lunes, 23 de febrero de 2015


DOS CARAS

Quise hacer un viaje para conocer el mundo.
Ni lugares, ni paisajes, ni tierras que me enseñaran sus tesoros.
Era un viaje que buscaba personas y corazones.
No necesité maletas ni provisiones. Me bastó encender la televisión desde el sillón de mi casa.
A esa comodidad que proporciona el hogar le acompañaba el silencio, requisito imprescindible para no turbar el juicio y despejar los pensamientos.
En la primera parada de este viaje por las ondas televisivas, me encontré con un señor que hablaba de “justicia”, “igualdad”, “honradez” y “transparencia”. Todo bajo el nombre de unas siglas.
No puedo negar que tan nobles ideales atrajeron mi atención, porque toda palabra bella cautiva.
Pero cometió el  error de añadir, a esas intenciones, sus intereses.
Ya algo extraño noté cuando el eco de esos ideales era respondido por un boato de sonrisas, aplausos y felicitaciones que encumbraban esas siglas.
Entonces, gracias a este silencio que ilumina la razón  pone los corazones al descubierto, entendí que esas sonrisas eran de hielo y dejaban en el aire la falsedad del momento.
Que esos brazos que se movían como aspas buscando un abrazo, eran puñales acolchados.
Y que esas felicitaciones no eran fruto del placer por el bien ajeno, sino que estaban pensando en el propio.
Abandoné ese mundo y busqué otras tierras desesperanzado y con un amargo sabor en el alma, al ver cómo algunos utilizan las virtudes como trampa.
En  el  corto viaje que supone un cambio de canal, aterricé en un lugar donde apenas sonaban las palabras.
Una habitación y varias camas, en cuyos lechos descansaban, es un decir, cuerpos batallados, donde los años y la enfermedad habían dejado sus marcas.
A su lado, una persona que les sonreía, acariciaba, cuidaba, ¡que les quería!
Les susurraban palabras, pero pocas y sin hacer esas pausas que esperan un aplauso.
No les hablaban de virtudes, se las demostraban.
Nadie les veía. Ellos solos, cara a cara, hablándose con el corazón, un corazón que no entiende de farsas.
Y se sentían pagados: uno por poder ayudar; el otro, por sentirse acompañado.
Y allí les dejé. Solos, mirándose en silencio, un silencio que compensaba el vacío ruido de los aplausos.
Y el amargo sabor de la otra tierra desapareció bajo la dulce sensación de que un mundo así vale la pena.
Y viajando por canales, que me llevaban a otras tierras, saqué la conclusión de que este mundo es un espejo en el que se reflejan dos caras:
Por un lado, la palabra “correcta” y “oportuna” que no refleja el pensamiento, porque si lo hiciera utilizaría las opuestas.
Por otro, la palabra desnuda de intereses, que no se adorna porque en su sinceridad radica la belleza.
He visto tierras donde la palabra “respeto” afloraba en los labios con suma facilidad, revistiendo a la persona de gran magnificencia; pero al llevarlo a las obras, antes preguntaban tu credo y el “respeto” era desprecio.
Miré al otro espejo y vi ese corazón que, sin ceder en sus creencias, abre sus puertas sin preguntar el credo ajeno y demuestra, sin anunciarlo, el verdadero respeto.
Terminado el viaje, me miré a los espejos del mundo por saber en cuál me reflejaba.
Y un brote de alegría me asaltó cuando me vi en ese espejo donde las obras y el silencio apagan las palabras; y cuando miré el espejo de la apariencia…  también allí estaba mi cara.

No hay comentarios:

Publicar un comentario