sábado, 31 de enero de 2015


BELLEZAS OCULTAS


Un  enjambre de bajas nubes seguía durmiendo sobre el campo aunque los primeros rayos de luz ya habían tocado la diana, ese instante en que la luna se retira y se inaugura el día.
Parecían reacias a despertarse y a abandonar el lecho sobre el que pasaron la noche y, la verdad, nada las podía reprochar, porque verlas todas juntas, durmiendo sobre ese colchón de hierba, era como si  una mujer quisiera ocultar sus verdes ojos tras un velo plateado igual de bello.
Parecía que la tierra había quedado bañada por un mar de gris espuma que, tarde o temprano, moriría; como si una fugaz y vaporosa estela la cruzara dejando, a su paso, una sonrisa en la mirada.
Una belleza pasajera, que moriría tarde o temprano, ocultaba otra, que humildemente escondía la suya bajo ese cielo que había aterrizado.
Las nubes se desgarrarían en jirones y tomarían la forma de almas que buscan ese cielo de donde vinieron tras dejar, en los mortales, un esbozo de lo eterno.
Bajaron a la tierra para hacer más presente su recuerdo, para que nuestros ojos contemplaran un espejismo de esas alturas que solo alcanzan, tras la muerte, los que han vencido y, cumplida su misión, nos abandonarían.
Pero ese tiempo que estuvieron entre nosotros, me permitió pasear entre ellas y me hicieron creer que paseaba por las interioridades del cielo.
Me detuve un tiempo observando ese velo plateado desde sus mismas entrañas.
Todo era espesura; la vista apenas discernía una sombra entre esa espesa malla que dejaba en la piel su rastro de humedad; pero el hecho de sentirme en el corazón del mismo cielo hacía que lo que no veían mis ojos lo sintiera mi alma.
La propia tierra no protestaba por esa incursión inesperada de esas mensajeras celestes, que eran las nubes, pues ¿quién rechaza probar un manjar al que difícilmente tiene acceso?
¡Era todo tan hermoso!
Por un momento quise quedarme anclado en ese trozo de tierra invadido por el cielo, dejando que la imaginación volara entre esa espesura, intentado vislumbrar almas conocidas que ya partieron, o esperando oír alguna palabra de un ser querido al que la muerte le robó la voz.
Reconozco que fui preso de una locura, pero es maravilloso dejarse llevar a un mundo que hace sentirte mejor.
Absorto en ese mágico mundo, no me di cuenta que, poco a poco, iba cayendo un telón de luz que ponía fin al teatro que había nacido en mi imaginación.
Y sucedió que cuando el sol levantó ese plateado velo, surgieron esos verdes ojos, esa hierba, que esperaba pacientemente que le devolvieran la vista.
En su mirada brillaban las lágrimas, lágrimas que también decoraban su verde piel: era ese rocío que durmió toda la noche sobre ella, y era tal su belleza que no me atrevía a secarlas; es más, nunca  creí que un llanto pudiera ser bello, pero esa luz de agua, temblorosa en los pétalos y silenciosa en las ramas, dibujó, en esos verdes ojos, las más bellas lágrimas.
Entonces me di cuenta que una belleza igual o superior permanecía oculta bajo esa espuma de nubes.
Y así sucede con las personas.
En ocasiones nos subyugamos al esplendor de una sonrisa, de unos ojos, de un rostro o de una palabra; o si esa apariencia no es tan grata, le cerramos las puertas del corazón.
Dejamos nuestros afectos, cautivos de  una impresión pasajera, volátil, e ignoramos que bajo esa máscara, sean nubes de plata o carbón, se encierra otra belleza más profunda y consistente: la que anida en el alma.
Y quisiera ver en cada lágrima ese fresco rocío que da la vida, aunque nazca del dolor.
Y no quisiera olvidar que aunque nuestras obras cubran, en ocasiones, de negras nubes esta tierra en la que vivimos, bajo ellas subyacen unos verdes ojos que son las buenas obras e intenciones que viven en nuestra alma.

FIN

jueves, 29 de enero de 2015


NIEVA


  En el último piso del cielo habita el frío en compañía de sus hijos: el granizo, el viento polar, el hielo,...y la nieve.
La celda en la que habita la nieve es de blancas y silenciosas paredes, como si la luna las hubiera dado un frío beso infundiéndoles su propio color y robándoles la voz.
En su refugio, y desde una pequeña ventana, la nieve contempla la tierra, a la espera de que la Madre Frío le abra las puertas para dejar, entre los mortales, sus copos de oro blanco.
Como la enamorada que espera tras el cristal ver pasar a su amado o que se contenta con saber que él también piensa en ella, así, la nieve, desde su ático del cielo sobrevuela el mundo con sus ojos de águila, esperando que alguno de sus rincones la llame para dejar sus blancas lágrimas de hielo.
Vive enclaustrada en los rincones del cielo, en una morada solitaria.
Tal vez por eso alguien pensó que los copos son blancos suspiros que nacen de los fríos labios del cielo cuando una pena le deja el corazón herido, y que en aquellos lugares en los que nieva es porque alguien clavó en el pecho del cielo la flecha del dolor o la daga de la pena.
Hay quien piensa que la nieve es el llanto desesperado y extremo de un corazón olvidado.
Pero nada más lejos de la realidad.
Cuando el frío posa su mano sobre la tierra, acaricia su lomo y extiende una gélida manta que le cubre las espaldas; después, enmudece el ambiente y priva al aire de su cálida voz, congelando sus acordes.
Queda la tierra envuelta en ese halo expectante, el frío se enfunda su guante inmaculado y llama a la puerta donde vive la nieve.
Al oír su voz, se le estremece el corazón, como a esa joven amante que sabe que es su amado quien la llama, y coge su traje de copos para vestirse de gala.
Toma la galante mano que le tiende el frío y desciende a la tierra vestida de fiesta.
Nada más verla, el aire, en un arrebato de amor la abraza y, juntos, dejan en el cielo el sello de un bello vals.
Es verlos, y sentir que la tierra ha abierto su caja de música para que solo bailen ellos.
Esta danza de la naturaleza solo termina cuando el último copo besa el suelo.
Cesa ese eterno baile y un frío sudario cubre el cuerpo de la tierra, pero el pincel de la mirada sigue pintando en el alma los colores de la ilusión.
Aunque la nieve nazca del frío, rejuvenece la tierra con el cálido aire que dejan los recuerdos de la infancia.
Aunque sea el frío el sello de su espíritu, el nuestro lo transforma en hoguera de emociones.
Y cuando se hace presente, se diría que el Cielo abre las puertas para que sus almas, vestidas de copos, nos ofrezcan un esbozo de su hermosura.
Y es que cuando nieva, la naturaleza nos hace un donativo con el que resucitan los recuerdos, revive nuestro lado más inocente, despierta en nuestro pecho lo trascendente y, ¡cómo no!, regala a la vista uno de los rostros más bellos que puede ofrecer la tierra.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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miércoles, 28 de enero de 2015


¿ERES SUEÑO?



