jueves, 26 de febrero de 2015


UN MAR HERIDO


Dime en qué punto del universo se escondió tu última sonrisa.
Dime cuál fue el último día que la vida esbozó en tus labios un amago de luz.
Dime, si es posible, quién o qué  oscureció tus ojos y sembró en tu alma la cizaña del dolor.”
Pero el mar callaba, y apenas dejaba el gemido de unas lánguidas olas, resignadas a morir en la arena.
Ni el alba era capaz de grabar esas tímidas líneas de luz, luciérnagas que flotan sobre esas aguas recién despertadas en las primeras horas del día.
Una impotente luna veía cómo una invisible mano robaba sus destellos de plata y los hundía en el anonimato de las profundidades.
Baldíos esfuerzos por resucitar el alma del mar y la de esa orilla, que cada día le ofrecía sus labios de arena para sentir sus besos salinos y que, ahora, solo recibía un tímido aliento que no llegaba a brisa.
Los gemidos de las olas, su débil aliento, sus opacas aguas negando la luz,…
Solo una cruz, de esas que se graban en el corazón y hieren el alma, es capaz de crear tales efectos, y alguien que la probó, vertió en el confidente mar su sabor una de esas noches o mañanas.
Alguien, de esos que tantos días lo visitan para compartir sus sueños o aliviar sus penas, con su eterno horizonte, tuvo que dejar una herida flotando en sus aguas, pero ¿tan profunda como para que su corazón la sintiera como suya?
Cualquiera que buscara, en esa arena, comunicar sus sentimientos al infinito horizonte, solo hallaría una nostálgica playa mirando a un melancólico mar.
Pero lo mismo que amor, con amor se paga, el desamor solo halla su antídoto en un olvido que lo entierre o en un afecto superior que lo ensombrezca.
Las últimas luces del día coloreaban de alarma el mar y el crepúsculo reflejaba en esas aguas una cárdena estela de luz que no sé bien si eran del atardecer o los flujos de  sus heridas.
Pero en ese instante en que la luz se vestía de tragedia, asomó la figura de un joven en la orilla.
¿Venía a lanzar la red de sus sueños o a dejar el mugriento tesoro de una frustrada ilusión?
A la arena se le estremeció su fina piel, apretó el corazón y abrió sus labios rogando que, de esa solitaria alma, naciera una alegría capaz de curar al enfermo mar.
El joven, ignorante de melancolías y desesperaciones, solo sentía su mundo interior, donde también había cruces;  solo vivía esas experiencias que guardaba en su alma y alzó una desafiante mirada a ese mundo que se asomaba frente a él.
Un ligero y cálido viento jugaba con su rostro, como queriendo enredar sus pensamientos; como si el mar no consintiera que alguien soñara ni que la alegría dejara una sonrisa flotando en sus aguas. 
Pero para ese joven era tan fuerte el nudo de dicha que apretaba su alma que, ante ese desafío, un ligero suspiro fue su respuesta.
Y desde esa superioridad que confiere el Amor, el joven habló al mar, al horizonte, a la arena, con la serenidad y firmeza que confieren los sentimientos cuando se ha encontrado lo que faltaba.
Mar,  tus intentos serán cera ante el fuego que arde en mi pecho, o fugitiva niebla  ante su luz.
Yo he vivido tus sentimientos y también, como tú, creí que tras esa oscura sombra se sucedían otras hasta que acabara la vida.
 Sentí que la vida era una laguna Estigia cuyas  únicas orillas son la muerte.
Supliqué, al mundo, una limosna vestida de cualquier ropaje que apagara mi calvario, pero nada ni nadie era capaz de derruir los pilares de mi amargura.
Pero la vida no puede quedar reducida a una palabra hiriente, a un silencio que suene a tumba, a un engaño, o a una muerte traicionera que nos robó la razón por la que vivíamos.
Incluso aquellos que nos hacen felices, una vez saboreados, la rutina los  seca.
Sí, los sentimientos son buenos, pero no podemos dejarlos huérfanos de esa fuerza superior que les da sentido.
A veces, los aislados sentimientos pueden ser caprichosos aurigas, vacilantes vientos que nos dejan una ráfaga de amor y, cuando empezamos a respirarlos, se retiran.
Ante algo tan voluble y cambiante, ¿vale la pena arrodillar nuestra vida?
Entonces, ¿dónde está esa causa superior capaz de suplantarlos y endulzar su amargura?
Arranca, mar, esas  raíces que te arrastran y mira al cielo que te mira buscando una respuesta.
Yo me agarré a Dios y sentí que, aunque el mundo me cerrara sus puertas, aunque el corazón quisiera vestirse de luto y la memoria se empeñara en recordarme las ramas tronchadas, siempre habría Alguien dispuesto a quererme, a esperarme, a oírme y comprenderme,  a ser pañuelo de mis lágrimas y bálsamo de mis heridas.
Abandonado a esa certeza, encontré otro tipo de mieles que no son viento caprichoso sino anclas.
Abandónate, mar, a ese cielo porque más allá de tu desconsuelo, hay vida.”
Seducido por ese umbral de esperanza que el joven le dibujaba, una enorme ola resucitó de entre esas muertas aguas y volcó, en la arena, la pena que le asfixiaba.
Ese tímido aire que peinaba la playa se transformó en recio viento y se la llevó a esa laguna Estigia para que saboreara la muerte.
Se volvieron a abrir los labios de arena y recuperaron el salino sabor de sus besos; las nocturnas aguas volvieron a vestirse de plata;  las madrugadoras luces tiñeron el mar de luciérnagas, y afloró esa escondida sonrisa entre sus labios de luz.
Sí, el mar siguió envolviendo, con sus aguas, las penas de esas almas desconsoladas, pero siempre respiró la esperanza de saber que siempre habría Alguien que le amaba.

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