lunes, 23 de marzo de 2015


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"Alegoría de la Inmortalidad" de Giulio romano

Cuenta, una vieja historia, que la Muerte y la Inmortalidad se encontraron en el camino.
La primera dibujó en su mirada la rabia y la impotencia; la segunda extendió la mano, para que como servil vasalla, se la besara.
Y fruto de este encuentro surgió el siguiente diálogo:

I: “Buenos días, Muerte, ¿a dónde vas tan temprano?

M: “Buenos y eternos, Inmortalidad.
Voy en busca de aquellos a los que la Vida ya no quiere; de aquellos que te miran como quien quiere besar la luna, es decir, como imposible.”

La Muerte esbozó una malévola sonrisa saboreando su pequeño triunfo.
I:” No te jactes, Muerte, de tu cosecha, pues solo les robas el tiempo y les infundes el sueño del mundo; yo, sin embargo, los despierto para que vean lo eterno.”

M:
“Acepta mi victoria, Inmortalidad, y mira la tierra.
En algún punto y en cada momento, suena un desconsuelo y corre una lágrima, pero ¿dónde están tus sonrisas y esperanzas?”

I: Muerte, tu propio nombre te condena y saborearás tu medicina.
Eres, como la serpiente, rastrera y no ves más allá de lo que te rodea.”
La Muerte, herida en su orgullo, sacó una línea del tiempo que iba desde los orígenes hasta el presente y le mostró todas las vidas cosechadas, rodeadas de ese silencio que impone el dolor, y sobrevoladas por los lamentos.
La Inmortalidad, sin inmutarse ni mostrar pesadumbre, rasgó la cortina del tiempo que acotaba la visión a la Muerte y le mostró todas sus víctimas viviendo de nuevo.

I:
“Mira, Muerte, tu “éxito”.
¿Qué conseguiste?
Tu insaciable sed de triunfo, o de venganza, cercenó las ramas que son el cuerpo y la vida en este mundo, pero no pudiste arrancar sus raíces que son el alma y lo eterno.”

Y la Muerte, sumida en la desesperación, se mordió los labios tragándose su propio veneno.
Echó la mano bajo su negra capa y tomando la daga con la que deja su sello, se la clavó en el pecho.
La Muerte se había quitado la vida.
Y en ese punto de encuentro quedó la Muerte durmiendo su propio sueño.
De vez en cuando abre los ojos para llevarse una vida, pero sabe que llegará ese día en el que ya no despierte.
La Inmortalidad sonreía ante el vano esfuerzo de su rival.
Siguió su camino, mirada al frente, recogiendo las “ramas” podadas y devolviéndolas a sus raíces.
Porque también llegará el momento en que esa línea del tiempo poblada de cadáveres, que mostraba, orgullosa, la Muerte, quedará limpia; y esos mismos cuerpos vivirán bajo la mirada de la Inmortalidad saboreando lo eterno.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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