Aún laten tus palabras como brasas que se resisten a morir en la hora final de la hoguera.
Aún revolotean tus besos, enmarcados en el aire, para que cuando respire los sienta.
Pero si fuiste sueño, ¿por qué sigues habitando en mi alma, o no te desvaneciste cuando el alba asaltó la cárcel de la noche, o  no huiste en ese instante en que a vosotros, los sueños, os libera?
Y si eres mortal, ¿por qué, al recordarte, veo en tus ojos fúlgidas estrellas y de tu etéreo cuerpo nacen alas que me invitan a pasear contigo por el cielo?
¿Es posible que en un amor humano convivan lo terreno y la leyenda?
Pensar que esta tarde nuestras manos se fundirán en un eterno paseo, que tu alegre mirada avivará las llamas de mi pecho, el mero pensamiento de saber que me esperas, esa ilusión compartida donde nos robamos los corazones, todo ese mundo que solo lo entiende quien ha pisado esa tierra, todo ello es imposible que lo alimente un mero sueño, porque el sueño es viento que pasa y se aleja, pero esto que vivo es huella que queda.
Y si algo me hace dudar de tu existencia, es el no comprender cómo es posible que una mortal criatura genere tantos felices sentimientos, y que todos nazcan en el mismo instante en que te veo.
Pero ni la más generosa imaginación sería capaz de describir este mundo.
Podría adornarlo con imaginarios seres, idílicas fuentes que dejan el embrujo de su eco, aromas ignotos que hechizan las almas y las hacen presas de una sonrisa eterna.
Sí, pero todo sería un fugaz rayo que nos atraviesa y, según cruza, muere en su propia sombra.
Dime, mujer, seas sueño o realidad, en qué momento decidiste hacerme preso de esta rara enfermedad de la que no quiero curar.
Si fuimos unos elegidos de la suerte, rogaré porque mueran el resto de los azares para que ninguno nos tiente, pero si fueron nuestros pechos los que dictaron la orden, si fue un amor sincero el que nos impulsó a embarcarnos y cruzar este mar, entonces, me basta, nos basta, disfrutar cada momento, se vista de sueño o realidad.
Y cuando la ausencia nos obligue a no poder compartir palabras o miradas, entonces, sí, te revestiré de leyenda y veré, en tus brazos, alas que me invitan a pasear por el cielo, y en tus ojos, fúlgidas estrellas.
Pero ni ese mágico instante en el que un imaginativo corazón intenta que no se sequen las fuentes de su dicha, es capaz de suplantar  el momento en el nuestros ojos se encuentran.
Entonces, cuando ya siento cercana la brisa de tus labios y que tu alma llama a mi puerta, soy consciente de que eres mortal criatura vestida de sueño.


Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

miércoles, 14 de enero de 2015


FUIMOS AVES


colibrí

canario









Dime si  esa hambrienta paz que roía tu pecho, logró serenarse y calmar sus aguas.
Dime si pudo adentrarse, entre las llamas de tu ansiedad, esa mano que apagara tu fuego.
Dime si, al saber de mi regreso, se humedecieron tus ojos, como lo hicieron los míos, al pensar que me esperabas.
Pero todas son preguntas que no necesitan respuesta, pues fueron nuestras miradas, cuando se encontraron, las que delataron que tu mundo y el mío vivieron lo mismo.
Y fue todo tan intenso que quiero recordarlo.
Esos años de ausencia nos privaron de vernos, pero no bastaron para robarnos el deseo.
¿Recuerdas ese banco de piedra, junto al estanque, donde esperábamos que el tiempo pasara sin más afán que contemplarlo juntos?
Allí iba cada tarde, acompañado de ese recuerdo, y alentaba a ese mismo tiempo que nos vio sentados,  a que aligerara su paso y devorara nuestra distancia.
No me importaban las inclemencias del tiempo, que el frío me invitara a huir o que un desapacible cielo me mostrara su guante de plomo.
Todo ello no podía impedir que velara, en ese banco, descontando los segundos que quedaban para nuestro encuentro; y para que esa espera fuera más liviana, oía el revoloteo de las alas de tu nombre invadiendo esos rincones donde se perdía mi mirada.
Tenía la extraña sensación de un canario enjaulado que, aun así, no se resiste a dejar en el aire el eco de su trino como yo dejaba, en el cielo, una sonrisa al recordarte y un suspiro al sentirte.
Estas sensaciones, que yo viví, ¿despiertan, en ti, el recuerdo de las tuyas?
Y vuelvo a preguntar sabiendo la respuesta.
Deja que me siga sintiendo ave, porque así lo quiero, porque solo así puedo surcar ese cielo donde se grabaron esos besos que dejé en el aire mientras veía pasar al tiempo.
Ahora recuerdo que los cantos que nacían de mi corazón enjaulado, en algún momento se fundieron con otros igual de bellos, invisibles pero reales.
¿Fue, acaso, el alegre colibrí que anidaba en tu pecho el que me cantaba?
No respondas, me basta tu mirada.
Ya podemos ocupar de nuevo ese banco de piedra, sentir esos besos perdidos, juntar las alas de nuestros brazos y alzar el vuelo; ya pueden revolotear, libres, esas aves, tu corazón y el mío, que vivieron enjauladas.
Mientras leo estas letras, tiemblan en mis labios las palabras, como tiemblan colibrí y canario esperando ser liberados.
¿No te sucede a ti lo mismo?
No hace falta que respondas, me basta tu mirada.
FIN

martes, 13 de enero de 2015


LA MANO QUE TIENDE EL SILENCIO


Entre los cañaverales apostados a las afueras del pueblo, como impasibles escoltas que custodian el río y con los que solo hablan sus aguas, se abre un antiguo camino, viejo conocido del viento, que conduce a una loma donde, hace mucho, se paró el tiempo.
En ella he compartido muchas albas y ocasos cubriendo su ralo suelo con pensamientos. Desde su pelada cima contemplaba una indigente naturaleza que, sin embargo, inundaba de riquezas mi alma.
Llega un momento en que todo puede parecer monótono, cotidiano, pero la vida se encarga de que  no consintamos en no apreciar lo bello por ser muy visto; así que, para evitarlo, me ofreció un motivo que me despertara de ese letargo.
Fue un suceso corriente, pero envuelto en ese halo extraordinario que rodea lo humano.
El atardecer ya estaba avanzado, el féretro del sol se cerraba mientras la luna se disponía a iniciar su reinado, pero aún quedaban pequeñas huellas de luz que me servían de guías.
Una pequeña isla de claridad flotaba sobre esa cima que a nadie más esperaba; pero precisamente porque ella y yo éramos los únicos que compartíamos nuestra soledad, me sobresaltó una sombra en medio de ese oasis de luz.
Sus redondeados perfiles y su quietud infundían una sensación de calma, que despertaba simpatía.
Pero pronto surgió la incredulidad al observar que esa sombra era la de una lugareña, de carácter amistoso y afable, al decir de la numerosa gente con quien siempre la veía rodeada.
También ella compartió mi extrañeza y pareció disculparse por haberse adentrado en “mi” territorio.
Pronto quedaron al descubierto esas necesidades que laten en toda persona, y no eran otras que las de buscar ese instante de silencio y soledad, el único capaz de dar la palabra a esos pensamientos que viven en el alma y que solo se atreven a asomar en la intimidad con uno mismo.
Esa gente que la rodeaba, no eran sino niebla, aparentes amistades que cubrían su vida pero que, al mínimo soplo de viento, pequeños intereses, desaparecían. No dejaban de ser oropel, incapaz de llenar esos silencios por los que nadie la preguntaba.
Yo pensaba que mis pensamientos solitarios eran invisibles fantasmas, eremitas ignorados, pero resultaron ser la mano tendida que buscaba esa mujer rodeada de vida, pero, en su fuero interno, solitaria.
Fue necesario que viera a alguien saboreando ese mundo por el que suspiraba, para que se atreviera a huir de esas sordas voces y abrazar el silencio, donde escucharía esas otras que hieren o ilusionan.
En ocasiones necesitamos enclaustrarnos para que solo Dios y nosotros nos oigamos.
En la vida hay corredores solitarios y los que, allá donde miren, siempre a alguien encuentran, pero si esos mundos pudieran enseñar sus almas, encontraríamos a las primeras, satisfechas, y a las otras, olvidadas.

Desde entonces, esa vieja loma donde el tiempo se paró, la pisa otra persona que busca, como yo, la mano tendida de la oración, de ese silencio donde te preguntan por esas lágrimas calladas, por esas ilusiones escondidas que habitan en el fondo del alma.

FIN

lunes, 12 de enero de 2015


DUDAS  RAZONABLES


-      
No hay sentimiento tan fuerte 

como el que sufre el alma

cuando es Amor lo que siente.


- ¿Amor, a quién?


- Por ser alma, sólo a Dios ama,

que si de otro se sintiera prendada

no sería tan fuerte el sentimiento

como para hallarse enamorada.


- ¿Entonces…- brilla la angustia

en esos ojos, azules como el cielo,

que de su amado no apartaba-
…no soy yo la causa
de que sean tus palabras flores
cuando siente aridez mi alma?,
¿de esos tiernos detalles
que me llenan de razones
para explicar por qué se ama?


En fin, ¿no soy yo la causa,
sino Dios, a quien someto el corazón,
el que hace brotar de tu pecho
las obras más nobles y humanas?



-Me sintiera entre la espada

y la pared si no fueran los celos

la razón de tu demanda,

mas graba eternamente en tu pecho

que si Dios me hizo de la Nada,

a Él todo le debo.

Así, al amarte, saldo con Él mi deuda,

porque amor, con amor se paga.



- ¡Oh, Dios, una sombra turbó mi pecho
al oír que a alguien, más amabas.
Mas borre, tu memoria, mis palabras;
perdóneme, tu corazón, mis celos;
¡apiádese Dios de mi locura!

Este afán de no perder lo que amo
me llevó a usurpar el puesto
que Dios, en alma noble ocupa.



- Es común  nuestra locura

-que en el amor todo se comparte-,

mas si ambos perdimos la razón

por amarnos sin medida,

que los celos no enturbien este Cielo

en el que viven tu alma y la mía.


(Los dos): 
Privados de razón vivamos,
si con ello es mayor nuestra dicha.
Cuerdos o locos, ¡qué importa!
porque si al amarnos amamos a Dios,
habremos coronado, del amor, su cima.


FIN 

BREVES y POBRES


Breves  son las palabras cuando lo que quieren no es hablar, sino abarcar con simples letras o sonidos el infinito mundo del corazón y sus sentimientos.
Y pobres son los sentimientos cuando unas simples palabras saciarían su mundo sin que hicieran falta los afectos.

Breve es la vida de esa lágrima furtiva que huye de la emoción.
Nace y se seca al ritmo que brota y muere el impulso del corazón.
Pero pobre es el llanto que hace de sus ojos un diluvio cuando tiene delante la pena, pero al darle la espalda no deja, en sus ojos, rastro de lágrimas, ni en su alma, dolor.

Breve es el silencio cuando dos miradas se cruzan envueltas en el amor, porque, en el fondo, no hay silencio, hay un eterno diálogo donde hablan los pensamientos, hablan los deseos, hablan los sueños, hablan las cruces,…
Hablan, entre tú y ella, vuestros corazones; o habla tu alma con Dios.
Pobres son los que hacen de la palabra mercancía que venda fatuos sueños al mejor postor, a cambio de laurear su vida.
Porque la palabra es dádiva, limosna, consuelo, pero en esos ambiciosos labios se convierte en traición.

Breves son los sueños que nacen de la utopía, por mucho que sean bellos.
Tienen sus raíces en el aire, ese falso mundo que hemos creado, y un simple soplo de esta vida real los dispersa por su imaginario cielo.
Y pobres serán mis palabras si no consiguieron abrir en tu pecho el camino que las llevara a tu alma.

Breve, espero, sea el juicio de Dios cuando me llame, y que al mirarme no me juzgue por lo que escribo ni por mis palabras, sino por esa lágrima furtiva, hija, no de un sueño y sí de un sentimiento que nació en el silencio de ese sincero diálogo entre Él y mi alma.
Y pobres serán mis obras, mendigas de piedad, pero nacidas desde el afecto.   

Y breve puede ser un beso, pero si nace en el momento justo y de un sentimiento sincero, puede convertirse en eterno, aunque esos labios que te besen sean pobres.

