lunes, 30 de marzo de 2015


LUNA Y CUNA


Hoy he visto la luna en el brillo  de tus ojos y he pedido un deseo: que sea eterna.
Quisiera que fuera inmortal esa noche donde nuestras miradas huyen escondiéndose entre las estrellas y, al contemplarlas, sentimos lo feliz que puede ser un sueño.
La luna: ladrona de almas, hechizo de corazones, cómplice de secretos y refugio de los sentimientos.
Y si todos los deseos que nacen bajo su luz, los envuelven en el papel de lo eterno, es imposible que la desligue, es obligatorio que la encadene, a la idea de la vida.
Tuve la fortuna de que , en el inicio de la mía, me buscaras y, con tu cerco plateado, en medio de la noche, y al amparo de tu silencio, salieras a mi encuentro.
Y de este deseo que vi cumplido, rememoro lo que me contaron, lo que sucedió ese día en el que la luna y yo nos encontramos.
Los primeros llantos con los que saludé a la vida, creyéndolos perdidos en los oscuros anales del cielo, encontraron el hogar de la luna, llamaron a sus puertas,  y dejaron, en su corazón, el eco de una súplica.
Una nueva criatura nació al cobijo de su atenta mirada, y esa nueva piel, en la que apenas latían segundos de vida,  quedó iluminada por unos destellos de plata  mientras un leve viento, aunque frío, intentaba borrar la sonrisa que, esa noche, la luna dibujaba.
Rara vez un llanto genera alegría, pero ese era el único sentimiento que se podía sentir al escuchar el eco de su saludo a la vida.
Agonizaban esas horas plateadas, y con ellas, la luna.
En su brillante piel de nácar empezaba a asomar la vejez de una noche avanzada que, lentamente, seguía su camino hasta que muriera a las puertas del alba.
Y compañeros de este tránsito del cielo, lo eran los llantos, que se iban apagando para ceder el testigo al silencio del sueño.
Y aunque la luna y esa nueva vida nacieron juntas, mientras la primera apuraba los últimos sorbos de su intermitente existencia, la segunda saboreaba sus primeros contactos con el mundo, un mundo que la recibió en los brazos de la luna.
Llegó ese momento en que tuvo que romperse la alianza entre la noche y la vida.
Poco a poco se iban alejando, pero aquella que se quedaba, la vida, nunca olvidaría que esa luna acompañó sus primeros pasos, y que ante el eco de sus llantos, ella repuso una sonrisa.
Ya asoma en el cielo esa luz que sentencia a la noche.
Ya apuntan, en el naciente rostro, los primeros esbozos de triunfo, las primeras sonrisas, y la luna, desde su escondite, espera que asome una nueva vida para ofrecerle sus brazos de plata y una sonrisa.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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