jueves, 5 de febrero de 2015


ENTRE LA TIERRA Y EL VIENTO



Tierra y  viento dormían en el mismo lecho desde que el mundo fue creado, compartiendo sus vidas como la luna y las estrellas.
No importaba que la noche cerrara los ojos de la tierra: allí estaba el viento para cubrir su sueño.
Y si el frío hería la terrestre piel, ya dejaría el viento un soplo de alivio sobre sus heridos labios.
En la primavera, ese momento en que la tierra solo sabe hablar de amor, el viento recogía sus palabras  y se las devolvía transformadas en aroma.
Un lazo vitalicio los unía eternamente y estaban destinados a amarse.
No digo “condenados”, porque cuando algo se quiere no hay eslabones ni penas.
Nada ni nadie podría cortar ese hilo umbilical, donde no importaba quién fuera la madre o quién el beneficiado.
Solo una razón podría mitigar, que no apagar, esa hoguera donde viento y tierra eran fuego y leña que se alimentaban; y ese motivo era el silencio.
El viento, encadenado y amordazado en su cueva, se revolvía inútilmente intentado huir, pues sabía que un solo segundo de su ausencia hería de muerte a la tierra, tierra que suspiraba por sentir el roce de sus alas; tierra que cada mañana despertaba, ilusionada, pensando en el beso del viento.
En ese momento en que parecía que las parcas les habían cortado los hilos de la vida, la tierra gritó, desesperada, este mensaje de auxilio, sabiendo que su amado viento la oiría:

Dime, por favor, que ha muerto tu silencio..”, le dijo la tierra al viento, “…y háblame de nuevo.
Mueren mis hojas en esa prisión de pena que es la quietud y esperan que las abraces en lento baile.
La pradera está triste. No tiene con quién hablar y añora tu voz, como la luna a la estrella.
Vuelve a susurrarme tus suspiros; que tu mano, cálida o fría, acaricie mi piel de arena y sienta el rubor del amor.
Rompe, viento, las cadenas que te sujetan, rompe la mordaza que sella tus labios y vuela en mi busca para liberarme de esta desesperanza a la que me somete tu ausencia.
¿No te pena ver al agua, que ni corre ni canta por sus ríos porque echa de menos tus requiebros?
¿No te duele ver las nubes como estatuas de algodón sin vida esperando que tu aliento las empuje?
¿No te arranca ni una lágrima la vieja veleta a la que solamente tú das vida?
Y si nada de esto te conmueve, ¿tampoco lo hace mi súplica, que ha robado todo el dolor que en mis seres exista?”
Y el viento sentía que en su pecho no cabía mayor sufrimiento, ni en su sangre, más ira.
La voz de la tierra eran flechas en su alma, sal en sus heridas.
Pero llegó esa hora en que al silencio le remordió la conciencia, y no pudiendo soportar que él fuera la causa de tanto dolor, rasgó la mordaza que cubría los labios del viento y el viento habló:

Si tú supieras, tierra…”,dijo el viento, “…mis deseos por tenerte, te bastarían como consuelo.
Pero no llores más, porque tus lágrimas y las mías alimentan la nostalgia, y en nosotros no existe el pasado, lo caduco, porque somos eternos.”
Y esas palabras que la tierra fue capaz de arrancarle, bastaron para que se transformaron en viento.
Solo hacía falta eso: que muriera su silencio.
Y al eco de su voz, las hojas, el agua, las nubes, la veleta, pero, sobre todo, la tierra, volvieron a sentir esa mano, esa música y ese amor.
La tierra solo quería, como cualquier persona que ama, sentir vivo, aunque fuera  por una palabra, ese amor para el que nacieron.

FIN

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