viernes, 9 de enero de 2015


"Gracias, perdón y ayúdame más"

Parte I: "GRACIAS"


Olvidé, con frecuencia, esta palabra. 
Hubiera  bastado que mis labios expresaran ese sentimiento para arrancar ese puñal que el resentimiento te clavó y ahuyentar los fantasmas del recelo que sobrevolaban tu memoria, impidiéndote olvidar una puntual ingratitud.
Hubiera querido que esta palabra resucitara de las cenizas de mi alma y abriera las nobles puertas de la tuya, para arrancar de tus labios tu perdón.
Sí, ya solo vivo para ofrecer esta palabra, en ocasiones a cambio de nada, por el mero hecho de respirar las sensaciones, buenas o malas, que me deje la vida.
A ti me dirijo, para que recojas este ofrecimiento y lo guardes como un tesoro en la memoria del corazón.
Será pobre ofrenda a los ojos del mundo, que valora el beneficio por encima del desprendimiento.
No le pongas barreras, deja que ese “gracias” vuele libre inundando el aire que te rodea, y ese vuelo silencioso, pero profundo, hará de tu vida, de la mía, de la nuestra, un recinto donde nuestros ojos solo verán nuestros momentos como un motivo para decir “gracias”.
Y cuántos suspiros se habrán perdido en el aire deseando oír esta palabra; o cuántos hubiéramos podido evitar si la hubiéramos dicho a tiempo.
Incluso no hace falta que tus labios dejen su eco; basta una mirada para pronunciarla.
¿Acaso no la pronuncia la misma Naturaleza cuando las hierbas orilleras son lamidas por el río, o la flor vibra cuando un insecto cosquillea sus estambres, o la misma tierra siente el beso de la luz o del viento?
Pues si carente de alma, ella siente esa necesidad, ¿qué impide que nosotros la evoquemos?
Y es que siendo tan sencilla, solo nace de aquellas que son capaces de compadecerse o de ver como un regalo todo lo que le rodea.
Un día me dejaré perder por esas calles donde se respira la vida, donde conviven almas despreocupadas, risueñas y sufridas, y quisiera, en cada una, despertarles ese motivo para que dieran las gracias.
Pero me temo que algunas no entenderán el ofrecimiento, y otras, sin embargo, la llevarán entre los dientes como hoja que descansa en una rama.
Pero más allá de que este deseo fuera universal, me conformaré con que prenda en mi voluntad, y lucharé cada día porque nadie que se cruce en mi vida se quede sin escucharla.
Pero si ese “gracias” nace del alma, empezaré a construir este monumento al agradecimiento por los pilares que la sustentan, y será Dios quien primero la escuche pues Él es la causa.
Desde esas raíces, ya solo encontraré motivos para no olvidar esta palabra y saber que cada vez que suene, aunque se pierda en el aire, alguien recogerá su eco y, tal vez, restañe una vieja herida o resucite un perdón que quedó enterrado en las cenizas de un alma.
FIN

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