martes, 31 de marzo de 2015


PODEMOS…



Levantar el mundo con la palanca de las palabras y sostenerlo sobre el alfiler de una sola verdad frente a los pilares de la mentira.
Iluminar la noche con velas, nuestras obras, y mantener vivo su resplandor con cada sonrisa que conquistemos.
Anegar el desierto en lágrimas compasivas, aquellas que hacen al dolor ajeno sentirse comprendido, y sembrarlo de ese oasis que son los detalles.
Silenciar el dolor con besos, bastaría el de cada madre a ese hijo que tiene o espera, y enmudecerlo con nuestra alegría.
Escalar todas las cumbres si un minuto o pensamiento dedicado a otro fuera un peldaño, y enterrar esas montañas de pesares bajo los hilos de esa esperanza que habríamos ayudado a nacer.
Curar la amargura de un alma con la miel de una simple mirada y saltar los cerrojos del odio con la horquilla de un simple perdón.
Podermos….
Y, sin embargo, no dejamos de mirarnos al espejo; nos convertimos en coleccionistas de recuerdos, acaparadores de nostalgia; echamos  nuestras redes al pasado para rescatar los buenos momentos y  sacamos brillo a la memoria, el baúl donde se guardan los años, para repasar aquellos que dejaron huella en nuestra alma.
Sonreímos al contemplarlos, y si alguno no es de agrado, lo echamos a la hoguera del olvido.
Y mientras la vida sigue ofreciéndonos oportunidades de limpiar el nublado cielo de aquellos que reclaman nuestra ayuda, nuestra mirada, nuestras obras, los ignoran como viento que esquiva las montañas.
Y ese viento va dejando el triste aullido por todo aquello que podemos y no hacemos.
Una tensa calma se adueña de nosotros.
Tensa porque vivimos en una ficticia paz donde las horas y la vida duermen para no escuchar.
Pero no podemos evitar que esa sinfonía recorra las rendijas de nuestras almas, almas que siempre tienen abiertas esa ventana que pretendemos cerrar.
Robar esas lágrimas que un día surcaron un rostro.
Borrar las huellas que les dejó el dolor.
Iluminar, aunque sea con palabras, las sombras que ocultaron su sonrisa.
Si este mundo que soñamos, este mundo dibujado en nuestro corazón cada vez que pensamos en un “podemos”, fuéramos capaces de cumplirlo, ese gemido serían felices ecos, repiques en el fondo del  corazón, propio y ajeno,  al ver que una ilusión, un deseo y un sueño cobran vida.
Es infinito el poder del que es capaz la buena voluntad guiada por la recta intención.
Solo hace falta transformar ese “podemos” en un “queremos”.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

lunes, 30 de marzo de 2015


LUNA Y CUNA


Hoy he visto la luna en el brillo  de tus ojos y he pedido un deseo: que sea eterna.
Quisiera que fuera inmortal esa noche donde nuestras miradas huyen escondiéndose entre las estrellas y, al contemplarlas, sentimos lo feliz que puede ser un sueño.
La luna: ladrona de almas, hechizo de corazones, cómplice de secretos y refugio de los sentimientos.
Y si todos los deseos que nacen bajo su luz, los envuelven en el papel de lo eterno, es imposible que la desligue, es obligatorio que la encadene, a la idea de la vida.
Tuve la fortuna de que , en el inicio de la mía, me buscaras y, con tu cerco plateado, en medio de la noche, y al amparo de tu silencio, salieras a mi encuentro.
Y de este deseo que vi cumplido, rememoro lo que me contaron, lo que sucedió ese día en el que la luna y yo nos encontramos.
Los primeros llantos con los que saludé a la vida, creyéndolos perdidos en los oscuros anales del cielo, encontraron el hogar de la luna, llamaron a sus puertas,  y dejaron, en su corazón, el eco de una súplica.
Una nueva criatura nació al cobijo de su atenta mirada, y esa nueva piel, en la que apenas latían segundos de vida,  quedó iluminada por unos destellos de plata  mientras un leve viento, aunque frío, intentaba borrar la sonrisa que, esa noche, la luna dibujaba.
Rara vez un llanto genera alegría, pero ese era el único sentimiento que se podía sentir al escuchar el eco de su saludo a la vida.
Agonizaban esas horas plateadas, y con ellas, la luna.
En su brillante piel de nácar empezaba a asomar la vejez de una noche avanzada que, lentamente, seguía su camino hasta que muriera a las puertas del alba.
Y compañeros de este tránsito del cielo, lo eran los llantos, que se iban apagando para ceder el testigo al silencio del sueño.
Y aunque la luna y esa nueva vida nacieron juntas, mientras la primera apuraba los últimos sorbos de su intermitente existencia, la segunda saboreaba sus primeros contactos con el mundo, un mundo que la recibió en los brazos de la luna.
Llegó ese momento en que tuvo que romperse la alianza entre la noche y la vida.
Poco a poco se iban alejando, pero aquella que se quedaba, la vida, nunca olvidaría que esa luna acompañó sus primeros pasos, y que ante el eco de sus llantos, ella repuso una sonrisa.
Ya asoma en el cielo esa luz que sentencia a la noche.
Ya apuntan, en el naciente rostro, los primeros esbozos de triunfo, las primeras sonrisas, y la luna, desde su escondite, espera que asome una nueva vida para ofrecerle sus brazos de plata y una sonrisa.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

