viernes, 27 de febrero de 2015


LA  FUENTE


Ya te  conocía, pero hubo un momento, no recuerdo cuándo, en que esa misma voz que  cada día nacía de tus caños me sonó a amiga y confidente.
Desde entonces, cada vez que te veo o recuerdo, tus caños se convierten en brazos de agua que se extienden para apagarme la sed y la nostalgia.
Como alma de las plazas,  te conviertes en foro de las tertulias diarias, en el refugio de adolescentes confesiones que te bañan con sus risas cuando hablan del amor,  o en ese pulmón donde se respiran las cotidianas inquietudes que componen nuestras vidas.
Modelaron tu cuerpo bajo pétreas formas que rivalizan, en belleza, con Apolo, o te sometieron a la novedad de fríos y rectilíneos hierros, pero sea cual sea el ropaje que te vista, siempre nos robará la mirada la partitura de tus aguas.
¡Cuántas veces pienso en tus murmullos!
¡Cuántas veces habré revivido esos diálogos, en baja voz, en los que mis sueños y penas se fundían contigo y, sin darme cuenta, te abría mi alma!
Entre los tesoros que guardo en la memoria hay imágenes, personas y palabras.
Y en ese cofre reservado a los sonidos, están el del seco crujido de la hoja arrastrada por el viento, el fugaz golpe de la lluvia en la ventana, el de esa canción que marcó un momento, el de las olas,... y como un epílogo de todos ellos: el eco de tu tranquila voz resonando en los jardines, durmiendo, de paz, a la Naturaleza y  a los corazones.
Me imagino a las aguas en tu vientre, vistiéndose con los distintos trajes de las emociones, para nacer con el ropaje de ese sentimiento que busca, y pide,  quien a ti se acerca.
¡Cuántas miradas se perdieron en tus húmedas paredes, preñando de suspiros, deseos, oraciones y tristes o felices lágrimas, tu pecho de piedra!
Fuente, serás la muerte de la sed, serás arte que complazca el espíritu y la mirada, serás refugio del corazón desconsolado o enamorado, serás confidente de esos labios penitentes que te hablan con el alma; serás…
Da igual.
Para mí, siempre serás imagen y sonido en el tesoro de mi memoria.
Serás sentimiento, en mi corazón; en mi silencio, palabra y en mi alma, oración.
Serás, en mi vida, un hito que se alza para indicarme que siempre habrá un lugar donde mis pensamientos encuentren una voz amiga y confidente, o unos brazos tendidos ofreciéndome sus aguas. 

EL  RELÁMPAGO


Una marea de negras nubes anuncia  que el cielo está presto a la lucha para saldar viejas rencillas con los mortales.
Siguiendo el protocolo de los duelos medievales, abre la afrenta lanzando, al rostro de la tierra, su guante de luz.
El silbo de esa flecha luminosa rasga las sombras, atraviesa los muros del aire como fuego que funde la cera y deja el brillo de la mirada felina que paraliza a su presa.
Se hace dueño de una tierra, a la que convierte en cárcel de silencios y nido de asombros.
Escondido entre la espesura del cielo, dormitando entre las paredes de las nubes, despierta para dejar, repentino y fugaz, un bostezo de luz.
El relámpago es una jaculatoria.
Es ese instante en que Dios parpadea y deja entrever la belleza de sus ojos.
Su corta vida no resta la larga huella que deja, ni atenúa la sorpresa de unos mortales que no saben si apreciar su resplandor o temer su ira.
Es la avanzadilla de la tormenta y asume el riesgo de ser el primero en caer en una guerra precedida por su luz.
Y muere.
En ese campo de batalla queda la memoria de su látigo, de su afrenta, pero también el recuerdo de cómo brillan los ojos de Dios.
¿Y quién no ha sentido, alguna vez, ese brillo repentino en el alma, esa luz que te inunda de dicha, aunque sea tan fugaz como un suspiro, cuando la monotonía de la vida adormilaba las ilusiones o cuando un remolino de negros presentimientos vestía de luto nuestra esperanza?
Es verdad que, en ocasiones, solo reparamos en su seco ruido, que aumenta nuestro temor y nos hace sentir que se corta ese hilo de felicidad que nos mantenía con vida, pero después de ese sobresalto, de esos temerosos momentos, aparecerá la estela que lo acompaña,  dejando, en medio de nuestras sombras, una mano de luz, el brillo de los ojos de Dios, ese  instante en que nuestra vida se convierte en relámpago. 

jueves, 26 de febrero de 2015


VOCES CALLADAS


Son ojos que te miran y, en  silencio, te hablan, pidiendo que seas tú quien ponga la palabra.
Nunca te lo dirán, pero si abres su corazón, encontrarás testimonios de ilusiones perdidas y polvorientas esperanzas.
Nunca les oirás, pero sus lágrimas o sonrisas ocultan esas emociones que bullen en sus almas como luces o heridas.
Y tal vez pienses en esos cuerpos heridos por el hambre; en esa letanía de vidas que huyen de las balas; en esas niñas, mujeres prematuras,  porque les robaron la infancia; o en esas personas en que la cruz de Dios hirió la mente o su cuerpo sin fijarse en la edad.
Nos compadecemos de penas visibles y extremas, pero a veces la herida que más duele no se ve, y, tal vez, a tu lado están esos ojos que te miran en silencio, pidiendo que seas tú quien ponga la palabra.
Te dignifica lamentarte por las penas ajenas; un soplo de amor te limpia el alma cuando sufres por los que no conoces, pero, a veces, olvidamos la que nos rodean o damos por supuesta una paz en esas almas que tenemos cerca.
Puede que sus penas no alcancen la tragedia, pero también puede que erremos al medir su sufrimiento; solo quien lo padece  conoce esos límites.
El silencio de un hijo, una mirada de reojo que te busca esperando una palabra,…
Sí, su vida no está al límite, queda lejos el umbral de la subsistencia, pero aunque el cuerpo se vea satisfecho, puede que su corazón mendigue.
Sentía esta necesidad, la de auto inculparme por pensar que el mero hecho de tener a mi lado a los seres queridos excluía, en ellos, toda tristeza.
He sido como esa apasionada luna que se desviviera por llenar los rincones escondidos de la noche con su luz de plata, y se olvidara de alumbrar a sus hijas, las estrellas.
Era necesario que hiciera este alto en el camino.
Desde ahora, sí, me conmoverán esas lejanas desgracias que tambalean los pilares del corazón y de la conciencia, pero esas mismas me servirán para no despegar mis ojos de aquellos que me rodean. 

