sábado, 31 de enero de 2015


BELLEZAS OCULTAS


Un  enjambre de bajas nubes seguía durmiendo sobre el campo aunque los primeros rayos de luz ya habían tocado la diana, ese instante en que la luna se retira y se inaugura el día.
Parecían reacias a despertarse y a abandonar el lecho sobre el que pasaron la noche y, la verdad, nada las podía reprochar, porque verlas todas juntas, durmiendo sobre ese colchón de hierba, era como si  una mujer quisiera ocultar sus verdes ojos tras un velo plateado igual de bello.
Parecía que la tierra había quedado bañada por un mar de gris espuma que, tarde o temprano, moriría; como si una fugaz y vaporosa estela la cruzara dejando, a su paso, una sonrisa en la mirada.
Una belleza pasajera, que moriría tarde o temprano, ocultaba otra, que humildemente escondía la suya bajo ese cielo que había aterrizado.
Las nubes se desgarrarían en jirones y tomarían la forma de almas que buscan ese cielo de donde vinieron tras dejar, en los mortales, un esbozo de lo eterno.
Bajaron a la tierra para hacer más presente su recuerdo, para que nuestros ojos contemplaran un espejismo de esas alturas que solo alcanzan, tras la muerte, los que han vencido y, cumplida su misión, nos abandonarían.
Pero ese tiempo que estuvieron entre nosotros, me permitió pasear entre ellas y me hicieron creer que paseaba por las interioridades del cielo.
Me detuve un tiempo observando ese velo plateado desde sus mismas entrañas.
Todo era espesura; la vista apenas discernía una sombra entre esa espesa malla que dejaba en la piel su rastro de humedad; pero el hecho de sentirme en el corazón del mismo cielo hacía que lo que no veían mis ojos lo sintiera mi alma.
La propia tierra no protestaba por esa incursión inesperada de esas mensajeras celestes, que eran las nubes, pues ¿quién rechaza probar un manjar al que difícilmente tiene acceso?
¡Era todo tan hermoso!
Por un momento quise quedarme anclado en ese trozo de tierra invadido por el cielo, dejando que la imaginación volara entre esa espesura, intentado vislumbrar almas conocidas que ya partieron, o esperando oír alguna palabra de un ser querido al que la muerte le robó la voz.
Reconozco que fui preso de una locura, pero es maravilloso dejarse llevar a un mundo que hace sentirte mejor.
Absorto en ese mágico mundo, no me di cuenta que, poco a poco, iba cayendo un telón de luz que ponía fin al teatro que había nacido en mi imaginación.
Y sucedió que cuando el sol levantó ese plateado velo, surgieron esos verdes ojos, esa hierba, que esperaba pacientemente que le devolvieran la vista.
En su mirada brillaban las lágrimas, lágrimas que también decoraban su verde piel: era ese rocío que durmió toda la noche sobre ella, y era tal su belleza que no me atrevía a secarlas; es más, nunca  creí que un llanto pudiera ser bello, pero esa luz de agua, temblorosa en los pétalos y silenciosa en las ramas, dibujó, en esos verdes ojos, las más bellas lágrimas.
Entonces me di cuenta que una belleza igual o superior permanecía oculta bajo esa espuma de nubes.
Y así sucede con las personas.
En ocasiones nos subyugamos al esplendor de una sonrisa, de unos ojos, de un rostro o de una palabra; o si esa apariencia no es tan grata, le cerramos las puertas del corazón.
Dejamos nuestros afectos, cautivos de  una impresión pasajera, volátil, e ignoramos que bajo esa máscara, sean nubes de plata o carbón, se encierra otra belleza más profunda y consistente: la que anida en el alma.
Y quisiera ver en cada lágrima ese fresco rocío que da la vida, aunque nazca del dolor.
Y no quisiera olvidar que aunque nuestras obras cubran, en ocasiones, de negras nubes esta tierra en la que vivimos, bajo ellas subyacen unos verdes ojos que son las buenas obras e intenciones que viven en nuestra alma.

FIN

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