jueves, 31 de diciembre de 2015

FELIZ AÑO


Hoy es ese día en el que balances y esperanzas se funden en el umbral del año que muere y del que nace.
Tal vez una furtiva mirada busque ese tiempo que no ha de volver, y con ella huya el alma recordando esas mieles y hieles que tuvo que saborear.
Pero hoy, por encima de nostalgias, de alegrías pasadas o deudas sin saldar, el corazón late, esperanzado, soñando en lo que está por llegar.
Y no son vagos y fáciles sentimientos; no es una mirada ni sueños de poeta; son esas necesidades, pues la esperanza es necesidad, las que aprietan en el alma y nos invitan a esperar, a este nuevo año, con una sonrisa en el alma, en el corazón una ilusión, y la vida, sí la vida, en manos de Dios.


¡FELIZ AÑO NUEVO!

Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 28 de diciembre de 2015

HISTORIA DE UNA LÁGRIMA


Desde que  los crearon, sus sentimientos se flecharon y, desde entonces, se buscaban sin hallar ese momento porque la caprichosa naturaleza los hizo incompatibles.
Ella era nube, tan blanca que fue fruto de una noche en la que la luna y la nieve se entregaron.
Él era viento, poderoso brazo que ahuyenta a los débiles que encuentra a su paso aunque él no quiera, y, ¡ay!, ahí radicaba su desgracia.
Ella era volátil, como una pluma de nácar suspensa en el cielo; tan frágil y delicada que solo resistía el embate de la mirada. Bastaba que un leve suspiro la rozara, para que su cuerpo se transformara en alas que huyen por esos caminos del cielo.
Él era pasión. Su voz eran arrebatos que estremecían, columnas que abrían paso por donde pisaba. Era el volcán del cielo, incapaz de controlar su desatado amor, un amor que destruía, sin querer, lo amado.
Se sentía impotente porque su propia naturaleza era la causa de que su blanca  nube huyera.
Cuanto más corría por tenerla cerca, más la alejaba, más impulsaba a esa frágil nube, quien no podía evitar que la desgracia se dibujara en su mirada al ver como el esfuerzo de su amado por tenerla evitaba ese sueño que ambos compartían.
Era una continua y desesperada búsqueda en la que el consuelo de saber que se amaban no satisfacía las heridas que dejaba la imposibilidad de tenerse.
Solo les quedaba la resignación, pero ¿puede llamarse amor a un sentimiento herido por lo imposible?
Fue entonces cuando nube y viento encontraron la solución a sus desesperadas vidas, pero esa vía exigía un sacrificio; mejor dicho, aunque exigiera un sacrificio.
Ella, por su blanca textura, infundía alegría y siempre sería virgen de lluvia. Nunca sería como sus oscuras hermanas, cargadas de lágrimas, que riegan la tierra de melancolía o nostalgia.
Sin embargo, ellas resistían la poderosa voz del viento. Ese volcán de amor las respetaba y dejaba que inundaran la tierra de lágrimas, lágrimas que no eran fruto del capricho sino de un secreto motivo.
Ella se desnudó de su blanca inocencia, renunció a su inmaculada piel y se vistió con el luto de las nubes para sentirle cerca. Fue la primera vez que sintió en su vientre el peso de las lágrimas, eso que llamamos lluvia, y la primera que sintió el roce de su amado viento sin saborear la huida.
Tan ansiado era ese momento que lo inmortalizaron.
Ella dejó caer lentamente una de esas alegres lágrimas que revoloteaban en su vientre hasta que besaran la tierra, tierra que tomó forma de labios para recibirla, pero el viento, antes de que rozara el suelo, la tomó entre sus etéreos brazos para siempre.
Desde entonces, viento y lágrima viajan juntos; desde ese instante, la hija de la luna y la nieve viaja junto al volcán del cielo.
Por ello, si alguna vez el viento te sugiere un gemido, piensa que es la voz de esa feliz nube que se vistió de lágrima, de lluvia, para encontrar a su amado.
¿Quién puede negar que no hemos sido, alguna vez, viento o nube?
¿Quién puede jurar que no nos hemos vestido , alguna vez, de lágrima para amar y ser amados?


Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 26 de diciembre de 2015

CORAZONES EN EL CIELO


Hubo  un tiempo en el que los ecos del silencio reinaban en la tierra; hirientes  silencios que añoraban una palabra, pues no bastaba la muda y embriagadora voz de la luna para curar las heridas que esa ausencia dejaba.
Bastó que un solo corazón guardara un pequeño resentimiento, que un alma se hallara inquieta, para que el mundo rompiera su armonía y su alegría se desvaneciera como luz entre la niebla.
Le resultaba imposible esbozar una sincera sonrisa cuando uno de sus hijos temblaba ante la desgracia o respiraba esa inquietud que deja el lado oscuro del ser humano.
Si la solución a ese doloroso mutismo era que nadie sufriera, que nadie sintiera una herida en su vida, ¿era posible romper ese maleficio que enmudecía a la tierra?
Era inevitable borrar los rastros del dolor que dejaba la vida, pero también, a esa vida, le resultó imposible acabar con esos sueños inocentes en los que no cabe el mal y que son capaces de retar a la evidencia.
Una niña que no alcanzaba a comprender las causas de ese silencio y en cuya mente solo cabían felices pensamientos, abrió sus manos como pidiendo una explicación a la vez que ofrecía, en ellas, lo que su alma guardaba.
Y de esas manos nacieron infinidad de pequeños corazones, vírgenes y translúcidos, que se extendieron por el mundo.
Cada corazón que nacía de su mano era un beso que nacía de su alma.
Llenó  la tierra de deseos, tiñó el cielo de rojo carmesí y el eco del viento se transformó en un eterno latido que dejaba los sentimientos de esa niña en cada rincón de la tierra.
Y aunque esos labios amordazados por el silencio no pudieran impulsar a esos corazones, aunque sus labios le negaran cualquier beso o palabra, seguirían naciendo corazones de esas manos porque nunca muere lo que nace del alma, de esas entrañas a donde no llegan las heridas del silencio y todo es eterno.
Así, de esta manera, murió ese hiriente silencio, derrotado por un infantil corazón en el que los buenos deseos ahogaban las miserias; en el que las heridas pesaban menos que las sonrisas.
Venció ese mundo en el que la muda y embriagadora voz de la luna, una sola alma limpia, era capaz de despertar la ilusión y la belleza en esos corazones que temblaban ante la desgracia o respiraban inquietud.