UN MAR HERIDO


Dime en qué punto del universo se escondió tu última sonrisa.
Dime cuál fue el último día que la vida esbozó en tus labios un amago de luz.
Dime, si es posible, quién o qué  oscureció tus ojos y sembró en tu alma la cizaña del dolor.”
Pero el mar callaba, y apenas dejaba el gemido de unas lánguidas olas, resignadas a morir en la arena.
Ni el alba era capaz de grabar esas tímidas líneas de luz, luciérnagas que flotan sobre esas aguas recién despertadas en las primeras horas del día.
Una impotente luna veía cómo una invisible mano robaba sus destellos de plata y los hundía en el anonimato de las profundidades.
Baldíos esfuerzos por resucitar el alma del mar y la de esa orilla, que cada día le ofrecía sus labios de arena para sentir sus besos salinos y que, ahora, solo recibía un tímido aliento que no llegaba a brisa.
Los gemidos de las olas, su débil aliento, sus opacas aguas negando la luz,…
Solo una cruz, de esas que se graban en el corazón y hieren el alma, es capaz de crear tales efectos, y alguien que la probó, vertió en el confidente mar su sabor una de esas noches o mañanas.
Alguien, de esos que tantos días lo visitan para compartir sus sueños o aliviar sus penas, con su eterno horizonte, tuvo que dejar una herida flotando en sus aguas, pero ¿tan profunda como para que su corazón la sintiera como suya?
Cualquiera que buscara, en esa arena, comunicar sus sentimientos al infinito horizonte, solo hallaría una nostálgica playa mirando a un melancólico mar.
Pero lo mismo que amor, con amor se paga, el desamor solo halla su antídoto en un olvido que lo entierre o en un afecto superior que lo ensombrezca.
Las últimas luces del día coloreaban de alarma el mar y el crepúsculo reflejaba en esas aguas una cárdena estela de luz que no sé bien si eran del atardecer o los flujos de  sus heridas.
Pero en ese instante en que la luz se vestía de tragedia, asomó la figura de un joven en la orilla.
¿Venía a lanzar la red de sus sueños o a dejar el mugriento tesoro de una frustrada ilusión?
A la arena se le estremeció su fina piel, apretó el corazón y abrió sus labios rogando que, de esa solitaria alma, naciera una alegría capaz de curar al enfermo mar.
El joven, ignorante de melancolías y desesperaciones, solo sentía su mundo interior, donde también había cruces;  solo vivía esas experiencias que guardaba en su alma y alzó una desafiante mirada a ese mundo que se asomaba frente a él.
Un ligero y cálido viento jugaba con su rostro, como queriendo enredar sus pensamientos; como si el mar no consintiera que alguien soñara ni que la alegría dejara una sonrisa flotando en sus aguas. 
Pero para ese joven era tan fuerte el nudo de dicha que apretaba su alma que, ante ese desafío, un ligero suspiro fue su respuesta.
Y desde esa superioridad que confiere el Amor, el joven habló al mar, al horizonte, a la arena, con la serenidad y firmeza que confieren los sentimientos cuando se ha encontrado lo que faltaba.
Mar,  tus intentos serán cera ante el fuego que arde en mi pecho, o fugitiva niebla  ante su luz.
Yo he vivido tus sentimientos y también, como tú, creí que tras esa oscura sombra se sucedían otras hasta que acabara la vida.
 Sentí que la vida era una laguna Estigia cuyas  únicas orillas son la muerte.
Supliqué, al mundo, una limosna vestida de cualquier ropaje que apagara mi calvario, pero nada ni nadie era capaz de derruir los pilares de mi amargura.
Pero la vida no puede quedar reducida a una palabra hiriente, a un silencio que suene a tumba, a un engaño, o a una muerte traicionera que nos robó la razón por la que vivíamos.
Incluso aquellos que nos hacen felices, una vez saboreados, la rutina los  seca.
Sí, los sentimientos son buenos, pero no podemos dejarlos huérfanos de esa fuerza superior que les da sentido.
A veces, los aislados sentimientos pueden ser caprichosos aurigas, vacilantes vientos que nos dejan una ráfaga de amor y, cuando empezamos a respirarlos, se retiran.
Ante algo tan voluble y cambiante, ¿vale la pena arrodillar nuestra vida?
Entonces, ¿dónde está esa causa superior capaz de suplantarlos y endulzar su amargura?
Arranca, mar, esas  raíces que te arrastran y mira al cielo que te mira buscando una respuesta.
Yo me agarré a Dios y sentí que, aunque el mundo me cerrara sus puertas, aunque el corazón quisiera vestirse de luto y la memoria se empeñara en recordarme las ramas tronchadas, siempre habría Alguien dispuesto a quererme, a esperarme, a oírme y comprenderme,  a ser pañuelo de mis lágrimas y bálsamo de mis heridas.
Abandonado a esa certeza, encontré otro tipo de mieles que no son viento caprichoso sino anclas.
Abandónate, mar, a ese cielo porque más allá de tu desconsuelo, hay vida.”
Seducido por ese umbral de esperanza que el joven le dibujaba, una enorme ola resucitó de entre esas muertas aguas y volcó, en la arena, la pena que le asfixiaba.
Ese tímido aire que peinaba la playa se transformó en recio viento y se la llevó a esa laguna Estigia para que saboreara la muerte.
Se volvieron a abrir los labios de arena y recuperaron el salino sabor de sus besos; las nocturnas aguas volvieron a vestirse de plata;  las madrugadoras luces tiñeron el mar de luciérnagas, y afloró esa escondida sonrisa entre sus labios de luz.
Sí, el mar siguió envolviendo, con sus aguas, las penas de esas almas desconsoladas, pero siempre respiró la esperanza de saber que siempre habría Alguien que le amaba.

miércoles, 25 de febrero de 2015


EL BESO


  Son alas que  revolotean el rostro dejando una ráfaga de amoroso aire que se adentra en el  alma.
Llamas que se abrazan y encienden la hoguera de la pasión o la ternura.
Es cuando los labios se transforman en olas y viajan, enlazadas e  inmóviles, dibujando un mar en calma.
Grito silencioso del corazón enamorado que no encuentra palabras.
Fértil lluvia que unos labios, hambrientos de amor, dejan en otros, sedientos de cariño.
Dádiva o limosna que llena la vacía alforja de  almas heridas.
Cárdenos labios que, como trémulo atardecer, buscan, en otros, la temblorosa luz del alba.
Ríos enamorados que se buscan hasta juntar sus orillas.
Dos colinas, dos labios, que funden sus cimas en silencio.
Es la rúbrica de una carta, escrita por las invisibles palabras del sentimiento.
Es ese horizonte en el que dos cielos se funden.
Dos labios, vestidos de pétalos, que se acarician formando una sola flor.
Es la cárcel donde quedan presos los condenados a amarse.
Es ese instante en que la luna cierra los ojos y sueña.
Son dos sueños que se encuentran, y  se alían para formar uno eterno.
Es la hora en que mueren los deseos, vestidos de suspiros, y nacen, en los labios, otros nuevos.
El beso es ese viento que, en silencio, cruza las fronteras del espacio y el tiempo.
Es la estela que dejan unos labios cuando atraviesan las aguas del amor.
Es una canción donde  las voces se apagan para que suenen los latidos.
El beso…, el beso hay que vivirlo porque no bastan las palabras.

BRUMAS


Se abrieron los sepulcros de la  memoria y resucitaron los recuerdos.
Caminan ante los ojos: algunos con el vendaje aún limpio; otros, raído y polvoriento.
Procesión de antorchas cuyas llamas, vivas o tímidas, dejan en la noche del tiempo el resplandor de toda una vida.
Algunos tan presentes que su fuego, aunque lejano, aún deja sentir su calor; sin embargo, otros, son un vahído que agoniza.
Pero todos forman ese lecho sobre el que descansa la existencia.
Y en esa rama que es la vida, hay hojas sueltas, recuerdos solitarios, mientras otros se agrupan en racimos, porque separarlos es dejarlos morir.
Y aunque ahora el tiempo los haya dispersado, nacieron juntos.
Desde hace años forman su propio cuerpo, pero quienes los vieron crecer no podrán evitar, cuando resuciten de sus sepulcros, verlos en el mismo racimo.
Los recuerdos pueden ser caprichosos, efímeros o eternos, llamas o humo, pero aquellos que sobreviven son, de nuestra vida, patrimonio.
Por ello, si esas dos caras de los recuerdos tu mente las ve juntas, si se funden en una sola cuando los evocas, no es un error de la memoria, ni un descuido, es el debido homenaje a esa llama, cuyo fuego aún te quema en la noche del tiempo.
Subidos a la atalaya de los años, los contemplamos como manchas de agua, ríos que surcaron nuestra vida y que van llenando el mar de nuestra vida.
Incluso aquellos olvidados forman parte de ese mosaico y, aunque ignorados, la dan sentido.
Son como esas estrellas diminutas que se esconden en la noche del cielo y pasan desapercibidas, pero si desaparecieran, el universo no sería infinito.
 Y este mismo instante, en el que respiras, este presente que vives, ya está dando sus primeros pasos para convertirse en recuerdo.
Así se conforma nuestro pensamiento: una amalgama donde conviven los recuerdos, el hoy y la esperanza del mañana, pero llegará un día en que se abra el libro de nuestra vida y allí estarán los que aún no han apagado su llama y los que, hace mucho, se convirtieron en ceniza; pero todos, sin excepción, forjaron nuestra vida.



facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

martes, 24 de febrero de 2015


UNA MIRADA ATRÁS


Abro  la  ventana del  recuerdo 
y  fluyen un mosaico de sentimientos,
un  tapiz de luces y sombras
que me invitan a compartirlos
con la noche del alma.

Descarto aquellos que, un día,
tiñeron de hiel la vida
porque es efímero el dolor;
débil viento que muere
ante los muros de la esperanza.

Desde la atalaya de los años
oteo el páramo de la vida
y recorro lentamente sus caminos
con las alforjas llenas de nostalgia.

Siempre se evoca primero
lo que queda más lejano.
Porque, ¿qué es recordar?
¡Echar el anzuelo lejos
y rescatar los años perdidos
entre las sombras del tiempo!

Ya estoy en la infancia.

Paso al lado de la vieja casa,
revestida de polvo y adobe,
testigo mudo, pero vivo.


Desde sus ventanas apreciaba la loma
que el sol peinaba con su último rayo.
Aún resuena entre sus muros
un coro de voces inocentes,
de niños escondiéndose en rincones
como si fuera su mayor secreto.

Si la vida es breve,
¿qué son unos años de infancia?

Tal vez sean un suspiro;
tal vez, flor de primavera
que marchita el despertar de las pasiones.

Todo es fugaz cuando se reduce a tiempo.
Pero la vida no es un cúmulo de horas,
sino de experiencias, de sentimientos.

Antes de cerrar este recuerdo
quiero abrir de nuevo la ventana
y contemplar la loma
con su cima laureada de luz.

Al verla comprendo que los años vividos
son un huracán que apenas llegan, pasan.
Sí, pero dejan una huella eterna,
y hasta el umbral de la muerte
seguirá viva su llama. 