domingo, 29 de marzo de 2015


MIS TIERRAS


Y hablo de aquella en la que me crié, de esa con la que compartí el tiempo, efímero como es él, pero suficiente para dejar huella; y de esta, en la que ahora vivo, la que ahora piso, desde el día en que te conocí.
Déjame que te cuente cómo son.
No pienses que esas tierras son una amalgama donde se funden paisajes antagónicos o voces disonantes; no, porque aunque distantes en el tiempo, están hechas de la misma materia, abonadas por el mismo sentimiento, sentimiento que se alimenta cuando mira atrás, y se esperanza cuando siente, bajo sus pies, la piel de  nuestros corazones.
Y será la voz del recuerdo, esa que duerme y, de vez en cuando despierta, la escribana de la primera; y será la sangre que hierve en mi pecho, cuando te pienso, la pluma de la segunda.
Y al evocar la más lejana en el tiempo, se funden como la luz y el agua, pensamientos de alegría y sueños.
La alegría de ese momento, donde todos los recuerdos son amables visitantes que dejan un regalo, y los sueños que nacieron al pensar en un amor imaginario, vestido de mujer, con el que compartir los segundos y matar  la sed de un corazón solitario.
Pero, inevitablemente, las redes de esas lejanas tierras me arrastran al presente.
Y esos sueños que soñé, y esos segundos que conté hasta que llegara ese momento; y esas alegrías que la imaginación dibujaba en mi rostro cuando sentía que lo soñado era real, todo ello, lo sentí, lo viví, cuando la luz de tus ojos me atravesó el alma.
Entonces, en ese instante, nació una nueva tierra.
 Como niebla ante el alba, como plumas a  merced del viento, como hoja que se lleva la corriente, se difuminaron los soñados sueños, mudaron sus paredes de aire, y esa nueva tierra se cubrió de realidades, tan reales y superiores a lo que un día imaginé, que no sabía si aún soñaba.
La primera tierra en que viví es como esa estrella que se siente feliz con la hermosura que la rodea, aunque deje suspiros por sentirse amada.
Entonces, cuando menos lo espera, surge alguien que le ofrece su mundo de plata, le brinda una nueva tierra en la que pasará de ser una perla más de ese collar que son las estrellas, a transformarse en el corazón de la propia luna.
Y esta es la tierra en la que ahora vivo.
¿Ves cómo no son tan distintas?
¿Ves cómo una me lleva a la otra?
Ambas son paisajes y sonidos de la propia vida.
Solo seguí las huellas que dejé en la primera, hasta encontrar esta nueva cuyo suelo son nuestros corazones.
Pero esta última no es necesario que te la describa; ni me pidas el corazón para que te la descubra, porque ese corazón, robado, lo tienes tú. 
Ábrelo y sabrás porqué llamo a nuestro mundo la "Tierra Prometida”.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

sábado, 28 de marzo de 2015


UN PARTO DE LUZ


Cuando la Nada ocupaba el todo, una  inmensa mancha oscura abrazaba ese espacio vacío.
Ausencia, oscuridad,… silencio.
La luz no existía, no encontraba formas sobre las que proyectar sus haces.
Fuego, tierra, agua y aire, eran cuatro elementos intangibles que no alcanzaban la categoría ni de espíritus, porque si lo fueran, al menos podrían dejar, en esa tierra de nadie, un eco de emociones y sentimientos.
Faltaban esas luminarias que extendieran sus brazos y dejaran un sello de vida.
 La propia Nada suspiraba porque hubiera cuerpos, formas, que se interpusieran en sus desiertos caminos, o gases que, impulsados por el viento, le permitieran respirar unos aires distintos.
Esa orfandad no podía eternizarse. Era imposible que tan vasto espacio tuviera su trono vacío.
Ya se oían los primeros suspiros de esa huérfana Nada; ya empezaba, la oscuridad, a sentirse molesta de que nada irrumpiera en sus infinitos túneles; ya se había cumplido el tiempo de que ese ciego telón se rasgara y diera lugar a que otros seres animaran esa fúnebre obra donde nada pasaba.
Y cuando ya ese alarido empezaba a sonar a desesperación, la Mano que todo lo engendra se posó sobre sus desnudas espaldas.
Lentamente la acarició y, según se desplazaba, iba dejando, en ella, una huella de cuerpos y luces.
La Nada empezaba a parir al Universo.
Y surgieron rutilantes cuerpos, chispas incandescentes de  nieve; fueron las primeras lágrimas que despertaron en el rostro emocionado de la Nada: nacieron las estrellas.
Empezaron a brotar los primeros sentimientos en ese corazón vacío y, en ese instante en el que un amor recién parido necesitaba alimentarse, algunas estrellas, arrastradas por el impulso de la novedad o la belleza, se hermanaron hasta confundirse.
Esos blancos corazones solitarios forjaron una diadema que, en el alma que la vea, deja el mismo sentimiento.
No satisfechas con ser cuna de emociones, forjaron diversas formas para alimentar la imaginación y los sueños: nacieron las constelaciones.
 Ya tenía, la Nada, ese cortejo de damas que alegraran sus silencios y le secaran sus lágrimas, pero esas mismas fuentes de belleza y amor sintieron la nostalgia de alguien que las cortejara.
Hubo un momento en el que se mascó el drama: una de las más hermosas estrellas empezaba a apagarse hasta que dejó caer una lágrima.
Preguntada por la razón de su melancolía, echó una mirada al infinito y suspiró por la ausencia de un varón con el que compartir sus sueños plateados y dejar, en su piel, un beso de luz.
La Mano creadora comprendió esta ausencia.
Las acarició y, alrededor de esos luminosos perfiles, surgieron celestes cuerpos que no apartaban sus ojos de ellas.
Y como el aire que nos envuelve o como esos brazos que nos rodean, esos cuerpos empezaron a rondar el rostro de las estrellas.
Fue un amor al instante, un flechazo en el espacio.
La estrella, que hace poco lloraba, se lavó el rostro y grabó su luz en su amante planeta.
Ya no podía la Nada añorar voces, luces o sentimientos que curaran su orfandad.
Todos ellos se juntaron para dibujar el hermoso mosaico de una galaxia.
Basta que nuestra mirada se pierda en ese espacio y contemplaremos, en un fugaz segundo, una obra maestra del amor que ya no se llama “Nada”.
 Se llama “Universo”.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

viernes, 27 de marzo de 2015


SOLEDAD


En el libro de la vida, hay hojas  sin numerar que narran historias anónimas, sin título, y, por lo tanto, ignoradas.
Son aquellas que alguien decidió escribirlas para saborearlas a solas, para que nadie perturbara el silencio de sus sentimientos, alguien que escondió su alma y huyó del mundo para que  no descubrieran sus secretos; o alguien a quien marcaron con el sello del olvido, de la soledad,  y no le quedó más remedio que convivir con ella.
Pero incluso dentro de esos capítulos que responden a una vida con nombre, encontraremos siempre este tipo de páginas, porque ¿quién no ha buscado sentirse, aunque sea un segundo, olvidado, para respirar ese aire tranquilo que proporciona la soledad?
Sí, la soledad es esa compañera de doble rostro, deseada y aborrecida; capaz de arrancar suspiros por disfrutarla un momento o toda la vida, o de dejar heridas en el alma por no poder librarte de ella.
Es vocación o desgracia.
¡Cuántos corazones, no sintiendo que el mundo fuera suficiente para calmar su sed de amor, se refugiaron en rincones silenciosos, ignorados u olvidados, para encontrarse con la discreta naturaleza o con Dios!
Abandonaron, insatisfechos, ese escenario de luces y colores  y fueron al encuentro de un mundo donde no sonara ninguna voz, salvo la del eco de sus almas.
Pero los hay que sienten esa soledad como grilletes que les ahogan el corazón.
Sueñan con una voz; se despiertan con la ilusoria imagen de alguien a su lado; se esfuerzan por recordar quién les dio el último afecto, o cómo era la piel de la última mano que rozaron.
Solo aspiran a ser mirados con ojos de cariño.
Solo quieren que haya alguien que les robe sus suspiros y les regale un poco de su tiempo.
Pero la soledad, más allá de una fuga de este mundo o de verse rodeado de sonrisas y personas, es un sentimiento.
Y cuántas personas, aparentemente satisfechas, al abrirles el corazón, arrastran su sombra.
La soledad es ese vacío que siente el corazón cuando no encuentra el amor que la incendie; y ya puede sentir, ese corazón, cómo el boato del mundo llama a sus puertas; ya puede, ese corazón, sentir el roce silencioso de las alas del viento; se sentirá solitario si nada de eso es capaz de llenar ese vacío por el que suspira su alma.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

miércoles, 25 de marzo de 2015


TERRITORIO SAGRADO

"Fuente de los tritones" (Parque del Retiro, Madrid)