Bastó un níveo sentimiento para limpiar de sombras y pesares ese mustio paño que cubría a la tierra.

Abel De Miguel Sáenz
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jueves, 24 de diciembre de 2015

NOCHEBUENA


Y hoy la noche hizo, de su habitual silencio, oración
 y cubrió su misterio con otro mayor.

Hoy, Dios asumió la mortal carne, se hizo niño 
robó, a los mortales corazones, las penas, para 

infundirles ilusiones, divinas ilusiones que jamás osaron soñar.

Déjame, Niño, que hoy mi alma acompañe tu silencio; 
que se asome a tu cuna de paja para darte un 
espiritual beso.

Perdona si una de mis lágrimas te despiertan, pero no 
he podido evitarlas, pues jamás mi corazón vio a Dios 
tan cerca.

Hoy son alma y corazón quienes toman la palabra, 
quienes dejan en los labios y pechos de José y María 
esos pensamientos vestidos de cielo que nacen al 
verte hecho niño.

Ojalá sientas, mientras duermes, el calor de esa 
lágrima, la caricia de mi alma y la cercanía de mi 
corazón: es todo lo que tengo.

Gracias, Niño Jesús, por hacernos sentir, hoy, el 
cielo tan cerca.

Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 23 de diciembre de 2015

CITA CON EL MAR


Cae la tarde y esos labios de arena que custodian al mar, se llenan de silencio.
Desiertos, duermen arropados por el aliento de su amante y así, solitarios, esperarán una nueva tarde para que se repita la misma historia.
Es en esos momentos, en los que el mar y la tierra se encuentran y respiran intimidad, cuando el celestino viento transforma las olas en recios castillos y las dota de voz, voz que convoca a los corazones ansiosos de sentir el infinito.
Resuena en el cielo su estremecedora llamada y una sombra avanza sin hacerse esperar y se detiene en la orilla.
No has podido evitarlo.
Has sentido que esa eternidad que gritaba en tu pecho encontró lo que le faltaba en el grito del mar.
Te has visto arrastrada por ese embrujo marino que te acompañó al nacer y al que nunca podrás olvidar.
El mar lo sabe, sabe de tu amor por él, y se viste de gala para esta cita de idilio.
En el primer cruce de miradas contemplas su piel azul decorada con breves destellos  por unos rayos furtivos que son pequeños besos de luz destinados a ti.
Vuestras pieles se erizan; las de él, al sentir tu mirada; la tuya, al sentir que tus entrañas se llenan de la suave brisa de su aroma.
Se pierden tus ojos bajo ese palio de nubes que enmarcan el horizonte y, allí, entre el azul del cielo y el azul del agua, vuelan tus sueños, dejas en el aire tus pensamientos  y se pierden tus secretos como se pierde, en la oscuridad, un beso de la luna.
Y sucede lo inevitable: de tu corazón huyen suspiros que se ahogan en el corazón azul del mar.
Él te dio la libertad; sus paisajes, vocación soñadora;  morirán los años, huirá el tiempo, y en las tardes llenas de silencio las olas seguirán besando esa orillas desde la que tú esperas.
Y el viento volverá a llamar, desde la atalaya de las olas, a los corazones ansiosos de infinito; y allí estará tu espíritu, anclado en sus fondos eternos, esperando esa cita de idilio a la que no te podrás negar, porque tu alma y corazón quedaron atados al mar desde el día en que nacieron.

Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 19 de diciembre de 2015

CISNE NEGRO


Un leve aire erizaba las aguas, el cielo las salpicaba de luz y sobre la laguna se dibujaba una cortina de tímidas olas en la que cada una era un pliegue de cristal.
¿Qué más se podía pedir para que ese paisaje formara parte de las estampas del Cielo?
Tal vez que surgiera un ángel y acariciara esa cristalina piel dejando sobre ella el destello de lo divino.
Si sucediera, esa laguna abandonaría la categoría del mundo para ser etérea, espiritual, mágica,…. divina.
Tal era la intensidad de ese deseo, tanta la ilusión dibujada en los ojos que la contemplaban, que las aguas se abrieron para dar paso al sueño.
El alba las maquillaba de luz, la laguna se adecentaba para recibir, bella y diáfana, el primer amor de la mañana, cuando un superior amante interrumpió ese beso entre la luz y el agua.
¡Oh Dios! Como si la noche se hubiera emplumado  para no faltar a esa cita, un cisne negro cruzó la laguna.
Su hermosura flotaba y  el alba sintió que el corazón se le apretaba, por lo que dejó escapar sus más bellos rayos para vestirlo de negro rubí.
Su lento paseo teñía de elegancia cuanto rozaba, infundía un sentimiento en el que belleza y paz se abrazaban y allá donde ese cisne negro dejaba su mirada, la piel de la laguna se estremecía.
El cristalino brillo que latía en el agua se volvió lágrimas y la propia brisa recitaba un verso cada vez que su lengua de aire rozaba su negro plumaje.
Según avanzaba, el cisne iba escribiendo un poema sobre esas aguas, poema que arrancaba suspiros al amanecer y enmudecía cualquier corazón que soñara.
En un momento dado todo ese milagro se hizo carne.
Como si el sueño se hubiera roto, como si hubiera abandonado el papel de fantasía, sentí que el húmedo brillo de las aguas eran lágrimas en mis ojos y que esa estremecida laguna era mi propia piel.
Y cuando aún creía ver ese eterno beso entre la luz y el agua, cuando aún recordaba al majestuoso cisne negro irrumpiendo en esa escena de amor, abrí los ojos y ya no vi un cisne; te vi a ti, envuelta en tus negros cabellos, bajando al encuentro de tu azul mirada, esa que dejaste, un día, en la laguna para que la besara una luz; y esa luz eran mis sueños, y esa laguna era yo.


Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 14 de diciembre de 2015

BESO DE PIEDRA


Tuviste que nacer un día en el que la mente que te inspiró tuviera sed de paz.
Por la fe que respiras, por el vuelco que, al contemplarte, sintió mi alma, tuvieron que ser los ángeles quienes te modelaron, y si fueron humanas  manos, tuvieron que limpiar primero su conciencia para que la piedra que te pariera fuera inmaculada.
Y así te ofreces: desnuda, muda y llena de silencios que hablan al alma.
Liberada de ornamentos que esclavizan bajo el yugo de la apariencia, ofreces limpios caminos por donde los ojos viajan hasta alcanzar la meta de la belleza con una simple mirada.”
Con estas encendidas palabras asediaba a la románica columna el barroco arco al que sustentaba.
Ella no estaba acostumbrada a que su desnudo tallo arrancara tales elogios, pero fue su transparencia la causa de que el arco se engalanara, de que se retorciera trazando arabescos que la deslumbraran, de que su piel la recorrieran mil confusos caminos hasta encontrar el que la llevara a ella.
Fue su humildad la que le removió el corazón y el alma; la que le estremeció hasta el punto de embellecerse con lo imposible para cautivarla.
Y el arco, como ese galán ensimismado que riega a su amada con adornadas palabras suponiendo que bastarán para traspasar su sencillo corazón, desató sus labios de piedra, desplegó sus hermosos brazos y rodeó con toda la flora que lo revestía a la inerme columna.
Pero como sucede en el amor, no vencen las estrategias sino la sinceridad.
Los dardos enamorados que nacían del arco eran artificiosos sentimientos, incapaces de hacer vibrar el nervio del amor que la femenina columna ocultaba; infructuosos intentos por ruborizarla, algo que solo conseguía el atardecer cuando dejaba sobre su desnudo pecho una cárdena luz.
El tiempo los cubrió con su mano de polvo y vieron cómo sus pieles se desgastaban y sus encantos adquirían el valor del recuerdo más que del presente.
El arco perdió la frescura mientras la columna, siempre desnuda, sin nada que perder, añadió a su austera belleza el valor del tiempo.
Ahora, ese presuntuoso arco que pretendía que sus brazos tocaran el cielo, se había vuelto humano y esos mismos brazos languidecían como ramas de sauce hasta encontrarse con la tierra.
Se rompieron sus sueños de grandeza y quedó preso de  la melancolía..
La misteriosa mano del amor ha rozado mi nervio y mis ojos han despertado buscando a su dueño.
Nunca pensé que fueras tú, arco, el protagonista de ese sueño que albergué desde el día en que nací.
Lo que tus labios me ofrecieron cuando te coronaba el éxito eran huecas palabras que buscaban más tu propia admiración que mi amor, pero ahora, desnudo del elogio, tu mortal silencio te vuelve humano,  aprecias lo que no eres tú y te hace sentirte como yo.
Ahora te pido que acaricies mis sienes con tus  polvorientos, pero bellos, brazos; que me dejes perderme entre tus sinuosos caminos hasta encontrarte y fundirnos.
Siempre soñé que tus pensamientos me vieran como una necesidad y no como un capricho.”
Y desde ese instante en el que el tiempo abortó la vanagloria y parió la humildad, arco y columna, columna y arco, sellaron sus labios en un eterno beso de piedra.

Tal vez el tiempo los destruiría, pero cuando la muerte los llamara morirían juntos dejando en la tierra ese beso de piedra.

Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 12 de diciembre de 2015

UNA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL


Siempre he imaginado el año como un camino dividido en pequeños tramos que esconden sus reliquias.
Al recorrerlo, cruzas los alegres respirares de la primavera, sientes cómo la vida te roza con las luces del verano, el pecho enmudece entre suspiros con el poético otoño y, al llegar al invierno, la naturaleza y los sentimientos se desnudan para dar voz al alma.
Allí, escondida bajo un frío manto, espera la Navidad, esa meta del año soñada por alma y corazón cuando empiezan su camino.
En la Navidad, se olvida todo aquello que esconda una sombra, se dilata el corazón y los ojos, iluminados, tiñen de infinito las ilusiones.
Hay etapas en las que, de manera natural, el cuerpo revela sus complejas emociones:
Suspiros ante el tenue roce de la brisa; una sonrisa ante el guiño coloreado de la naturaleza, o lágrimas cuando la noche, el frío y el silencio cierran filas.
Y en este proceso de sentimientos, unas las luces al final de ese túnel que cruza el año me revelan que los mejores sentimientos quedaban por nacer.
En Navidad, siento que el cielo ha abierto su mano y derrama colores e ilusiones, invisibles emociones que alimentan alma y corazón, que me ayudan a ver el rostro alegre de la vida, que desnudan los sentimientos pasajeros para vestirlos de eternidad.

Sí. Para mí, la Navidad es ese pequeño pesebre que cada pecho esconde; a veces polvoriento por el poco uso que de él hacemos, en el que nuestras más preciadas emociones ven la luz.

Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 7 de diciembre de 2015

SOÑÓ QUE ERA NIEVE


Apenas había levantado el vuelo, apenas había  nacido, cuando la nieve vistió al cielo de núbil esposa ataviada con su túnica blanca.
Desde la tierra, una joven, hechizada por esos sentimientos que cierran las puertas al dolor y se las abre a la esperanza, suspiraba por formar parte de esas celestes nupcias.
Le parecía tan maravilloso como lejano, por lo que se contentó con ser uno de esos copos impulsados por el enamoradizo viento; que sus pensamientos surcaran en alegre vuelo ese envidiado cielo; que pudiera, aunque fuera en sueños, adentrarse en sus pequeñas almas y ver cómo eran por dentro.
Y en este afán de ser nieve, cenicientos pensamientos asaltaron su virgen memoria y blanquearon sus ilusiones hasta el punto de sentir, sin saber por cuánto tiempo, que sus desnudos pies pisaban una fría alfombra de nácar que la conducía a esas divinas bóvedas. 
Por un fugaz instante, fue copo; por un suspiro, nieve; por un latido se sintió novia, y cerró los ojos sin saber, sin importarle, si sus desnudos pies rozaban la tierra. Solo sabía que estaba saboreando sus vírgenes sueños.
Así permaneció, abstraída, flotante y espiritual, dejando que esa nieve, que se había adentrado en su alma, se transformara en dulce hoguera en la que ardieran sus felices pensamientos.
Fue un duelo, entre su corazón y la nieve, por ver quién era capaz de engendrar más ilusiones, de satisfacer el apetito de un corazón hambriento.
Inevitablemente, era una lucha sin fin, pues así como los sueños nacen de otros sueños, el amor es madre de otros amores.
Y llegó el momento en el que volvió a abrir los ojos con el único deseo de satisfacer la mirada con ese baile nupcial entre la nieve, el viento y el cielo.
El baile había finalizado y, a sus pies, yacían esos copos que llamaron a las puertas de su pecho para brindarle la esperanza.
Murieron besándola, se dejaron la vida, pero en el alma de esa joven grabaron para siempre unos vírgenes sueños que fueron la hoguera y el calor de su vida.

Se sintió amante y amada porque cerró los ojos y... soñó que era nieve.

Abel De Miguel Sáenz
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jueves, 3 de diciembre de 2015

LENTAMENTE


Si un día la vida te dejó sin aliento porque sentiste que tu pecho  era incapaz de  abarcar ese torrente de emociones que nacieron al recibir el primer beso, si pensaste que tus sueños se quedaron cortos cuando  viviste ese nuevo, si tuviste la fortuna de sorber, aunque fuera por segundos, esas aguas de la vida que curan corazón y alma, tienes el privilegio de formar parte de ese racimo de elegidos que saborearon, aunque fuera por segundos, el plácido manjar de la felicidad.
Sean recuerdos o presente, cruzan a cámara lenta el alma y se deslizan, sigilosos, como esa lágrima callada que nace cuando el silencio de lo amado aprieta, o como esa gota de agua, hija del rocío, que nunca quisiera abandonar esa hoja a la que amó durante la noche.
Así, suavemente, esa brasa del pasado o esa hoguera del presente recorre nuestra alma, aviva sus sueños y le venda los ojos para que no vea cómo cruzan sobre ella las sombras del paso del tiempo.
Seguro que has vivido o soñado ese instante en el que de sus labios nacían palabras que se vestían de flechas y rasgaban el aire que os separaba.
Al principio, el aparente y débil  muro de la incertidumbre hizo que vuestros ojos se esquivaran, pero en esos mismos ojos latía un suspiro, un deseo: que un pensamiento se cruzara entre ellos y esas miradas huidizas se encontraran.
No importa que el silbido de esa flecha sea un lejano eco que sobrevive a fuerza de recordarlo.
Solo vale que esa suave mano te acaricie y no se aparte de la piel de tu alma; que su tacto sea tan lento y delicado que convierta esos reservados momentos en eternos.

Deja sobre la colina de tu vida todos esos sentimientos que te hirieron o resucitaron, y abandónalos al suave aliento del aire de los recuerdos. Sentirás, sin darte cuenta o sin quererlo, cómo aquellos que te dieron la vida recorren lentamente las colinas de tu alma, como si fueran gotas de rocío que se resisten a abandonar a aquellas hojas que, durante la noche, amaron.

