lunes, 23 de febrero de 2015


ÚLTIMA HORA


La llamaba, como ola que deja su voz en el acantilado resonando en el vacío, pero sabiendo que nadie le escuchaba.
Febriles los labios, errante la mirada, un hilo unía su alma y la esperanza de una vida que se apagaba.
Soltó las amarras de ese miedo que encadenaba su secreto y dejó que navegara por los labios de otras bocas, que se lo llevaran las olas del rumor aun sabiendo que sería triturado por las fauces del qué dirán.
Ahora, quién sabe si ya tarde,  reclamaba a aquella que en vida tuvo sojuzgada, dándole igual que se vistiera de huérfana, de lágrima o de hambre: siempre la despreciaba.
Él, que rasgó el puente de una mano tendida; él, que despreció el dolor de la necesidad ajena, pide ahora, cuando todo se oscurece, esa migaja silenciosa que es la compañía.
Estaba saboreando la misma hiel que él había dejado y nunca imaginó que existiera sabor tan amargo.
Quiso cicatrizar esas heridas que ahora se abrían en la carne de su conciencia, pero era como si el fuego devastador tras haberse saciado, pidiera, al agua, clemencia.
Ya cerraba los ojos, aún flotaba en el aire su última palabra, “ayudadme”, cuando surgieron como blancas llamas esos rostros que él había ignorado suplicando por su alma.
No hay mayor milagro que el del alma que perdona y reza por su verdugo, aunque no queda lejos el del corazón de hierro que acaba pidiendo perdón.
Quiero perderme en esos refugios donde el mar busca morir en secreto.
Quiero visitar esos acantilados y oír el eco de sus olas porque pienso, quiero soñar, que son las voces de esos corazones que, arrepentidos, llamaron a la puerta a última hora, con la esperanza de que alguien les abriera una de esas puertas que ellos cerraron.

FIN

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