lunes, 12 de enero de 2015


PACTO DE PAZ


Sucedía que cada vez que llegaba el día del estreno de una de las estaciones, inmediatamente se escuchaban comentarios negativos sobre la estación saliente o las demás y, claro, esos rumores, ecos que no descansan hasta llegar a todos los rincones, llegaron a los oídos de la primavera, del verano, del otoño y del invierno.
Dolidas por esas opiniones traicioneras, que aprovechaban su ausencia para criticarlas, llegó un momento en el que se sintieron tan ofendidas ante tales calumnias que exigieron una pública disculpa, pero hasta que llegara ese momento alentaron a la naturaleza, en señal de protesta, a la rebelión.
De esta  manera, la primavera se negó a engendrar flores, aromas y colores; cerró sus entrañas de madre y la tierra parecía estéril alfombra de la que nada nacía.
El verano frenó las riendas de su fuego, ocultó su rostro bajo un velo de nubes y se negó a que su luz pintara, de vida, a la tierra.
El otoño se mordió los labios en su esfuerzo por no llorar y así evitar su inseparable lluvia; cerró las puertas de la caverna del viento y ató las hojas a sus ramas para que no cayeran.
Por último, el invierno se enclaustró en una cueva, limó las afiladas garras del frío, pintó de colores la blanca nieve y maquilló de luz sus prolongadas noches.
Las estaciones parecían haberse vuelto locas y la tierra era un caos, un torbellino donde nada ni nadie encontraba su sitio.
La protesta consiguió sus objetivos, aparte de que ni ellas mismas podían soportar esa situación.
Se sentían incómodas con ese postizo traje y cada cual quería lucir su vestido, por lo que decidieron reunirse para salvar las diferencias y aclarar los malos entendidos.
Se reunieron para cambiar impresiones y conocerse un poco más, pues resultaba que algunas solo se vieron muy superficialmente, apenas un breve saludo entre el ocaso del día en que una estación moría y el alba del día en que la siguiente nacía; pero otras, como la primavera y el otoño, o el verano y el invierno, nunca coincidieron ni en el saludo ni en la despedida.
Para hacerlo más cómodo y equitativo, cada año se reunirían el día que comenzara una estación; así, la primera vez se reunieron el día que comenzaba la primavera; al siguiente año, el día que empezara el verano, y así sucesivamente. 
Era la forma perfecta de que todas conocieran el hogar de las otras, sus costumbres, paisajes y colores,  y comprobar con sus propios ojos que cada una tenía su encanto.
Y como si fuera un escaparate donde se exponen las mejores esencias, cada cual abrió su pecho y mostró lo más preciado que en él encerraban.
Bien podríamos llamar, al conjunto de todas, “Belleza”, pero cada una tenía su nombre:
El elixir de la primavera se llamaba: “Color”, el del verano: “Luz”, el del otoño: “Nostalgia”, y el del invierno:”Pureza”.
Describir el asombro que se dibujó en sus miradas al contemplar las maravillas ajenas, sería como intentar abarcar con un simple beso todo el rostro de la luna, o intentar encerrar en nuestras manos el mar.
Hasta tal punto fueron presas de la admiración, que un fugaz rayo en forma de deseo atravesó sus mentes dejando lo más bello de cada una.
Así, a la primavera se le clavó en el pecho la melancólica lluvia del otoño que revestiría de poemas sus flores.
El verano sintió que el Cupido del invierno le asestó la mortal flecha de los blancos destellos de la nieve, que ya quisiera él para su luz.
El otoño soñó con vestir, algún día, esos trajes de colores que lucía la primavera.
Y el invierno dejó un suspiro al contemplar el prolongado manto de luz que lucía el verano, manto que abarcaba la mayor parte del día.
Bien comprendieron que esos malignos rumores, esos venenosos ecos, eran fruto de los ociosos comentarios de la lengua humana, presta a mancillar al destronado y adular a quien lo ocupa.
Desde entonces, cada vez que las estaciones se cruzan en ese fugaz intercambio de despedida y bienvenida, brilla una mirada de admiración y acallan esas voces críticas.
Nunca podremos juntarlas ni contemplarlas a la vez, pero tal vez así sea mejor, porque así nos daremos el placer de respirar, en cada época, su esencia; así, en lugar de someterlas a un remolino donde se mezclen sus bellezas, apreciaremos, una a una, el "Color”, la “Luz”, la “Nostalgia” y la “Pureza”.

                                                   FIN




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