Abel De Miguel Sáenz
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domingo, 29 de noviembre de 2015

SIEMPRE ESTARÁ AHÍ


“Jamás  pensé que una palabra fuera capaz de agrietar este muro forjado por las  soledades.
Nunca  creí que un suspiro pudiera llenar de vida esta vacía burbuja en la que late un moribundo corazón.
 ¡Quién pudiera imaginar que una mirada bastara para resucitar esas voces que murieron apenas nacer!”
Estas eran las reflexiones de dos amantes distanciados, solitarios en sus pensamientos, pero unidos en el deseo sin ellos imaginarlo.
Construyeron un mundo en el que solo vivían ellos; cimentaron sus vidas sobre pilares de ilusiones tangibles; rasgaron las sombras que un tiempo, aun no vivido, les ofrecía; y se abandonaron, ciegos de amor, en los brazos del presente como si ya hubieran llegado a la meta de la felicidad.
Pero la incomprensión fue sembrando su cizaña entre las poderosas raíces que los sustentaban.
El olvido fue podando las  ramas de sus brazos, aquellos que continuamente se buscaban, hasta llegar a vivir solos.
Los deseos perdieron la razón y quisieron lo prohibido olvidándose de que, desde el instante en que esos amantes se miraron, ya habían quedado saciados.
Los sentimientos se rebelaron y crearon un nuevo mundo de ficticios colores.
Surgieron esas sombras que sigilosamente van erosionando la luz hasta apagarla, y se vistieron de nuevas y más agradables ilusiones que escondían su vacío.
Se quebró el amor real y nació el aparente.
Pero, en el nuevo, todo fueron fuegos de artificio, suspiros acelerados, corazones cuyas vidas se limitaban a un latido y después morían.
Sin darse cuenta, uno de esos amantes, o los dos, se suicidaron al renunciar al verdadero amor que la vida les había reservado y cambiarlo por otro ficticio.
Inevitablemente, los nuevos sueños caducaron porque nacieron muertos aunque se disfrazaran de vida; por el contrario, los verdaderos seguían vivos aunque parecieran muertos.
Y llegado a este punto es cuando surgieron esas iniciales reflexiones que invitaban a añorar ese tiempo en el que nació lo eterno.
Tal vez no se den cuenta de que ese supuesto idilio es un teatro donde la alegría, la felicidad y el placer  interpretan el papel del amor, pero, como toda ficción, llegará el día en el que caiga el telón y se queden a solas entre la oscuridad de esos bastidores vacíos que deja la fantasía.
Bueno, a solas no; siempre quedará esa inmortal luz que nació con el verdadero amor.
Sí, aunque no la oiga, siempre sonará esa voz, capaz de agrietar su muro forjado de soledades.
Aunque no lo sienta, siempre soplará ese suspiro, capaz de llenar la vacía burbuja en la que late su moribundo corazón.

Y aunque la haya vendado, siempre estará ahí esa mirada, dispuesta a resucitar las voces que un día le dijeron: “Te amo.”

Abel De Miguel Sáenz
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jueves, 26 de noviembre de 2015

LO ACABARAS VIENDO



¿Dónde fueron tus ilusiones?

Tu mirada también se lo pregunta mientras las busca porque, en el fondo, no han muerto en tu pequeño corazón.

Busquémoslas juntos, que la única diferencia entre nosotros es que las tuyas son recién perdidas y las mías lo hicieron hace mucho.

Es cierto que tu lamento no es por lo que has perdido sino por lo que nunca has tenido.

En eso te puedo ayudar: recrear, en medio de tu oscuro mundo, luces que vi y que aún recuerdo.

Déjame que pinte en el lienzo de tu triste mirada el arco iris de esos sueños que buscas.

Déjame que cure tus heridas con las pinceladas de la ilusión.

Ya sé que las ilusiones son etéreos alimentos, tan intensas como fugaces; que no bastan para cerrar tu herida, pero sí puedo grabar en oro un luminoso relámpago en tu mirada. Tal vez sea, para ti, un maravilloso recuerdo de algo que puede que no vivas.

Mejor aún, déjame que cree unas nuevas, capaces de barnizar el desengaño de tu rostro y maquillarlo de sonrisas. Así, solo así, compartiremos esos sueños que tú aún no has visto y que yo di por perdidos.

Levantemos un muro de fuego en el centro de esa laguna de lágrimas que inunda tu alma.

Luchemos contra la tristeza, con las armas de tu infancia y mi imaginación. Borremos las borrascas que te ofrece la vida con los apasionantes deseos vestidos de luz.

Para ti será un juego; para mí, una obligación; la obligación de que, por un instante, se te olvide el dolor de esas espinas y aprecies el aroma de la flor.

Sé que no será bastante para sacarte de ese infierno que presagia tu mirada, pero puede que sea suficiente para sembrar, en tu pequeño corazón, la semilla de una ilusión por la que vivir.

Las ilusiones son las voces bonitas de los deseos; los deseos nacen del hambre del corazón; y si ese corazón es el de un niño, se convierten en órdenes a las que la vida no se puede negar.

Sí, soñemos juntos con ese mundo de luces y colores.

Si esta vida te lo niega es porque te espera en el cielo.

No te preocupes porque lo acabaras viendo.

