viernes, 27 de febrero de 2015


EL  RELÁMPAGO


Una marea de negras nubes anuncia  que el cielo está presto a la lucha para saldar viejas rencillas con los mortales.
Siguiendo el protocolo de los duelos medievales, abre la afrenta lanzando, al rostro de la tierra, su guante de luz.
El silbo de esa flecha luminosa rasga las sombras, atraviesa los muros del aire como fuego que funde la cera y deja el brillo de la mirada felina que paraliza a su presa.
Se hace dueño de una tierra, a la que convierte en cárcel de silencios y nido de asombros.
Escondido entre la espesura del cielo, dormitando entre las paredes de las nubes, despierta para dejar, repentino y fugaz, un bostezo de luz.
El relámpago es una jaculatoria.
Es ese instante en que Dios parpadea y deja entrever la belleza de sus ojos.
Su corta vida no resta la larga huella que deja, ni atenúa la sorpresa de unos mortales que no saben si apreciar su resplandor o temer su ira.
Es la avanzadilla de la tormenta y asume el riesgo de ser el primero en caer en una guerra precedida por su luz.
Y muere.
En ese campo de batalla queda la memoria de su látigo, de su afrenta, pero también el recuerdo de cómo brillan los ojos de Dios.
¿Y quién no ha sentido, alguna vez, ese brillo repentino en el alma, esa luz que te inunda de dicha, aunque sea tan fugaz como un suspiro, cuando la monotonía de la vida adormilaba las ilusiones o cuando un remolino de negros presentimientos vestía de luto nuestra esperanza?
Es verdad que, en ocasiones, solo reparamos en su seco ruido, que aumenta nuestro temor y nos hace sentir que se corta ese hilo de felicidad que nos mantenía con vida, pero después de ese sobresalto, de esos temerosos momentos, aparecerá la estela que lo acompaña,  dejando, en medio de nuestras sombras, una mano de luz, el brillo de los ojos de Dios, ese  instante en que nuestra vida se convierte en relámpago. 

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