propia medicina.
Desapareció su conmovedora figura, pero los sauces siguieron esforzándose por levantar sus ramas en un atisbo de alegría, la bruma siguió huyendo, y el cielo siguió desplegando las alas de su místico halo.
En sus hojas, en sus aguas, en el aire, seguían flotando esas emociones transparentes que se adivinaban tras su piel, tras su alma, de cristal.
Los sentimientos que nacen de corazones nobles y sinceros, nunca desaparecen, aunque crucen el umbral de la guadaña.

facebook: Abel de Miguel fraguadeversos