Abel De Miguel Sáenz
fraguadeversos.blogspot.com

martes, 24 de noviembre de 2015

BOSQUEJOS DE LUZ


Se refugió entre los bosquejos de claridad que dejaba la noche y compartió, con ellos, su propia luz.
Alma y luna  apenas eran una tímida vela rendida a esos oscuros brazos, pero entre ambas se sintieron fuertes para liberar sus silenciosos secretos.
Una mirada fría y desocupada solo se detendría en las espesas sombras que las rodeaban; solo acertaría a imaginar las garras del asfixiante viento ahogando a la noche, pero a ellas las ignoraría.
A simple vista eran tan parecidos esos mundos que uno de ellos pasaba desapercibido; sin embargo, eran tan distintos.
En ambos, alma y luna frente a la noche, reinaba el silencio, los dos compartían la soledad, y todos respiraban oscuridad.
En ese minúsculo espacio en el que alma y luna respiraban, en el que pareciera que, por olvidado, nadie lo visitaría, el silencio era oración; la soledad, amistad con lo divino;  y la oscuridad, recogimiento.
Frente a ellas, la noche desplegaba su negro abanico ofreciendo su misterioso seno a quienes gustaran de lo desconocido.
Y era tan fuerte su atractivo que hubo quienes se atrevieron a adentrarse en ese inquietante mundo ignorando que el silencio era ausencia; la soledad, angustia; y la oscuridad, incertidumbre.
La curiosidad se trocó en intenso frío que aniquilaba los bellos sentimientos y despertaba los que nunca quisiéramos ver vivos.
Los ojos no se recreaban, sino que buscaban dónde estaría el peligro.
La tensión ocupó el lugar del aire y solo se la respiraba a ella.
¿Dónde estaba ese encanto con el que la noche se maquilló para seducirlos?
Se sintieron atraídos por la oscuridad despreciando esa tibia luminaria que alma y luna conformaban en el vientre de la noche; pero fue esa pequeña luz quien les devolvió la ilusión por la vida.
Acabaron encontrando lo que no buscaban.
¿Y no es así, también, en el amor?
Podrá ocultarnos su rostro, pero siempre hallaremos refugio en esos bosquejos que sobreviven; nos agarraremos a los débiles hilos que sobreviven en el corazón y que nos recuerdan que un día amamos y que podemos volver a hacerlo.
Y aunque sus tristes voces nos arrastren a un  “placentero” dolor con el que nos compadecemos y lamemos nuestras heridas, siempre existirán, en esa noche del corazón,  un amor y un recuerdo, un alma y una luna,  que, silenciosos y ocultos, nos recuerden que un día nacieron en nuestra alma para darnos la vida.

Abel De Miguel Sáenz
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domingo, 22 de noviembre de 2015

CRISTO, REY DEL UNIVERSO


Si las almas rasgaran el corpóreo velo que las cubre quedarían al descubierto esas potestades que las gobiernan.
Tal vez asomen ficticias fuerzas sujetando las riendas de sus vidas, pero todas ellas serían fugitivas sombras cuando atisbaran al Señor que las consiente y domina.
No hay poder ni majestad que sostenga su mirada.
Cualquier sueño que osara usurparle el trono sería una simple quimera.
Cristo eligió un día, hoy, en el que los vientos y las aguas se humillen ante el simple eco de su nombre y los mortales se sientan felices siervos de tan gran señor.
Hoy es ese momento en el que ese mundo que nació de su palabra, recuerda que vino de la nada y que Él le dio vida.
Y quienes sientan que el trono de sus almas lo ocupan tristes sombras de poder, usurpadoras del de Cristo, o lo encuentren vacío, dejen que su mirada, envuelta en el silencio, se pierda por los caminos de la Naturaleza, por las oscuras sendas de la noche delimitadas por las estrellas, o que saboree todas esas obras que dejan un poso de felicidad.
Que siga la estela de esos caminos y descubrirá, en sus raíces, en sus almas, que la fuente de esa dicha arranca de un trono en el que no caben sueños imposibles ni ficticias fuerzas: solo Cristo Rey del Universo.

Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 18 de noviembre de 2015

ETÉREOS Y REALES


Este momento que la vida nos reserva, mi alma lo convierte en elegido junto a aquel en el que te juré mi amor y te entregué mi vida.
Aquí y ahora, al cobijo de esta noche, quiero decirte que te quiero; y lo hago porque quiero que en cualquier rincón del mundo donde nuestras manos y miradas se crucen o lo hayan hecho,  quede el sello de este momento en el que basta con mirarnos para saber que nos amamos.
Sean el hoy y el ahora una excusa para que nuestros corazones claven en ella una pica más de nuestro amor.
Sí, ya sé que la entrega más apreciada es la silenciosa, pero también es bonito vestirla de palabras. Necesito que la noche oiga esas voces calladas que hablan en mi alma.
Quiero, lo deseo, que este momento se convierta en uno de esos que, al recordarlos, nos dibuje una sonrisa mientras nuestros ojos se buscan diciendo, en silencio, que se aman.
Y mientras esta blanda música desciende por las laderas de nuestros labios y atraviesa  nuestros pechos hasta morir en los corazones, esperamos, como noche que espera a la luna, que pase el tiempo y regalamos nuestros pensamientos a esas cristalinas aguas en cuyo fondo duermen nuestras almas.
Sentiremos que nuestros secretos están a salvo, pues si alguien se acerca ya se encargará el aire que nos rodea de hacer sonar su hueca voz.
Jamás nos ha fallado y así lo seguirá haciendo.
Vuelan los días con su racimo de doradas luces sobre la laguna de nuestros sueños regándolos de paz.
Seamos felices saboreando estos manjares, como el amor y el silencio, en nuestra intimidad.
Hagamos de ellos un paseo en el que, cogidos de la mano, nos transformamos en espíritus amantes que respiran sueños y son felices solo con soñarlos.
Y según escribo, pienso que todos estos pensamientos igualan en felicidad a los hechos.

Vivimos en un mundo tan onírico como inmaculado; tan cristalino como las aguas de esa laguna que forman nuestros pechos, en los que duermen nuestros sueños reales y etéreos.

