viernes, 9 de enero de 2015


"Gracias, perdón y ayúdame más"

Parte III: "AYÚDAME MÁS"



Y nació, esta petición, de la consciencia de mi poquedad.
Mi alma era tierra de secano a la que el favor divino transformó en pequeña huerta.
Sus favores eran como esa ligera, pero continua, lluvia que moja la tierra sin ahogarla, como esos espaciados besos o esas esporádicas citas que van sembrando la semilla del amor; y yo era esa mano abierta que no se cansa de pedir, que no daba abasto para recoger sus frutos, pero que, también, los dejaba escapar como huye el agua entre los dedos.
Él era antorcha que no cesaba de iluminar, adentrándose en los más oscuros rincones de mi ser para alentar lo que estaba muerto; era amante que no cesaba en su empeño, pero yo era como ese molino que extiende sus brazos para recibir al viento y, sin embargo, los tiene agujereados dejándolo escapar.
Y aun así, le pedía más.
Llegó un momento en que la vergüenza se apoderó de mí como apresa, la luna, a los sueños, y me sentía incapaz de decirle que aumentara sus favores.
Pero al igual que a unas manos que se buscan no les basta el sentirse acariciadas sino que quisieran fundirse y hasta convertirse en piedra para permanecer siempre juntas, así ,no podía evitar que, tras saborear  esas mieles celestes, sintiera la necesidad de que fueran más las que deleitaran el paladar de mi alma.
Y puse el empeño que pondría cualquier enamorado por alcanzar lo deseado o por no perder lo dado.
Y luché como lo haría el náufrago; me esforcé como ese árbol, que extiende desesperadamente sus ramas para estrechar la mano a la luz.
Pero como ese errante de las aguas que requiere un último auxilio cuando atisba la tierra, yo no dejé que mi lengua se resignara y la transformé en cascada generosa de la que brotaban gritos de ayuda.
Tú eras ese fuego del que una simple chispa valdría para prender las mechas de un bosque de velas.
Un simple pensamiento, en tu mente divina, un deseo tuyo hecho rayo, acabaría con todas las penas; y eso hiciste conmigo, pero no una vez, sino en cada necesidad.
¿Y aún así se atreven mis labios a decirte: “¡Ayúdame más!”?
Podrían tildarme de egoísta,  de privilegiado insatisfecho, de agasajado desagradecido, pero no es el inconformismo lo que me arrastra a pedirte más: es la indigencia de mi alma, la torpeza de mis obras y la ceguera de mi corazón los que sienten que toda ayuda es poca.
Además, ¿por qué renegar, ignorar o huir de esas fuentes que sacian la sed?
¿Acaso el cervatillo no busca, día tras día, esas corrientes de cristal vestidas de río y  lame sus verdes orillas?
¿No pide, el corazón, el fuego de  esa palabra que lo incendie aunque la acabe de escuchar?
¿Y por ello son egoístas?
No.
Pues así me siento yo: un cervatillo enamorado que necesita, cada día, a cada instante, sentirse amado para poder amar.
Por eso, y solo por eso, nunca se cansarán mis labios de decirte: “Ayúdame más!”

FIN

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