miércoles, 31 de diciembre de 2014


MANOS PIADOSAS

En sus dedos descansaba la luz del  amanecer, que tímidamente cruzaba ese viejo cristal hasta morir en sus manos.
Eran manos donde la piel dibujaba surcos  y pliegues que simulaban una cadena de colinas intercaladas por valles.
Sobre esas ancianas manos descansaba la luz y un rosario.

La luz se quedaba inmóvil, como si también estuviera rezando, y solo se movía al compás de las cuentas y misterios que iban pasando esas ancianas manos.
No podía irrumpir ni romper ese místico momento en que la joven luz del amanecer y una fe experimentada se estaban fundiendo; así que dejé mi alma entre ellos, como privilegiada invitada.
Y quise ser rosario, ponerme en esas manos que respiraban piedad, y sentirme bañado por esa luz que ya dudaba si era del cielo o divina.
Llegaba el final, pero la luz no se marchaba.
Se quedó escuchando el débil eco, también anciano, de las letanías, que atravesaban el viejo cristal para perderse por el mundo y bañarlo con su luz, la de la gracia.
Murió el eco de la última oración.
Sus dedos se entreabrieron como si la rugosa tierra abriera sus carnes, y dejó ese rosario durmiendo sobre la mesa de madera, a la espera de que lo volvieran a despertar esas ancianas manos y la joven luz.
De allí nos fuimos todos: la anciana, la luz y yo.
Bueno, no del todo, porque allí, acompañando en su sueño al rosario, se quedó una parte de mi alma.
Por eso ahora puedo contar y revivir ese momento en el que unas rugosas manos, un rosario, la fe y una joven luz llenaron de belleza un simple momento.
Y esa belleza no es recuerdo, es huella que ha quedado en mi alma, de la que una parte duerme junto a ese rosario, que espera lo despierten la joven luz y unas manos ancianas.

FIN

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