Hoy he vuelto a pisar ese territorio sagrado en el que dos corazones se incendiaron con la simple chispa de un beso.
He querido volver a pisar esas mismas huellas invisibles que, bajo ese árbol, me dejaron tus ojos al sonreírme, y aún escucho el gorjeo de esa fuente de alegría, que nació de tus labios cuando se abrieron.
Y todo esto solo es el preámbulo de lo que encontrarías si me abrieras el pecho y me arrancaras el alma.
En esa alma hallarías esas imágenes que marcan toda una vida.
Contémplalas y sobrarán las palabras para explicar por qué una lágrima, una caricia, una palabra, un silencio, un…sin fin de unidades, son capaces de anular el resto de sueños.
Y sabrás que en este mundo del que hablo,  todo adquiere valor de símbolos, todo se sacraliza, hasta el extremo de que no somos capaces de vislumbrar sus fronteras, si es que las hubiera.
He pasado frente a esa estatua que cautivó tu mirada y dibujó, en tus ojos, la belleza.
Aún siguen, bajo ese arco de agua, los tritones tocando su flauta; allí están, envolviendo en música los mensajes que nacen del mar y permitiendo, como si fuera un milagro, que, por un instante, hable la piedra.
Y he vuelto a escuchar los mismos acordes que sentimos oír cuando nos detuvimos ante ella, por eso, aunque sea en el pensamiento, te he abrazado.
He sentido el impulso de acercarme a ese estanque donde las plantas flotaban como rayos de esmeralda, iluminadas por esa luz matinal que teñía de poesía sus aguas.
Y las he contemplado como quien se mira a un espejo que conserva el tiempo, donde los años no avanzan y los sentimientos se conservan como el día en que nacieron.
He dejado caer una piedra sobre ese cristal para llenarlo de ondas; y cada onda era uno de esos momentos en los que estuvimos juntos,  del que nacía otro, y otro, y otro, hasta poblar el estanque de emociones que bailaban sobre el agua.
Era como cuando tu voz, tu imagen, tu recuerdo, asoman en mi corazón y empiezan a nacer sentimientos que flotan sobre las trémulas aguas de mi corazón.
 Y podría vivir aquí, respirando estos aires, contemplando este paisaje, alimentándome de sus recuerdos; podría perderme por estos caminos  porque sé que siempre encontraré un motivo que resucite tu espíritu; hallaré esos momentos en que, juntos, retamos a la vida cuando nos ofrece sus espinas, y desafiamos a la felicidad de este mundo.
Hoy, los he revivido en solitario, pero cuando vuelva, enlazado a tu mano, bastará que escuchemos a los tritones, para que su música de piedra invada todos los rincones de este territorio sagrado, territorio donde dos corazones se incendiaron con la simple chispa de un beso.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

martes, 24 de marzo de 2015


NUNCA ESTUVE ALLÍ


Cromáticas visiones dejan su estela  sobre esas aguas que me contemplan.
Una vela comparte su tímida luz con esos destellos de plata, embajadores de la luna, que a su vez conviven con el sueño de las olas.
Abro los sentidos a la magia de esta templada noche y dejo que me invadan los recuerdos, los pensamientos y las emociones.
Pero todo esto es fruto de una foto y una canción.
Escribo desde una celda de adobe donde, a estas horas, solo veo un cielo de riguroso luto, una generosa luz que ilumina el campanario y una farola que deja en la calle resquicios de vida.
Una intrusa balada ha convertido esta noche castellana en recinto de corazones que oyen, en el silencio, los latidos de la luna.
Esa foto del nocturno mar me ha traído su salino aroma y ha transformado los campos de trigo en dorado oleaje.
Pero quiero seguir viajando por esas postales que la imaginación me brinda.
Ya no suena la balada, pero la sigo escuchando en el recuerdo.
Nuevamente, la luz de esa vela me traslada a la arena que duerme bajo la nana del mar.
La húmeda brisa hace dudar a esa llama que lucha y apenas se sostiene sobre su pilar de cera.
Pero ese mismo aliento marino que está a punto de provocar su muerte, resucita en mi mente el bienestar y hace que sueñe.
Alzo la vista y allí está el campanario, cuya blanca luz le da aspecto de fantasma en la noche, y me recuerda dónde estoy.
Pero en este viaje imaginario, sus negras campanas me evocan esas veladas nocturnas donde la música dejaba sus huellas en la arena de la playa.
Ya lo dijo la Santa de Ávila: “La imaginación es la loca de la casa.
Y en esta ausencia de cordura siento que regresan esos intensos segundos en los que  clavaba la mirada en ese oscuro infinito donde se funden la noche y el mar.
El  eco de un aullido siembra la zozobra en el aire y rompe este onírico letargo en el que, definitivamente, muere el recuerdo de esa balada.
Ha huido, junto a la húmeda brisa, y ambos huyen bajo los efectos del recio viento castellano.
Se ha secado mi imaginación; y con ella, el mar; y con el mar, el aroma salino; y con el aroma, esa velada que una dubitativa vela teñía  de romanticismo.
Ya muere su agonizante llama.
Ya consume su corta vida y se ha transformado en pábilo.
Se ha cerrado un sueño.
Ahora, desde mi celda de adobe, me dejaré cautivar por esa generosa luz que ilumina el campanario y agradeceré que la farola siga dejando en la calle unos resquicios de vida.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