Porque pobreza y brevedad no son un estigma, antes bien, tenlos por reliquia cuando nacen de un corazón entregado y de un alma limpia.

FIN


PACTO DE PAZ


Sucedía que cada vez que llegaba el día del estreno de una de las estaciones, inmediatamente se escuchaban comentarios negativos sobre la estación saliente o las demás y, claro, esos rumores, ecos que no descansan hasta llegar a todos los rincones, llegaron a los oídos de la primavera, del verano, del otoño y del invierno.
Dolidas por esas opiniones traicioneras, que aprovechaban su ausencia para criticarlas, llegó un momento en el que se sintieron tan ofendidas ante tales calumnias que exigieron una pública disculpa, pero hasta que llegara ese momento alentaron a la naturaleza, en señal de protesta, a la rebelión.
De esta  manera, la primavera se negó a engendrar flores, aromas y colores; cerró sus entrañas de madre y la tierra parecía estéril alfombra de la que nada nacía.
El verano frenó las riendas de su fuego, ocultó su rostro bajo un velo de nubes y se negó a que su luz pintara, de vida, a la tierra.
El otoño se mordió los labios en su esfuerzo por no llorar y así evitar su inseparable lluvia; cerró las puertas de la caverna del viento y ató las hojas a sus ramas para que no cayeran.
Por último, el invierno se enclaustró en una cueva, limó las afiladas garras del frío, pintó de colores la blanca nieve y maquilló de luz sus prolongadas noches.
Las estaciones parecían haberse vuelto locas y la tierra era un caos, un torbellino donde nada ni nadie encontraba su sitio.
La protesta consiguió sus objetivos, aparte de que ni ellas mismas podían soportar esa situación.
Se sentían incómodas con ese postizo traje y cada cual quería lucir su vestido, por lo que decidieron reunirse para salvar las diferencias y aclarar los malos entendidos.
Se reunieron para cambiar impresiones y conocerse un poco más, pues resultaba que algunas solo se vieron muy superficialmente, apenas un breve saludo entre el ocaso del día en que una estación moría y el alba del día en que la siguiente nacía; pero otras, como la primavera y el otoño, o el verano y el invierno, nunca coincidieron ni en el saludo ni en la despedida.
Para hacerlo más cómodo y equitativo, cada año se reunirían el día que comenzara una estación; así, la primera vez se reunieron el día que comenzaba la primavera; al siguiente año, el día que empezara el verano, y así sucesivamente. 
Era la forma perfecta de que todas conocieran el hogar de las otras, sus costumbres, paisajes y colores,  y comprobar con sus propios ojos que cada una tenía su encanto.
Y como si fuera un escaparate donde se exponen las mejores esencias, cada cual abrió su pecho y mostró lo más preciado que en él encerraban.
Bien podríamos llamar, al conjunto de todas, “Belleza”, pero cada una tenía su nombre:
El elixir de la primavera se llamaba: “Color”, el del verano: “Luz”, el del otoño: “Nostalgia”, y el del invierno:”Pureza”.
Describir el asombro que se dibujó en sus miradas al contemplar las maravillas ajenas, sería como intentar abarcar con un simple beso todo el rostro de la luna, o intentar encerrar en nuestras manos el mar.
Hasta tal punto fueron presas de la admiración, que un fugaz rayo en forma de deseo atravesó sus mentes dejando lo más bello de cada una.
Así, a la primavera se le clavó en el pecho la melancólica lluvia del otoño que revestiría de poemas sus flores.
El verano sintió que el Cupido del invierno le asestó la mortal flecha de los blancos destellos de la nieve, que ya quisiera él para su luz.
El otoño soñó con vestir, algún día, esos trajes de colores que lucía la primavera.
Y el invierno dejó un suspiro al contemplar el prolongado manto de luz que lucía el verano, manto que abarcaba la mayor parte del día.
Bien comprendieron que esos malignos rumores, esos venenosos ecos, eran fruto de los ociosos comentarios de la lengua humana, presta a mancillar al destronado y adular a quien lo ocupa.
Desde entonces, cada vez que las estaciones se cruzan en ese fugaz intercambio de despedida y bienvenida, brilla una mirada de admiración y acallan esas voces críticas.
Nunca podremos juntarlas ni contemplarlas a la vez, pero tal vez así sea mejor, porque así nos daremos el placer de respirar, en cada época, su esencia; así, en lugar de someterlas a un remolino donde se mezclen sus bellezas, apreciaremos, una a una, el "Color”, la “Luz”, la “Nostalgia” y la “Pureza”.

                                                   FIN




domingo, 11 de enero de 2015


PREGUNTAS  y  ¿RESPUESTAS?



·        ¿La MUERTE?
El marchitar de la vida que deja la semilla de otra nueva.

·        ¿La VIDA?
Bella o fea, según el prisma con que tu corazón la vea.

·        ¿La ESPERANZA?
Desear siempre lo mejor, aunque lo que tengamos ya sea bueno; es decir: soñar.

·        ¿El DOLOR?
Amargo cuando nace del rencor, llevadero cuando trae algo mejor; pero siempre: una espina.

·        ¿El OLVIDO?
La tumba de los malos recuerdos y, a veces, el silencio de nuestra ingratitud.

·        ¿Una SONRISA?
Una esperanza ante el dolor que me causó tu olvido, y me ha devuelto la vida
cuando ya sentía la muerte.

