viernes, 9 de enero de 2015



"Gracias, perdón y ayúdame más"

Parte II: "PERDÓN"

"Regreso del hijo pródigo" (Rembrabdt)

Palabra mortecina y expatriada, vives en cautiverio, encadenada por el orgullo.
Solo afloras en lenguas privilegiadas que encontraron, en tu nombre, el elixir de la felicidad.
Si estuvieras tan presente en nuestras almas como lo están la luz, el aire o el agua en nuestras vidas;
si nuestro corazón fuera un mar donde cada ola que se alza fuera un “perdón”;
si  en el volcán de nuestras ciegas pasiones, en lugar de fluir el rencor, tú fueras su lava, entonces, viviríamos en ese mundo inmaculado que nació de la mente de Dios o no quedarían heridas abiertas.
Somos de piel fina, tan sensible, que por nada exigimos, con la rapidez de un rayo en la tormenta,  el perdón a una supuesta ofensa, pero cuando debemos desprenderlo de nuestros labios, ese rayo se transforma en musgo que se pega a la piedra de nuestro corazón.
¡Qué pequeña sería esa montaña que nacería de acumular los “perdones” que se rindieron al prójimo y nacieron del alma!
Si aunara aquellos que alguna vez pensamos pedir, pero las riendas del orgullo frenaron, se alzaría una inmensa mole que cubriría, de sombras, la tierra.
Y si reuniera aquellos que nuestra razón se negó a pedir por no hallar motivo para hacerlo, pero que por lo mismo sí exigimos al prójimo, entonces, quedaríamos sepultados bajo ellos.
El orgullo, esa mala hierba que nace con nuestra vida y nos acompaña como estela que viaja tras la barca, nos asfixia con sus brazos mientras el perdón asoma su mano mendiga reclamando un aliento de vida.
No hace falta explicarlo, ni cubrirlo de palabras que lo adornen o defiendan.
Al perdón le basta con experimentarlo.
Y si en un lienzo inmaculado, desnudo de  formas y colores, dejáramos el pincel del orgullo y del perdón cubriendo su virgen tela, sería, su resultado, antagónicos paisajes.
En uno, un seco desierto anunciaría la ausencia de vida, el silencio llenaría esa tela donde los personajes esconden su rostro para ocultar una culpa, y no habría más color que el de una noche sin luna ni estrellas.
En el otro, una sinfonía de voces y colores dejaría el eco de la alegría entre alegres cascadas de agua y rostros en los que se dibuja la sonrisa del perdón.
Pero esta palabra a veces es tan difícil de decir como de conceder.
Porque así como se resiste a rendirse, también se opone a indultar.
Por ello, cuando somos presa de esa lucha en la que nuestra conciencia se resiste a humillarse al ofendido  o a ser generosa en la victoria con el que nos ha herido, clavo en medio de ese frío paisaje la cruz de Cristo y huyen las excusas como la serpiente, del fuego.
Al pie de esa cruz, muere injustamente un cuerpo; y lo hace en silencio porque habla su corazón, con ese mudo lenguaje que excede a las palabras y se refleja en una mirada que se pierde en el Cielo reclamando nuestro perdón.
Y nosotros, lejos de vivir esa cruz, ¿no somos capaces, por infinitamente menos, de decir “PERDÓN”?
Cuando sienta que el mar enfurecido del orgullo amenaza con embestir los débiles muros del arrepentimiento que custodian mi alma, miraré esa cruz y, sin excusas, lo liberaré de sus cadenas para que  el eco de su voz, de esa palabra, deje en el aire la frescura, la alegría y la paz que nace cuando pedimos y concedemos el perdón, un perdón que, como las "gracias", nazca del alma.

FIN

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