jueves, 8 de enero de 2015


TRIPLE ALIANZA

"Habitación" (Van Gogh)


Solo quedaba sobre la mesa un vaso, de cristal viejo y arañado, 
que traslucía los oscuros posos del café matutino.
Unos restos de blancas migas salpicaban una mesa que se resistía a ser víctima del hacha y a acabar entre las llamas, mientras un rayo de luz se colaba entre los arabescos forjados que decoraban una ventana enclaustrada entre maderas.
El resto del hogar había quedado bautizado por el aroma del café, el cual compartía su espacio con otro no menos embaucador como el de la tierra mojada, recién nacido de esa lluvia que dejó su primer beso de agua en esa tierra que, a primeras horas del día, ya la esperaba con los labios abiertos.
Al respirarlos, cada uno aportaba un sello de intimidad: el café, el del hogar; la lluvia, el de la Naturaleza.
El resto de enseres y paredes, aunque inertes, parecían adquirir vida bajo esos efluvios de nostalgia.
La luz y los aromas, en perfecta comunión, se adentraban en los rincones, besaban las vigas de madera, acariciaban el suelo entarimado o escribían con sus partículas un poema de versos invisibles que hablaba de hogar.
Estas eran las huellas que dejaban un haz fugitivo de las nubes, un hilo de aroma nacido de un viejo vaso y una húmeda mano que nació de la lluvia y la tierra.
Solo eran sensaciones, pero no necesitaba más para sentirme agradecido por esos pequeños regalos que me ofrecía lo cotidiano.
Y me quedé quieto, observando ese cuadro invisible que los tres pintaban en mi alma.
Sí, fui capaz de elevar a lo trascendente esta rutina, porque por simples que parezcan, ¿no deja de ser un milagro que la combinación de una luz y dos aromas, tan corrientes como un anochecer y tan sencillos como un niño, me dejaran una sensación de felicidad?
Permanecí, absorto, recreándome en ese mágico ambiente, respirando ese aire en el que la tierra parece contarte su intimidad, escuchando las noticias que esa luz me traía del cielo, y fundiendo mis pensamientos con el humeante café.
Era un momento en el que, sinceramente, me dejaba llevar por ellos porque eran ellos quienes me dictaban los sentimientos.
Y en ese reducido espacio en el que convivíamos, no había lugar para las penas; allí solo cabían los sueños.
Y seguiré sintiendo esa agradable intimidad cada vez que un café, un rayo de luz y la lluvia decidan establecer una alianza y entren en mi hogar.
Nadie me podrá robar su intimidad, su nostalgia ni sus sueños.

FIN

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