LLUEVE

Ha  llegado la hora de que el cielo expulse su dolor, ese instante que elige para que la tierra conozca que también las nubes sufren porque alguien escondió, entre ellas, una pena.
Pero aunque llore, son lágrimas de vida que, si bien dejan nostalgia o melancolía en las almas soñadoras, alegran el corazón de la sedienta tierra.
No sé cuál es su misterio, pero ¿no es cierto que cada vez que asoma parece que el cielo recita un verso y escribe, en la tierra, una carta de amor?
¿No has sentido, en un paseo, cuando esa débil lluvia mojaba tu piel, que te acariciaba una mano de agua y te llenaba de sentimientos?
¿No te ha robado un suspiro cuando, a través de los cristales y tú fijando tu mirada en ella, parecía revelarte lo que en tu pecho se escondía?
Y es que los gestos de la lluvia son códigos secretos que cada corazón revela con su propio lenguaje.
Ese húmedo velo, con que nos cubre, no deja de ser una lengua que nos habla de sentimientos y, a la  vez, escucha lo que nosotros la queramos revelar.
Y cuando llora de noche, ¿no has buscado sus lágrimas en la luz de una farola porque así te sentías más cerca de su dolor?, ¿o no las has buscado, para sentir la felicidad de sentir que hay vida en medio de esa oscuridad?
Yo sí lo he hecho, y cuando la lluvia se oculta en las cataratas del cielo esperando que le abran las compuertas,entonces, la recuerdo.
Y empiezo evocando esos sonidos que avisan de su llegada, esos débiles pasos, como si se acercara de puntillas, como queriendo darnos tiempo a que nuestra alma se prepare para esa cita de idilio en la que nuestros corazones, el de ella y el mío, se vestirán de gala.
Y oigo, o recuerdo, el roce de las primeras gotas con en el suelo como esa débil voz que sale de unos labios enamorados y pronuncian, por primera vez, tu nombre.
A ese eco le sigue una voz más prolongada: la del agua que cae por los canalones, los labios de los tejados, que, saciados, echan por la borda la lluvia sobrante, como esos corazones que, no dando cabida a tanto amor, expresan el que les sobra con la mirada. 
Unas rodadas de un perdido coche interrumpen estas confesiones y levantan un pequeño grito en las gotas que ya descansaban.
Suena el chirrío de una puerta que se abre; tal vez de alguien que sale a sentir el milagroso aroma a tierra mojada.
La lluvia ya va firmando esa carta que ha escrito en la tierra, el cielo ya recita sus últimos versos, se va apagando la voz de la lluvia.
Miro al cielo y unas grises nubes esperan.
Han  hecho un alto en su llanto.
Una húmeda y fresca brisa me recuerda que el cielo ha llorado, que las gotas han hecho sonar su réquiem, y que la tierra y mi alma han quedado en suspense por un instante.
Son los milagros de la Naturaleza.
Se ha hecho el silencio.
En mis ojos queda grabada la lluvia.
En mi mente aún resuena el eco de sus voces.
El cielo ya no llora, pero en mi alma… siempre llueve.

FIN

sábado, 10 de enero de 2015


FRASES DE IDA Y VUELTA

·         Si la mitología inventó las musas, Dios, al crearte, inventó los sueños.
·         Si la luz no fuera luz, una sonrisa tuya bastaría  para iluminar el cielo.
·         Cuando Dios te miró a los ojos pensó en crear el mar.
·         Si de las entrañas de la tierra nace el fuego, del interior de tu alma nace la paz.
·         ¿Y tú preguntas qué es el Amor? Mírate en el espejo y lo descubrirás.
·         Así como el viento hace temblar la hoja, la emoción hizo temblar las manos de Dios  cuando te creó.
·         Si hizo, de la luna, el símbolo de la noche, de tu rostro y cabellos, forjó el sol.
·         Si faltara el aire, bastaría un suspiro tuyo para dar la vida.
·         Tu nombre es viento, porque allá donde estoy lo siento.
·         Vivo sin corazón, y en tu pecho anidan dos: el tuyo….y el mío.
·         Prefiero que me roben la vida a que me quiten un segundo de estar contigo.
·         No hay jardín más bello que el que florece cuando sonríes.
·         Si una bondadosa palabra  cura una herida, tus labios me dan la vida.
·         Y si tú no existieras, todas estas frases serían huecas.

FIN

HAY MOTIVOS


Hoy he visto cómo el cielo teñía de  rojo el aire, en su retirada, y bañaba de sangre los dorados trigales.
Hoy he visto que la luna vestía de plata a las sombras de la noche y las estrellas, de púrpura, a las piedras que dormían.
Hoy he visto al sol vestir con sus rayos el negro campanario y maquillar de luz tejados y ventanales.
Hoy he visto al río pintar, con el azul de sus aguas, las orillas, y al viento robarle al laurel sus verdes hojas para cubrir, con gruesas pinceladas, los apagados caminos.
Hoy he visto a las nubes, en su lento paso, teñir de blanco el celeste lienzo, y, a las golondrinas que las abrazaban, dejar en ellas el claroscuro de sus negras alas.
Pero hoy también te he visto a ti.
Y he visto, en tus ojos, el azul del agua, las sombras de la noche, el verde sueño de las algas y el ocre fulgor de la tierra. 
En tus lágrimas, las estrellas purpuradas.
En tu corazón, el cárdeno atardecer.
En tu piel, la luna plateada, el milagro del ébano o los destellos del rubí.
En tu sonrisa, la esperanza del chopo ascendente que busca el cielo.
En tu dolor, el negro vuelo de la golondrina o esas tristes ramas del sauce buscando el suelo.
Pero, sobre todo, una luz ha atravesado los ventanales de tu ser y allí he visto el instante en que nació la nieve, en el que el cielo parió sus inmaculadas nubes; hoy  he visto la pureza de tu alma.
Ante este abanico de colores, ¿quién puede negar que la vida sea un milagro o que no existan motivos para agarrarse a la esperanza?
FIN

viernes, 9 de enero de 2015


"Gracias, perdón y ayúdame más"

Parte III: "AYÚDAME MÁS"



