miércoles, 7 de enero de 2015


ALMA DE MAGNOLIA


Acababan de desnudar su alma con  una triste noticia y
 apenas tenía fuerzas para abrir los ojos y afrontar el mundo.
Sentía que todo lo que viera le parecería una obra teatral titulada:
 “La melancolía de la vida”.
Se sentía como si acabara de tener la primavera entre sus manos y, sin aviso, un traicionero invierno, saltándose el orden, se la hubiera robado.
Su ánimo la invitaba al abandono y las oscuras pasiones la arrastraban al vacío.
“No puede ser”. “Es imposible.” “¿Por qué?”
Estas preguntas percutían, en continuas oleadas, su pensamiento y estaban a punto de derribar los débiles diques que contenían a las lágrimas.
Un débil soplo de un sutil desaliento, y el reciente fuego de su corazón se convertiría en cenizas.
Pero en competencia con esas rastreras fuerzas, otras impulsaban su alma hacia el cielo, abriéndola nuevas ventanas a las que asomarse sin riesgo de respirar un aire herido.
Pero, ¿existen?”.
Esta era su respuesta ante tal ofrecimiento.
Pero la persona no es capaz de soportar, día tras día, la bruta carga del recuerdo; es incompatible, con su naturaleza, alimentarse de la desgracia; podrá acompañarnos durante un tiempo que se podrá hacer eterno, pero pasa como todo lo que llega.
Así que, aunque solo fuera por una necesidad física, abrió una ventana, real, para que la mano de la brisa ahuyentara esas sombras y refrescara el infierno de su piel.
Sostuvo la mirada en el infinito, perdida no se sabe dónde, pero se notaba que ese aire le daba un respiro a la vez que aplacaba el volcán de sus sentimientos.
En ese trance en el que la noche ocupa el corazón pero empieza a blanquear y a mostrar atisbos de claridad, un aliento de flor la sedujo y le arrancó las raíces de sus penas.
Fue en su busca, acercándose como quien vislumbra en un minúsculo punto de luz el artífice capaz de iluminar un oscuro túnel.
Ya estaban frente a frente sus ojos y los pétalos.
No hizo falta ninguna presentación.
Como ese amor sincero que surge a primera vista, alma y magnolia se sintieron atraídas.
Fue verla y sentirse identificada.
La duda, teñida de incredulidad, que le surgió (“¿Pero existen?”), refiriéndose a un aire  ileso y a  ventanas en el cielo, empezaba a diluirse y a vestirse de realidad.
Su débil tallo sosteniendo las espinas, ¿no era el fiel espejo de su frágil alma soportando las heridas?
 Sus pétalos de nieve, que parecían un éxtasis flotando sobre su oscuro cuerpo, ¿no eran la viva imagen de su blanca piel luciendo entre la oscuridad de sus pensamientos?
Pero algo las diferenciaba.
Si ambas parecían vivir rodeadas de espinas; si ambas luchaban por salvar su parte bella, ¿por qué la flor destilaba aroma, y ella, pena?
La magnolia abrió sus pétalos, como labios que se preparan para revelar su más íntimo secreto, e inclinó el tallo para acercarse a ella:
Esta belleza que admiras,  este aroma  que  te  cautiva, no son fruto de una vida regalada, exenta de peligros y saciada de agua.
Estas espinas que me cubren, las mismas que ahora ocupan tu alma, son la causa de que mis pétalos puedan dejar en el aire su fragancia.
Sí, no son agradables a la vista y mi frágil tallo ha de esforzarse por soportarlas, pero ellas mismas me hacen fuerte y me defienden ante los peligros de la vida.
Vivo con ellas, pero no resignada; antes bien, las amo.
Si no existieran, ahora sería pasto de cualquier insecto, o bastaría un suspiro del viento para partir mi tallo.
Por eso, esas espinas que cubren tu alma, ahora te harán llorar, pero también te ayudarán a que en un futuro tu alma sea más feliz y más blanca.”
Y la magnolia dejó caer un pétalo en esas manos que la acariciaban.
La   joven lo conservó toda su vida, y en aquellos momentos en los que sintió que una nueva herida se abría, estrechaba ese milagro blanco contra su pecho, la coraza del alma, y miraba al cielo, donde se abría una ventana y respiraba ese aire ileso, ese aroma, que, un día, le enseñó una magnolia blanca.

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario