martes, 6 de enero de 2015


EL ORIGEN DE LOS SUEÑOS


Una vieja leyenda atribuye el origen de los sueños al día en que Dios creó el cielo.
Cuentan que cuando lo hizo reservó una gran sala donde escondió todos los sueños que el ser humano sería capaz de imaginar.
Allí permanecieron escondidos mientras el hombre y la mujer fueron felices en la tierra; y como la felicidad, en sí misma, nunca extiende la mano pedigüeña necesitada de más, el hombre y la mujer ignoraron esa sala, pues su vida misma era el máximo sueño.
Pero llegó el día en que quisieron saber qué habría más allá de ese idílico mundo en que vivían.
Fueron como esa vela que, no contenta con dar luz, se acerca al sol para alumbrar más y…  pierde el encanto de su llama hasta reducirse a una fría masa de cera.
Algo así les pasó a los mortales, que despreciaron el todo, quisieron lo imposible y se quedaron con la nada.
Vivieron apenados y ese peso hacía que clavaran los ojos en la tierra, pero esa tierra nada les devolvía.
Solo les quedaba la nostalgia, el aire de un tiempo pasado que dejaba las mieles del recuerdo y desaparecía, un aire que no era capaz de agarrarse y dulcificar su nueva y triste vida.
Pesarosos de su situación, alzaron la mirada al cielo ya que la tierra enmudecía ante sus plegarias.
Cuentan que cuando clavaron los ojos en las alturas lo primero que vieron fue esa gran sala donde se escondían los sueños, la misma que existía desde el principio, pero que ellos no vieron porque no la necesitaban.
Era un enorme palacio de candelabros de oro, lámparas de refinado cristal, la más preciada seda vestía las cortinas, los sonidos recorrían sus pasillos con voces angelicales, y cualquier deseo que brotara en la imaginación, al instante aparecía en esa morada de ilusiones.
Así  aprendieron a mirar al cielo cuando el pesar les invitaba a inclinar la cabeza.
Descubrieron la salida a ese túnel en el que se habían metido y transmitieron esta enseñanza de generación en generación, y ahora es una vieja costumbre de la que todos somos presos.

No sé si será cierta esta leyenda, pero cada vez que buscamos una alegría que sepulte nuestra pena, miramos al cielo, tal vez buscando esa sala que Dios creó, porque sabemos que allí, seguro, estará nuestro sueño.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
s

No hay comentarios:

Publicar un comentario