Y nació, esta petición, de la consciencia de mi poquedad.
Mi alma era tierra de secano a la que el favor divino transformó en pequeña huerta.
Sus favores eran como esa ligera, pero continua, lluvia que moja la tierra sin ahogarla, como esos espaciados besos o esas esporádicas citas que van sembrando la semilla del amor; y yo era esa mano abierta que no se cansa de pedir, que no daba abasto para recoger sus frutos, pero que, también, los dejaba escapar como huye el agua entre los dedos.
Él era antorcha que no cesaba de iluminar, adentrándose en los más oscuros rincones de mi ser para alentar lo que estaba muerto; era amante que no cesaba en su empeño, pero yo era como ese molino que extiende sus brazos para recibir al viento y, sin embargo, los tiene agujereados dejándolo escapar.
Y aun así, le pedía más.
Llegó un momento en que la vergüenza se apoderó de mí como apresa, la luna, a los sueños, y me sentía incapaz de decirle que aumentara sus favores.
Pero al igual que a unas manos que se buscan no les basta el sentirse acariciadas sino que quisieran fundirse y hasta convertirse en piedra para permanecer siempre juntas, así ,no podía evitar que, tras saborear  esas mieles celestes, sintiera la necesidad de que fueran más las que deleitaran el paladar de mi alma.
Y puse el empeño que pondría cualquier enamorado por alcanzar lo deseado o por no perder lo dado.
Y luché como lo haría el náufrago; me esforcé como ese árbol, que extiende desesperadamente sus ramas para estrechar la mano a la luz.
Pero como ese errante de las aguas que requiere un último auxilio cuando atisba la tierra, yo no dejé que mi lengua se resignara y la transformé en cascada generosa de la que brotaban gritos de ayuda.
Tú eras ese fuego del que una simple chispa valdría para prender las mechas de un bosque de velas.
Un simple pensamiento, en tu mente divina, un deseo tuyo hecho rayo, acabaría con todas las penas; y eso hiciste conmigo, pero no una vez, sino en cada necesidad.
¿Y aún así se atreven mis labios a decirte: “¡Ayúdame más!”?
Podrían tildarme de egoísta,  de privilegiado insatisfecho, de agasajado desagradecido, pero no es el inconformismo lo que me arrastra a pedirte más: es la indigencia de mi alma, la torpeza de mis obras y la ceguera de mi corazón los que sienten que toda ayuda es poca.
Además, ¿por qué renegar, ignorar o huir de esas fuentes que sacian la sed?
¿Acaso el cervatillo no busca, día tras día, esas corrientes de cristal vestidas de río y  lame sus verdes orillas?
¿No pide, el corazón, el fuego de  esa palabra que lo incendie aunque la acabe de escuchar?
¿Y por ello son egoístas?
No.
Pues así me siento yo: un cervatillo enamorado que necesita, cada día, a cada instante, sentirse amado para poder amar.
Por eso, y solo por eso, nunca se cansarán mis labios de decirte: “Ayúdame más!”

FIN


"Gracias, perdón y ayúdame más"

Parte II: "PERDÓN"

"Regreso del hijo pródigo" (Rembrabdt)

Palabra mortecina y expatriada, vives en cautiverio, encadenada por el orgullo.
Solo afloras en lenguas privilegiadas que encontraron, en tu nombre, el elixir de la felicidad.
Si estuvieras tan presente en nuestras almas como lo están la luz, el aire o el agua en nuestras vidas;
si nuestro corazón fuera un mar donde cada ola que se alza fuera un “perdón”;
si  en el volcán de nuestras ciegas pasiones, en lugar de fluir el rencor, tú fueras su lava, entonces, viviríamos en ese mundo inmaculado que nació de la mente de Dios o no quedarían heridas abiertas.
Somos de piel fina, tan sensible, que por nada exigimos, con la rapidez de un rayo en la tormenta,  el perdón a una supuesta ofensa, pero cuando debemos desprenderlo de nuestros labios, ese rayo se transforma en musgo que se pega a la piedra de nuestro corazón.
¡Qué pequeña sería esa montaña que nacería de acumular los “perdones” que se rindieron al prójimo y nacieron del alma!
Si aunara aquellos que alguna vez pensamos pedir, pero las riendas del orgullo frenaron, se alzaría una inmensa mole que cubriría, de sombras, la tierra.
Y si reuniera aquellos que nuestra razón se negó a pedir por no hallar motivo para hacerlo, pero que por lo mismo sí exigimos al prójimo, entonces, quedaríamos sepultados bajo ellos.
El orgullo, esa mala hierba que nace con nuestra vida y nos acompaña como estela que viaja tras la barca, nos asfixia con sus brazos mientras el perdón asoma su mano mendiga reclamando un aliento de vida.
No hace falta explicarlo, ni cubrirlo de palabras que lo adornen o defiendan.
Al perdón le basta con experimentarlo.
Y si en un lienzo inmaculado, desnudo de  formas y colores, dejáramos el pincel del orgullo y del perdón cubriendo su virgen tela, sería, su resultado, antagónicos paisajes.
En uno, un seco desierto anunciaría la ausencia de vida, el silencio llenaría esa tela donde los personajes esconden su rostro para ocultar una culpa, y no habría más color que el de una noche sin luna ni estrellas.
En el otro, una sinfonía de voces y colores dejaría el eco de la alegría entre alegres cascadas de agua y rostros en los que se dibuja la sonrisa del perdón.
Pero esta palabra a veces es tan difícil de decir como de conceder.
Porque así como se resiste a rendirse, también se opone a indultar.
Por ello, cuando somos presa de esa lucha en la que nuestra conciencia se resiste a humillarse al ofendido  o a ser generosa en la victoria con el que nos ha herido, clavo en medio de ese frío paisaje la cruz de Cristo y huyen las excusas como la serpiente, del fuego.
Al pie de esa cruz, muere injustamente un cuerpo; y lo hace en silencio porque habla su corazón, con ese mudo lenguaje que excede a las palabras y se refleja en una mirada que se pierde en el Cielo reclamando nuestro perdón.
Y nosotros, lejos de vivir esa cruz, ¿no somos capaces, por infinitamente menos, de decir “PERDÓN”?
Cuando sienta que el mar enfurecido del orgullo amenaza con embestir los débiles muros del arrepentimiento que custodian mi alma, miraré esa cruz y, sin excusas, lo liberaré de sus cadenas para que  el eco de su voz, de esa palabra, deje en el aire la frescura, la alegría y la paz que nace cuando pedimos y concedemos el perdón, un perdón que, como las "gracias", nazca del alma.

FIN

"Gracias, perdón y ayúdame más"

Parte I: "GRACIAS"


Olvidé, con frecuencia, esta palabra. 
Hubiera  bastado que mis labios expresaran ese sentimiento para arrancar ese puñal que el resentimiento te clavó y ahuyentar los fantasmas del recelo que sobrevolaban tu memoria, impidiéndote olvidar una puntual ingratitud.
Hubiera querido que esta palabra resucitara de las cenizas de mi alma y abriera las nobles puertas de la tuya, para arrancar de tus labios tu perdón.
Sí, ya solo vivo para ofrecer esta palabra, en ocasiones a cambio de nada, por el mero hecho de respirar las sensaciones, buenas o malas, que me deje la vida.
A ti me dirijo, para que recojas este ofrecimiento y lo guardes como un tesoro en la memoria del corazón.
Será pobre ofrenda a los ojos del mundo, que valora el beneficio por encima del desprendimiento.
No le pongas barreras, deja que ese “gracias” vuele libre inundando el aire que te rodea, y ese vuelo silencioso, pero profundo, hará de tu vida, de la mía, de la nuestra, un recinto donde nuestros ojos solo verán nuestros momentos como un motivo para decir “gracias”.
Y cuántos suspiros se habrán perdido en el aire deseando oír esta palabra; o cuántos hubiéramos podido evitar si la hubiéramos dicho a tiempo.
Incluso no hace falta que tus labios dejen su eco; basta una mirada para pronunciarla.
¿Acaso no la pronuncia la misma Naturaleza cuando las hierbas orilleras son lamidas por el río, o la flor vibra cuando un insecto cosquillea sus estambres, o la misma tierra siente el beso de la luz o del viento?
Pues si carente de alma, ella siente esa necesidad, ¿qué impide que nosotros la evoquemos?
Y es que siendo tan sencilla, solo nace de aquellas que son capaces de compadecerse o de ver como un regalo todo lo que le rodea.
Un día me dejaré perder por esas calles donde se respira la vida, donde conviven almas despreocupadas, risueñas y sufridas, y quisiera, en cada una, despertarles ese motivo para que dieran las gracias.
Pero me temo que algunas no entenderán el ofrecimiento, y otras, sin embargo, la llevarán entre los dientes como hoja que descansa en una rama.
Pero más allá de que este deseo fuera universal, me conformaré con que prenda en mi voluntad, y lucharé cada día porque nadie que se cruce en mi vida se quede sin escucharla.
Pero si ese “gracias” nace del alma, empezaré a construir este monumento al agradecimiento por los pilares que la sustentan, y será Dios quien primero la escuche pues Él es la causa.
Desde esas raíces, ya solo encontraré motivos para no olvidar esta palabra y saber que cada vez que suene, aunque se pierda en el aire, alguien recogerá su eco y, tal vez, restañe una vieja herida o resucite un perdón que quedó enterrado en las cenizas de un alma.
FIN

jueves, 8 de enero de 2015


MIRADAS DESDE EL CIELO


Dime si no has dejado, en un paseo, la mirada perdida, buscando una respuesta en el cielo o dibujando, en su lienzo azul, un sueño.
Y dime si no has creído, no has sentido, que en algún momento se cruzaban, en su vuelo, unos ojos que te miraban, o que, tal vez sin tú saberlo, te buscaban.
Yo sí, pero no fueron una ilusión nacida de un deseo; eran tan reales, tan intensos, que sentí un húmedo hilo de sangre cuando se clavaron en mi pecho.
Y desde entonces me acompañan allá donde voy y ellos son mis confidentes; en ellos descansan mis secretos, secretos tan corrientes que si los dijera en alta voz cualquiera pensaría que estoy revelando los suyos.
Eran ojos que sonreían, meditaban o consolaban.
Era una mirada que me escuchaba y me hacía sentir comprendido.
Cualquier pensamiento que me turbara, ilusión que me inquietara, pena por la que sufriera o alegría que me reconfortara, tenía cabida en esos ojos misioneros, sombras de mi alma, indulgentes y comprensivos.
Y un día me atreví a hablarle de ese sentimiento universal que nos acompaña desde la cuna, por el que gozamos cuando lo tenemos o sufrimos cuando se escapa, y ante el que los corazones de pedernal, esos que se precian de ser calculadores y fríos,  en algún momento doblaron la rodilla.
Ese sentimiento que se viste de tantas formas como quiera hacerlo nuestro corazón; y puede tener forma de persona,  de naturaleza, de ideal o de vocación.
Puede ser tangible o espíritu, real o ficticio, pasajero o eterno, no importa, porque si muere lo resucitaremos, si no existe lo crearemos.
Y seguramente, sin quererlo, al hablarle de él también le revelé esos secretos que se encierran en tu alma, aquellos que nacieron hace tiempo, los que acaban de echar raíces, o ese que aún sobrevive aunque tú lo creas muerto.
Mencioné la palabra “amor” como deseo y cerró lentamente sus ojos, como si estuviera soñando.
Mientras duró su sueño, sopló una suave brisa que parecía envolverme en su guante de aire a la vez que me dejaba felices sensaciones que parecían no agotarse.
Abrió los ojos y desapareció esa milagrosa corriente.
Le volví a repetir la palabra, pero con un tono herido, y sus ojos brillaron bajo una capa de rocío.
Lágrimas y triunfo convivían en su mirada.
Las lágrimas eran el dolor que todo amor perdido causa; el brillo era la ilusión  por el que nacería ocupando su lugar.
Por último les hice una pegunta que tal vez anide en muchos corazones que aún no lo han descubierto, o piensen que solo es fruto de la imaginación, o crean que es hoja caduca.
A esos ojos que no se cansaban de mirarme, les pregunté: “Pero el amor, ¿existe?”
¡Oh Dios!, quisiera robarle a la lluvia su intimidad; al fuego, su pasión; a la luna, su dulzura; al mar, la eternidad; a la primavera, su color; a la nieve, su pureza; al otoño, su nostalgia; hasta a los ángeles, su alma, y ni aun así sería capaz de describir la felicidad que se grabó en su mirada.
Fue tal la intensidad, que sus ojos eran emoción, pasión, sacrificio, renuncia, entrega, felicidad,…
Sería imposible describir todas las mieles, inclusive las lágrimas, que pude sentir en ese fugaz instante en que una simple ráfaga de su mirada me cubrió.
Ya no hice más preguntas.
Esa dulce sensación es la que desde entonces me acompaña, y si en algún momento pensara que  el amor ha muerto y no volverá, recordaré esos ojos que, un día, se cruzaron en el cielo con mis sueños; porque esos ojos que me buscaban sin yo saberlo, no eran otra cosa que el mismo AMOR.


