domingo, 22 de febrero de 2015


LA CÁRCEL DE LOS SUEÑOS


Hubo un tiempo en que los sueños no  existieron; bueno, mejor dicho, fueron encerrados en un palacio invisible para que nadie los viera, y muy lejano para que si alguien los llamara, no lo oyeran.
Eran sus grandes enemigos, el miedo y la tristeza.
Ambos se pusieron de acuerdo y, un día, decidieron invadir la tierra.
Se paseaban entre los mortales y a quien mostrara un atisbo de ilusión, le enseñaban su rostro y le robaban el sueño.
Y, de ellos, fueron llenando los calabozos de ese palacio lejano, invisible y gigantesco, pues cada sueño tenía su celda.
Pero  una llamaba la atención, porque era la más grande de todas: sus lingotes eran cenefas y sus paredes de mármol, recubiertas de suspiros y llantos.
Era la celda del sueño del Amor, la gran perla que robaron a los humanos y que ahora exhibían, orgullosos, el miedo y la tristeza.
Robado el sueño del Amor, el resto de los sueños le siguieron sin mayor oposición.
¿Y qué es una Tierra sin sueños?
¿Dónde podrían, los mortales, encontrar ese consuelo que ahogara sus penas o ese motivo para ver el futuro como un amanecer?
Los corazones se tambaleaban sobre el débil hilo de una esperanza: que aunque enjaulado, no hubiera muerto y, por lo tanto, que algún día volviera.
Los mortales no podían vivir sin el sueño del Amor, pero el Amor, eterno, conservaba su vida porque preexistía a los sueños.
Miedo y tristeza erraron en sus maléficos cálculos y vieron que era imposible su labor.
Habían privado a los mortales de ver a la fuente que los alimentaba, pero se mostraron incapaces de robar la vida a la madre de la que manaban los sueños; ellos mismos, miedo y tristeza, antes fueron sueños que se alimentaron de los pechos del Amor, pero un día se perdieron hasta transformarse en lo que ahora son.
Y entonces fueron ellos quienes perdieron la ilusión y saborearon la venenosa medicina que quisieron inyectar a los mortales.
Derrotados, se abrieron todas las celdas y los sueños, libres, volvieron a esos corazones suplicantes.
De esta manera, el Amor les robó, al miedo y a la tristeza, sus sueños.
Y se repetirá esta escena en la que el miedo y la tristeza saborearán una puntual victoria, pero al final de ese campo de batalla, ondeará, incorrupta, la bandera del Amor, que mantiene con vida  nuestros sueños.

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