jueves, 8 de enero de 2015


TRES PIEDRAS


En las áureas colinas de un sitio  vedado a la presencia humana nace un río cuyas aguas esconden la Felicidad.
Lugar tan difícil de acceder como lo es el poseer en plenitud esa virtud.
Pero para los espíritus intrépidos, con ciertos tintes de fanfarronería, no hay misiones imposibles; es más, basta que lo sean para que se decidan a acometerlas.
La leyenda de ese lugar ya se había extendido como las alas del águila, que al desplegarlas ensombrecen por donde pasan, y se había convertido en plato cotidiano de improvisadas tertulias.
En una de ellas estaban tres amigos en los que anidaba la aventura hermanada con la gloria.
Sus rostros reflejaban una nerviosa ilusión cuando se oían los términos “colinas doradas” o “aguas milagrosas”, a la vez que sus ojos miraban al cielo, tal vez reacción inconsciente ante lo que imaginaban encontrar allí.
Este sentimiento común no ocultaba las particularidades, el variado pelaje, las intenciones con las que cada uno afrontaría ese reto.
A medida que profundizaban en la conversación se veían arrastrados por las ensoñaciones, hijas de la leyenda, y ya sentían tocar ese mundo.
Solo faltaba vivirlo.
En un alarde de osadía, y para hacer más meritorio su logro, decidieron imponerse una dificultad:
Cada uno cargaría con una piedra que pesaría lo mismo.
Era como revestir lo difícil de utópico; lo imposible de milagro.
Dominados por ese espíritu competitivo fijaron que en el caso de que dos de ellos, o los tres, llegaran juntos, tirarían sus piedras al río y aquella que quedara flotando en la superficie indicaría quién sería el privilegiado, el único, que podría beber de sus aguas.
Nacieron las intenciones, derivaron en sueños y acabaron en locura.
Pero si la locura es compartida, adquiere visos de cordura, así que estrecharon sus manos como firma de esa aventura.
Se citaron para el alba del día siguiente en el inicio del camino llamado de “las tres cruces”.
Fue una noche de desvelo, donde las posibles dificultades se vistieron de fantasmas y las ilusiones, de querubines mientras el sueño se batía en retirada.
Y como todo héroe tiene un lema, una frase lapidaria que resume sus valores, cada uno, en secreto, decidió esa noche inscribir el suyo en la base de esa piedra compañera.
Uno escribió “GLORIA”; otro, “AVENTURA”; el tercero, “FELICIDAD”.
He aquí el variado pelaje de ese sentimiento común.
Uno buscaba ese retrato mundano que te inmortaliza en el recuerdo humano, pero el recuerdo es un dios con los pies de barro.
Otro solo quería el placer aséptico del disfrute, sin buscar en él más valores que la satisfacción personal o de su curiosidad.
Finalmente, el  último perseguía las raíces, esas fuentes por las que se sentía llamado.
Buscaba el objeto mismo, es decir, la Felicidad.
El amanecer ya empezaba a dejar su mano de luz sobre los caminos contorneando las frágiles formas de los pétalos recién despertados, esculpiendo las sombras de los árboles, dejando síntomas de vida en la somnolienta naturaleza y dando una capa de brillo a esas férreas cruces que indicaban la salida y, ¡quién sabe si también un presagio!
El camino hasta las faldas del monte fue un intercambio de silencios y palabras.
En los silencios hablaba la imaginación mientras las palabras daban vida a esos imaginados sueños.
Hasta el instante de empezar la ascensión la piedra con la que cargaban no era obstáculo porque las fuerzas de la ilusión se mantenían intactas.
La pendiente requería un moderado esfuerzo que aliviaba y compensaba el entorno:
Las libres carreras del agua hacia el vacío dejaban en su caída una voz de ánimo.
Los frondosos árboles parecían extender sus ramas ofreciendo cobijo.
