martes, 13 de enero de 2015


LA MANO QUE TIENDE EL SILENCIO


Entre los cañaverales apostados a las afueras del pueblo, como impasibles escoltas que custodian el río y con los que solo hablan sus aguas, se abre un antiguo camino, viejo conocido del viento, que conduce a una loma donde, hace mucho, se paró el tiempo.
En ella he compartido muchas albas y ocasos cubriendo su ralo suelo con pensamientos. Desde su pelada cima contemplaba una indigente naturaleza que, sin embargo, inundaba de riquezas mi alma.
Llega un momento en que todo puede parecer monótono, cotidiano, pero la vida se encarga de que  no consintamos en no apreciar lo bello por ser muy visto; así que, para evitarlo, me ofreció un motivo que me despertara de ese letargo.
Fue un suceso corriente, pero envuelto en ese halo extraordinario que rodea lo humano.
El atardecer ya estaba avanzado, el féretro del sol se cerraba mientras la luna se disponía a iniciar su reinado, pero aún quedaban pequeñas huellas de luz que me servían de guías.
Una pequeña isla de claridad flotaba sobre esa cima que a nadie más esperaba; pero precisamente porque ella y yo éramos los únicos que compartíamos nuestra soledad, me sobresaltó una sombra en medio de ese oasis de luz.
Sus redondeados perfiles y su quietud infundían una sensación de calma, que despertaba simpatía.
Pero pronto surgió la incredulidad al observar que esa sombra era la de una lugareña, de carácter amistoso y afable, al decir de la numerosa gente con quien siempre la veía rodeada.
También ella compartió mi extrañeza y pareció disculparse por haberse adentrado en “mi” territorio.
Pronto quedaron al descubierto esas necesidades que laten en toda persona, y no eran otras que las de buscar ese instante de silencio y soledad, el único capaz de dar la palabra a esos pensamientos que viven en el alma y que solo se atreven a asomar en la intimidad con uno mismo.
Esa gente que la rodeaba, no eran sino niebla, aparentes amistades que cubrían su vida pero que, al mínimo soplo de viento, pequeños intereses, desaparecían. No dejaban de ser oropel, incapaz de llenar esos silencios por los que nadie la preguntaba.
Yo pensaba que mis pensamientos solitarios eran invisibles fantasmas, eremitas ignorados, pero resultaron ser la mano tendida que buscaba esa mujer rodeada de vida, pero, en su fuero interno, solitaria.
Fue necesario que viera a alguien saboreando ese mundo por el que suspiraba, para que se atreviera a huir de esas sordas voces y abrazar el silencio, donde escucharía esas otras que hieren o ilusionan.
En ocasiones necesitamos enclaustrarnos para que solo Dios y nosotros nos oigamos.
En la vida hay corredores solitarios y los que, allá donde miren, siempre a alguien encuentran, pero si esos mundos pudieran enseñar sus almas, encontraríamos a las primeras, satisfechas, y a las otras, olvidadas.

Desde entonces, esa vieja loma donde el tiempo se paró, la pisa otra persona que busca, como yo, la mano tendida de la oración, de ese silencio donde te preguntan por esas lágrimas calladas, por esas ilusiones escondidas que habitan en el fondo del alma.

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario