martes, 10 de marzo de 2015


BARCELONA (España)


Son tus  costas los labios de Cataluña, y el mar, esa lengua que habla de  tus bellezas.
Sentada en el trono, y sobre tus manos el cetro, te custodian Gerona como corona, Tarragona es tu estrado, Lérida, la capa real y las aguas que te bordean te ofrecen la sumisa dádiva de la niebla, nubes que se arrastran a tus pies.
No siendo suficiente que el mar te contemplara, Dios dibujó en tu piel dos venas de agua: el Besós y el Llobregat.
En este mágico idilio entre el agua y la tierra, el payés alza los ojos al cielo agradeciendo la generosidad con que Dios bendijo el suelo barcelonés.
¡Cuántas almas encadenadas a una culpa volverían a pecar si su penitencia fuera besar tu tierra, Barcelona!
Huyo de tu modernidad, no por despreciarla, sino porque tus tesoros naturales le hacen sombra.
Dejaré mi penitente alma cruzando tus tierras como barco de papel que echan al mar.
Y ante la Sagrada Familia se sentirá una simple estrella perdida en el universo.
En medio de las Ramblas, un segundo en la eternidad.
Entre tus barrios bohemios, una anacronía.
Y en la cumbre del Montjuic, uno de esos copos que la visten de nieve.
Pero Dios te reservó un espacio donde mueren la lógica y la razón.
Muchos pensaron que era el cielo.
Otros, el refugio donde mueren las penas.
Bastantes, que era el escondite del silencio.
Algunos, que el cuerpo no es materia, solo alma.
Y la mía, ¡la de todos!, cuando la Virgen de Montserrat las miró a los ojos se convirtieron en lágrima.

Barcelona, he pasado de puntillas, casi ignorado, tus aires de novedad.
Pero así lo he querido porque si tus costas son los labios y tu lengua, el mar, tu patrimonio estará en mi alma, y cada vez que sienta pena volveré a tus puertas a llamar.                                                       

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