viernes, 6 de febrero de 2015


PADRE… 
(19 de marzo. San José, día del padre)


Esperaba, en el vientre de mi madre, que el mundo me abriera sus puertas, pues mi vida  solo conocía el de sus entrañas.
Es verdad que en ese tiempo llegué a identificar los silencios, emociones, inquietudes y esperanzas que se fraguaban en su alma, incluso sus pensamientos más íntimos pasaban a mi lado y los acariciaba.
Pero desde mi pequeño mundo, en cada una de esas razones que anegaban su corazón, veía una sombra compañera que, de ella, no se apartaba.
Una sombra placentera, siamesa, fiel, que se convertía en pañuelo y bálsamo de las emociones maternas.
Era como la luz al sol, el misterio a la noche, el eco a la voz: siempre ligado, revoloteando su mundo, con la mano siempre tendida, mano que sustentaba sus lágrimas, besos y caricias.
Y si ansiaba conocer el mundo, era por dos razones: poner rostro a esa madre y a esa sombra que me había cautivado.
Llegó ese instante en que mis ojos quedaron bautizados por la luz mundana.
Allí estaba mi madre, recibiéndome con una sonrisa que se fundía con sus lágrimas.
Su rostro, nerviosamente alegre, expresaba toda la felicidad que puede caber en un pecho, y alternaba su mirada entre mi cuerpo, aún caliente, y otros ojos que ni de ella ni de mí se apartaban.
En ese instante, padre, puse rostro a tu sombra.
Y desde entonces, he conocido el lado amable y sereno del amor, aquel donde las emociones se expresan ocultas en una tímida sonrisa, donde el cariño se palpa en un beso, y la protección se respira en tu mirada.
Solo quería que, al levantar la mirada, mi corazón tuviera donde apoyarse, y para ello solo necesitaba esas dos columnas que me dieron la vida.
Será inevitable que os una en el recuerdo, y siempre habrá un momento en el que sienta las alas de tus  brazos, padre, tu mirada de águila, ahuyentando los problemas o poniendo coto al peligro.
Porque si la madre es pasión, donde los deseos desbordan su pecho, asaltan de emociones su rostro y se desvive por verlas cumplidas, tú, padre, eres el fuego que alimenta esas intenciones y en tu mirada serena, pero expresiva, se refugian tus desvelos por mi vida y por mi alma.
¿De qué les vale a las flores que sus pétalos desborden de color y fragancia si no tienen tallo en el que se sustenten?
Padre, no te pido nada, me basta con verte, con saber que estás ahí, sentir el peso de tu mano sobre mi hombro, o respirar tu atenta y silenciosa mirada.
Padre, no te pido nada, porque si lo hiciera, me mostrarías tus manos vacías, propio de quien todo lo ha dado, y si abriera tu alma, en ella encontraría la de mi madre y la mía.
Padre, solo quiero que sepas que, viéndote o en el recuerdo, siempre sentiré tu sombra, esa misma que vi cuando el mundo aún no me había abierto sus puertas.
¡Ah!, y quería preguntarte una cosa: a esos pensamientos maternos que me rozaban estando en su vientre, les acompañaba una voz: era la tuya, ¿verdad?
FIN

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