jueves, 5 de marzo de 2015


MONASTERIOS

Monasterio de Veruela (Zaragoza)


Renunciaron  al ornato que deslumbra la vista y exalta la apariencia; desnudaron la piedra para que solo se les viera el alma.
Hicieron de sus muros coraza frente al mundo, al que solo permitieron el paso de la luz por minúsculas ventanas, ojos por los que solo vieran a Dios.
Todo es un espacio donde vencen las sombras, sombras de recogimiento donde el alma encuentra su refugio.
Arcos de medio punto se suceden descansando sobre vírgenes columnas que nacen de un suelo cuyo único lujo es una fría lápida, que oculta un venerable cuerpo que allí dejó su vida.
Al final de ese largo brazo de bóvedas y troncos de piedra nace una mano absidial en cuya palma descansa un sagrario.
Desde el viejo portón, centinela de madera que cruza sus brazos sujetos a inmóviles goznes, hasta la más recóndita celda, se respira un “Miserere”, y las alas del Eterno sobrevuelan las sombras y la media luz llenando la atmósfera con el plumaje de la piedad.
Y si un alma olvidada se adentrara entre sus piedras, hallaría la fe perdida aunque no la buscara.
Despertando de su mundano sueño, en el que no vio a Dios, oiría cómo una lengua le habla por medio del silencio; vería con claridad en medio de esa moribunda luz.
En estas “cárceles” de Dios solo quedan privadas aquellas libertades que lo alejan de Él; por eso el alma es libre entre frías piedras y sombríos silencios.
Se oyen unos pasos que cruzan ese corredor de bóvedas y columnas a la vez que lo siembra de salmos y jaculatorias.
Alguien llama, pero el centinela no `pregunta.
Después de tanto tiempo gira los goznes con esfuerzo y la puerta abre sus brazos de madera, brazos que esperan y acogen.
Y esos muros callarán, porque allí las almas no hablan, solo meditan o contemplan.
Mientras, por los pequeños ventanales se escapa un  ”Miserere”, la voz que anuncia el escondite de esas almas que buscaban, y encontraron, a Dios.

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