miércoles, 18 de febrero de 2015


RETRATOS VIVOS

Esta es una historia donde  convivieron silencios y palabras perdidas en el aire.
El silencio lo aportaba un viejo castillo del que sus piedras solo podrían contar pretéritas historias y leyendas desconocidas.
Barnizadas por el olvido, agrietadas por el seco viento del Moncayo, sus labios habían quedado sellados para hablar de emociones presentes; solo podían evocar aquellas que antaño respiraron sus paredes, y para ello tendrían que descerrajar los baúles que guardaban viejas cartas de amor, sentimientos inconfesables, o iluminar esos salones donde, en un baile, se cruzaron cómplices miradas que delataban un engaño.
Allí, en medio de esa vorágine de recuerdos, latían esas palabras perdidas que no sabemos si encontraron, por respuesta, lo deseado, un suspiro o el silencio.
Pero en ese afán de rememorar sus secretos, encontré un testigo que podría ayudarme a rescatarlos.
En una de las paredes colgaba un cuadro, estratégicamente colocado frente a una ventana para que recibiera el primer beso de luz cuando el alba abriera sus ojos.
Y viendo su estado, en verdad parecía que esa luz lo rejuvenecía, ayudándole a mantener vivos los recuerdos.
En él descansaban los rostros de un hombre y una mujer, juveniles a tenor de la suave pincelada que cubría sus pieles, pero revestidos de una grave mirada que revelaba el peso de la vida.
Los contemplé con el ingenuo deseo de que abrieran sus labios y me contarán las felices sensaciones que vivieron o que me revelaran esas heridas que destilaban en su mirada.
Sabiendo que eso era imposible, fui yo quien les hice las preguntas e imaginé cómo las distintas emociones dibujaban, en sus rostros,  la respuesta.
·        “¿Conocisteis la felicidad?”.
Esa fue la primera pregunta que me asaltó, tal vez porque encierra el fin de nuestras vidas, y me pareció que sus ojos dejaron de mirarme para buscarse entre ellos con la misma celeridad con la que las aguas del torrente caen al vacío.
Me bastó esa respuesta para saber que por sus venas corrió ese sentimiento.
Sí, la conocieron.
·        “¿Os la quisieron robar?”
Y los rostros volvieron a su primitiva imagen.
La mirada recuperó ese grave tono que parece huir de la luz matinal para refugiarse en la cárcel de un sombrío hecho y la desviaron hacia esa ventana que les bautizaba de vida cada día.
Allí, colgando de su celosía,  apareció una gota de agua, expatriada de una remota lluvia, que, al parecer, fue testigo de ese momento.
·        ¿Fue en  un día de lluvia?
Desde la pared en que colgaron su amor vestido de retratos, desde esa pared en que los enterraron, contemplaban,  tras ese velo laminado y cristalino, esa lágrima de agua.

Hermoso encuentro, entre una difunta hija de la lluvia y unos arcanos rostros de un tiempo perdido.
En ese cruce de impasibles miradas, latían esas sensaciones que fragua el silencio, tan intensas, que cualquiera que entre ellos se cruzara sentiría en su piel el roce de esas emociones.
Hasta ahora  calladas porque no encontraron  con quién compartir sus sufrimientos y esperanzas, porque la vida les robó ese sueño de que alguien los escuchara, pero no hacía falta dibujar unos labios, en  las almas de la gota y de los retratos, para que hablaran.
La gota se aferraba al ornamental arabesco como quien quisiera detener el reloj de la vida, mientras sus rostros intentaban sujetarla con su férrea mirada.
Es como si quisieran revivir y no perder ese último instante en que sus labios se fundieron y sus miradas, peregrinas del amor, se buscaron.
Ninguno quería despedirse, ninguno quería que las alas del tiempo volaran entre ellos; querían saborear ese instante, con tal intensidad, que sintieran vivir lo eterno.
Y la gota les dijo que aunque pareciera lágrima, era feliz por resucitar, en ellos,  ese momento; doloroso por un lado, sí, pero, a la vez,  bello e intenso.
Y esos retratos escondían, bajo esos colores artificiosos,  la emoción.
Felicidad y emoción, ocultas bajo ropajes impuestos que ellos no habían elegido, suficientes para enmascarar los sentimientos,  pero no para destruirlos.
En un atrevido, pero inconsciente, intento, quise robar esa gota que, a mí, solo me transmitía dolor, pero fue imposible.
En realidad actué como aquellos que quisieron robarles su amor. Me di cuenta que eliminar esa lágrima de agua era como usurparles su último instante, ese que siempre es el que más se saborea y mejor se recuerda.
Desistí de mi intento, pero lo que no conseguí yo, lo logró un traicionero viento.
Como si el tiempo quisiera pasar esa página, se vistió de aire  y en un impetuoso alarido se llevó, de la ventana, ese recuerdo de agua.
Los rostros perdieron toda su vida y volvieron a adquirir la fría pose de un sentimiento pintado que insinúa las emociones, pero no las vive.
Ya no quise hacer más preguntas.
Allí les dejé, saboreando el silencio y el dolor, y quién sabe si también la esperanza de que alguien volviera a pasar por allí y les preguntara; alguien con quien compartir ese momento que la vida les robó, alguien que les diera la oportunidad de revivir su último sueño.
Quise dibujar unos labios en  las almas de ese hombre y esa mujer, pero no hacía falta.
Porque los sentimientos no enmudecen, aunque les roben la palabra.

1 comentario:

  1. Me aprecio un trabajo muy interesante, volvere a leeerte.
    Saludos...
    Reme.

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