martes, 17 de marzo de 2015


EL  CANDELABRO


Se  acababa de despertar y, conforme a su costumbre, casi rito, lo primero que hizo fue acercarse al candelabro que velaba a los pies de una ventana.
Su mirada lo recorrió lentamente, deteniéndose en cada uno de sus brazos, sobre los que parecía dejar un distinto pensamiento que más parecían recuerdos, que sueños.
Al finalizar esa ceremonia, sobre el candelabro descansaban siete oraciones, siete sentimientos y, al juzgar por su rostro, una gran emoción, por lo que no pudo evitar que unas rebeldes lágrimas brillaran en esos ojos que luchaban por liberarse de las cadenas del sueño.
Tomó un paño rojo sobre el que aparecían cosidos, en hilo blanco, dos ojos, y lo cubrió.
Así, oculto bajo esa tela que respiraba un insultante aroma a símbolo, permanecería hasta que llegara la noche; entonces, antes de acostarse, volvería a descubrirlo para que la azulada luz de la luna besara esos siete brazos de plata.
Y se había prometido ser fiel a esta costumbre desde esa noche, de la que aún conservaba la escena en su mente como imagen grabada a fuego en su alma y, por lo tanto, en su vida.
Ese día que le impulsó a hacer esa promesa, lo presidía un cielo rebelde que encarceló a las estrellas y al  viento.
La luna fue la única testigo que presenció esa cena en la que ella obsequiaba, a la noche, con sus sigilosos sueños; sueños, promesas, deseos, que inundaban de emoción la espesura del cielo.
Su cuerpo era difusa sombra alterada por la tibia luz de un candelabro que se alzaba en el centro de la mesa y le confería el aspecto de alma purgativa.
Pero la luna, que conoce todos los secretos, sabía que ese corazón estaba en el umbral del precipicio, y como en toda despedida late algo de sagrado, guardó un respetuoso silencio.
El cuerpo, conocedor de esa enfermedad que la iba consumiendo, no podía, no quería, robar al espíritu ese momento en que se abre la espita de la esperanza.
Como si abarcara el mundo, ella rodeó el candelabro con sus brazos hasta entrelazar las manos  mientras esas velas bautizaban su rostro con una tímida luz, pero suficiente para alimentar su corazón.
Cerró los ojos y dejó que la vida, la consumida, la presente y la venidera, viajara por su mente, un viaje donde la cruel realidad y el milagro caminaban abrazados.
En medio de esos peregrinos pensamientos, vio una escena en la que un rostro joven, enmarcado por diáfanas luces, velaba su sueño a través de esa ventana que iluminaba su cuarto y custodiaba al candelabro. Y vio cómo pasaba allí toda la noche, custodiando  su dormir con la mirada.
Pero esta escena no formaba parte del guión de su vida ni de sus sueños, pues ella solo tenía uno: que la enfermedad cortara las amarras de su cuerpo.
¿Visión o locura?  ¿Sueño o realidad?
¡Qué importaba cuando unos ojos como esos se clavan en tu pecho y lo llenan de paz!
Desconcertada y temerosa, sintiéndose en el umbral que separa este mundo del milagro, abrió las ventanas de sus ojos para comprobar si ya había cruzado esa barrera.
Pero no, allí seguían  la luna y las velas, sigilosas,  tiñendo su rostro, de penumbras.
Necesitaba dar un paseo al amparo  de esa noche para dar sentido a lo que acababa de ver y asumir esa extraña mezcla, entre la alegría y el temor,  que sentía en su alma.
Tomó el candelabro como acompañante luminoso de sus pasos, pero en ella no había más luz que el recuerdo de esos ojos; sentía que la seguían mirando como quien alimenta un sueño para saciar su hambre, pero sin llegar a poseerlo.
Deambuló rumiando pensamientos, intentando relacionar lo que le acababa de suceder con algún hecho pasado, o imaginando hechos que estaban por llegar.
Pero la noche concedió libertad provisional al aire y una fresca brisa empezó a matizar de frescura el ambiente.
Las llamas del candelabro y ella empezaron a sentir un escalofrío que invitaba a resguardarse.
Sin llegar a ninguna conclusión, volvió a su habitación, dejó el candelabro al pie de la ventana, apagó las llamas que aún permanecían con vida  y se acostó sintiendo que esos ojos permanecían incrustados en esos brazos de plata, recién apagados, velando por ella toda la noche.
Al levantarse, se acercó al candelabro.
Los ojos ya no estaban, pero seguía respirando ese aire a milagro cada vez que lo contemplaba.
Por eso, desde entonces, cada noche cumple con ese rito, que más tenía de devoción por las beneficiosas consecuencias que le trajo.
Y es que desde que se produjo ese encuentro, entre esos ojos y ella, ya no sabía si vivía durmiendo o soñaba despierta, solo sabía que esos ojos la acompañaban y hacían, de su vida, un recuerdo que, sin saber su significado,  le devolvieron la ilusión por la vida.
Y no solo eso, sino que desde esa noche sintió que los dolores traicioneros que aparecían sin avisar iban remitiendo, hasta que un día llegaron a desaparecer.
Con los dolores, también se despidieron esos ojos que nunca más volvió a ver.
No importaba porque ya habían quedado grabados, para siempre, en su vida.
Jamás los olvidaría; era imposible enterrarlos, no solo por su belleza sino porque habían sometido su cuerpo y su alma a un estado de paz que nunca había conocido.

Y llegó la noche…
Quitó el paño rojo sobre el que aparecían cosidos, en hilo blanco, dos ojos, y lo descubrió para que la azulada luz de la luna besara esos siete brazos de plata.
Y una lenta mirada lo recorría, una mirada que dejaba sobre él, un pensamiento, un recuerdo, un sueño, un milagro. 

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