miércoles, 11 de febrero de 2015


OLEAJE

Cada día, cada segundo, costa y mar  cruzaban sus miradas, limpias, desnudas y sinceras, en las que latía un lenguaje de imágenes que no necesitaba de palabras.
Y cada día era una espera, un silencio, otro más, que se acumulaba en esas aguas sedientas que suplicaban al viento las lanzara en impetuosas llamas sobre su terrenal amante.
Sabían que estaban destinados, no solo a convivir, sino a amarse.
Porque a dos miradas que se buscan eternamente, solo las puede sustentar el mutuo deseo, y si ese deseo se demora, se transforma en vela que se consume o en olas que arrasan.
Y el mar no quería morir lentamente viendo como sus suspiros, vestidos de brisa,  eran el único afecto que podía regalar a su amada tierra.
 No quería, no podía, contentarse con esas pequeñas caricias, tímidas mareas, sobre la piel de la playa.
 Esos pequeños detalles, aun siendo importantes, apenas los consolaban porque sus corazones les exigían una mayor entrega.
¡Cuántas veces pensaría, la tierra, querer ser parte de esas entrañas marinas y cobijarse en sus profundidades como rayos de luna que se refugian en el alma del bosque!
¡Cuántos lamentos perdidos habría dejado el mar por ser raíz de esa tierra, esconderse  en su vientre, o ser agua subterránea para viajar por su alma!
Eran como esos amantes nacidos para amarse, pero que  el peso de los prejuicios los condena a no verse, salvo a través de una verja., y  se contentan con acariciarse; con dejar, en sus lágrimas impotentes, el amor que nunca les podrán robar;  a repetir incansablemente un “te quiero” que cada vez que suena, incrementa, por igual, el dolor por no tenerse y la felicidad de desearse.
Eso sucedía con la tierra y el mar.
Tenía que llegar ese momento en que la pasión, vestida de olas, se desbordara; tenía que llegar la hora en que la tierra sintiera que el mar la amaba.
Y no pudiendo contener todo ese amor, reprimido por el continuo abrazo de las costas, el mar dejó, sobre ellas, un enorme beso de agua.
Se abalanzaron, sepultándolas entre el eco de ese bramido, de esa voz, que estremeció a la tierra al oír esa declaración de amor.
Y la tierra, estremecida por ese sentimiento, inmóvil y somnolienta, veía cómo el mar multiplicaba y transformaba sus manos de aguas en numerosas e inmensas olas que no paraban de abrazarla.
Las costas se dejaban querer, ¡cómo no iban a hacerlo después de tan ansiada espera!
Todo era una pasión desbordada, todo era fuego de insaciables llamas, todo era un homenaje a esas personas que cuánto más dificultan su amor, más se aman.
Saciada la sed del corazón, el mar se retiró a su claustro de aguas.
Se encerró entre los muros de las costas y, cada día, cuando el sol iluminara a su amada tierra, miraría a través de su verja para seguir dejándola suspiros de brisa.
Ya solo quedaba esperar otro momento en el que sus olas se saciaran de amor y asaltaran la tierra, entre abrazos y besos de agua, para que esta se sintiera amada.
  
FIN

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