lunes, 23 de marzo de 2015


VIENTOS

"Nacimiento de Venus", de Botticelli

Tras una larga espera, ha resucitado, en tu rostro, la vida.
Si el ayer quisiera envolverme entre sus cortinas de recuerdos intentando que no escapara, las rasgaría con la afilada luz que, hoy, desprende tu sonrisa.
Has despertado de ese letargo en el que tus ojos quedaron mientras tu corazón latía.
¡Cuántas veces hubiera querido adentrarme en ese oscuro túnel en el que vivías!
¿Cuáles fueron tus pensamientos?
¿Qué viste durante este tiempo en el que, al mirarte, no sabía si la felicidad te rozaría brindándote ocultos sueños o la vida te susurraba sus últimas palabras?
Puede que escucharas, a lo lejos, las voces de los vientos, que venían a buscarte bajo la forma de recuerdos.
Y llevarían, consigo, una rosa con espinas, para herir tu corazón o para que respirara el aroma de las obras pasadas.
¿Oíste el eco confuso de unas voces, que se atropellaban por ver quién llegaba primera?
¿Sentiste que las rozabas…aunque estuvieran lejos?
Si es así, escuchaste el aleteo de los deseos, a los que nuestra imaginación los impulsa acelerando su llegada, y nos deleitamos en el vano intento de acercarlos aunque ellos no avancen o su paso sea lento.
¿Hubo algún momento, en medio de esa negra laguna, en el que tu sufrimiento, aun existiendo,  quedara apagado por un sentimiento de dicha para el que no encuentras palabras?
Entonces, si es así, te visitaron los vientos del milagro, aquellos que son capaces de superar el muro de esos sentimientos humanos que nos parecen infranqueables, imposibles derrumbarlos.
Dime si, entre ese aire agobiante con el que amenaza la muerte, hubo una etérea mano que, a veces, lo ventilaba ofreciéndote, al menos, la posibilidad de un suspiro.
Sí, seguro que sentiste esa bocanada de aire, ese soplo que delata que la vida se resiste a ser vencida.
Y una oleada de corrientes habrán cruzado tu alma, tu corazón, dejándote un mosaico de sentimientos, capaces de definir toda una existencia.
Pero hoy, al ver ese rayo de luz incendiando tu sonrisa, no puedo evitar un pensamiento: y es que durante este tiempo, has tenido que respirar el aire que nacía de otros corazones que te contemplaban, entre ellos el mío; has tenido que notar la cálida y piadosa brisa que manaba de las almas que por ti rezaban.
Y si estos vientos, que han cruzado tu cuerpo, iban y venían, ha tenido que haber uno que no te abandonara, que continuamente te susurrara su aliento noche y día.
¿Lo has sentido?
Era el viento del amor, ese que nunca para porque siempre habrá alguien en la vida dispuesto a que lo respires y lo sientas.
Porque si no ¿de dónde nace esa afilada luz de tu rostro, capaz de derrumbar las sombras?
¿Quién, si no,  es capaz de despertar a la vida de su letargo, de teñir de luz el sombrío umbral de la muerte?
Sí, fue el viento del amor quien te devolvió la sonrisa; un viento que nace del alma, y el corazón lo transforma en vida.

  
Abel De Miguel Sáenz
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COMPAÑERAS INCOMPATIBLES

"Alegoría de la Inmortalidad" de Giulio romano

Cuenta, una vieja historia, que la Muerte y la Inmortalidad se encontraron en el camino.
La primera dibujó en su mirada la rabia y la impotencia; la segunda extendió la mano, para que como servil vasalla, se la besara.
Y fruto de este encuentro surgió el siguiente diálogo:

I: “Buenos días, Muerte, ¿a dónde vas tan temprano?

M: “Buenos y eternos, Inmortalidad.
Voy en busca de aquellos a los que la Vida ya no quiere; de aquellos que te miran como quien quiere besar la luna, es decir, como imposible.”

La Muerte esbozó una malévola sonrisa saboreando su pequeño triunfo.
I:” No te jactes, Muerte, de tu cosecha, pues solo les robas el tiempo y les infundes el sueño del mundo; yo, sin embargo, los despierto para que vean lo eterno.”

M:
“Acepta mi victoria, Inmortalidad, y mira la tierra.
En algún punto y en cada momento, suena un desconsuelo y corre una lágrima, pero ¿dónde están tus sonrisas y esperanzas?”

I: Muerte, tu propio nombre te condena y saborearás tu medicina.
Eres, como la serpiente, rastrera y no ves más allá de lo que te rodea.”
La Muerte, herida en su orgullo, sacó una línea del tiempo que iba desde los orígenes hasta el presente y le mostró todas las vidas cosechadas, rodeadas de ese silencio que impone el dolor, y sobrevoladas por los lamentos.
La Inmortalidad, sin inmutarse ni mostrar pesadumbre, rasgó la cortina del tiempo que acotaba la visión a la Muerte y le mostró todas sus víctimas viviendo de nuevo.

I:
“Mira, Muerte, tu “éxito”.
¿Qué conseguiste?
Tu insaciable sed de triunfo, o de venganza, cercenó las ramas que son el cuerpo y la vida en este mundo, pero no pudiste arrancar sus raíces que son el alma y lo eterno.”

Y la Muerte, sumida en la desesperación, se mordió los labios tragándose su propio veneno.
Echó la mano bajo su negra capa y tomando la daga con la que deja su sello, se la clavó en el pecho.
La Muerte se había quitado la vida.
Y en ese punto de encuentro quedó la Muerte durmiendo su propio sueño.
De vez en cuando abre los ojos para llevarse una vida, pero sabe que llegará ese día en el que ya no despierte.
La Inmortalidad sonreía ante el vano esfuerzo de su rival.
Siguió su camino, mirada al frente, recogiendo las “ramas” podadas y devolviéndolas a sus raíces.
Porque también llegará el momento en que esa línea del tiempo poblada de cadáveres, que mostraba, orgullosa, la Muerte, quedará limpia; y esos mismos cuerpos vivirán bajo la mirada de la Inmortalidad saboreando lo eterno.

