martes, 30 de diciembre de 2014


LAS LÁGRIMAS DE LOS  PINOS


La lejana y lenta voz de una  campana rompió ese monacal silencio de la mañana donde todo dormía, salvo una incipiente luz, mi pluma y quien la hizo sonar.
Porque tuvo que ser una mano la que movió esa cuerda para que el badajo despertara al negro hierro, de su sueño.
¿O, acaso, fue el viento?
¿O fueron unos suspiros, débiles voces del corazón perdidas en el aire, quienes la dijeron que hiciera sonar su grave voz para sentirse acompañados?
Se calló, pero su eco pausado se adentró en mis pensamientos y me recordó que hubo un día en que un sonido parecido, que también nació de un corazón de hierro, rompió otro silencio.
A veces, remover el pasado es disimular el invierno bajo vestiduras, de recuerdos que rezuman primavera; pero, otras, es empeñarse en resucitar un triste otoño que ya había muerto.
En este caso, primavera y otoño se dieron la mano, conviviendo bajo el mismo techo, lo mismo que una pena flota sobre las alegres aguas del río, o el traje nupcial de la luna lo reviste la luctuosa capa de la noche.
Fue una historia donde se encontraron, sin buscarse, una inocente alma y un corazón viejo.
 Siempre latirá esa duda, que roza el misterio, de cómo pudieron cruzarse dos caminos tan opuestos.
Fui al lugar donde todo empezó, porque parece que cuando se pisa el sitio donde los sucesos tomaron vida, aunque hayan muerto, resucitan cuando un aire fresco los evoca.
Ascendí a la vieja loma para que, desde su cima, el viento barriera mi voz, mi mirada, la memoria  y, juntas, se perdieran por esos páramos infinitos que duermen a sus pies y, allí, bebiendo en las fuentes del pasado, dieran vida a esos recuerdos.
Más allá de ese bosque de oro, que son los trigales, pero hermanado y abrazado, continúa otro bosque de esmeralda, que son los pinares; y en ese cementerio de cortezas y resina empezó todo:
Una sombra se alejaba, sombra que dejó, en los pinos, el brillo de la resina vestida de lágrima.
¿Qué podían hacer sino llorar, tras escuchar ese testimonio que dejó, al aire, herido de lamentos y a la tierra, meditando?
La muesca de ese amargado corazón quedó latiendo en el aire y, este, corrió la voz de esas heridas  a sus vecinos trigales, quienes interrumpieron el baile en los brazos del viento y  se lo contaron a la vieja campana que, desde su torre de piedra, proclama en alegres o fúnebres repiques los sentimientos del alma.
Su trémula voz de hierro anunciaba que alguien sufría.
Llegaron sus ecos a los oídos de un niño, cuyo rostro bastaría para explicar qué es la alegría.
Esas melancólicas voces que salían de la férrea garganta no le robaron la felicidad, pero sí le llenaron de extrañeza, la antesala de la curiosidad.
Y ese afán por conocer lo desconocido, cicatriz imborrable en el instinto humano, le llevó a seguir el hilo de ese réquiem hasta que llegó a los trigales.
No preguntó la causa de sus penas, simplemente se dejó guiar por esos tristes suspiros que las espigas recitaban; estas, al ver al niño, sintieron que su piel recobraba el oro perdido e inclinaron sus cabezas hacia los pinares, invitándole, ilusionadas, a adentrarse en esa cueva de lágrimas en que se había convertido el pinar, para que las enjugara con solo mirarlas.
Y ese niño, para el que la vida solo tenía un rostro, el de la sonrisa, afrontó el gemido de los pinos bajo la coraza de su felicidad, y paseó tranquilamente entre ellos.
Como esos momentos en que basta un rayo de alba para que dinamite la espesura de la noche, o una simple caricia cure las amarguras de toda una vida, así, bastó su presencia para que los pinos se tragaran sus lágrimas, vistieran sus hojas de esperanza y el aire curara sus heridas.
Ahora, entre las ramas viajaba un alegre silbido y el viento corrió la voz a sus vecinos trigales; y los trigales llevaron ese alegre viento a la negra campana, quien trocó el réquiem de su voz en alegres laudes.
En la balanza del aire, convivían villancicos y saetas, la luz y la sombra, la dicha y la pena, pero la segunda era como niebla que se diluía poco a poco a los pies de la primera.
Y ya solo se respiraba ese limpio aire que rezumaba la inocente alma del niño, aire que llevó su voz a las puertas del corazón herido y la derribó con una simple caricia.
Y  esa sombra errante, arrastrada por el dolor, dirigió sus pasos a los pinos como labios sedientos que buscan la fuente o  como náufrago al encuentro de  la orilla.
Ese fue el momento en que se cruzaron caminos tan opuestos.
Y ese corazón de hierro, oxidado por la vida, se fundió como cera ante ese niño, ante ese horno de amor.
Trigales y pinares pintaron el cielo de oro y esmeralda, lo pintaron con el color de sus sentimientos.
Estos recuerdos habían resucitado un otoño al que venció la primavera, así que abandoné la cima con la sensación de que hubo un día en que la tierra despertó de su fúnebre oración e invitó a las criaturas a lucir su mejor sonrisa.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

No hay comentarios:

Publicar un comentario