ESA VOZ…


Sonaba una voz entre los suspiros  del aire, pero no acertaba a discernir sus palabras.
Como el eco de una caracola de mar, donde sientes oír lo eterno en un espacio finito, así, esa voz luchaba entre los dientes del viento, queriendo abrirse paso, como si huyera, para dejar un beso de libertad en la primera alma cautiva que encontrara.
Pero solo la oía yo; entonces…. ¿me encontró o me buscaba?
Sí, porque fui, y soy, prisionero de un hechizo, de unos ojos felinos con destellos de cielo, ojos pescadores que, al mirarme, me envolvieron en su red azul.
Me rodeaba un manojo de árboles, más allá de ellos un espacio donde convivían la luz y una tierra virgen y, sin embargo, al buscar el origen de esa voz sentía que, tras esos guardianes de hojas y ramas, me esperaban sus ojos ofreciéndose como olas.
Esa voz, esa voz…
Se la notaba que luchaba por sobrevivir entre los gemidos que el viento dejaba en el cielo, pero ¿acaso no hice yo lo mismo cuando esa mirada me regaló un sentimiento?
Ahora esa voz resucitaba todos esos recuerdos; por eso el eco marino y eterno de una caracola sonaba en mi alma aunque me rodeara la tierra.
Hechizado, sonámbulo, abstraído en el amor, me acerqué a esa fuente, y la llamo fuente no por ser el origen sino porque me inspiraba los mismos afectos que esos milagrosos manantiales que atrapan el alma entre sus gorjeos de agua.
Hipnotizado por esa voz que tanto me sugería, crucé esa línea bajo la mirada impasible de los árboles y… ¡oh, Dios!, ¡no podía ser verdad!
De esa desnuda tierra, que solo ofrecía la piel con la que la crearon, había surgido un pequeño lago azul y eterno, y esa voz, esa voz… nacía de sus aguas.
Tal vez fuera la locura que emana de todo amor, pero ¿quién dijo que el amor fuera de cuerdos?
Me asomé a ese espejo cristalino con la esperanza de desentrañar el misterio y, lejos de ver mi propio rostro enmarcado en esas aguas, encontré esos pescadores ojos que, un día, me cautivaron.
Sí, allí estaban, ofreciéndome revivir aquellos momentos; brindándome otra oportunidad como si fueran luna que se asoma, noche tras noche, esperando que la encuentre.
 Y eran ellos quienes hablaban.
Me convertí en estatua: ausente del entorno, contemplativo, ajeno al tiempo, piedra muda, pero…. piedra con alma.
Incapaz de contener ese milagro en el silencio de mi pecho, rompí las cadenas de la emoción, liberé la lengua y nacieron aquellas mismas palabras que me dictó el corazón cuando nuestros ojos se encontraron.
Inconscientes del poder que encerramos, mis ardientes palabras consiguieron acallar la voz y que esos ojos, lentamente, se cerraran.
Sobre la  mágica superficie de ese lago, los ojos desaparecieron bajo el brillo de una estela de lágrimas; y la voz, esa voz, se había transformado en suspiros.
Inmerso en este maravilloso misterio, los ojos cerrados para que mis pensamientos se sumieran en la gloria, el alma concentrada en no perder el tacto de ese cielo que rozaba, en medio de esta irrepetible vivencia, noté que unos labios dejaban en mi rostro el sello de un beso.
Ese beso despertó todos mis sentidos: abrí los ojos y quedó revelado el secreto.
Esa voz, esos ojos, esa celeste laguna,…. todo era real, tan real como que eras tú quien daba vida a esa voz; tan real como que esos ojos que me hablaban en medio de esa cristalina agua eran los tuyos enmarcados en tu rostro.
Tan cierto y verdadero como que esa estela lacrimosa que decoraba el lago, era tu propio llanto, y los suspiros que creí nacer de las aguas, los dejaban escapar tus labios.
¿Quién dijo que el amor era de cuerdos?
En un fugaz instante, la locura que de él nace me raptó y te transformé en sueño.
Pero más allá de estos fastos que proporciona una imaginación enamorada, siempre me acompañará el eco eterno de la caracola; siempre sonará, en mi alma, esa voz,... esa voz….

lunes, 23 de febrero de 2015


DOS CARAS

Quise hacer un viaje para conocer el mundo.
Ni lugares, ni paisajes, ni tierras que me enseñaran sus tesoros.
Era un viaje que buscaba personas y corazones.
No necesité maletas ni provisiones. Me bastó encender la televisión desde el sillón de mi casa.
A esa comodidad que proporciona el hogar le acompañaba el silencio, requisito imprescindible para no turbar el juicio y despejar los pensamientos.
En la primera parada de este viaje por las ondas televisivas, me encontré con un señor que hablaba de “justicia”, “igualdad”, “honradez” y “transparencia”. Todo bajo el nombre de unas siglas.
No puedo negar que tan nobles ideales atrajeron mi atención, porque toda palabra bella cautiva.
Pero cometió el  error de añadir, a esas intenciones, sus intereses.
Ya algo extraño noté cuando el eco de esos ideales era respondido por un boato de sonrisas, aplausos y felicitaciones que encumbraban esas siglas.
Entonces, gracias a este silencio que ilumina la razón  pone los corazones al descubierto, entendí que esas sonrisas eran de hielo y dejaban en el aire la falsedad del momento.
Que esos brazos que se movían como aspas buscando un abrazo, eran puñales acolchados.
Y que esas felicitaciones no eran fruto del placer por el bien ajeno, sino que estaban pensando en el propio.
Abandoné ese mundo y busqué otras tierras desesperanzado y con un amargo sabor en el alma, al ver cómo algunos utilizan las virtudes como trampa.
En  el  corto viaje que supone un cambio de canal, aterricé en un lugar donde apenas sonaban las palabras.
Una habitación y varias camas, en cuyos lechos descansaban, es un decir, cuerpos batallados, donde los años y la enfermedad habían dejado sus marcas.
A su lado, una persona que les sonreía, acariciaba, cuidaba, ¡que les quería!
Les susurraban palabras, pero pocas y sin hacer esas pausas que esperan un aplauso.
No les hablaban de virtudes, se las demostraban.
Nadie les veía. Ellos solos, cara a cara, hablándose con el corazón, un corazón que no entiende de farsas.
Y se sentían pagados: uno por poder ayudar; el otro, por sentirse acompañado.
Y allí les dejé. Solos, mirándose en silencio, un silencio que compensaba el vacío ruido de los aplausos.
Y el amargo sabor de la otra tierra desapareció bajo la dulce sensación de que un mundo así vale la pena.
Y viajando por canales, que me llevaban a otras tierras, saqué la conclusión de que este mundo es un espejo en el que se reflejan dos caras:
Por un lado, la palabra “correcta” y “oportuna” que no refleja el pensamiento, porque si lo hiciera utilizaría las opuestas.
Por otro, la palabra desnuda de intereses, que no se adorna porque en su sinceridad radica la belleza.
He visto tierras donde la palabra “respeto” afloraba en los labios con suma facilidad, revistiendo a la persona de gran magnificencia; pero al llevarlo a las obras, antes preguntaban tu credo y el “respeto” era desprecio.
Miré al otro espejo y vi ese corazón que, sin ceder en sus creencias, abre sus puertas sin preguntar el credo ajeno y demuestra, sin anunciarlo, el verdadero respeto.
Terminado el viaje, me miré a los espejos del mundo por saber en cuál me reflejaba.
Y un brote de alegría me asaltó cuando me vi en ese espejo donde las obras y el silencio apagan las palabras; y cuando miré el espejo de la apariencia…  también allí estaba mi cara.

ÚLTIMA HORA


La llamaba, como ola que deja su voz en el acantilado resonando en el vacío, pero sabiendo que nadie le escuchaba.
Febriles los labios, errante la mirada, un hilo unía su alma y la esperanza de una vida que se apagaba.
Soltó las amarras de ese miedo que encadenaba su secreto y dejó que navegara por los labios de otras bocas, que se lo llevaran las olas del rumor aun sabiendo que sería triturado por las fauces del qué dirán.
Ahora, quién sabe si ya tarde,  reclamaba a aquella que en vida tuvo sojuzgada, dándole igual que se vistiera de huérfana, de lágrima o de hambre: siempre la despreciaba.
Él, que rasgó el puente de una mano tendida; él, que despreció el dolor de la necesidad ajena, pide ahora, cuando todo se oscurece, esa migaja silenciosa que es la compañía.
Estaba saboreando la misma hiel que él había dejado y nunca imaginó que existiera sabor tan amargo.
Quiso cicatrizar esas heridas que ahora se abrían en la carne de su conciencia, pero era como si el fuego devastador tras haberse saciado, pidiera, al agua, clemencia.
Ya cerraba los ojos, aún flotaba en el aire su última palabra, “ayudadme”, cuando surgieron como blancas llamas esos rostros que él había ignorado suplicando por su alma.
No hay mayor milagro que el del alma que perdona y reza por su verdugo, aunque no queda lejos el del corazón de hierro que acaba pidiendo perdón.
Quiero perderme en esos refugios donde el mar busca morir en secreto.
Quiero visitar esos acantilados y oír el eco de sus olas porque pienso, quiero soñar, que son las voces de esos corazones que, arrepentidos, llamaron a la puerta a última hora, con la esperanza de que alguien les abriera una de esas puertas que ellos cerraron.

FIN

domingo, 22 de febrero de 2015


LA CÁRCEL DE LOS SUEÑOS


Hubo un tiempo en que los sueños no  existieron; bueno, mejor dicho, fueron encerrados en un palacio invisible para que nadie los viera, y muy lejano para que si alguien los llamara, no lo oyeran.
Eran sus grandes enemigos, el miedo y la tristeza.
Ambos se pusieron de acuerdo y, un día, decidieron invadir la tierra.
Se paseaban entre los mortales y a quien mostrara un atisbo de ilusión, le enseñaban su rostro y le robaban el sueño.
Y, de ellos, fueron llenando los calabozos de ese palacio lejano, invisible y gigantesco, pues cada sueño tenía su celda.
Pero  una llamaba la atención, porque era la más grande de todas: sus lingotes eran cenefas y sus paredes de mármol, recubiertas de suspiros y llantos.
Era la celda del sueño del Amor, la gran perla que robaron a los humanos y que ahora exhibían, orgullosos, el miedo y la tristeza.
Robado el sueño del Amor, el resto de los sueños le siguieron sin mayor oposición.
¿Y qué es una Tierra sin sueños?
¿Dónde podrían, los mortales, encontrar ese consuelo que ahogara sus penas o ese motivo para ver el futuro como un amanecer?
Los corazones se tambaleaban sobre el débil hilo de una esperanza: que aunque enjaulado, no hubiera muerto y, por lo tanto, que algún día volviera.
Los mortales no podían vivir sin el sueño del Amor, pero el Amor, eterno, conservaba su vida porque preexistía a los sueños.
Miedo y tristeza erraron en sus maléficos cálculos y vieron que era imposible su labor.
Habían privado a los mortales de ver a la fuente que los alimentaba, pero se mostraron incapaces de robar la vida a la madre de la que manaban los sueños; ellos mismos, miedo y tristeza, antes fueron sueños que se alimentaron de los pechos del Amor, pero un día se perdieron hasta transformarse en lo que ahora son.
Y entonces fueron ellos quienes perdieron la ilusión y saborearon la venenosa medicina que quisieron inyectar a los mortales.
Derrotados, se abrieron todas las celdas y los sueños, libres, volvieron a esos corazones suplicantes.
De esta manera, el Amor les robó, al miedo y a la tristeza, sus sueños.
Y se repetirá esta escena en la que el miedo y la tristeza saborearán una puntual victoria, pero al final de ese campo de batalla, ondeará, incorrupta, la bandera del Amor, que mantiene con vida  nuestros sueños.

viernes, 20 de febrero de 2015


CALATAYUD (Zaragoza, España)


En el corazón de Aragón late una tierra donde árabes y cristianos cruzaron sus espadas; donde reyes ciñeron sus coronas; donde duermen las leyendas al cobijo de sus murallas.
Calatayud, tu rostro se dibuja en el poniente de Aragón y tus castillos lo coronan en hermosa diadema.
Cae la noche y duerme la ciudad.
Al alba, se iluminan, orgullosas, sus almenas, y cubren con la mirada esos parajes con que Dios dotó a la tierra bilbilitana.
Dejé que sus aguas me arrastraran hasta su cabecera y, allí, solo pude contemplarte porque consideré míseras las palabras.
Si alguna vez, Calatayud, lloraste por el dolor que te dejó la guerra, has de saber que tus lágrimas se perdieron en las aguas del Jalón.
En ellas se sumergen los suspiros que perdieron los amantes en sus orillas.
Ellas purifican tus ermitas, colegiatas, iglesias, santuarios,… ¡vuestras almas!

Cada día, desde mi tierra soriana, el viento me revela tus secretos y, en un impulso de amor, miro al oriente y tus atalayas y mis ojos cruzan la mirada.
Duerme. Calatayud, a la vera de tus aguas.
Deja que tus almenas susurren al cielo la belleza de tus tierras.
Queden, en ti, enterrados esos sueños y oraciones que unos labios penitentes dejaron en tus ermitas y santuarios.
Y, sobre todo, que tus castillos protejan esos corazones que quedaron cautivos al pisar la tierra bilbilitana.
                                                         
FIN

jueves, 19 de febrero de 2015


OTRO MUNDO



He soñado un mundo de caminos sin regreso, donde los pasos no levantaban polvo y las miradas se perdían en páramos infinitos, porque no les importaba ni el espacio ni el tiempo mientras fueran fruto de un sentimiento eterno.
He soñado ese mundo que viviría contigo, me he adentrado en tu corazón para saborearlo,   y nos  he imaginado haciendo burlas a esas penas que dejan el eco de sus alaridos como si no hubiera mayor desgracia.
Y he sentido, como si un milagro rozara mi alma con sus dedos, el deseo irrefrenable de abandonar este mundo, que ahora lo siento como cadena, para llevarte a ese que he soñado contigo.
Entenderás que no quiera volver de ese sueño en el que estoy sumido; comprenderás que hasta este mismo aire que nos da la vida, siento que me asfixia.
Dame tu mano y acaricia las paredes de este nuevo mundo; acerca tus labios y besa este nuevo cielo.
¿No sientes, como yo siento, que los sentimientos eran cárcel que nos limitaban, y que esos ideales que forjamos al amparo de nuestras mudas miradas apenas rozan los pies de estos?
Aquí, en lo soñado, las sombras se ausentan porque todo es luz, hasta nuestros propios cuerpos.
La pureza de tu alma no puede seguir compartiendo su vida con otro mundo que no sea este.
¿Recuerdas esa noche en que las estrellas se desnudaron para ofrecernos su inmaculada luz, y tú y yo imaginábamos cómo sería vivir entre ellas?,  pues, aquí, seríamos nosotros esa luz que las vestía de almas.
Y si alguna vez, al acariciarte, he sentido que una flecha de ternura se clavaba en mi pecho, en este mundo siento que  tu piel lo inunda todo.
En este mundo que sueño, se apagaría para siempre la noche y  hasta el mismo aire dejaría sus suspiros por estar con nosotros.
Yo sé que este mundo del que te hablo, existe porque existes tú.
Y cada hombre que ame a una mujer ha visto este mundo con el que sueño yo.


SONRISA


Déjame que escriba, aunque sea a vuela pluma, una última palabra antes de que muera el día.
Ya lo hizo el sol, pero quedan esas penumbras que son los pensamientos, héroes que se resisten a huir y prefieren morir en ese campo de batalla que es el sueño.
Pero antes de que sieguen su vida, han hecho el último esfuerzo por dejarme el agradable poso de su último aliento.
En su postrer tributo me han invitado a imaginarme cómo sería la Tierra si la tuviera que vestir de Cielo.
Tal vez un ejercicio supremo para estas horas en las que la mente se ofrece más a dejarse caer en el vacío que a adentrarse en las intensas cuevas de la Teología.
Pero por ello mismo, me he agarrado a este suelo que pisamos,  he buscado ese mundo en la felicidad que se masca cuando nuestros ojos cubren la tierra.
Y encontré un camino fácil: pensé que una sencilla sonrisa sería el mejor símbolo de esa Tierra cubierta por el Cielo; de ese instante en que la felicidad subyugara con su látigo a las negras máscaras de la tristeza y la pena.
A un  niño que lloraba sin consuelo le preguntaban el por qué de sus lágrimas, pero más lágrimas eran su respuesta.
¿Quién o qué hirió esa pequeña alma dejando en su rostro tan temprana cruz?
¿Fue un capricho pasajero el que cruzó su mente y una ola se lo llevó dejando en sus labios la miel de la estela?
Nadie sabía la causa de que ese pequeño pecho ya saboreara hieles tan tempranas, pero un amble rostro le ofreció, a cambio de sus pesares, una amable sonrisa y el niño, al verla, la imitó con sus labios.
De esas lágrimas que bañaron su rostro, ya solo quedaba un seco reguero
Y es que la sonrisa es espejo, música, contagio; es esa mano tendida que ofrecemos; es el rostro amable de la caridad que nace para sembrar, en las penas ajenas, un atisbo de vida.
Cuando sientas que tus labios se resisten a ofrecer esa primavera, arranca de tu pecho el invierno que la niega y ofrécela como bello sacrificio y, de ellos, manará el hermoso incienso de la sonrisa.
Y cuando hablo de ella, me refiero a la sincera, a aquella que brota de un alma limpia e intenciones sinceras, porque aquellas que se dibujan en los labios con perversas o segundas intenciones, son las tramposas máscaras del mal, pero no son sonrisas.
Cuando las alas de la felicidad rozan unos labios, dejan en ellos su reflejo, y  labios y alas se funden, se abren en hermoso abanico, y dibujan el más bello paisaje que pueda ofrecer el rostro humano: una sonrisa.
Cuando alguien te mire a los ojos y te ofrezca, en la bandeja de sus labios, una corriente de aire o un rayo de luz  que te haga respirar frescos aires, sentir que pisas verdes praderas, que tus ojos contemplan un cielo iluminado donde luna y estrellas se besan, o sientas que tu alma la recorren aguas serenas, entonces, te habrán ofrecido una sonrisa.
Ya han rendido su vida estos heroicos pensamientos, ya han alzado la bandera blanca ante el irresistible avance del enemigo, pero en medio de ese campo de batalla que es mi rostro, donde campean las alas victoriosas del sueño, ha quedado grabada….una sonrisa.