Abel De Miguel Sáenz
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domingo, 22 de marzo de 2015


PRIMAVERA

"Primavera", de Botticelli

Aún quedaban los últimos cálidos arreboles de luz, los que anunciaban el fin de un día, pero ese momento tenía algo de especial porque señalaba, también, el inicio de una etapa.
Atrás quedó el último atardecer de un invierno que hace tiempo que asumió su muerte y rindió su frío ante el empuje de otros aires más templados.
Sentado sobre la húmeda hierba, contemplaba ese mapa de la naturaleza, donde algunos colores ya osaban asomarse y a pintar de vida esas tierras, hasta ahora silentes, pero que empezaban a pronunciar sus primeras palabras dejando el eco de los iniciales aromas.
La mirada se perdía deslizándose sobre el verde tapiz, y a medida que viajaba, iba recogiendo todas esas sensaciones que evoca un atardecer primaveral.
Y mirada y sueños navegaron juntos hasta perderse por esos rincones donde nada se ve pero todo se intuye; hasta adentrarse en ese punto donde el cielo parece acabar, pero nuestra imaginación crea nuevos caminos y sigue caminando por él, abrazada al infinito.
En esos lugares donde todo se convierte en sueños, se quedó mi pensamiento, al abrigo de la primavera y de una luna que ya empezaba a dejar, sobre la tierra, su plateada sombra.
 No podía quejarme porque la noche me robara la luz de esa primera tarde de la primavera, porque la luna, en esta estación, también es capaz de robarme el alma.
Sí, allí estaba ella, bajando del cielo para besar la hierba, para dejar su reflejo en las aguas, para vestir, de silencio, los aromas o dejar sobre la flora sus haces de plata.
Y la noche, cautivadora por naturaleza, refugio de almas que buscan la trascendencia, en la primavera se rasga ese velo que la cubre de misterio y se transforma en paseante dama que va robando almas y corazones.
En primavera no se puede hablar de lucha entre día y noche, luces y sombras, porque cada cual aporta las mismas sensaciones, aunque se vistan de distinta manera.
Los silencios, la suave brisa, las primeras lágrimas del rocío, los aromas viajando sin rumbo ni caminos, el letargo nocturno donde la naturaleza descansa para abrirse, durante el día, en majestuoso abanico de luces y colores.
Todo, en la primavera, es un hurto, porque esa alma que me robó la luna, luego se la llevó el alba.
¡Ay!, ¡si yo pudiera, aguas, fundir el beso que os dio la luna, con las lágrimas rocieras y los pensamientos que durmieron en vuestros senos!
¡Ay!,  ¡si yo pudiera tierra, fundir la enigmática plata de la noche con el  milagro luminoso del alba, los colores que te cubren, el aroma que te embriaga y la música de tu aire!
¡Ay!, cuando sienta todo eso en mi pecho, entonces, ¡ha llegado la primavera!

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

sábado, 21 de marzo de 2015


BRILLO EN LOS OJOS


Si  alguna vez tu rostro lo vistió una triste o alegre luz fue cuando por tus mejillas rodaron unas lágrimas.
Tal vez cuando quiso tu boca alabar esos amores prisioneros que callaban en tu pecho, y por no poder las palabras ser espejo de tus sentimientos, y no queriendo que un silencio ausente de emociones fuera el dueño de ese momento, abriste los ojos al cielo y los dejaste llorar.
O cuando el tiempo cruzó tu corazón y dejó, vestidos de espada o de óleo, esos recuerdos que te  hirieron o aquellos que te ungieron de felicidad.
Siempre que vemos a esas hijas del dolor o de la emoción, descendiendo por unos ojos, se nos encoge el corazón para luego abrirlo y, solidario, recoger esas lágrimas.
Puede que el miedo nos inmovilice, que la sorpresa nos aturda o que el misterio nos silencie, pero una simple lágrima acoge  todas esas emociones y las que nacen del alma.
Si lloras es que amas, por dolor o de emoción, pero ellas siempre serán ese secreto diálogo  entre tú, lo amado y Dios.
Si existiera un necesitado mar, de aguas que lo poblaran, bastaría que abriéramos las compuertas del corazón para llenarlo con nuestras lágrimas, y ese “mar de sentimientos” sería un monumento a la Humanidad.
Porque no sé quién diría que el llanto es signo de debilidad.
Es el acto más humano, que desnuda y engrandece a la persona.
La lágrima es esa silenciosa termita capaz de erosionar las duras pieles con las que recubrimos los sentimientos; de anunciar que, bajo esas duras corazas, también hay un corazón que sufre, se alegra, siente y vive las mismas emociones que los demás.
Las lágrimas, cuando brillan en unos ojos, revelan todo un mundo, ese mundo que llevamos dentro, con el que convivimos, gozamos y luchamos; delatan que hemos nacido para amar y aparecen cuando fracasamos o lo conseguimos.
A ti, hombre o mujer, gracias por llorar, gracias por abrir tu alma, por darle voz a ese corazón que necesita hablar,  porque así  aprenderemos a vivir; así sabremos lo que es amar.

Abel De Miguel Sáenz
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viernes, 20 de marzo de 2015


ANIVERSARIO

He buscado un  momento de silencio para bucear en un pasado, tan próximo en el recuerdo, y en los años, tan lejano.
He querido que esta líneas recorran la distancia, veinte años,  entre se altar ante el que jurasteis amor y este día, en el que os seguís amando.
Si volvéis la mirada atrás, os asaltarán imágenes, personas, hechos, y con cierta admiración diréis:
“¡Cómo pasa el tiempo!”
Pero si los años son efímeros, no lo son vuestros sentimientos.
Reniego de los que proclaman que el amor tiene fecha de caducidad, porque, y a vosotros me dirijo, si el amor genera sed de amar, después de veinte años, ¡cuánta sed tendréis de seguir amando!
Y desde la atalaya de vuestro aniversario, veréis vuestra entrada en la iglesia; el instante en que os cogisteis de la mano; esa sonrisa emocionada, mirándoos a los ojos, cuando ya estaba todo consumado.
Y veréis los obstáculos; esos “milagros” que deshicieron un entuerto; las nuevas rosas que trajisteis a la vida y las espinas que rodeaban a esos hijos.
Y se mezclarán los momentos sombríos con los felices, pero, ¡todo!, después de veinte años, cuando os volváis a cruzar las miradas y se busquen vuestras manos, repito, ¡todo!, se resume en una mirada al cielo agradeciendo este regalo.
La vida podrá arrancaros lágrimas y regalaros sufrimientos.
La vida podrá colmaros de sonrisas y prestaros felices momentos.
Podrá jugar, la vida, a esconderse entre dolores y, cuando menos la esperas, sorprenderos.
Pero no sabe la vida que sus dichas y desgracias son olas que se rompen ante dos almas y dos corazones fundidos en un solo cuerpo.
No quiero rendirme fácilmente a la tentación del sentimentalismo, ni caer, por antagonismo, en los fríos acontecimientos, pero ahora, cuando os miréis a los ojos, se volverá a dibujar en vuestros rostros esa sonrisa emocionada. Y cuando vuestras manos se busquen, lo harán también vuestras alianzas.
Y en un fugaz segundo, cruzará vuestro corazón, que no corazones, esa historia veinteañera de ilusiones, sufrimientos y desvelos.
Mientras, en vuestra alma, que no almas, seguiréis sintiendo esa sed de amor que veinte años no la apagan.

jueves, 19 de marzo de 2015


CRISTALES ROTOS


Se han caído los sueños que  habitaban en mi rosáceo mundo.
Cristales rotos, hojas marchitas, que dejan desnudo el tronco de la vida.
He quedado desprovisto de esa débil coraza, pues bastó un leve viento para que se perdiera en el aire esa gasa de ilusiones.
Nunca fueron buenos consejeros ni fiables compañeros para ciertas andaduras, los sueños, porque la vida, por breve que sea, a veces se hace larga y ellos, pronto desfallecen.
Quise rehuir la lucha refugiándome en barricadas de cristal o tras trincheras de débiles hojas, pero  esos cristales acabaron envueltos en un pañuelo, y esas hojas fallecidas dieron su último adiós en la hoguera.
Me olvidaré de sueños etéreos, pero como quiero seguir soñando afrontaré la vida desarmado y a pecho descubierto, sin más armas que las que me ofrezca cada día.
Y aunque en ese pecho hayan quedado las heridas que me dejó la espada de las vanas ilusiones, las curaré creando otras nuevas que nacerán de esos hechos que me ofrezca la vida.
No tendrán los pies de barro, ni serán cristales rotos u hojas marchitas; tendrán la fortaleza que nace de la realidad, pero revestida de sueño.
Antes que construir castillos irreales, prefiero habitar en las celdas de la vida y mirar sus paredes con ojos de ensueño.
He buscado otro mundo de hojas y cristales, pero cuando quise entrar en él se rompieron o se hicieron llama.
Aferrado a esa sed de soñar, la he saciado haciendo de esta vida, con sus luces y sus sombras, un nido, de ilusiones que no se rompan ni acaben en la hoguera.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

PATRIARCA


Su vida era una hoja más de ese  inmenso árbol que componen y pueblan los mortales.
De regio linaje, podría decir con orgullo que era de la estirpe de David, el rey cuyo nombre despertaba  aires de esperanza en los corazones de ese pueblo judío cada vez que lo evocaban; pero para José, todo ese orgullo de raza se transformaba en una idea de fidelidad y compromiso con Yahvé, el Dios que los amparaba.
Tal vez por tradición familiar, encontró en la artesanía el medio por el que ofrecer su trabajo, lo que le valió el apodo de “el artesano”.
Entre buriles, sierras, martillos y maderas, se intercalaban su buen hacer  y pensamientos teñidos de oración.
Su vida era sencilla y corriente, sin más ánimo que el de ser fiel a la Ley de Moisés, pues sabía que, así, agradaba a Yahvé, su principal objetivo en la vida.
Y esos grandiosos deseos fueron ejecutados con tanta fidelidad y pureza que no escaparon a los ojos de Dios.
El mismo Dios quería un virgen y masculino corazón dispuesto a ser sombra de la luz de su Hijo 
 y de su Madre, pero aun habiendo algunos dispuestos a ello, no encontraba, en sus almas, la pureza necesaria que no mancillara la de la Esposa elegida.
Pero seguramente Dios no buscó, porque tenía grabada en su mente la de ese joven carpintero que hizo de su trabajo y silencio, vida y oración.
Sí, entre las perdidas casas de Nazaret, Yahvé miró a los ojos de esos hombres que le buscaban y, entre ellos, encontró una mirada limpia, que traslucía el fondo de su alma.
Y Dios no se lo pensó; esa alma era de piel fina y sensible para escuchar su voz.
Ese corazón era lo suficientemente ardoroso como para aceptar altos sacrificios.
Ese hombre reunía las virtudes necesarias para cuidar de la Madre de Dios.
Y él, que nunca pretendió cota más alta de la que le marcara Yahvé, nunca pensó que sus silencios le fueran tan gratos ni le llevarían tan alto.
Fue el elegido para asumir la custodia de una joven virgen llamada María; para entregarla alma, cariño, sacrificios; dispuesto a rendir sus proyectos personales a los divinos; decidido a conservar la blancura, mejor, transparencia, de sus almas.
Y José siguió entre buriles, sierras, martillos y maderas, pero, ahora, sus pensamientos no hacía falta que huyeran al Cielo, bastaba con que mirara a su alrededor: allí estaban María y Jesús.
Así fue su vida: fidelidad y obediencia hasta que Dios le llamara.
Y esa huella ha quedado grabada en la tierra para que la sigan quienes quieran ser gratos a los ojos de Dios.
 “José, su esposo, como era justo….”
“José, el siervo prudente y fiel, a quien el Señor puso al frente de su familia.”

miércoles, 18 de marzo de 2015


EL  FARO


Naciste para apagar ese reguero de vidas cobradas por la naturaleza y poner un “fin” a esas leyendas que dejaban historias de muerte entre el mar y la tierra.
Ya fueron muchas las esquirlas que dejaron los barcos, y los marinos que hicieron lo propio con sus vidas.
Una vengativa noche que cubre, con su bandolero pañuelo, los ojos de la luna y ciega las aguas.
Un enrabietado viento que, no hallando con quién desahogarse, trató, a esos barcos, como hojas otoñales bailando sobre ese parque de enfurecidas olas.
Y no siendo suficiente que agua y aire demostraran el lado mortífero de  su rostro, al otro lado esperaba la tierra, quien había afilado las uñas a sus costas para clavarlas a quien sobreviviera.
De los cuatro elementos, tan solo el fuego se ausenta de estas desgracias, y tal vez por su rivalidad con el agua, se erige como centinela de los barcos, ojo de la noche, guía del perdido, ventana luminosa que da aire al marinero angustiado.
Seas fuego o luz, llama o torre, incansable, te apostas en las crines de las afiladas costas y transformas en aliento de vida esas horas eternas y desesperadas del angustiado marinero.
Esas oraciones que han caído por la borda reclamando un auxilio, han dejado una estela suplicante que viaja hasta encontrarse contigo, y enciendes esa luz, esa llama, que les abre la esperanza de conservar la vida.
Cuando  el mar  embate dejando, en su piel, el rastro de una húmeda muerte, o el cielo anuncia el “Dies irae”, te  alzas como libertadora columna de fuego que lo abre en canal y marcas el paso.
Eres, faro, para el barco, camino, luz y vida.
Esas olas que intentaron cercenar la travesía, frustradas, se revuelven contra ti, causa de su derrota, y en su loca rabia se estrellan a tus pies, donde mueren para siempre.
No serán, faro, suficientes estas letras para darte el debido reconocimiento, pero evocaré la vida cada vez que tu luz brille sobre los oscuros caminos del mar o cuando peines las costas con tus llamas de fuego.
Basta que salvaras una para que tu recuerdo y nuestro agradecimiento sean eternos.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

martes, 17 de marzo de 2015


Y SI...


Y si te pidiera ese secreto que, sin decirte nada, ha descubierto en tu mirada huidiza cuando te preguntaba si fue el primer amor de tu vida…
¿Se lo dirías?
Y si te pidiera que robaras una flor de ese jardín prohibido por el que nunca quieres cruzar bajo débiles excusas, pero que debe ocultar un amargo recuerdo,…
¿Lo harías?
Y si te pidiera un momento, para que clavaras en sus ojos tu mirada, cuando los tuyos se hallan inmersos en otro cielo…
¿Se lo darías?
Y si sintiera sus manos huérfanas de compañía, necesitadas de calor, porque nunca conocieron otras que le brindaran esa alegría, y pidieran a las tuyas que las cubrieran con una miga de amor…
¿Se las cubrirías?
 Y si en un paseo taciturno, de caminos despoblados, el paisaje abriéndose el pecho para que vierais sus entrañas, un azaroso viento os robara las palabras y te pidiera que llenarais ese silencio con un beso…
¿Lo llenarías?
Y si un día intuyeras que  suspiros dolorosos viajan por su alma mientras sus labios callan por temor o por vergüenza, pero ese silencio pide a gritos que alguien asalte ese muro y secuestre su dolor,…
¿Lo invadirías?
 Y si, a la orilla de un infinito mar o de un inacabable desierto, tuvieras que cubrir esos vacíos solo con el amor que hay en tu pecho...
¿Lo cubrirías?
¿Y si…?
Y se podrían encadenar innumerables “posibles”, pero detrás de cada pregunta no hay ningún “imposible”.
Solo encierran pequeños matices que me hacen diferenciar el amor, de la simpatía; un “te quiero”, de un “te admiro”; una enamorada sonrisa, de una agradable risa.
Sí, cuando se ama a una persona nada se plantea, solamente se hace; por eso, ante cada uno de esos “¿Y si…?” siempre hallarás en mis labios un“Sí”,escueto pero sincero. 

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

EL  CANDELABRO


Se  acababa de despertar y, conforme a su costumbre, casi rito, lo primero que hizo fue acercarse al candelabro que velaba a los pies de una ventana.
Su mirada lo recorrió lentamente, deteniéndose en cada uno de sus brazos, sobre los que parecía dejar un distinto pensamiento que más parecían recuerdos, que sueños.
Al finalizar esa ceremonia, sobre el candelabro descansaban siete oraciones, siete sentimientos y, al juzgar por su rostro, una gran emoción, por lo que no pudo evitar que unas rebeldes lágrimas brillaran en esos ojos que luchaban por liberarse de las cadenas del sueño.
Tomó un paño rojo sobre el que aparecían cosidos, en hilo blanco, dos ojos, y lo cubrió.
Así, oculto bajo esa tela que respiraba un insultante aroma a símbolo, permanecería hasta que llegara la noche; entonces, antes de acostarse, volvería a descubrirlo para que la azulada luz de la luna besara esos siete brazos de plata.
Y se había prometido ser fiel a esta costumbre desde esa noche, de la que aún conservaba la escena en su mente como imagen grabada a fuego en su alma y, por lo tanto, en su vida.
Ese día que le impulsó a hacer esa promesa, lo presidía un cielo rebelde que encarceló a las estrellas y al  viento.
La luna fue la única testigo que presenció esa cena en la que ella obsequiaba, a la noche, con sus sigilosos sueños; sueños, promesas, deseos, que inundaban de emoción la espesura del cielo.
Su cuerpo era difusa sombra alterada por la tibia luz de un candelabro que se alzaba en el centro de la mesa y le confería el aspecto de alma purgativa.
Pero la luna, que conoce todos los secretos, sabía que ese corazón estaba en el umbral del precipicio, y como en toda despedida late algo de sagrado, guardó un respetuoso silencio.
El cuerpo, conocedor de esa enfermedad que la iba consumiendo, no podía, no quería, robar al espíritu ese momento en que se abre la espita de la esperanza.
Como si abarcara el mundo, ella rodeó el candelabro con sus brazos hasta entrelazar las manos  mientras esas velas bautizaban su rostro con una tímida luz, pero suficiente para alimentar su corazón.
Cerró los ojos y dejó que la vida, la consumida, la presente y la venidera, viajara por su mente, un viaje donde la cruel realidad y el milagro caminaban abrazados.
En medio de esos peregrinos pensamientos, vio una escena en la que un rostro joven, enmarcado por diáfanas luces, velaba su sueño a través de esa ventana que iluminaba su cuarto y custodiaba al candelabro. Y vio cómo pasaba allí toda la noche, custodiando  su dormir con la mirada.
Pero esta escena no formaba parte del guión de su vida ni de sus sueños, pues ella solo tenía uno: que la enfermedad cortara las amarras de su cuerpo.
¿Visión o locura?  ¿Sueño o realidad?
¡Qué importaba cuando unos ojos como esos se clavan en tu pecho y lo llenan de paz!
Desconcertada y temerosa, sintiéndose en el umbral que separa este mundo del milagro, abrió las ventanas de sus ojos para comprobar si ya había cruzado esa barrera.
Pero no, allí seguían  la luna y las velas, sigilosas,  tiñendo su rostro, de penumbras.
Necesitaba dar un paseo al amparo  de esa noche para dar sentido a lo que acababa de ver y asumir esa extraña mezcla, entre la alegría y el temor,  que sentía en su alma.
Tomó el candelabro como acompañante luminoso de sus pasos, pero en ella no había más luz que el recuerdo de esos ojos; sentía que la seguían mirando como quien alimenta un sueño para saciar su hambre, pero sin llegar a poseerlo.
Deambuló rumiando pensamientos, intentando relacionar lo que le acababa de suceder con algún hecho pasado, o imaginando hechos que estaban por llegar.
Pero la noche concedió libertad provisional al aire y una fresca brisa empezó a matizar de frescura el ambiente.
Las llamas del candelabro y ella empezaron a sentir un escalofrío que invitaba a resguardarse.
Sin llegar a ninguna conclusión, volvió a su habitación, dejó el candelabro al pie de la ventana, apagó las llamas que aún permanecían con vida  y se acostó sintiendo que esos ojos permanecían incrustados en esos brazos de plata, recién apagados, velando por ella toda la noche.
Al levantarse, se acercó al candelabro.
Los ojos ya no estaban, pero seguía respirando ese aire a milagro cada vez que lo contemplaba.
Por eso, desde entonces, cada noche cumple con ese rito, que más tenía de devoción por las beneficiosas consecuencias que le trajo.
Y es que desde que se produjo ese encuentro, entre esos ojos y ella, ya no sabía si vivía durmiendo o soñaba despierta, solo sabía que esos ojos la acompañaban y hacían, de su vida, un recuerdo que, sin saber su significado,  le devolvieron la ilusión por la vida.
Y no solo eso, sino que desde esa noche sintió que los dolores traicioneros que aparecían sin avisar iban remitiendo, hasta que un día llegaron a desaparecer.
Con los dolores, también se despidieron esos ojos que nunca más volvió a ver.
No importaba porque ya habían quedado grabados, para siempre, en su vida.
Jamás los olvidaría; era imposible enterrarlos, no solo por su belleza sino porque habían sometido su cuerpo y su alma a un estado de paz que nunca había conocido.

