martes, 24 de febrero de 2015


UNA MIRADA ATRÁS


Abro  la  ventana del  recuerdo 
y  fluyen un mosaico de sentimientos,
un  tapiz de luces y sombras
que me invitan a compartirlos
con la noche del alma.

Descarto aquellos que, un día,
tiñeron de hiel la vida
porque es efímero el dolor;
débil viento que muere
ante los muros de la esperanza.

Desde la atalaya de los años
oteo el páramo de la vida
y recorro lentamente sus caminos
con las alforjas llenas de nostalgia.

Siempre se evoca primero
lo que queda más lejano.
Porque, ¿qué es recordar?
¡Echar el anzuelo lejos
y rescatar los años perdidos
entre las sombras del tiempo!

Ya estoy en la infancia.

Paso al lado de la vieja casa,
revestida de polvo y adobe,
testigo mudo, pero vivo.


Desde sus ventanas apreciaba la loma
que el sol peinaba con su último rayo.
Aún resuena entre sus muros
un coro de voces inocentes,
de niños escondiéndose en rincones
como si fuera su mayor secreto.

Si la vida es breve,
¿qué son unos años de infancia?

Tal vez sean un suspiro;
tal vez, flor de primavera
que marchita el despertar de las pasiones.

Todo es fugaz cuando se reduce a tiempo.
Pero la vida no es un cúmulo de horas,
sino de experiencias, de sentimientos.

Antes de cerrar este recuerdo
quiero abrir de nuevo la ventana
y contemplar la loma
con su cima laureada de luz.

Al verla comprendo que los años vividos
son un huracán que apenas llegan, pasan.
Sí, pero dejan una huella eterna,
y hasta el umbral de la muerte
seguirá viva su llama. 

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