martes, 24 de marzo de 2015


NUNCA ESTUVE ALLÍ


Cromáticas visiones dejan su estela  sobre esas aguas que me contemplan.
Una vela comparte su tímida luz con esos destellos de plata, embajadores de la luna, que a su vez conviven con el sueño de las olas.
Abro los sentidos a la magia de esta templada noche y dejo que me invadan los recuerdos, los pensamientos y las emociones.
Pero todo esto es fruto de una foto y una canción.
Escribo desde una celda de adobe donde, a estas horas, solo veo un cielo de riguroso luto, una generosa luz que ilumina el campanario y una farola que deja en la calle resquicios de vida.
Una intrusa balada ha convertido esta noche castellana en recinto de corazones que oyen, en el silencio, los latidos de la luna.
Esa foto del nocturno mar me ha traído su salino aroma y ha transformado los campos de trigo en dorado oleaje.
Pero quiero seguir viajando por esas postales que la imaginación me brinda.
Ya no suena la balada, pero la sigo escuchando en el recuerdo.
Nuevamente, la luz de esa vela me traslada a la arena que duerme bajo la nana del mar.
La húmeda brisa hace dudar a esa llama que lucha y apenas se sostiene sobre su pilar de cera.
Pero ese mismo aliento marino que está a punto de provocar su muerte, resucita en mi mente el bienestar y hace que sueñe.
Alzo la vista y allí está el campanario, cuya blanca luz le da aspecto de fantasma en la noche, y me recuerda dónde estoy.
Pero en este viaje imaginario, sus negras campanas me evocan esas veladas nocturnas donde la música dejaba sus huellas en la arena de la playa.
Ya lo dijo la Santa de Ávila: “La imaginación es la loca de la casa.
Y en esta ausencia de cordura siento que regresan esos intensos segundos en los que  clavaba la mirada en ese oscuro infinito donde se funden la noche y el mar.
El  eco de un aullido siembra la zozobra en el aire y rompe este onírico letargo en el que, definitivamente, muere el recuerdo de esa balada.
Ha huido, junto a la húmeda brisa, y ambos huyen bajo los efectos del recio viento castellano.
Se ha secado mi imaginación; y con ella, el mar; y con el mar, el aroma salino; y con el aroma, esa velada que una dubitativa vela teñía  de romanticismo.
Ya muere su agonizante llama.
Ya consume su corta vida y se ha transformado en pábilo.
Se ha cerrado un sueño.
Ahora, desde mi celda de adobe, me dejaré cautivar por esa generosa luz que ilumina el campanario y agradeceré que la farola siga dejando en la calle unos resquicios de vida.

Abel De Miguel Sáenz
facebook: Abel de Miguel fraguadeversos

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