Y llegó la noche…
Quitó el paño rojo sobre el que aparecían cosidos, en hilo blanco, dos ojos, y lo descubrió para que la azulada luz de la luna besara esos siete brazos de plata.
Y una lenta mirada lo recorría, una mirada que dejaba sobre él, un pensamiento, un recuerdo, un sueño, un milagro. 

lunes, 16 de marzo de 2015


SILENCIOS NOCTURNOS


Siento cómo la brisa nocturna acaricia estos pensamientos que no son tales, sino silencios de la noche que se han hecho, de mí, dueños.
La luz de una farola, oasis en el desierto de la oscuridad, unas pocas estrellas que parecen haberse perdido o escapado, y el resplandor lejano y difuso de la ciudad, son los únicos atisbos de la otra vida.
Sí, otra, porque este silencio oscuro me proporciona esa paz que el alma y el cuerpo requieren a estas horas de la noche.
No quiero expresar ideas, solo sensaciones que se traducen en sentimientos que adormecen la palabra o resucitan un maravilloso silencio lleno de quietud y trascendencia.
Es como mirar sin ver; pensar sin analizar; dejarte llevar si importar a dónde.
Es…, no sé, sentir que esa vida que nos ahoga con sus pequeñeces,  ha desaparecido y ha dejado esa paz que duerme dentro de nosotros, esperando que llegue la noche para que la brisa nocturna y el silencio de la noche la despierten de su sueño.
He parado el tiempo para contemplar la luna y dejar que ella y sus estrellas escriban, en mi corazón, esas líneas invisibles y silenciosas que se llaman sentimientos.
Y mientras esta paz inunda mis ojos, nace este colofón que encadena y une los sueños del alma y  el del cuerpo. Me sumerjo en ese estado donde todo se fundirá en esa cueva que llamamos sueño.
Ahora todo dormirá: la brisa nocturna, las estrellas perdidas y mis sentimientos.

Abel De Miguel Sáenz


SUENA EL ALBA


Suena la hora del alba.
La mañana se despierta perezosa  dejando con sus primeros bostezos una lacia luz que baña el valle, salvo a la hambrienta umbría, tierra donde solo se siembra la sombra, donde aún roncan las rocas y la hierba hierve en sueños.
Guardan silencio esas calles calladas que conforman los olivos, a la espera de que se levanten las aguas y dejen en sus recias raíces la risa del río.
El aire desentumece sus huesos y bracea, repartiendo la vida por los más recónditos rincones, mientras abre los ojos a las hojas con suaves caricias.
Anda la mañana con pesados pasos, y apenas ha hecho camino, avanza una nave de nubes en clara amenaza.
Queda el sol solo ante el peligro celando ese cielo.
Ya llega la lluvia que lleva las lágrimas y arrastra su rostro grisáceo llenando de nostalgia la tierra, y la llama para que abra las puertas a sus llamas de agua.
No se sabe por qué recuerdo, pero un cielo atormentado volcó sus remordimientos en rabiosa tormenta y el sol quedó escondido en esa cárcel esperando que el viento o el cansancio rindiera a esas nubes que robaban protagonismo a esa luz matinal.
Tardó ese auxilio en llegar, pero se equilibraron las fuerzas y volvieron a relucir las luces que aún conservaba el alba.
El  alba ya había cumplido su misión, que no era otra que abrir caminos para que la luz viajara por ellos.
Sí, ya llegaría la noche dejando caer su hacha y rompiendo las débiles costuras de una luz agonizante que dejaba sus últimas voces en el ocaso y que la obligaría a firmar un armisticio, pero esa luz, que nació a primeras horas de la mañana, quedaría como ofrenda en el altar de la luna y las estrellas.
Y esa ofrenda no muere, sino que espera en ese altar a resucitar de nuevo cuando  suene la hora del alba.


facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

domingo, 15 de marzo de 2015


TANTO TIEMPO…


Aún se podía oír el crepitar de las últimas ramas  que dejaban, en la chimenea, los últimos ecos de una velada con sabor a reencuentro.
En ese salón acababan de volver a mirarse esos ojos que ya empezaban a cansarse de mirar al infinito, de dibujar la efigie de lo amado en el cielo, de buscar, en las estrellas, consuelo.
Volvieron a sonar las voces que, hace ya muchos años, consiguieron hacer temblar el corazón ajeno y dejar una sensación de plenitud en el alma, y que, enmudecidas por la ausencia, dejaban agrandaban la herida de la nostalgia.
Pero todo ese mundo añorado volvió a vestirse de presente e incendió esos corazones templados que empezaban a rozar el umbral del frío.
Un beso apasionado, de esos que nacen cuando el corazón empieza a sentirse desgarrado y encuentra la medicina que lo cure.
Caricias que cubrían los rostros, de manos desesperadas por volver a sentir, entre ellas, esa parte de la vida que les habían robado.
Lágrimas contenidas, que nacieron en la despedida, con el tiempo se vistieron de dolor, y ahora, se enfundaron ese traje de brillantes luces que tenían guardado, esperando la ocasión.
Miradas donde los ojos no dejaban de bailar, viajando en todas las direcciones, recorriendo cada punto de lo amado, como si quisieran saciar, en un instante, todo el hambre que les habían hecho pasar.
Nerviosas sonrisas que tropezaban en esos temblorosos labios, interrumpidas por besos, que delataban esa mezcla de alegría, emoción y  milagro.
Tanto tiempo esperando, tantas horas imaginando lo que volverían a decirse, tantas escenas pasaron por sus mentes, recordando o creando otras nuevas en las que el amor siempre estaba presente, y, sin embargo, fue el silencio, esa máscara de la emoción que ahoga las palabras,  quien llenó de sentimientos ese momento en el que volvieron a encontrarse.
Sí, en esa sala, ya vacía, cualquiera que entrara descubriría que, ahí, acaba de producirse un milagro, el  milagro de que un amor, que vivía en el pensamiento, que era espíritu, se encarnara y volviera a la vida bajo esos cuerpos, bajos esas almas.
Y bastaba, para saberlo, escuchar el crepitar de esas últimas ramas  que dejaban, en la chimenea, los últimos ecos de una velada con sabor a reencuentro.