martes, 24 de febrero de 2015


ESA VOZ…


Sonaba una voz entre los suspiros  del aire, pero no acertaba a discernir sus palabras.
Como el eco de una caracola de mar, donde sientes oír lo eterno en un espacio finito, así, esa voz luchaba entre los dientes del viento, queriendo abrirse paso, como si huyera, para dejar un beso de libertad en la primera alma cautiva que encontrara.
Pero solo la oía yo; entonces…. ¿me encontró o me buscaba?
Sí, porque fui, y soy, prisionero de un hechizo, de unos ojos felinos con destellos de cielo, ojos pescadores que, al mirarme, me envolvieron en su red azul.
Me rodeaba un manojo de árboles, más allá de ellos un espacio donde convivían la luz y una tierra virgen y, sin embargo, al buscar el origen de esa voz sentía que, tras esos guardianes de hojas y ramas, me esperaban sus ojos ofreciéndose como olas.
Esa voz, esa voz…
Se la notaba que luchaba por sobrevivir entre los gemidos que el viento dejaba en el cielo, pero ¿acaso no hice yo lo mismo cuando esa mirada me regaló un sentimiento?
Ahora esa voz resucitaba todos esos recuerdos; por eso el eco marino y eterno de una caracola sonaba en mi alma aunque me rodeara la tierra.
Hechizado, sonámbulo, abstraído en el amor, me acerqué a esa fuente, y la llamo fuente no por ser el origen sino porque me inspiraba los mismos afectos que esos milagrosos manantiales que atrapan el alma entre sus gorjeos de agua.
Hipnotizado por esa voz que tanto me sugería, crucé esa línea bajo la mirada impasible de los árboles y… ¡oh, Dios!, ¡no podía ser verdad!
De esa desnuda tierra, que solo ofrecía la piel con la que la crearon, había surgido un pequeño lago azul y eterno, y esa voz, esa voz… nacía de sus aguas.
Tal vez fuera la locura que emana de todo amor, pero ¿quién dijo que el amor fuera de cuerdos?
Me asomé a ese espejo cristalino con la esperanza de desentrañar el misterio y, lejos de ver mi propio rostro enmarcado en esas aguas, encontré esos pescadores ojos que, un día, me cautivaron.
Sí, allí estaban, ofreciéndome revivir aquellos momentos; brindándome otra oportunidad como si fueran luna que se asoma, noche tras noche, esperando que la encuentre.
 Y eran ellos quienes hablaban.
Me convertí en estatua: ausente del entorno, contemplativo, ajeno al tiempo, piedra muda, pero…. piedra con alma.
Incapaz de contener ese milagro en el silencio de mi pecho, rompí las cadenas de la emoción, liberé la lengua y nacieron aquellas mismas palabras que me dictó el corazón cuando nuestros ojos se encontraron.
Inconscientes del poder que encerramos, mis ardientes palabras consiguieron acallar la voz y que esos ojos, lentamente, se cerraran.
Sobre la  mágica superficie de ese lago, los ojos desaparecieron bajo el brillo de una estela de lágrimas; y la voz, esa voz, se había transformado en suspiros.
Inmerso en este maravilloso misterio, los ojos cerrados para que mis pensamientos se sumieran en la gloria, el alma concentrada en no perder el tacto de ese cielo que rozaba, en medio de esta irrepetible vivencia, noté que unos labios dejaban en mi rostro el sello de un beso.
Ese beso despertó todos mis sentidos: abrí los ojos y quedó revelado el secreto.
Esa voz, esos ojos, esa celeste laguna,…. todo era real, tan real como que eras tú quien daba vida a esa voz; tan real como que esos ojos que me hablaban en medio de esa cristalina agua eran los tuyos enmarcados en tu rostro.
Tan cierto y verdadero como que esa estela lacrimosa que decoraba el lago, era tu propio llanto, y los suspiros que creí nacer de las aguas, los dejaban escapar tus labios.
¿Quién dijo que el amor era de cuerdos?
En un fugaz instante, la locura que de él nace me raptó y te transformé en sueño.
Pero más allá de estos fastos que proporciona una imaginación enamorada, siempre me acompañará el eco eterno de la caracola; siempre sonará, en mi alma, esa voz,... esa voz….

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