lunes, 9 de marzo de 2015


EL MINERO


Se limpiaba el rostro para que  hubiera un mínimo detalle que lo diferenciara de la sombra que era su cuerpo.
Tras horas, oculto bajo la tierra, en esos lugares oscuros que parecen el adecuado refugio donde se esconden el amor prohibido, la vergüenza o el pecado, salió a la luz.
Solo el blanco de sus ojos delataba su humanidad, porque el resto era como una noche sin luna ni estrellas.
Y alguien, sin duda dejándose llevar por la fantasía de las leyendas, le preguntó al minero si en ese mundo oscuro había visto el infierno.
Si alguien piensa que el minero se rió ante tan ingenua pregunta, se equivoca.
En esos ojos, que parecían nieve oculta en una cueva, brilló la humedad de una lágrima, como si esa nieve se fundiera.
¿Era eso una respuesta afirmativa?
El minero se limitó a relatar lo que había visto, sin añadir opiniones, aunque al hablar se le notara que su alma quedó anegada de emociones.
Dijo que en un momento concreto sintió un frío especial, impropio, que activó sus primeras alertas.
Miró a su alrededor en busca del origen de ese extraño suceso.
Por más que buscaba no encontraba, pero su mirada se detuvo en una deforme y enorme roca.
Atraído por ella, se acercó lentamente, con el paso propio que imponen el misterio y la cautela.
En su frontal había grabada una inscripción:
“LA VIDA ES BREVE.
LA MUERTE, ETERNA”
Se acababa de activar la segunda alerta.
Esa frase le impuso algo más que respeto.
Él había oído hablar del Cielo, de la eternidad, pero referido a la vida, a la felicidad.
Esa inscripción, ese frío, ese sitio oscuro…
No, eso no era la puerta del Cielo.
Ahora bien, el minero era un hombre honrado y noble que, aunque falto de doctrina, tenía la sabiduría de diferenciar lo malo de lo bueno.
Pero si lo prohibido tiene embrujo hasta para las almas más purificadas y expertas, la del minero no fue insensible y dio un paso más; llamar a esa puerta.
Tras esos golpes oyó una voz, por llamar de alguna manera al sonido más desagradable que pudiera escuchar el humano oído:
Si fueras de los nuestros, encontrarías la puerta abierta.
¡El infierno  negando la entrada a alguien!
¡Oh Dios!, ¡qué maravilloso es el celo por tus almas!
El minero, iletrado pero sabio, no quiso tentar más la suerte, perdón, la muerte.
Y allí mismo, a las puertas del infierno, clavó sus rodillas en el suelo, entrelazó las manos, y de sus oscuros labios salieron las más fervientes oraciones para que no se abriera nunca más esa puerta.
Cada palabra de cada oración era respondida por el horroroso eco de esas “voces” que morían eternamente tras esa roca.
Hacía falta mucha fe, mucho amor, para aguantar allí, en la antesala del infierno.
¿Por qué el minero lo consiguió?
Cuenta que cuando ya sentía el dolor en sus rodillas, y los tristes alaridos, cargados del odio de los condenados, empezaban a hacer mella en su ánimo, vio un alma que se acercaba decidida a entrar en el infierno, y la puerta la tenía abierta.
Justo cuando se hallaba en el umbral, el minero dejó caer una lágrima y pronunció un nombre: ¡MARÍA!
Y el alma condenada, que iba a conocer la muerte eterna, se detuvo en seco y miró al minero.
Suplicante, asustada, temerosa, ¡arrepentida!, le pidió al minero que la guardara entre sus oraciones.
Ya había sido suficiente.
El minero había salvado un alma, había cambiado su eternidad, la muerte por la vida.
Por eso, cuando le preguntaron si había visto el infierno, en realidad él no respondió.
Esa lágrima, que parecía fundir la nieve de sus ojos, era el alma salvada que ya estaba en el Cielo.

                                                 FIN

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