miércoles, 18 de febrero de 2015


FALSO ADIÓS

Dio el reloj su último latido, y  después…
El golpe de una puerta que se cierra, unos pasos que se alejan dejando un débil hilo de eco que acaba por romperse, y… se llena la sala de silencios.
El silencio de alguien que se ha ido y el del que se queda.
¿Quién te dio ese adiós que parecía tan lejano?
¿Quién, sin palabras, dejó tan fría despedida?
¿Quién hizo que tu vida se convirtiera en sombra cuando se marchó?
¿Quién selló tus labios o dejó en tu mirada esa herida?
El reloj ya no latía. Había muerto ese tic-tac y el tiempo paró las vidas.
 Pero solo hay dos ausencias capaces de frenar nuestro tiempo : la del amor o la de la propia vida.
.Pero si fue el amor quien hirió tu mirada o dejó huérfanos tus sentimientos, hasta robarte la palabra, mientras él se iba en busca de otra vida, no dejes que tu reloj se pare.
Y si aún sientes esa espina que te dejó clavada, transforma tu dolor en compasión,  porque cuando un amor olvida lo que amaba, padece una enfermedad.
Y si fue esta vida quien paró su latir y la que selló tus labios, ya vendrá otra que sacie ese silencio.
Hay valores tan sublimes, que una mancha o una sombra, por grandes que sean, no pueden ocultar su belleza ni quitarles la vida.
Deja que se vayan esos momentos que mueren cuando el reloj para sus latidos y espera a aquellos que nunca se despiden, aquellos en los que el adiós no existe porque no están sujetos al tiempo.


RETRATOS VIVOS

Esta es una historia donde  convivieron silencios y palabras perdidas en el aire.
El silencio lo aportaba un viejo castillo del que sus piedras solo podrían contar pretéritas historias y leyendas desconocidas.
Barnizadas por el olvido, agrietadas por el seco viento del Moncayo, sus labios habían quedado sellados para hablar de emociones presentes; solo podían evocar aquellas que antaño respiraron sus paredes, y para ello tendrían que descerrajar los baúles que guardaban viejas cartas de amor, sentimientos inconfesables, o iluminar esos salones donde, en un baile, se cruzaron cómplices miradas que delataban un engaño.
Allí, en medio de esa vorágine de recuerdos, latían esas palabras perdidas que no sabemos si encontraron, por respuesta, lo deseado, un suspiro o el silencio.
Pero en ese afán de rememorar sus secretos, encontré un testigo que podría ayudarme a rescatarlos.
En una de las paredes colgaba un cuadro, estratégicamente colocado frente a una ventana para que recibiera el primer beso de luz cuando el alba abriera sus ojos.
Y viendo su estado, en verdad parecía que esa luz lo rejuvenecía, ayudándole a mantener vivos los recuerdos.
En él descansaban los rostros de un hombre y una mujer, juveniles a tenor de la suave pincelada que cubría sus pieles, pero revestidos de una grave mirada que revelaba el peso de la vida.
Los contemplé con el ingenuo deseo de que abrieran sus labios y me contarán las felices sensaciones que vivieron o que me revelaran esas heridas que destilaban en su mirada.
Sabiendo que eso era imposible, fui yo quien les hice las preguntas e imaginé cómo las distintas emociones dibujaban, en sus rostros,  la respuesta.
·        “¿Conocisteis la felicidad?”.
Esa fue la primera pregunta que me asaltó, tal vez porque encierra el fin de nuestras vidas, y me pareció que sus ojos dejaron de mirarme para buscarse entre ellos con la misma celeridad con la que las aguas del torrente caen al vacío.
Me bastó esa respuesta para saber que por sus venas corrió ese sentimiento.
Sí, la conocieron.
·        “¿Os la quisieron robar?”
Y los rostros volvieron a su primitiva imagen.
La mirada recuperó ese grave tono que parece huir de la luz matinal para refugiarse en la cárcel de un sombrío hecho y la desviaron hacia esa ventana que les bautizaba de vida cada día.
Allí, colgando de su celosía,  apareció una gota de agua, expatriada de una remota lluvia, que, al parecer, fue testigo de ese momento.
·        ¿Fue en  un día de lluvia?
Desde la pared en que colgaron su amor vestido de retratos, desde esa pared en que los enterraron, contemplaban,  tras ese velo laminado y cristalino, esa lágrima de agua.

Hermoso encuentro, entre una difunta hija de la lluvia y unos arcanos rostros de un tiempo perdido.
En ese cruce de impasibles miradas, latían esas sensaciones que fragua el silencio, tan intensas, que cualquiera que entre ellos se cruzara sentiría en su piel el roce de esas emociones.
Hasta ahora  calladas porque no encontraron  con quién compartir sus sufrimientos y esperanzas, porque la vida les robó ese sueño de que alguien los escuchara, pero no hacía falta dibujar unos labios, en  las almas de la gota y de los retratos, para que hablaran.
La gota se aferraba al ornamental arabesco como quien quisiera detener el reloj de la vida, mientras sus rostros intentaban sujetarla con su férrea mirada.
Es como si quisieran revivir y no perder ese último instante en que sus labios se fundieron y sus miradas, peregrinas del amor, se buscaron.
Ninguno quería despedirse, ninguno quería que las alas del tiempo volaran entre ellos; querían saborear ese instante, con tal intensidad, que sintieran vivir lo eterno.
Y la gota les dijo que aunque pareciera lágrima, era feliz por resucitar, en ellos,  ese momento; doloroso por un lado, sí, pero, a la vez,  bello e intenso.
Y esos retratos escondían, bajo esos colores artificiosos,  la emoción.
Felicidad y emoción, ocultas bajo ropajes impuestos que ellos no habían elegido, suficientes para enmascarar los sentimientos,  pero no para destruirlos.
En un atrevido, pero inconsciente, intento, quise robar esa gota que, a mí, solo me transmitía dolor, pero fue imposible.
En realidad actué como aquellos que quisieron robarles su amor. Me di cuenta que eliminar esa lágrima de agua era como usurparles su último instante, ese que siempre es el que más se saborea y mejor se recuerda.
Desistí de mi intento, pero lo que no conseguí yo, lo logró un traicionero viento.
Como si el tiempo quisiera pasar esa página, se vistió de aire  y en un impetuoso alarido se llevó, de la ventana, ese recuerdo de agua.
Los rostros perdieron toda su vida y volvieron a adquirir la fría pose de un sentimiento pintado que insinúa las emociones, pero no las vive.
Ya no quise hacer más preguntas.
Allí les dejé, saboreando el silencio y el dolor, y quién sabe si también la esperanza de que alguien volviera a pasar por allí y les preguntara; alguien con quien compartir ese momento que la vida les robó, alguien que les diera la oportunidad de revivir su último sueño.
Quise dibujar unos labios en  las almas de ese hombre y esa mujer, pero no hacía falta.
Porque los sentimientos no enmudecen, aunque les roben la palabra.

martes, 17 de febrero de 2015


ENTRE DOS AGUAS


Miré al cielo para que los  pensamientos se esparcieran hasta desaparecer.
Cambié las preocupaciones por un paisaje que en esos momentos solo me inspiraban vacío.
“Desaparecer”, “vacío” y “cielo”, admirable resumen desde que tu vida se fue llevándose la mía.