Abel De Miguel Sáenz
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miércoles, 11 de noviembre de 2015

AMOR SIN LUZ


Tuvimos en nuestras manos el  tiempo, aquel que parecía eterno cuando nuestros ojos se buscaban con el único sueño de encontrarse.
Segundos que se convertían en palomas mensajeras que no daban abasto con esos mensajes que nacían de nuestras miradas.
Nunca el silencio se sintió tan feliz como en esos momentos.
Nunca la palabra deseó tanto ser prisionera.
Jamás el aire paró su curso, salvo ese instante en que se frenó para no cruzar el camino que habían trazado nuestras almas.
 Todo era mudo, pero, ¡quién lo diría!, en ese silencio se escucharon mis escondidos pensamientos, aquellos que llevaban grabado tu nombre; flotaban los suspiros que nacieron cuando te sentía lejos; podíamos volver a leer, en los ojos del otro, cada una de esas cartas, escritas para saciar la ansiedad por no tenernos.
Se respiraba tanta plenitud, se abarcaban tantos sentimientos, que alba y crepúsculo, lágrimas y rocío, primavera e invierno, cada una de esas bellezas, cabían en nuestras fugaces miradas vestidas de amorosas flechas.
Y ahora que lo recuerdo y tantas veces lo hemos vivido, puedo asegurar que si me robaran la mirada seguiría sintiendo lo mismo.
Porque la vista solo pone forma a esos sentimientos que aprietan nuestros pechos, pero no los crea.
Solo el robo del alma o la muerte del corazón son razones para que no sienta.
Así que si alguna vez, ciegos, nos volvemos a “mirar”, sentiríamos cómo el aire detiene su curso,  cómo los suspiros quedan en suspenso, o como la palabra se muerde los labios para ser dulce prisionera del silencio.
¡Ah!, y aquellas cartas que un día saciaron nuestra angustia, no te preocupes, ya oiremos el eco del invisible amor cuando nos las lea.
No te importe que se ciegue la fuente que viste de formas y colores nuestros sentimientos.
A oscuras también encontraremos esa luz que nos alimenta; seguirá vivo ese tiempo que tuvimos en nuestras manos, ese que parecía eterno cuando nuestros ojos, los del alma, se buscaron con el único sueño de encontrarse.
Siempre nos amaremos porque son los sentimientos que nacen de alma y corazón los que permiten que, aun ciegos,  nos sigamos queriendo como si nos estuviéramos viendo.


Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 9 de noviembre de 2015

DÉBIL, PERO VIVA


Era una mañana más de un otoño cualquiera.
Las aceras estaban inundadas de esas hojas que cantaron su réquiem cuando una impetuosa lluvia les arrancó su última esperanza de vida, y en el aire flotaba la maravillosa magia de la humedad, capaz de envolver el presente de tiempos y paisajes ignorados y soñados.
La noticia no era verlas en el suelo sino que quedara alguna pendiendo de una rama, brazo suspirante que en cada gemido las perdía.
Por eso me detuve ante una que luchaba por aferrarse a ese árbol madre, ante una que prefería ser campana, oscilante al son del viento, antes que besar la tierra  y saborear el frío suelo.
Al contemplar esa desigual batalla entre su sueño de permanecer atada y su irremediable destino, sentí reverdecer viejas luchas, escuchar una apagada voz que recordaba esas palabras que me hicieron soñar y aquellas que me robaron el sueño.
Me era tan familiar esa hoja que se debatía entre el deseo de un hogar y el destierro, que reviví esos momentos en los que el corazón luchaba contra sí mismo.
Cuando parecía que sus fuerzas se rendían y que esa rama madre no podía hacer más por sostenerla, sacaba, del vacío, un suspiro de fuerza que la mantenía con vida.
El aroma a tierra mojada me sedujo y me invitó a perderme por esas calles que destilaban paz, envueltas en aires de cuento, y allí la dejé, en su perdida batalla, en su loable lucha.
La mirada se dispersaba por esas calles y árboles que aún rezumaban el fresco aliento del beso que les dio la lluvia.
Aún podía sentir ese recién instante en el que se amaron.
Creí haberla olvidado, pero el frágil devaneo de esa hoja luchadora me acompañaba y la veía en cada signo que el cielo dejaba esa mañana en la que todo invitaba a un contemplativo pensamiento.
No fue mi propósito, pero era evidente que, esa mañana, el cielo y mi corazón se habían confabulado para que respirara su hechizo.
Regresé al ritmo de unos pasos que no buscaban más destino que el de embriagarme de esa otoñal mañana, y porque nada buscaba, volví a encontrarla. Allí estaba, a punto de ceder su vida.
No soportando esa angustia, que resucitaba la mía, decidí robarla aunque con ello le quitara su imposible sueño de permanecer abrazada a su amada rama
La guardé en el pecho, pegada al corazón, para que ambos compartieran y se consolaran.
Y hoy sigue viviendo,  en un vaso de cristal, a los pies de una ventana, para que siga viendo esa luz que cada día la besaba.

Solo me quedaba ponerle nombre y la llamé  “Alma”.

Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 7 de noviembre de 2015

LO QUE SIEMPRE SERÁS


Te recuerdo siendo niña, cuando tus ojos sugerían vida y tus labios eran fuente de sonrisas.
Te he visto crecer y cómo se mudaban tus infantiles emociones en sueños que sobrecogían tu pecho.
He notado que ese mundo de hadas y cielos de colores se volvía grave y pensativo cuando “él” cruzaba tu pensamiento.
Has ido recorriendo las etapas de la vida, subiendo sus peldaños, hasta llegar a este momento en el que, radiante y bella, te sientes en la cima.
Me basta mirarte para saber que te has hecho mujer.
Lo sé porque en tus ojos se dibujan secretos que hablan de amor.
Lo sé porque tus palabras arrastran solapadamente otro nombre y suspiras cuando  contemplas a dos enamorados.
No te has convertido en mujer porque tu cuerpo haya roto la barrera de la infancia y quien te veía como dulce niña ahora te crea sirena.
Eres mujer porque en tu corazón han prendido las llamas de ese fuego que pide amar y ser amada, y ese sentimiento solo está reservado para quien puede mirar de frente a la vida, dispuesto a aceptar los retos del amor.
Cuando eras niña, querías; al crecer, deseabas; ahora, que eres mujer, amas.
Y cada recuerdo tuyo me despierta una alegría porque aunque los años te hayan ido cambiando el ropaje, bajo él siempre ha latido y latirá la misma alma; aquella que se prestaba y prestará a regalar una dulce sonrisa cada vez que se abra la fuente de tus labios, o esa misma que esboza una alegre estampa cuando tus ojos, de mujer o niña, pinten el arco iris allá donde se pierda tu mirada.
Poco importa lo que has ido perdiendo cuando veo lo que la vida, a cambio, te ha regalado.
Ya solo queda que, desde tu radiante cima, sigas sembrando de luz esos caminos que se crucen con los tuyos.
Permíteme que te siga viendo niña y pronuncie tu nombre como si lo fueras. Solo así podré comprender que en tu cuerpo sigue vivo ese corazón que, un día, soñó y ahora, como mujer, ama.


Abel De Miguel Sáenz
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lunes, 2 de noviembre de 2015

PUNTO DE ENCUENTRO


Me he prestado a que descubras en mis ojos ese supuesto secreto que crees que encierro, y te he ofrecido mi alma, desnuda de sueños, para que tú mismo descubras lo que por ti siento.”
Estas palabras de la luna ruborizaron al sol, quien había dudado de la fidelidad de la dama de la noche, y, avergonzado,  dejó caer unos fúlgidos rayos sobre el horizonte, allá donde los mortales ojos no ven, sino que imaginan, para que dejaran el eterno recuerdo de que, un día, hirió a un amor.
Tal vez por eso, al contemplar un atardecer  participamos de su belleza y deseamos, a la vez,  que nuestra alma se esconda con ese sol herido, compartiendo su silencio.
Porque ¿quién no ha sentido en esos momentos el latigazo de una quietud que remueve el corazón, azota la conciencia y despierta al alma hasta llevarnos a etéreos pensamientos en los que se funden Dios, la vida y la persona amada?
Yo  sí lo he sentido, y he agradecido que, un día, el sol hiriera a la luna y dejara, en esos apasionados rayos, su pena y su vergüenza.
Me alegra que dejara esa estela de moribunda luz con la que envuelve la vergüenza de su corazón, porque quienes desconocen esa ofensa, solo ven belleza en esos rayos de luz.
Y tal vez Dios quiso que las heridas de la Naturaleza sean, para nosotros, causa de emociones que nos despiertan la vida.
Nunca pensé que una tarde lluviosa de un cielo herido me removiera el alma hasta el punto de ser feliz viendo cómo él lloraba.
Nunca imaginé que un agonizante cielo, víctima del frío, al vestir sus últimos suspiros con la blanca muerte de la nieve, fuera capaz de inundar de emociones mi pecho.
Pero no todo son contradicciones entre los sentimientos de la Tierra y los nuestros.
Hay momentos en los que la felicidad desborda los mortales pechos, inunda el aire de alegres latidos y la Naturaleza se contagia pariendo la primavera.
Las fuentes de las emociones y las raíces de los dolores serán distintas a las nuestras, pero cuando nos encontramos mueren las preguntas sobre quiénes las causan y, simplemente, las vivimos.
Y es que todo corazón que haya saboreado llantos o alegrías, siempre habrá encontrado en ese cielo o en esa tierra que también rieron y lloraron, un aliado de sus sentimientos.


Abel De Miguel Sáenz
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sábado, 31 de octubre de 2015

DIFUNTOS Y SANTOS

"El entierro del conde de Orgaz", El Greco

Hay días en los que el corazón queda preñado por el dolor del recuerdo, y el alma, por la felicidad de la esperanza.
Lágrimas y sonrisas conviven en esa universal tierra que son los sentimientos.
Es inevitable que en el “día de los difuntos”  la muerte avive los recuerdos de quienes compartieron nuestra vida y deje, en nuestro pecho, un jirón por cada uno de ellos.
¿Quién no sintió que su corazón se ahogaba al mismo tiempo que naufragaba la vida de quien quisiéramos que viviera?
¿Quién no ha dejado una lágrima, aunque sea oculta en el alma, al ver que se cerraban esos ojos con los que compartimos tantas miradas?
Nadie, porque amor y dolor son flores de la misma rama, y si sufrimos es porque amamos; y si amamos es que estamos dispuestos al sufrimiento.
Pero en ese último instante en el que la muerte parece definitiva, nos rebelamos ante ella y queremos seguir soñando con la vida.
 Tal vez por eso, alma y corazón saboreen la locura donde chocan los afectos y nada más apagarse  la última voz que ese ser  dejó en la tierra, asome, soñemos, con la primera palabra que dejo nada más pisar el  Cielo.
Llevemos al extremo ese sueño y sintamos que esa palabra fue nuestro nombre y que sus ojos, abiertos, nos buscaban  para intercambiar esa mirada que compartimos en la tierra.
Pero algo me dice que ese sueño es real, porque ¿quién no ha sentido una llama de felicidad cuando, al mirar al cielo, ha experimentado la alegría de saber que está vivo? 
Difuntos y santo, son como  esos días en los que la lluvia viste de lágrimas la tierra y ésta, espera pacientemente a que muera ese dolor para  vestirse  de arco iris y  demostrar que al final  siempre hay esperanza; que tras esa luctuosa máscara queda el feliz sueño de que nos esperan en el Cielo.

Abel De Miguel Sáenz
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