jueves, 29 de enero de 2015


NIEVA


  En el último piso del cielo habita el frío en compañía de sus hijos: el granizo, el viento polar, el hielo,...y la nieve.
La celda en la que habita la nieve es de blancas y silenciosas paredes, como si la luna las hubiera dado un frío beso infundiéndoles su propio color y robándoles la voz.
En su refugio, y desde una pequeña ventana, la nieve contempla la tierra, a la espera de que la Madre Frío le abra las puertas para dejar, entre los mortales, sus copos de oro blanco.
Como la enamorada que espera tras el cristal ver pasar a su amado o que se contenta con saber que él también piensa en ella, así, la nieve, desde su ático del cielo sobrevuela el mundo con sus ojos de águila, esperando que alguno de sus rincones la llame para dejar sus blancas lágrimas de hielo.
Vive enclaustrada en los rincones del cielo, en una morada solitaria.
Tal vez por eso alguien pensó que los copos son blancos suspiros que nacen de los fríos labios del cielo cuando una pena le deja el corazón herido, y que en aquellos lugares en los que nieva es porque alguien clavó en el pecho del cielo la flecha del dolor o la daga de la pena.
Hay quien piensa que la nieve es el llanto desesperado y extremo de un corazón olvidado.
Pero nada más lejos de la realidad.
Cuando el frío posa su mano sobre la tierra, acaricia su lomo y extiende una gélida manta que le cubre las espaldas; después, enmudece el ambiente y priva al aire de su cálida voz, congelando sus acordes.
Queda la tierra envuelta en ese halo expectante, el frío se enfunda su guante inmaculado y llama a la puerta donde vive la nieve.
Al oír su voz, se le estremece el corazón, como a esa joven amante que sabe que es su amado quien la llama, y coge su traje de copos para vestirse de gala.
Toma la galante mano que le tiende el frío y desciende a la tierra vestida de fiesta.
Nada más verla, el aire, en un arrebato de amor la abraza y, juntos, dejan en el cielo el sello de un bello vals.
Es verlos, y sentir que la tierra ha abierto su caja de música para que solo bailen ellos.
Esta danza de la naturaleza solo termina cuando el último copo besa el suelo.
Cesa ese eterno baile y un frío sudario cubre el cuerpo de la tierra, pero el pincel de la mirada sigue pintando en el alma los colores de la ilusión.
Aunque la nieve nazca del frío, rejuvenece la tierra con el cálido aire que dejan los recuerdos de la infancia.
Aunque sea el frío el sello de su espíritu, el nuestro lo transforma en hoguera de emociones.
Y cuando se hace presente, se diría que el Cielo abre las puertas para que sus almas, vestidas de copos, nos ofrezcan un esbozo de su hermosura.
Y es que cuando nieva, la naturaleza nos hace un donativo con el que resucitan los recuerdos, revive nuestro lado más inocente, despierta en nuestro pecho lo trascendente y, ¡cómo no!, regala a la vista uno de los rostros más bellos que puede ofrecer la tierra.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeverso
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2 comentarios:

  1. Excelente versar en prosa. Tema fresco y agradable.
    Te felicito Abel De Miguel Sáenz.

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    1. Muchas gracias. Es un placer compartirlo. Un saludo.

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