sábado, 14 de febrero de 2015


HEROÍNAS EN SILENCIO (a toda  mujer)


Siéntete elegida por el mero hecho  de serlo.
Si bien es verdad que Dios te eligió como fuente de vida, no olvides que, aunque no lo seas, llevas grabado en tu pecho el sello de madre, el instinto de amar, porque siempre serás amante, porque esa cualidad cuelga de tu alma como, en el cielo, las estrellas.
Por eso, nadie te podrá robar ese instinto materno aunque las fuentes de la vida se hayan cerrado.
Y allá donde vayas, nadie te podrá negar ese aire que respiras aunque tu vientre no lo haya criado, porque, repito, eres madre por el mero hecho de ser mujer.
Y si la sombra del pesar te cubrió en algún momento, piensa que Dios te eligió tal y como eres, y así te quiso, no de otra manera.
Y siente en tu pecho la alegría de saber que cualquier mirada que en ti descanse,  te verá como elegida, antes que por ser madre, ¡por ser mujer!
Si algunas sienes deben ser coronadas con el laurel de la victoria, que esas sean las tuyas.
Si la Paciencia, en su muerte, nombrara una heredera, esa serías tú.
Si las lágrimas buscaran ser comprendidas o secadas, buscarían tus manos o palabras.
Si las horas buscaran una fórmula que multiplicara sus vidas, a ti te la pedirían.
Si el silencio quisiera ser escuchado o se sintiera incomprendido, bastaría tu mirada para paliar su cruz.
Si la alegría necesitara un eco, por quedar pequeño el corazón,  hallaría en tu sonrisa ese universo.
Si la vida se apagara y el mundo oscureciera, siempre habría una luz y, esa, serías tú.
Y seréis vosotras, mujeres, quienes curéis con vuestra mirada esa herida que se oculta en el alma, esa que no quiere ser conocida pero que suspira porque alguien la descubra.
Instinto o don, poco importa, el caso es que vuestros ojos penetran en las miserias, y un simple destello de ellos las analiza, comprende y cura.
¿Qué misterio encierran esas lámparas divinas que lucen en vuestros rostros, capaces de hacerse sentir a uno amado hasta tal extremo?
Pero porque supera lo racional, solo hallo una causa: que cuando una mujer mira, lo hace con los ojos del alma.
Por eso no hay cerrojos que preserven los secretos; y aunque queramos ocultar nuestro mundo bajo la coraza del rostro, de los gestos o del silencio, para una madre, para una mujer, no dejan de ser una gasa que pretende tapar el cielo.
Sí, cuando una madre, una mujer, mira, desnuda nuestros sentimientos porque somos, para ellas, un juguete en su mirada; somos niños, vistos por unos ojos que en realidad son almas.

FIN

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