miércoles, 31 de diciembre de 2014


VIEJAS OLAS y NUEVOS MARES 


Las olas la lamían con sus puntas  de agua, tímidamente, pues apenas se atrevían a despertar a esa perezosa arena que aún dormía en la playa.
Ya empezaba a lucir ese brillo con el que el sol la bautiza con los primeros rayos del alba, como si la cubriera una capa de oro en polvo.
Frente a ella, esa misma luz dejaba sus chispas sobre las frías aguas del mar salpicándolo de destellos de vida.
Ese mágico  intercambio de brillo y luces entre el mar y la arena, era el protocolario saludo de cada mañana.
Pero esa mañana, las olas no saltaban, como siempre lo hacían; no alzaban sus brazos al aire para luego dejarlos caer, creando esa balsa de espuma y ese eco eterno.
Su caminar era lento, triste, parecían resignadas a su fin, cuando antes morían alegres en la playa.
¿Qué os sucede, olas, que vuestro andar va dejando en el mar un sabor a procesión cuando siempre fuisteis romería?
¿Por qué vuestros brazos de agua parecen rendirse y no se alzan triunfantes dejando ese grito de victoria?
¿Quién dejó en vuestras espaldas tal pena, o quién os hirió de muerte, para que ni el alba, con su luz, sea suficiente para despertar vuestra alegría?
Y las olas suspiraban, inundando aire y tierra, de agonizantes gemidos.
Hasta que una, experimentada y curtida en las travesías marinas, que conocía cada gota de ese mar como si hubieran nacido de ella, tomó la palabra:
Somos las últimas de esta travesía que empezó hace un año.
Hoy nos borran del mar porque nacen otras nuevas; ya no besaremos la playa, ya no sentiremos al alba dejándonos su beso de luz; ya quedaron atrás, y no volverán, esos peces que irrumpían en el aire cuando advertían  nuestro paso, y  hoy oiremos por última vez el saludo de las gaviotas cuando ya besábamos nuestro puerto.
Hoy se acaba el año; hoy moriremos, sepultando, en esa arena que espera, nuestro último aliento y aquellos pensamientos que robamos a quienes nos buscaron para dejar sus lamentos y consuelos.
Hoy enterraremos todo lo  vivido hasta ahora, y esos días a los que ya damos la espalda, serán fósiles que duerman bajo ese polvo áureo que nos espera.
Hoy, ya todo será pasado.”
Pero ese mismo cielo que las compadecía por su próximo fin, abrió los brazos para obrar un milagro.
Según iban sonando las moribundas palabras de la agonizante ola, el sol pareció acelerar su paso y, vistiéndose con el cárdeno traje que anuncia el ocaso, acompañó a las olas para, juntos, morir en la misma arena.
¡No era posible tan corta vida!
Y no, no fue posible.
En ese mismo instante en que sol y olas se inmolaban en el umbral del año, por ese mismo horizonte donde, un día, ya hace un año,  sol y olas asomaron, nacía un nuevo sol, y una franja de plata y espuma anunciaba el relevo de las olas que morían.
 La arena recuperó su áureo brillo; en el mar no se dibujaban destellos porque todo él era luz; y el cielo, el aire, la tierra, ¡nosotros!, nos sentimos cautivos de esas nuevas olas, de ese nuevo año, que bautizarán de ilusión nuestros deseos.
Que así sea y  Dios lo quiera.
¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz 2015!

FIN

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