Todos los días voy a ese punto de la tierra donde besé, desde la distancia, la orla de tu vestido, que se arrastraba por el suelo dejando en el aire el siniestro  presentimiento de que esa despedida era un adiós.
Todos los días veo, aunque ya borradas, las huellas que ese día dejaste hasta que te perdí de vista, y beso, en mi mente, cada una de ellas porque son el viacrucis de mi corazón.

Todos los días soy mendigo que acude a la plaza a recoger esas migas que deja el recuerdo, donde nuestras manos se juntaban a la sombra de un olmo y el murmullo de la fuente acompañaba nuestras palabras.
Y ahora nado entre dos aguas: el dolor de tu ausencia, frente a la esperanza de nuestro encuentro eterno.
Seguiré leyendo en voz baja lo que me inspire tu adiós porque sé que me oirás con el alma.
Y ante un suceso que sé sería de tu agrado, miraré complacido a mi lado para verte sonreír.
Estos son los caprichos del recuerdo: dejan heridas porque no los volveré a vivir, y un poso de alegría por haberlos vivido.
Y así pasaré el resto de mi vida.
Cubriré ese vacío desde que te vi desaparecer nadando entre las turbias y serenas aguas del recuerdo, y las de la esperanza de nuestro encuentro en el cielo.



CICLOS

La nieve huía lentamente dejando  que asomara la paciente hierba y le retiraran la fría mortaja para volver a la vida.
Era como si resucitara tras un tiempo en el que estuvo enterrada por el olvido.
Y en ese renacer, afloraron las ilusiones alimentadas en esas horas a la sombra del fuego; esos proyectos forjados mientras la mirada se perdía, al abrigo de una ventana, entre blancos lienzos;
y también resucitaron esos pensamientos que buscaron, en el cenobítico invierno, el alimento de la reflexión,
No hay duda de que el alma y la vida habían mudado su piel.
Y como este ciclo, también nosotros movemos nuestro ánimo al vaivén de la Naturaleza, abandonados a su sonrisa o a su llanto.
Mejor dicho, somos sentimiento, alma, que hacemos de esa nieve, de ese viento, de esa lluvia, de ese sol, excusas que alimentan nuestra vida de nuevas ilusiones y proyectos, o los convertimos en pala enterradora de nuestros desencantos.
Así, cuando la tierra dé a luz a la vida, en el parto de la primavera,  mi alma pintará los rostros de sonrisas,  y me gustaría pensar que en aquel rincón de la tierra donde brille una lágrima o el dolor deje su eco, los aromas y colores fueran capaces de borrarla o acallarlo.
Cuando el verano imponga el imperio del sol, dejaré mi corazón en esa balanza que oscila entre la la cruz de los que sufren su látigo y los que disfrutan de sus caricias.
Y llegará la hora en que el otoño cubra al cielo con una capa gris y el viento disperse los cadáveres de las hojas; en ese instante, dejaré que mis lágrimas se repartan, como la azarosa lluvia, entre aquellas que recuerdan a quienes dejaron esta vida, acompañando a las mortecinas hojas, y aquellas que nacen de un  corazón al que ese mismo cielo, hojas y lluvia lo tiñe de amor y nostalgia.
Finalmente, el invierno dejará, sobre la tierra, su fría mano envuelta en un guante de nieve, y sobre ella mi alma se partirá para acompañar a esos desamparados que suspiran por una miga de calor, el abrazo de una chimenea. 
Y así, dejaré que alma y sentimientos, en cada ciclo, se vistan con el ropaje que ofrece la Naturaleza; y alzaré, en cada estación, un recuerdo a los que ríen y lloran; dejaré una corona de sueños por aquellos que no los ven cumplido,
Así como la naturaleza nace, vive, muere y resucita, dejaré que mis sentimientos y mi alma acompañen su ciclo de vida.



lunes, 16 de febrero de 2015


¡MAÑANA!


Visita la triste mañana,
con sus ojos llenos de llanto,
al niño que queda aislado
del mundo en su morada.

Participar él quisiera
de la vida, del presente, ¡del mañana!,
coger entre sus brazos
el aroma de las plantas,
mojar sus inmóviles piernas
en el fondo de las aguas, y…

Pero todo queda en sueño,
que se enciende con el alba
y, con la soledad del silencio,
rápidamente se apaga.

“No llores más, “Mañana”,
tus lágrimas no son consuelo,
o, ¿acaso no sabes que eres espejo
de lo que siente mi alma?”

“Mis lágrimas serán sonrisas..”,
responde triunfante el alba,
“…y mis nubes serán estrados,
donde los ángeles toquen sus liras
si con ello se alegra tu alma.”

 Y se unieron las voces del Cielo
para clamar el auxilio del niño,
con tal fuerza en sus gargantas,
que palideció la Tierra entera
al enterarse de su desgracia.

El Cielo azotó las conciencias,
que asaltaron los caminos
en busca del que sufre.
En cada pecho un corazón de madre,
en cada alma la ilusión de un niño,
y en todos, el deseo de dar su vida
como la darían por un hijo.

El rostro de ese niño,
que otrora se anegó en lágrimas,
sintió el calor de esos corazones
y a cada uno, una sonrisa entregaba.

Entornando la mirada al cielo,
donde todo era poesía, habló el niño:
“Gracias por dejarme ver en tu espejo
la infinita bondad humana,
la que transforma mi dolor en esperanza,
la que me hace ser un niño
que disfruta de la vida, del presente, ¡del mañana!”