jueves, 26 de febrero de 2015


VOCES CALLADAS


Son ojos que te miran y, en  silencio, te hablan, pidiendo que seas tú quien ponga la palabra.
Nunca te lo dirán, pero si abres su corazón, encontrarás testimonios de ilusiones perdidas y polvorientas esperanzas.
Nunca les oirás, pero sus lágrimas o sonrisas ocultan esas emociones que bullen en sus almas como luces o heridas.
Y tal vez pienses en esos cuerpos heridos por el hambre; en esa letanía de vidas que huyen de las balas; en esas niñas, mujeres prematuras,  porque les robaron la infancia; o en esas personas en que la cruz de Dios hirió la mente o su cuerpo sin fijarse en la edad.
Nos compadecemos de penas visibles y extremas, pero a veces la herida que más duele no se ve, y, tal vez, a tu lado están esos ojos que te miran en silencio, pidiendo que seas tú quien ponga la palabra.
Te dignifica lamentarte por las penas ajenas; un soplo de amor te limpia el alma cuando sufres por los que no conoces, pero, a veces, olvidamos la que nos rodean o damos por supuesta una paz en esas almas que tenemos cerca.
Puede que sus penas no alcancen la tragedia, pero también puede que erremos al medir su sufrimiento; solo quien lo padece  conoce esos límites.
El silencio de un hijo, una mirada de reojo que te busca esperando una palabra,…
Sí, su vida no está al límite, queda lejos el umbral de la subsistencia, pero aunque el cuerpo se vea satisfecho, puede que su corazón mendigue.
Sentía esta necesidad, la de auto inculparme por pensar que el mero hecho de tener a mi lado a los seres queridos excluía, en ellos, toda tristeza.
He sido como esa apasionada luna que se desviviera por llenar los rincones escondidos de la noche con su luz de plata, y se olvidara de alumbrar a sus hijas, las estrellas.
Era necesario que hiciera este alto en el camino.
Desde ahora, sí, me conmoverán esas lejanas desgracias que tambalean los pilares del corazón y de la conciencia, pero esas mismas me servirán para no despegar mis ojos de aquellos que me rodean. 

3 comentarios:

  1. Un texto que invita a la reflexión, desde luego no deja indiferente, y te invita a que alces la voz, sin mirar a otro lado.
    Un placer leerte.

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  2. Me dejas reflexionando y dispuesta a alzar la voz, haciendo un alto en el camino.
    Un gusto leerte Abel.

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  3. Comunicarse, no solo con las palabras, sino también con los ojos; esos grandes ojos del corazón despierto! Cuantos deambulan hambrientos de aliento; que no piden respuestas al firmamento lejano, sino al amigo cercano, que le pueda tomar la mano.

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