martes, 10 de febrero de 2015



TRÉBOL


Suena el río mientras viaja 
entre peñascos que llevan, a  sus espaldas,
frío, viento, luz y sombras.

Se funden el eco de sus aguas,
las hojas suspendidas en las ramas,
el trino perdido de un ave
y el cimbreo de unas hierbas
abrazadas al viento.

Naturaleza en estado puro
a la que la luz poderosa de Dios
elevó a la categoría de madre.
Coto de almas sensibles,
almas que se llenan de libertad
con solo respirar sus aires.

Y a ti, mujer amante de la naturaleza,
Dios te dotó del instinto materno.

Eres madre de dos vidas
que forjan en tu pecho
un corazón con dos arterias.

Un mar con dos olas,
dos cumbres en un monte,
un rostro con dos lágrimas,
dos llamas en una hoguera.

Cuando tu mirada se pierda
en universos, o vague entre estrellas,
siempre hallarás dos luceros
que guíen tus ojos al cielo.

Cuando tu mente conviva con la ilusión,
o se pierda en el feliz jardín de los sueños,
el alegre repicar de dos campanas
acompañará siempre tus deseos.

Cuando busques en los rincones del alma
el fuego del amor,
dos brasas arderán en tu pecho.

Cuando quieras que la vida pare
para saborear la paz del silencio,
dos ángeles, entre sus alas,
te sumirán en lo eterno.

Será tu espíritu, aire
que se escape a los paisajes
que pintó la naturaleza,
y en tu alma siempre dormirá una madre,
y siempre velarán tu sueño dos ángeles,
dos olas, dos cumbres,
dos lágrimas, dos llamas,
dos vidas, dos arterias.

FIN

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