FIN

TRES PIEDRAS


En las áureas colinas de un sitio  vedado a la presencia humana nace un río cuyas aguas esconden la Felicidad.
Lugar tan difícil de acceder como lo es el poseer en plenitud esa virtud.
Pero para los espíritus intrépidos, con ciertos tintes de fanfarronería, no hay misiones imposibles; es más, basta que lo sean para que se decidan a acometerlas.
La leyenda de ese lugar ya se había extendido como las alas del águila, que al desplegarlas ensombrecen por donde pasan, y se había convertido en plato cotidiano de improvisadas tertulias.
En una de ellas estaban tres amigos en los que anidaba la aventura hermanada con la gloria.
Sus rostros reflejaban una nerviosa ilusión cuando se oían los términos “colinas doradas” o “aguas milagrosas”, a la vez que sus ojos miraban al cielo, tal vez reacción inconsciente ante lo que imaginaban encontrar allí.
Este sentimiento común no ocultaba las particularidades, el variado pelaje, las intenciones con las que cada uno afrontaría ese reto.
A medida que profundizaban en la conversación se veían arrastrados por las ensoñaciones, hijas de la leyenda, y ya sentían tocar ese mundo.
Solo faltaba vivirlo.
En un alarde de osadía, y para hacer más meritorio su logro, decidieron imponerse una dificultad:
Cada uno cargaría con una piedra que pesaría lo mismo.
Era como revestir lo difícil de utópico; lo imposible de milagro.
Dominados por ese espíritu competitivo fijaron que en el caso de que dos de ellos, o los tres, llegaran juntos, tirarían sus piedras al río y aquella que quedara flotando en la superficie indicaría quién sería el privilegiado, el único, que podría beber de sus aguas.
Nacieron las intenciones, derivaron en sueños y acabaron en locura.
Pero si la locura es compartida, adquiere visos de cordura, así que estrecharon sus manos como firma de esa aventura.
Se citaron para el alba del día siguiente en el inicio del camino llamado de “las tres cruces”.
Fue una noche de desvelo, donde las posibles dificultades se vistieron de fantasmas y las ilusiones, de querubines mientras el sueño se batía en retirada.
Y como todo héroe tiene un lema, una frase lapidaria que resume sus valores, cada uno, en secreto, decidió esa noche inscribir el suyo en la base de esa piedra compañera.
Uno escribió “GLORIA”; otro, “AVENTURA”; el tercero, “FELICIDAD”.
He aquí el variado pelaje de ese sentimiento común.
Uno buscaba ese retrato mundano que te inmortaliza en el recuerdo humano, pero el recuerdo es un dios con los pies de barro.
Otro solo quería el placer aséptico del disfrute, sin buscar en él más valores que la satisfacción personal o de su curiosidad.
Finalmente, el  último perseguía las raíces, esas fuentes por las que se sentía llamado.
Buscaba el objeto mismo, es decir, la Felicidad.
El amanecer ya empezaba a dejar su mano de luz sobre los caminos contorneando las frágiles formas de los pétalos recién despertados, esculpiendo las sombras de los árboles, dejando síntomas de vida en la somnolienta naturaleza y dando una capa de brillo a esas férreas cruces que indicaban la salida y, ¡quién sabe si también un presagio!
El camino hasta las faldas del monte fue un intercambio de silencios y palabras.
En los silencios hablaba la imaginación mientras las palabras daban vida a esos imaginados sueños.
Hasta el instante de empezar la ascensión la piedra con la que cargaban no era obstáculo porque las fuerzas de la ilusión se mantenían intactas.
La pendiente requería un moderado esfuerzo que aliviaba y compensaba el entorno:
Las libres carreras del agua hacia el vacío dejaban en su caída una voz de ánimo.
Los frondosos árboles parecían extender sus ramas ofreciendo cobijo.
Y, sobre todo, el reluciente brillo de la cima atraía, como poderoso imán, la mirada y arrastraba la voluntad.
Ya habían consumido la mitad del camino cuando las dudas empezaron a hacer mella en alguno.
Quien portaba la piedra de la “aventura” se sentía satisfecho con lo visto, pues hacía falta bien poco para llenar el pequeño depósito de la curiosidad.
Como esas brumas que lentamente se abren paso y ocultan las aguas de las que nacen, así, en su mente emergieron las dudas hasta ahogar la ilusión.
Victoriosas, le animaron a liberarse de esa piedra en la que había firmado su lema.
Desprovisto de su ideal, ¿qué sentido tenía continuar una empresa sin valores que te muevan?
Derrotada la ilusión dio media vuelta y dejó a solas a la “Gloria” y la “Felicidad”.
Como el amante que espera ver ese rostro que dio sentido a su vida; como la tierra castigada por el invierno ansía que llegue la primavera para que cure sus heridas, así los dos amigos siguieron acortando distancias, consumiendo el tiempo y renovando las ilusiones como antídoto del cansancio.
El premio merecía tal esfuerzo.
Alcanzaron la cumbre.
El  brillo de la tierra iluminó sus ojos, el eco feliz de las aguas les arrebató el alma y cada cual expresó su sentir.
El amigo que llevaba la piedra de la “Felicidad” dijo: “¡He alcanzado la cima!”
El de la “Gloria” exclamó:”¡He alcanzado la fama!”
Descubiertas las intenciones de cada uno, se revelaron los sentimientos.
El amigo de la gloria despreció al río y su leyenda porque él ya tenía “su” felicidad; el otro no sentiría saciada su sed hasta que bebiera de sus aguas.
Conforme a lo pactado lanzaron las piedras al río.
La de la “Gloria” se hundió mientras la de la “Felicidad” quedó flotando con la misma ligereza con que lo haría una hoja.
Como gladiador que ve coronada su lucha con el laurel de la victoria; como lágrima nacida del dolor, que encuentra el corazón que la consuela; como río que brega con la tierra hasta encontrar su mar, así bebió esas aguas el amigo que buscaba la Felicidad.
Iniciaron el descenso, el regreso a la, desde entonces, otra vida porque cada cual sentía colmadas sus aspiraciones.
Y mientras uno soñaba con lo que le esperaba, con lo inmediato, el otro solo tenía por pensamientos lo eterno.
Cuando llegaron a su tierra comentaron con todo detalle lo que vieron y experimentaron.
El amigo de la gloria la saboreó solo con ver la admiración con sombras de envidia en esos rostros que lo escuchaban.
Se sentía importante.
El otro amigo paladeaba una gloria que no necesitaba de auditorio porque era más profunda y personal; esa que no nace de uno mismo sino que viene de fuera y se siente hasta en la soledad.
Pero, como le sucede al pavo real, la admiración tiene fecha de caducidad y sus relatos y conquistas, con el paso del tiempo dejaron de entusiasmar.
Es la pega que tiene la rutina por maravillosa que sea.
A ese “dios” que es la Gloria se le empezaban a fundir sus pies de barro y su felicidad se marchitó, desembocó en indiferencia y acabó alimentándose de la nostalgia, el pan que sacia el hambre del pasado pero que no alimenta el presente.
Y mientras su dicha menguaba hasta morir, observaba que la de su amigo crecía y era imperecedera.
Bien  comprendió por qué esas áureas cumbres estaban vedadas a los mortales.
Porque para decir que se ha estado en ellas no basta con pisarlas, hay que conquistarlas, y él, su “gloria”, rozó la felicidad pero no la poseyó.
Fue como aceite en el agua.
Son pocos los que buscan esa felicidad desasida de intereses humanos, pero en esas colinas siguen sonando esas aguas como voz que reclama a las personas que beban de ellas.
Sobre su lecho flota una piedra que espera la acompañen otras.

FIN