Y, sobre todo, el reluciente brillo de la cima atraía, como poderoso imán, la mirada y arrastraba la voluntad.
Ya habían consumido la mitad del camino cuando las dudas empezaron a hacer mella en alguno.
Quien portaba la piedra de la “aventura” se sentía satisfecho con lo visto, pues hacía falta bien poco para llenar el pequeño depósito de la curiosidad.
Como esas brumas que lentamente se abren paso y ocultan las aguas de las que nacen, así, en su mente emergieron las dudas hasta ahogar la ilusión.
Victoriosas, le animaron a liberarse de esa piedra en la que había firmado su lema.
Desprovisto de su ideal, ¿qué sentido tenía continuar una empresa sin valores que te muevan?
Derrotada la ilusión dio media vuelta y dejó a solas a la “Gloria” y la “Felicidad”.
Como el amante que espera ver ese rostro que dio sentido a su vida; como la tierra castigada por el invierno ansía que llegue la primavera para que cure sus heridas, así los dos amigos siguieron acortando distancias, consumiendo el tiempo y renovando las ilusiones como antídoto del cansancio.
El premio merecía tal esfuerzo.
Alcanzaron la cumbre.
El  brillo de la tierra iluminó sus ojos, el eco feliz de las aguas les arrebató el alma y cada cual expresó su sentir.
El amigo que llevaba la piedra de la “Felicidad” dijo: “¡He alcanzado la cima!”
El de la “Gloria” exclamó:”¡He alcanzado la fama!”
Descubiertas las intenciones de cada uno, se revelaron los sentimientos.
El amigo de la gloria despreció al río y su leyenda porque él ya tenía “su” felicidad; el otro no sentiría saciada su sed hasta que bebiera de sus aguas.
Conforme a lo pactado lanzaron las piedras al río.
La de la “Gloria” se hundió mientras la de la “Felicidad” quedó flotando con la misma ligereza con que lo haría una hoja.
Como gladiador que ve coronada su lucha con el laurel de la victoria; como lágrima nacida del dolor, que encuentra el corazón que la consuela; como río que brega con la tierra hasta encontrar su mar, así bebió esas aguas el amigo que buscaba la Felicidad.
Iniciaron el descenso, el regreso a la, desde entonces, otra vida porque cada cual sentía colmadas sus aspiraciones.
Y mientras uno soñaba con lo que le esperaba, con lo inmediato, el otro solo tenía por pensamientos lo eterno.
Cuando llegaron a su tierra comentaron con todo detalle lo que vieron y experimentaron.
El amigo de la gloria la saboreó solo con ver la admiración con sombras de envidia en esos rostros que lo escuchaban.
Se sentía importante.
El otro amigo paladeaba una gloria que no necesitaba de auditorio porque era más profunda y personal; esa que no nace de uno mismo sino que viene de fuera y se siente hasta en la soledad.
Pero, como le sucede al pavo real, la admiración tiene fecha de caducidad y sus relatos y conquistas, con el paso del tiempo dejaron de entusiasmar.
Es la pega que tiene la rutina por maravillosa que sea.
A ese “dios” que es la Gloria se le empezaban a fundir sus pies de barro y su felicidad se marchitó, desembocó en indiferencia y acabó alimentándose de la nostalgia, el pan que sacia el hambre del pasado pero que no alimenta el presente.
Y mientras su dicha menguaba hasta morir, observaba que la de su amigo crecía y era imperecedera.
Bien  comprendió por qué esas áureas cumbres estaban vedadas a los mortales.
Porque para decir que se ha estado en ellas no basta con pisarlas, hay que conquistarlas, y él, su “gloria”, rozó la felicidad pero no la poseyó.
Fue como aceite en el agua.
Son pocos los que buscan esa felicidad desasida de intereses humanos, pero en esas colinas siguen sonando esas aguas como voz que reclama a las personas que beban de ellas.
Sobre su lecho flota una piedra que espera la acompañen otras.

FIN

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